miércoles, 18 de marzo de 2020

El Trotalibrerías: La soledad es una corona


Mi costumbre de cada viernes es aminorar los pasos al salir del trabajo, concederme un almuerzo por el camino y visitar una enorme librería antes de volver a casa. 
Trotalibreo por ella, mirando y mirando. A veces, compro - más de lo debido -, otras me digo que tengo mucho por leer y enseguida tomo el tranvía de vuelta.


Al llegar a casa, cierro la puerta. Es probable que no la vuelva a abrir hasta el lunes para ir a trabajar. Es lo que yo llamo un fin de semana ideal, deseable, habitual. Todo lo que he contado, por supuesto, lo hago solo.
Quiero estar sola, decía la Garbo en Gran Hotel, cansada de la fama, pero sobre todo de lo mundano, de la sociedad, de la invasión de los otros. 
Hay algo tóxico en la compañía y los solitarios recalcitrantes como yo nos envenenamos de esa toxicidad con excesiva rapidez. 
Cuando se tienen aficiones solitarias - el cine, la literatura, el ejercicio físico -, la compañia entorpece. 
Los lectores buscan la soledad para leer las grandes obras, esas que ocupan tanto tiempo y concentración; los escritores buscan la soledad para poder escribirlas.


La maldición de la literatura es su creación solitaria, porque solitario es su diálogo. Ahí están sus personajes, sus individuos, generalmente enfermos de soledad, prestos a descubrir el amor, subir una montaña o esclarecer un secreto.
En uno de los pasajes más impresionantes de la literatura universal, un niño solitario entra en el comedor de una mansión en ruinas. 
Un banquete de bodas podrido en la mesa, llena de telarañas, y allí sentada, vestida de novia, la Señorita Havisham, una vieja que lo sabe todo de la soledad, el aislamiento, la decepción, la nostalgia.


Los solitarios vivimos del recuerdo, como si alguna vez hubiésemos estado en una ideal soledad, en un bálsamo donde no era necesario trabajar, ni responder a los compromisos, ni atender a las exigencias de la sociedad en torno a nuestro aspecto físico o estado civil. El solitario busca el lugar acotado, el tiempo suspendido. El solitario busca vestirse de novia y que las telarañas rodeen su catafalco en vida.
Los escritores se aislaron. Lo hizo Marcel Proust, una persona tan sensible que sólo podía emparedarse y escribió entonces los volúmenes de A la busca del tiempo perdido, esa hazaña de la humanidad. Y lo hizo porque se enredó en su soledad, en su aislamiento.
Yo he soñado con la soledad como una corona para mi imperio. 
La he buscado incesamente, la he tenido durante ciertos períodos, la recuperé el año pasado. Salir del trabajo, encontrar la paz, abstraerme de la mediocridad, del escaso vuelo intelectual y emocional de los demás, ese que uno nunca puede poner en evidencia, so pena de pecar de maleducado. 
La soledad es la respuesta y es el gesto contemporáneo, la inevitable derivación de culturas individualistas. Somos rescoldos del Romanticismo: no importa tanto el amor, como ser nosotros mismos. En conserva.


La soledad es una corona, el ser humano frente a la sociedad, tocando una sinfonía de Brahms o enzarzado en la lectura de La montaña mágica, en la que el protagonista siente un extraño pero significativo deseo de estar enfermo, vivir internado en un sanatorio, postrado en una hamaca para sudar su dudosa tuberculosis, lejos, lejos de lo mundano. 
Sólo una catástrofe podrá sacarlo de esa soledad autoimpuesta.


Yo quería soledad, para leer, para escribir. Me fastidiaban mis compañeros de trabajo, mi escaso tiempo diario, mis ganas de dormir temprano. 
Y cuando escribía, sentía que no tenía nada importante qué contar. ¿Vivía en tiempo de grandes guerras o absolutas desgracias para testimoniar algo de relevancia? Este mundo donde todo pasa y todo acaba es inaprehensible por definición. No tiene forma, no tiene fondo. Es insaciable.
Quería aislarme, como el Príncipe Próspero y los suyos a salvo - o no - de la Muerte Roja, o como los jóvenes del Decamerón, que huyen de la Peste Negra para asentarse en una villa y contarse historias graciosas, escapismo en pleno siglo XIV.
Lo deseaba tanto que llegó. El decreto dijo que todos debíamos refugiarnos en nuestras casas y no salir. El virus andaba por las calles, por los pomos de las puertas, por las bocas de los niños. Y en mi trabajo. 
Salario íntegro, en casa hasta nueva orden.


Corrí, sin aminorar ningún paso. No era viernes. Era el viernes para siempre. Y de la alegría pasé a la extrañeza. Veía películas, leía libros, y de repente, la realidad, ese universo antes informado de mediocridad, se parecía ahora a una ficción. Era una prolongación, quzá un sueño mío. ¿Es esto real?, me preguntaba, me pregunto.
Todo cerrado. Gimnasios y peluquerías. No habrá que preocuparse por la apariencia o, al menos, se entenderá el descuido. Nada de sexo, ni compromisos familiares, ni cumplidos sociales. Estaba excusado. Podía zafarme por fin, sin vergüenza, sin disculpas.
Solo, por fin, solo, con toda delicia. Y solo, con privilegios: dentro de una casa amplia, con el bolsillo lleno, en un lugar privilegiado del mundo. Sano, autosuficiente.


La soledad es la corona, pero sus espinas son la culpa. Porque mi utopía retorcida es la distopía ajena. Esbocé una sonrisa de placer ante los demás, los que no pueden estar solos, los que no saben vivir quietos, los que arrean con toda la tropa. Esos que me miraban como un bicho raro, ahora me ven con la corona puesta. Yo soy el rey. 
Esta insensatez de situación me obsesiona de tal manera, que he pensado que estoy loco, que estoy soñando, que desafié a Dios y él me ha dicho: ahí tienes ese veneno espinoso entre tus manos, saboréalo, porque has ganado, intenta ser feliz.
El transcurrir de los días del aislamiento se hace cuesta arriba para muchos y ya no esbozo la sonrisa se hiela en preocupación. 
Todos aplauden por las ventanas a la hora indicada de la tarde y yo también lo hago. Estamos solos y lo hemos estado siempre. Es lo que no sabía. Pero ahora hay una incertidumbre mayor. ¿Estamos vivos? 
La sociedad, esa cosa tan irritante, resuella sin aliento, pero no los individuos que la conforman. Demuestran ser héroes con el culo en el sofá.
Y yo, que lo sé todo sobre mi culo en el sofá, contemplo el pasillo de mi casa, las habitaciones, y me pregunto si también soportaré todo este tiempo. Sin amor, sin sexo, sin familia. Dios mío, ¿qué es lo que te he pedido?
Siento que no quiero que se acabe, que me enredo en la hamaca de mi postración, pero, a la vez, deseo que el final llegue pronto. 
Entre los abrazos y los vítores, la corona se caerá, pero yo veré otro deseo realizado: habré sufrido y sobrevivido un acontecimiento histórico. 
Por fin, tendré algo que contar.




lunes, 16 de marzo de 2020

Maromialmente hablando: Penn Badgley


Veía el último fin de semana un vehículo fílmico de Esther Williams llamado En una isla contigo, para mayor gloria de la entrañable reina de las piscinas. La película no tenía ningún interés, pero algo llamó mi atención. Peter Lawford, el galán, interpreta a un marine que se obsesiona tanto con Esther, que la persigue desde que la conoce, logra que lo contraten como asesor técnico para estar cerca de ella, la secuestra en un avión, se la lleva a una isla, le declara su amor y la besa. Por la lógica romántica tradicional, Esther no hace otra cosa sino corresponderle y casarse con él. Por la lógica contemporánea, cualquier sensata pondría pies en polvorosa y la Policía en marcado rápido.
Peter Lawford, el chico de la puerta de al lado, bien podría encontrar un sosias contemporáneo y un espejo de verdad en Penn Badgley, el chico de la puerta de al lado con una fachada dispuesta a torcerse siniestra, más que nunca en YOU, la serie que protagoniza y ha vuelto a poner en la palestra a este bello favorito de las televisiones norteamericanas.


De YOU me gustan, ante todo, las ideas, sus propuestas, esa mirada a la búsqueda del amor como algo enfermizo, repulsivo, incluso criminal, la supervaloración del encuentro con la media naranja, la burda, ilusa concepción de que el amor puede con todo, lo conquista todo y, de manera significativa, lo disculpa todo. 
El amor en YOU es una cuestión sociópata, narcisista, enraizada en la psique del macho que quiere atesorar frente al rol femenino como paciente presa de ese cazador. 
Los hallazgos de YOU en ese sentido resultan sugerentes: cómo da un giro a las historias de amor y, así, un personaje central que podría ser considerado el héroe en los años de Esther Williams, ahora es el indeseable con el que mejor no te cruzas en la congestionada metrópoli.


Si las ideas de YOU son interesantes, el discurrir de la serie es convencional, televisiva en el buen y en el mal sentido, llena de giros, sorpresas, tramas, personajes, juegos de apariencia y demás artificial tramoya para enganchar a las audiencias. 
De manera nada casual, YOU se basa en un best-seller y replica los vericuetos de la llamada "novela mala", la misma que se lee con fruición sin darle demasiada importancia.


Como ya nos conocemos, sabrá el lector que no he visto YOU ni por su poderoso mensaje ni por sus precipicios de emoción, sino por el muchacho protagonista, este exquisito Penn, al que ya había adorado en Gossip Girl, serie de la que padecí dos temporadas y media sólo por él y su Dan Humphrey.


Quien fuera valiente y aguantara hasta la última revelación de Gossip Girl, sabe que YOU podría verse como una oficiosa secuela. Dan Humphrey, el inteligente, sensible y culto chico, es además un acosador en toda regla, un Dexter rosáceo.


Por el camino de Dan a Joe, celebro cómo le han sentado los años a Badgley. Todavía conserva esa voz maravillosa, ese perfil de estatua, con esa obsesionante nariz  y esos morritos incronguentes, más esa especie de desaliño controlado, que le dan un toque de acabado sumamente atractivo. 
Pero lo que siempre me gustó de Penn Badgley es lo que me gusta de todos mis maromos predilectos: ese pelo en pecho.


A viento y marea, a salvo de maquinillas hollywoodienses, ha seguido fiel a su vello pectoral, que, para mi delirio, le suele asomar, suculento matorral, desde el pico de la camiseta hasta la base del cuello.
También saludo que no se vuelva un armario de músculos y luzca sin complejos esa delgadez bien aprovechada, todo un nutria este muchacho, al que espero guarden más temporadas de YOU y otros matarratos catódicos.


Muy probable que en la siguiente apreciación me lleve el amor, pero considero que está soberbio como actor en YOU, perfecto por la combinación de atractivo y repelente que puede ofrecer. 
Dicen que muchas fans de la serie sueñan con un Joe Goldberg en su vida, lo que ha llevado al propio Penn a llevarse las manos a su peluda cabeza, ya que la serie pretende lo contrario. 
Él se considera un adalid contra la violencia de género y por los derechos de las mujeres, y el hecho de que hubiese seguidoras entusiasmadas con el infernal psicópata que interpreta para Netflix le llevó incluso a replantearse su continuidad en la serie. 
Quizá el error de esta y muchas ficciones norteamericanas es presentar a estos antihéroes y villanísimos interpretados por guaperas sexys.
La intención es buena - el más ideal puede encubrir a un cabronazo -  pero, a niveles funcionales, la cosa queda siempre en el terreno de la ambigüedad.
Como en Dexter, obvio padre de esta serie, la identificación es tan comprometedora como peligrosamente inmediata y el atractivo del asesino es indudable. Al final, el producto, más que denunciar un comportamiento antisocial, potencia nuestra gana de desobediencia moral a través de la fabulación.
Es como sumergirse en la piscina con Esther Williams, pero ahora hacia unos metros más de profundidad.
Al final, el cine y la televisión hacen lo que siempre han hecho: guiñarnos el ojo de la más descarada y seductora de las maneras.

martes, 10 de marzo de 2020

Hollywood, Hollywood: Greta Garbo


Era la mayor estrella del cine, pero un día lo abandonó y ya no volvió más. 
Mi cinefilia bien pudo comenzar con esa frase, oída a mi abuela, que amaba a los actores del Hollywood clásico, los que se consagraron cuando ella crecía y sólo existía el cine para calmar guerras y posguerras.
La Garbo, oh, la Garbo lo era todo. Era la mujer señora, el astro absoluto, la quintaesencia del glamour, el triunfo de la cosmética. Y toda una inmortal.
Cuando yo la vi por primera vez, de niño, Greta llevaba más de cincuenta años sin protagonizar una película, pero ahí aparecía en mi pequeña pantalla resucitada su majestad, a bordo del barco de La Reina Cristina de Suecia, con ese rostro imposiblemente hermoso en blanco y negro. 
Las palabras de mi abuela como quien pronuncia un conjuro hacían círculos a través de mi hechizo. Un escalofrío me recorrió. Greta Garbo, la fascinante Garbo.


Pertenecía a un mundo alejado del que me vio crecer, pero aún se cernía sobre nuestras vidas. Esa mística perduraba en los ciclos televisivos que la sacaban de las sombras en las que se ocultaba la verdadera Garbo. 
"Quiero estar sola", decía su personaje en Gran Hotel y todos comprendíamos la angustia de la mayor famosa. Tantas luces, tanta admiración, ¿quién no querría esconderse para no ser vista?
Desde el principio, desde que el primer foco iluminó a la enigmática sueca, todo en ella se quiso conjugar con el misterio. 
Hollywood la demandó pronto por esa aleación que adoraba; el exotismo, la aventura, el romanticismo.
La Garbo fue la malvada mantis de El demonio y la carne, pero pronto sus pecadoras se convirtieron en las heroínas, en las protagonistas, en las interlocutoras de una generación de mujeres atrapadas entre las convenciones y sus pasiones. 



Greta fue Margarita Gautier, Anna Karenina, la Reina Cristina y tantas otras que enseñaron al público que no hay nada como enamorarse, más aún si es imposible.
Una actriz sensible, autodidacta, que parecía descubrirse y sorprenderse a sí misma, Greta creció entre la artificialidad de su imagen y la inteligencia de su mirada, entre sus melodramas y su generosa ironía. 
Era contradictoria, ambigua, dos sexos en una mujer, la que contenía las lágrimas como una señorita en primer plano o reía a mandíbula batiente como un compadre más entrando en esecena.
En La Reina Cristina de Suecia, irrumpe como nunca esa dualidad génerica de Greta Garbo, símbolo de la mujer feminista de los primeros años treinta.



Para las mujeres, el final siempre era triste; para las heroínas de la Garbo, también. Las historias de amor que protagonizaba la diva acababan con el corazón roto, pero de una manera emocionante, tan distinguida.
Las tristes películas de Greta Garbo se miraban y lloraban como la validez del espíritu humano, cuando éste se sacrifica por el bien del ser amado. Greta era el triunfo de la personalidad. La actriz como rostro, el rostro como el alma.
Pero en La Reina Cristina de Suecia lo anunciaba: "Estoy cansada de ser un símbolo".



La generación de mi abuela la contemplaba como una diosa. La llamaron la Divina. Aunque no fue la primera diva del cine, sí ha sido la más apoteósica, la más irrepetible. Hollywood le quiso buscar reemplazo durante años en otras actrices europeas y jamás lo consiguió. 
Esa caza de otra Garbo sucedió desde muy pronto, desde que descubrieron que Garbo no era feliz, que Garbo era puro Hollywood, pero lo detestaba. Díscola, impertinente, probablemente loca. Quería estar sola.
Sus escultores y sus admiradores se negaban a aceptar ver marchar a su bello cisne, era una conclusión demasiado triste para el idilio, era como el final de una película de la Garbo.
Tanto se lloraba con Greta, que cuando se aventuró por sorpresa en la comedia, ésta debió publicitarse como "Garbo ríe". 
Se llamó Ninotchka y se descubrió que podía moverse en un registro ligero y quedar igual de divina. Fue el mayor éxito de su carrera y nadie, ni ella misma, supo que sería el último.


En 1941, tras la decepción comercial de La mujer de las dos caras, Greta pidió un descanso y se lo concedieron. 
Jamás volvió a aparecer en la pantalla. Fue un retiro tan repentino como inapelable. 
Durante décadas se barajó la posibilidad de un retorno y hasta ella misma fantaseaba con proyectos. Pero su vida, agitada, distinta, queríase a salvo de la moral de la prensa y la ingenuidad de los públicos.
Su nombre siguió presente en las agendas de la jet set internacional, mientras ella se dejaba enamorar por más mujeres que hombres, pero las luces de los fotográfos, las grandes premieres, las súplicas de los fans se terminaron. 
Garbo mató a Garbo y el misterio se acrecentó aún más. ¿Vivió después de sí misma? ¿Pudo existir la persona anónima tras la mayor de las estrellas?


En las calles de Nueva York, hacia la década de los ochenta, cualquier transeúnte podía tropezarse con Greta Garbo, que adoraba emprender largos paseos a través de la ciudad, oculta bajo unas gafas negras, con su pelo cano anudado en una coleta y un enorme paraguas por si le sorprendía la lluvia. Nadie podía reconocerla, no había nada glamouroso en ella. 
Garbo era otra. La que irrumpía en los ciclos de madrugada, la que recordaba mi abuela, la que yo descubría con un escalofrío. 
La diosa vivía en el celuloide, la mujer paseaba por la ciudad.


domingo, 8 de marzo de 2020

Crónicas de Cinefilia: La hora del crítico


Viajaba en avión hará unas semanas y, pese a la clase turista que sólo permiten mis ingresos, los asientos eran inusualmente cómodos y hasta se disponía de una pequeña pantalla a la vista, en la que, de manera táctil, se accedía a un menú de películas. La selección era variopinta, al buen tún tún. 
Me caía de sueño, volviendo a casa tras un agotador viaje, así que elegí una que recordaba con agrado y no me haría pensar mucho: El gran Gatsby, de Baz Luhrmann, estrenada en 2013.
Recuerdo que esperé su estreno con ganas y, una vez vista en gran pantalla, escribí maravillas sobre ella, algunas aún visibles en anteriores blogs. 
Una de dos: 2013 debió ser un año difícil para mí o el cansancio de este viaje me hacía ver horrores. En cualquier caso, la vergüenza me invadió al volver a ver El gran Gatsby
Y no una vergüenza ajena, sino propia, muy propia. ¿Cómo demonios pude llamar "gran película" a ese lolailo? 


Otra pregunta me atenazaba: ¿Quién no conozca la novela de Scott Fitzgerald es capaz de entender el argumento? Yo, que la he leído dos veces, encontraba graves problemas para seguir una narración que, en manos de Luhrmann, parece vomitada, montaje a martillazos mediante.
Apenas vi mucho de la película, tan estilizada, pintarrajeada y llena de slapstick que parece una versión animada de la novela, pero me dije: "Oh, Dios mío, Josito, siempre te has creído un crítico de cine y eres un fraude, un producto de tu generación, esa que se deja seducir por el baile y el colorinchi, criada con la televisión puesta y el vídeo musical en la recámara. ¿Qué sabes tú lo que es una "gran película"?"
Desde que sentí la fiebre cinéfila con catorce años, siempre quise escribir sobre cine, poner en palabras lo que veía, traducir mi amor, testimoniarlo. Quizá para entender esa fiebre.
Leer cine y verlo estuvo maridado en ese principio y siempre han navegado juntos. Yo leía a los críticos, me fiaba, aprendí a hablar de cine y a entenderlo gracias a ellos. 
Mejoré mi inglés leyendo a Pauline Kael, a Roger Ebert, a Leonard Maltin y a todas las enciclopedias que se encontraban en CD-Rom y, más tarde, en el primitivo Internet. 
Me lancé a escribir sobre cine, confeccionaba revistas en casa que sólo leía mi padre y, cada vez que oía una opinión que pareciera fundamentada, escuchaba, atendía, mientras la fiebre subía y subía.
Con el tiempo, creí encontrar mi propia voz crítica, o eso me decían. 
Escribes lo que piensas, no te importa ensalzar a Cecil B. de Mille y deplorar a los hermanos Coen, no lo harías mal como crítico, no eres aburrido, no eres pesado. Eso me decían, eso dicen todavía.


Cuando releo mis escritos, son los dedicados al cine los que más me gustan. Se ve que navego por aguas en las que me manejo.
Sé más de cine que de cualquier otra cosa, pero muchas veces pienso que sé muy poco. No me veo como deberían ser los críticos: soy subjetivo, apasionado, a veces infantil, me dejo embaucar y hay directores y estilos cinematográficos que me reconozco incapaz de seguir o comprender. Y rectifico, rectifico muchísimo. No tengo el orgullo de los críticos. Ya no deploro a los Coen. Amo a todo el mundo, soy muy humano, como diría cierta socialité achispada.
Pero, ¿quiénes son los criticos de cine? ¿De dónde vienen y, sobre todo, a dónde han ido? Con frecuencia, son señalados con el dedo como envidiosos Salieris que sojuzgan con amargura la obra de los creadores, esos que hacen lo que ellos ni se atreverían si acaso pudieran.
La figura del crítico siempre ha estado presente en todas las artes, en su actualidad y en su historiografía, y que los críticos de cine se hicieran tan importantes fue la validación de que el cine era más que un entretenimiento de feria.


Su época de esplendor, desde mediados de la década de los sesenta hasta los primeros ochenta, encuentra a cinéfilos y críticos reconvertidos en directores, desde Godard hasta Scorsese, a críticos súperestrellas que consagran, como hizo Pauline Kael con Bonnie & Clyde, y a críticos que hasta protagonizan películas, como el impagable Rex Reed en Myra Breckinridge, film irónicamente destrozado por todos sus compañeros de profesión.


La crítica vivió a la flor del periodismo de espectáculos y del periodismo entendido como espectáculo; los opinadores de cine llegaron a tener un estatus irrepetible como árbitros del gusto, presentadores de espacios dedicados exclusivamente al séptimo arte y ejemplares dagas florentinas. Porque el crítico y el criticón no se distinguen al final del día: las mejores críticas son las que vituperan y ridiculizan, las humorosas, las burlonas, las que usan el lenguaje con intención traviesa.
Las cifras de recaudación nunca han tenido una directa relación con la opinión de los entendidos y basta con contemplar los taquillazos de títulos de la época como Aeropuerto o El valle de las muñecas, insultados por la crítica con unanimidad mientras sus productores contaban los dólares.
Sin embargo, en terrenos del cine prestigioso, la decisión de los críticos sí era fulminante. Dicen que David Lean estuvo años sin sentarse en la butaca de director tras leer lo que pensaba Kael de La hija de Ryan. No fue la única; en un pase de la película, los comentaristas se pusieron tan burros que aquello fue poco menos que un linchamiento al gran Lean.


Ese gobierno temporal de los críticos trastabilló con el triunfo absoluto del cine comercial y juvenil en los años ochenta, aunque han pervivido hasta nuestros días y todavía hay quien busca una crítica positiva en el New York Times como billete para la temporada de premios y tributo a su propio ego.
La opinión cinematográfica sigue en pie, pese a que tenga pocas ganas de guerra, proliferen plumas escasamente estimulantes y ahora no sea decisiva. Quizá se deba a que la excitación por las posibilidades del cine vive ahora en márgenes, fuera de las corrientes convencionales, al contrario de la era en que se estrenaban films como El último tango en París o Cabaret en olor de multitudes.
En este país, tenemos un divertido ejemplo de la discordia entre cineasta enfadado y crítico chulo con Pedro Almódovar y Carlos Boyero. Aquel estrena película y cae del Cielo leer lo que opina Boyero. Pedro se enfada al ver su "arte" comprometido por un malvado heteruzo, aunque yo le diría al señor Almodóvar que lo que dice Boyero no es ni la mitad de devastador que las cosas que oí yo cuando salía de ver Los abrazos rotos o La piel que habito.
Entre el placer de la humillación ajena y la glorificación de la opinión personal, llegamos nosotros: la generación de críticos. Todo lo que vemos suscita un comentario y hasta un debate, sea en blogs, webs o redes sociales. En este país, se creció a los pechos de Qué grande es el cine, pero también de innumerables espacios televisivos que debatían de cualquier cosa imaginable. Críticos y criticones, más unidos que nunca. Aquel follón catódico es nuestro follón mediático.
Como buenos críticos, opinamos y no creamos. Y la gran tragedia: cuando queremos crear, somos nuestros más salvajes críticos.


Rex Reed, aún en activo, lamenta la neocrítica, o la avalancha de voces no preparadas en Internet que están cortando el bacalao de la actual opinión cinematográfica. El crítico aficionado, ese que comenta porque ha visto muchísimas películas en su casa, se impone fatalmente frente al instruido, el erudito, el que sabe de cine porque también sabe de otras artes.
Ahí está el quid y ahí está mi quid. Considero que parte de mi horror actual por ese Gatsby de 2013 se debe a cierto conocimiento de la literatura que he adquirido desde entonces. Ahora, como sé un poquito más, veo que esa película no tiene sutileza ni paciencia ni delicadeza. Es una cosa cafre y vistosa, hecha por un director que es más bien un cirujano plástico de clásicos.
Rex Reed tiene razón. Antes de derrochar la soberbia propia de los intelectuales hay que tener la humildad para convertirse en uno de verdad.
Al final, críticos o aficionados, el único juez infalible es el tiempo. Es el que recupera las joyas perdidas y el que matiza o deplora lo que se opinó en su época. Es el que nos hace ver aquel oro como mierda procesada o aquella basura pretenciosa como una incalculable riqueza que recuperamos en épocas más benévolas, en edades más comprensivas, en madureces más tolerantes. 
Es el tiempo el que ha hecho que ahora La hija de Ryan aparezca como una de las obras más hermosas de David Lean. Es el que ha hecho que lo único que quede en la memoria colectiva de El gran Gatsby de Luhrmann sólo siete años después sea el meme de Leonardo DiCaprio brindando.
Cuando bajé del avión, pensé en volver a verla y revisar la filmografía de ese director para ponerlo al buen caldo que debí ponerlo entonces, pero luego me dije que, bah, prefería releer la novela o ver la versión de Jack Clayton. 
O seguir el consejo de Pauline Kael, la misma que sólo veía las películas una vez: "No hay que darles importancia ni sentirse acomplejado por ellas. Si no te gustan, no las vuelvas a ver. Si no las entendiste, no hay nada que entender. Las películas son las peliculas."


Como la explicación correcta suele ser la más sencilla, digamos que me equivoqué y, al contrario que muchos, prefiero rectificar que encastillarme. Porque no, no tiene la más mínima importancia.

domingo, 16 de febrero de 2020

Ese Libro, Aquella Película: La bella durmiente del bosque


En mi casa, La bella durmiente es tan cotidiana como las servilletas o el jarabe para la tos. En mi vida, devuelve tanto a la infancia como los deberes de Matemáticas. En mi mente, la primera línea que descifré cuando aprendí a leer fue: "Transcurrieron cien años".
Revisé la versión Disney en la última Navidad y fue como recuperar la primera. Esa película está más allá de mi cinefilia, porque la vi muchísimo antes de que empezara mi pasión por el cine, aunque la cantidad de visionados y suspiros que le dediqué en mi niñez era una avanzadilla de lo mucho que amaría las imágenes en movimiento dispuestas a contar una historia hermosa. 
En La bella durmiente de Walt Disney viven también causas y explicaciones: mi gusto estético, mi encendido romanticismo, mi inclinación al melodrama.


Antes de verla por primera vez, ya había cazado en televisión breves imágenes de La bella durmiente, que me impresionaron siendo muy pequeño. 
El dragón, a punto de acabar con el príncipe. Las hadas, asustadas. El precipicio, la reacción, el espanto, el instante en el que el corazón se encoge. Puro cine. 
También el momento en que Maléfica aparece en la buhardilla y descubre el aparente cadáver de Aurora, tendida en el suelo, en una postura inexplicable, retorcida, con el cuello como partido. Rubia, vestida de azul, nunca tan hermosa en su simbólica catalepsia. Esa imagen se me aparecía en pesadillas.


Grabada de vídeo a vídeo gracias a un amigo de mi familia que tenía el lujo de tener dos reproductores VHS en su casa, La bella durmiente apareció al pie del árbol de Navidad en algún lugar de mi infancia. La vimos una y mil veces.
Cuando Aurora bailaba con los animales en el bosque, mi abuela decía:

- Estas películas son para todo el mundo. Para los niños y los adultos.

Era de la misma generación que sólo toleraba películas blancas, la misma cuya mojigatería hubo que dinamitar antes que yo naciera, la misma que Walt Disney aleccionaba, mientras deleitaba.
Mi padre oyó la música y dijo:

- Eso es Tchaikovsky.

Ese comentario paterno no fue suficiente para corregir mi desorden cultural: oí el ballet de Tchaikovsky mucho después de ver la película dos millones de veces. 
Lo que en manos de Disney había sido un homenaje culturalista, ahora para mí es una dislocación: cuando oigo el ballet de Tchaikovsky, pienso en Disney. 
No es mi único desorden cultural, ni el de mi generación, y no quiero ni pensar en los desórdenes de los más jóvenes: conocer cosas por sus homenajes, plagios y posmodernas revisitaciones.
Si lo pienso dos veces, llegar por un camino de segunda tampoco está tan mal.


A propósito de posmodernidad, de mayor he considerado que el giro disneyano era bastante avanzado a su tiempo. Me refiero a que contaba los cuentos clásicos a través de personajes-espectadores, para alargar su original brevedad y darle un toque cómico. Los cuentos de hadas que Disney solía adaptar no tenían excesivo sentido del humor y supuraban violencia y crueldad. La bella durmiente del bosque, de Charles Perrault, no es una excepción.
Si en la Cenicienta, Disney optó por dar más voz a unos ratones que a su heroína, aquí hace lo propio con tres bondadosas hadas, que son espectadoras, participantes activas y catalizadoras al mismo tiempo. Son como los niños que ven la película: insignificantes, pero decisivos. Comentan la jugada, dicen: "!cuidado, Felipe!" y celebran que todo haya acabado bien.

- Los finales felices me encantan - dice el hada Fauna, como si fuera mi abuela, como si el comentario estuviera adosado a la propia película.

Sus dos comadres, Flora y Primavera, se enzarzan en una lucha sin cuartel por el color del vestido de Aurora, rosa o azul, disputa que, de manera genial, se acaba sin resolución; en la última escena, todavía aparece cambiándose mágicamente. 
Parece comentar que aún no se sabe si el cuento es más bien rosa - es decir, cursi - o azul, un poco más estilizado, realmente emocionante.


La escrupulosa estética de la película, una mirada romántica al Medievo, que se mueve entre la ilustración de tradición gótica y el colorido de Maxfield Parrish, responde a la ambición de Disney. De hecho, éste fue su proyecto más perseguido y arduo, y también uno de los más ruinosos.
A su estreno en 1959, se encaramó en la lista de los films más vistos del año, al lado de Con la muerte en los talones e Imitación a la vida, pero su disparatado presupuesto no le permitió recuperar costes y hubo drama y despidos en la factoría de animación. 
Con sus reposiciones a lo largo de las décadas pudo rentabilizarse y mi descubrimiento de la pelicula fue debido a su triunfal llegada al VHS a mediados de los años ochenta.


Por entonces, todas las películas de Disney llegaban a España con doblaje hispanoamericano, costumbre que no paró hasta La bella y la bestia. Es la manera en que la conocimos, con aquellas voces cantarinas y apasionadas, y la única manera en que puedo verlas, entenderlas, revivirlas. Le dan un extra de emoción a lo que, a veces, se concentra en ser demasiado elegante.
Ese conjuro de Maléfica en el momento climático cuando lanza el bosque de espinos al camino de Felipe es mucho menos sin esa voz desgarrada, que clama: "Y sobre el castillo de Stéfano, ¡DERRAMAD MI MALEFICIO!".
La aparición de Maléfica, siempre terrorífica, pero también humorosa - "Uy, han invitado hasta a la gentuza", y su desaparición entre llamas verdes y amarillas. Los buenos deseos de las hadas, donde la animación se vuelve abstracta y empiezan a aparecer imágenes alegóricas de la belleza y la virtud, puro, genial Disney. El reflejo de las hadas en el agua del río. La ceja levantada de Aurora, hipnotizada. 
Todas esas imágenes, vistas ahora, me hacen comprender ciertos gustos, ciertas inclinaciones, como he mencionado antes. Aunque también pienso que, si me fascinaron entonces, debe haber algo atávico. Quizá la explicación resida en que Disney conocía al público, conocía a su público, como diría mi abuela, tanto de niños como de adultos.


Hay otra secuencia más significativa, que tiene que ver con una plástica sentimental. El bello príncipe Felipe, el primer hombre que deseé en mi vida, sorprende a Aurora en plena canción, casi que la ataca por detrás, la pilla desprevenida, y ella, sabiendo lo que ha llegado, nada menos que el amor, tras vacilar como una buena señorita, se entrega a bailar con el príncipe y enamorarse. 
Ese baile, ese "claro que nos conocemos, de una vez en un sueño" y cómo la imagen se aleja de ellos con un elegante pudor. Eso es el amor para mí. Ahí lo aprendí. Esa secuencia tiene la culpa de todo.


Fantasías eróticas y sentimentales se confunden. Mis primeras imágenes de deseo sexual remontan a imaginarme a Aurora y Felipe en la cama, una vez casados, una vez felices. 
Antes de dormir, solía pensar en el cipote del príncipe Felipe en las mismas sábanas de la cama donde había despertado a Aurora con un beso de amor. El lecho cataléptico era el lecho conyugal. El lecho de su fornicación era el lecho de mi despertar al sexo.
Antes de dormir, pensaba que sólo pensaba locuras y me esforzaba por desterrarlas. Yo también dormía como duermen los pacientes, como duerme la bella durmiente.
Pero, ay, hay algo que no me gusta en la película. 
Aurora no duerme cien años, como en el cuento original. En realidad, es poco más que una siesta, porque, en virtud de la acción y de un buen guion, la cosa no se detiene. Dormir cien años es una imagen demasiado sofisticada y traumática para Disney y su público.
Se pierde esa idea atractiva de lo eterno, de lo que se ha quedado petrificado durante un siglo. Una alegoría de la Edad Media y de los tiempos que nunca cambiaban. Sociedades detenidas, culturas esclerotizadas. 
Una princesa que duerme en un castillo vestido de maleza, un mundo que será el mismo al despertar.


En el cuento de Perrault, la Bella Durmiente duerme cien años tras pincharse con el huso de una rueca. Sangra. Si me pongo psicoanalítico, hablaremos de virginidad perdida, acaso de que la princesa ha sido violada y, por tanto, deshauciada para la sociedad. Sólo un siglo de olvido podrá disculpar la deshonra.
También el sopor centenario es el sopor de la adolescencia, de esa edad en la que tenemos mucho sueño y nos echaríamos a dormir hasta que las agonías del crecer se detengan.
En la moraleja de Perrault, nos aparece la menos estimulante verdad: las mujeres deben esperar si acaso cien años hasta que llegue el hombre adecuado para ser su marido. Los cuentos de hadas, siempre formadores de la "buena mujer". 
De hecho, en el cuento de Perrault, la cosa no acaba con el beso que despierta a la princesa, sino que sigue con el encontronazo con su suegra, una Ogra con ganas de comérsela literalmente a ella y a sus vástagos, para luego acabar sus caníbales días en una cuba de serpientes. La malvada mujer de apetitos desmesurados, ajusticiada al final.


Leí el cuento original en mi infancia y esa parte de la suegra no me gustó nada, pero se me quedó grabada en la memoria. Es como si hubiera visto la cuba de las serpientes con mis propios ojos. Ahí está la radicalidad de los cuentos de hadas: lo único que debe ser esencialmente satisfactorio es su final feliz, mientras que la trama debe articular la virulencia de las emociones de un ser humano, aunque éste sea un niño. 
Y siempre deben llegar a un final feliz, no porque nos encanten como al hada Fauna, sino porque el ser humano vive de esperanza y gracias a ella, y ésta debe ser enseñada. Los cuentos de hadas rebosan de antiguallas morales, pero enseñan que es preciso luchar siempre
Ahora pienso que un baile con el príncipe Felipe no es tanto una idiota creencia disneyana que me ha frustrado a la larga, sino también un bonito espejo al que dirigirse. 
No importa no conseguirlo, sólo caminar en esa dirección. Ahí está la belleza, ahí está el amor, ahí está por lo que vivimos, crecimos y nos separamos de las bestias y de los indeseables. 
El dulce ideal que siempre soñé. Durante cien años, entre la maleza.

lunes, 13 de enero de 2020

Maromialmente hablando: Nikola Tesla


Dice un resobado principio de sabiduría que yo sólo sé que no sé nada. Confieso que hasta el otro día, ignoraba que Nikola Tesla estaba tan bueno. 
Ignoro más cosas sobre el señor Tesla, pero sí que he oído su nombre, ese nombre que se ha recuperado en las últimas décadas, al calibrar por fin su importancia destacada en lo que conocemos como el mundo moderno. De hecho, una sentencia suprema  ha dicho, en plena reivindicación, que Nikola fue el inventor de la radio. Radio inmortal, sin duda.
No soy el único que se ha sorprendido de la belleza de Nikola Tesla, insólita entre genios, científicos y sabihondos, y su bigote y apostura ha encontrado cierto seguimiento de culto en las redes. Un comentario en un foro dice: “Claro, los croatas suelen estar muy buenos”. 


Tesla nació en territorios serbiocroatas, sí, pero, en aquella época, pertenecía nada menos que al Imperio Austro-Húngaro.
Tantos años glosando guapos y nunca había escrito sobre un caballero tan remoto e ilustre a partes iguales, del que encontrar una foto sin camiseta es altamente improbable. Pero sólo miren ese bigote y esa mirada sexy que levantaría más de una enagua y calentaría más de un calzón; Nikola Tesla merece este lugar y no sólo por inventar la radio inmortal.
Físicamente, Nikola vive a medio camino entre el héroe rijoso de un cuento de Maupassant y un actor porno de los años setenta.


De su vida, trayectoria y experimentos, versarán los entendidos y, como yo sólo sé que no sé nada, me comprometo a averiguar más sobre el señor Tesla, que, en plena decimononia, se apresuró a patentar e inventar tantas cosas que se le aclama como el genio de la electricidad. De alguna manera, fue el que descubrió lo invisible, aquellas fuerzas que nos unen y conectan, pero no percibimos con la simple mirada. 
Hablo del electromagnetismo, cuyas demostraciones en la época convertían a Nikola Tesla en un mago, un maestro de ceremonias, un espectáculo. Emigró a Estados Unidos y se nacionalizó allí; el sueño americano, con toda su maravilla y su saldo amargo, estaba despierto para Tesla.
Su personalidad, maniática, obsesiva y excéntrica, le valió pronto el apelativo de “científico loco”, el destierro social y la ignominia. Su reputación menguó también su legado, entre otras cosas cuando perdió la rivalidad con muchos compañeros de experimento y patente, incluido el más celebrado Edison.


A todo maestro le llega su escuela y Tesla y su mundo de invenciones, palomas y maravillas, inauguración de la Segunda Revolución Industrial, o ese universo conectado y raudo que hoy conocemos, se redescubre hoy a golpe de biografías y homenajes. Un biopic llevaba sobre la mesa hollywoodiense desde hace mucho tiempo, y este año 2020, se estrenará, con Ethan Hawke interpretando a Tesla. Veremos en imágenes esa vida de final miserable y enfermizo; como su salud, la belleza de Nikola no resistió a su genio.
Como estamos en Maromialmente hablando, olvidemos la tragedia y abracemos la lascivia. Volvamos al mostacho y, si me permiten, queridos lectores, hasta repitamos la primera foto.


Me declaro obsesionado con los bigotes - de hecho, yo luzco uno desde hace más de un año - y el de Nikola es una preciosidad, exquisitamente depositado sobre unos labios de beso cortés mas intencionado, rematado con esa nariz de estatua clásica y la susodicha mirada golfa, presta a despertar en ti más que una fuerza electromagnética. 


Nikola es el más maromo de todos los científicos de la Historia, el equivalente masculino a Hedy Lamarr, otra inventora de improbable belleza que, curiosamente, también abundó en el camino de unirnos, de comunicarnos. 
Sólo sé que no sé nada es una frase manida que dice la verdad, pero esa de “cualquier tiempo pasado fue mejor” habría que discutirla. 
El pasado fue nada más y nada menos que los nos trajo hasta aquí, de la mano de todos los que labraron el camino para que saliéramos de aquellas cavernas de austrohúngaros imperios y, con un solo clic, podamos descubrir, entre otras cosas, que también había maromos en el siglo XIX.