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domingo, 1 de agosto de 2021

Hollywood, Hollywood: Glenn Ford


Sucedía en 1946. 
Bette Davis se aferraba a su reinado como actriz de prestigio, en contrato con la Warner y, para su próximo desafío – interpretar a gemelas rivales en Una vida robada –, demandó a un joven galán, recién llegado de cumplir con los deberes militares que habían interrumpido las promesas puestas sobre él unos años antes. 
Glenn Ford, que así se llamaba el muchacho, fue un buen chico y dejó brillar a la Davis en Una vida robada, olvidable vehículo para los esfuerzos de la diva.


Glenn nunca olvidó el favor de Bette y se lo devolvería, quince años después, cuando él era rey y ella ponía anuncios en el periódico demandando empleo. Sería en los sesenta, justo antes del relanzamiento de Bette como dama de terrores, y la película se llamó Un gángster para un milagro, la última de Frank Capra y además, nota autobiográfica que valga, la favorita de mi señor padre.
Glenn declaró entonces que había resucitado la carrera de la Davis, del mismo modo que ella lo hizo por él en 1946, pero a Bette, siempre tan Bette, ese comentario no le sentó bien. Quizá un poco de justificado resquemor: no había nada más largo en Hollywood que la carrera de una estrella masculina ni nada más frágil que la de una estrella femenina.


Y la carrera de Glenn Ford es larga, larguísima. Él, con la habitual modestia de los galanes de entonces, decía que no era actor ni nada parecido. Siempre se había interpretado a sí mismo.
Será culpa de esa modestia que, a pesar de haberlo visto en tantas películas, nunca me he fijado en Glenn Ford. Será porque no me parece guapo – más bien, es un guapo feo, aquello que se califica como “atractivo” - o porque hasta las estrellas más indiscutibles de un tiempo menguan al minuto siguiente.
Pero hace unas semanas veía un thriller poco recordado llamado Ransom y no podía despegar los ojos de Glenn Ford. Qué interpretación, qué fuerza, qué control. Lo que otros actores más celebrados de los años cincuenta conseguían a base de pelucas, gestos y desmelenamientos, Glenn lo supera con una simple mirada. Él ni se llamaría actor, yo le diría actorazo.


En sus tiempos álgidos, fue uno de los rostros más populares de la pantalla y un valor seguro en taquilla. Nunca fue candidato al Oscar, no era el más excitante, pero sí el más resuelto, de esos que llevan el peso de la película con el poder de la convicción y mantenían a las audiencias pegadas al asiento. Consumado profesional, lo llamarían. También dúctil, como pez en todos los géneros, brillante en los noirs, hábil en la comedia y más que nunca Glenn en los westerns. “El western es un mundo de hombres y me encanta”. 
Su mirada un tanto estrábica, su aspecto gatuno. Aunque lo llamaban sólido, había algo ambiguo en él. Cierta zorrería, puesta al servicio de las sombras y las mujeres fatales. 


Para quien borde los hilos del folklore del siglo XX, Glenn Ford es, ante todo, Johnny Farrell. Ese imborrable arranque de Gilda, con nuestro Glenn jugando y ganando a los dados en el arroyo, para vestirse de chaqué en un alucinado casino de perdición, donde le espera el reencuentro con la diosa Rita Hayworth. Glenn es, ante todo, el hombre que dio un bofetón a Gilda.
En líos de sordidez lo sumergió Fritz Lang para dos de sus obras capitales: Los sobornados y Deseos humanos, en la que su oponente y objeto de lascivia era Gloria Grahame. 



Intrigas de serie B, fastuosos melodramas, ¿de qué era incapaz Glenn Ford? Hasta se ponía al ritmo de los tiempos como el profesor enfrentado a unos alumnos conflictivos en la película fundacional del género escuela de barrio: Rebelión en las aulas, que además llevó el rock and roll al cine por primera vez.
La Metro confió en él para levantar el vuelo cuando los años sesenta la veían en severa crisis, con las épicas Cimarrón y Los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero, por primera vez, la presencia de Glenn no fue suficiente para rentabilizar costes. Dos dolorosos fiascos comerciales, aunque hoy dos señores peliculones a los que entregar una tarde entera de domingo.
La transición de infalible leading man a honorable actor invitado, con paradas televisivas, se produjo sin traumas, y Glenn continuó en activo hasta que la salud se lo permitió. 
Si nunca había sido el más excitante, el público de los setenta se conmovió hasta la lágrima cuando lo recuperaron, tan entrañable, como el padre terrenal de Superman.


Su voz suave y profunda seguía acariciando del modo en que lo hacían todas las estrellas como él y, mientras las televisiones del mundo recuperaban sus clásicos para una nueva luz, su hijo buscaba en sus diarios personales y encontraba las astronómicas cifras de sus conquistas sentimentales. Ríete de Warren Beatty; Glenn Ford se había acostado con todas, incluida una interrumpida, pero duradera, relación con Rita Hayworth.
Su primera mujer, la prodigiosa bailarina de claqué Eleanor Powell, con la que se casó en plena guerra, cuando ella era más popular que él, nunca habló bien del trato que recibió. En la sentencia de divorcio, figura “crueldad mental” y “adulterio”, y ella, años después, ratificaría esas palabras.


Si se leen sus datos biográficos, Glenn Ford fue, como muchos hombres de Hollywood, un pillo, por decirlo con suavidad, y como todos ellos, se salió con la suya en cada ocasión, y no sólo en terrenos sentimentales. Cambiaba de partido político, de amante, de esposa, lo atrapó la policía criando pollos sin licencia y gustaba de grabar todas sus conversaciones telefónicas, además de espiar a sus mujeres para saber si lo espiaban a él.
Como siempre, la ironía de esas caras expuestas durante décadas, el enigma de lo que se escondía detrás, la pasión general por el chisme y, al final, nuestra latimosa necesidad de creer que Glenn era bueno, justo y romántico. 


Las dudas se disipan en lo que respecta a sus talentos y al vigor de sus mejores películas. Al final, no sólo es lo que es queda, sino lo que se renueva de manera estimulante. Valga mi ejemplo: conocía a Glenn Ford de toda la vida y lo descubrí anteayer.

domingo, 13 de junio de 2021

Maromialmente hablando: Tom Selleck


Regrese usted, querido lector, al post anterior, dedicado a El valle de las muñecas, y contemple la última foto. 
Sharon Tate se deja besar, toda sexual actitud, en instántanea publicitaria para promocionar la lasciva película. El misterioso besador, al que no vemos la cara, pero sí intuimos su vello pectoral y su buen bíceps, no es ninguno de los actores de El valle de las muñecas – la producción debía ser consciente que había contratado a unos panolis de pronóstico como galanes de sus dolls -, sino un desconocido starlet, que se formaba por entonces en la escuela de talentos de la Fox, a donde también acudían nombres como Raquel Welch.
El hombre misterioso de la última foto es el protagonista del post maromial de hoy. Sí, quien besa a Sharon Tate no es otro que un joven Tom Selleck, que, si bien oculto en los carteles del film que el mundo entero corrió a ver en 1967, sólo tendria que esperar veinte años para resarcirse y protagonizar la película más taquillera de 1987.


Es cuestión de paciencia en Hollywood y, en el caso de Selleck, también de mostacho y pecho peludo.
Permítame tomar aire antes de narrar algunos datos sobre la carrera y milagros de Mr. Selleck. Con toda sinceridad, este hombre me abruma. Es de la liga de Sean Connery: una cosa estratosférica, un alarde de testosterona, un daddy redaddy, un non plus ultra de machomán, que, si un día me agarra por banda y me hace suyo, quedaría trastornado de por vida a razón de la impresión. 
Tom Selleck es como un dibujo de Tom of Finland hecho carne y vello, una fantasía de señor que pareciera que no existe más allá del sueño. Pero él, buena mezcla de recio y humoroso, como acostumbra en sus mejores intervenciones, sigue ahí, al pie del cañón, para demostrarme que sí, Tom Selleck existe.


En Hollywood había sitio para él incluso cuando el viejo estilo se derrumbaba. Si aquellos años de la Fox no eran los mejores para las jóvenes promesas, Tom Selleck se abrió camino y lo hizo, sin duda, por ese privilegiado físico de señor de deportes, actividades de riesgo y todo lo que implica salir a la calle con intenciones más dinámicas que pasear. 


Mae West lo reclamaba como cacho carne musculosa para integrar su séquito en Myra Breckinridge y la década de los setenta lo vio picando espuelas en westerns poco noticiables, al ritmo que el género perdía la comba de otros tiempos.
Con un dolor del que aún no se ha recuperado, tuvo que rechazar el papel de Indiana Jones para En busca del Arca perdida, que lo hubiese consagrado como estrella de cine, porque tenía un episodio piloto que rodar. 
No hubo lágrimas para Selleck, porque comenzaba su andadura como el detective de floreadas camisas, de nombre Magnum PI, y los más susceptibles soñamos con viajar a Hawaii no para bailar el Hula, sino para ser investigados a conciencia por el velludísimo señor.


Tom Selleck en Magnum PI, serie de considerable andadura y requetevista en distintos canales a lo largo del mundo, es una de las imágenes de los ochenta. 
La televisión era entretenida intrascendencia, los hombres no conocían cosa cercana a la depilación y, aunque el sexo en las pantallas seguía siendo el mismo "sí, pero no" de los tiempos de El valle de las muñecas, todo llamaba al sexo.


La popularidad de Selleck y su bigotazo – disgresión: en serio, ese bigote es perfecto, que me coma – propiciaron una esperanza de volver al cine por la puerta grande. 
Recuerdo los carteles de 1987 y oír a unas mujeres suspirar por la inminente comedieta que se estrenaría en cuestión de semanas. Las suspiradoras no pensaban perderse Tres hombres y un bebé. “¿Tú has visto cómo está Tom Selleck?”, decía una. “Ay, me encanta”, confirmaba la otra.
Tres hombres y un bebé unía a Selleck con Steve Guttenberg – otro mítico pecho velludo de los ochenta – y Ted Danson en uno de esos artefactos ochentescos destinados a hacer gracia con la premisa y poco más. 
Unos machos a cargo de un bebé, espera que se me saltan los puntos de la risa. Era una época no demasiado exigente para el cine: la película fue lo más visto del año y aseguró secuela. 


Biberón en mano, Tom Selleck dejaba ver su generoso vello para unas plateas que, en la década siguiente, lo considerarían un exceso y hasta un asco, demandando que sus maromos descamisados pasasen antes por la desbrozadora. Marky Mark mató a Tom Selleck, qué desgracia enorme.
Los que seguimos prefiriendo a los hombres de la calidad del mono, no entendimos nada cuando Courteney Cox dejaba a Tom Selleck – maduro y aún para morirse – por Matthew Perry en la serie Friends.


La participación de Selleck en Friends fue considerada en principio un error por sus representantes, porque significaba la vuelta a la televisión y, por tanto, un paso para atrás, pero, en retrospectiva, lo hizo conocido a nuevas audiencias y, además, sus peliculas después del bombazo de Tres hombres y un bebé no habían sido para tirar cohetes.


La televisión sigue siendo el lugar natural de este señor que permanece fiel a su bigote y a su querencia por incorporar a señores del orden – no en vano, es un republicano convencido de toda la vida, nadie es perfecto -; desde hace una década, Catodia lo acoge en la serie policial Blue Bloods, mientras aparece aquí y allá, incluido en la reciente reunión de Friends para un programa especial.
Para especial, ese bigote. Qué perfecto es Tom Selleck. Voy a imprimir cualquiera de las fotografías de este post, la pongo en un portarretratos, coloco éste en mi mesilla de noche, le doy un beso antes de dormir y, con la luz apagada, me repito: "Eso es un hombre, Josito, nunca te conformes con menos".

domingo, 22 de marzo de 2020

Hollywood, Hollywood: Tyrone Power


En cierta ocasión, la escritora de novela rosa Barbara Cartland aseguró: "No necesitábamos el sexo. Teníamos a Tyrone Power". 
La época a la que aludía la señora Cartland era la misma época en la que el público entraba en una relación tan íntima con las estrellas de cine que ir a las películas se vivía como una especie de comunión profana. La contemplación de los carismáticos rostros del llamado Hollywood dorado hacía entrar en un extásis, que hacía posible esa idea de que no se necesitaba el sexo cuando existía Tyrone Power.
Era más que una estrella, era el reclamo, la excusa. Se iba al cine a verlo a él, a comulgar con su imagen, a satisfacer todos los deseos con el simple vistazo.


De ojos grandes y expresivos, cara seria, a veces rota por una sonrisa milagrosa de puro irresistible, Tyrone era sensual y varonil, pero nunca resultó un macho al uso. No era bruto, ni grande, ni sudoroso. 
Quizá el blanco y negro confiere todavía la sensación de que estamos ante una estatua clásica insuflada a la vida. Apolo entre los hombres, pero un Apolo bueno, justo y romántico, muy romántico. Todo en Tyrone invitaba al idilio, al amor bajo las estrellas, al romance. 
No es casualidad que la Cartland lo citara. Muchos personajes que interpretó Tyrone Power - galanes de frac, espadachines de bigote, piratas descamisados - lucen hoy como cimiento de inspiración para los protagonistas masculinos de la novela rosa que se escribiría a partir de Hollywood. 
Tyrone era el hombre para cualquier fantasía.


Cuando irrumpió en el cine norteamericano a mediados de los años treinta, su belleza física y su elegancia lo hicieron un favorito inmediato del público y Darryl F. Zanuck, el jerarca de la Twentieth Century Fox, lo blindaría para su estudio. 
Lo hizo navegar entre varios géneros, mientras el chico maravillas se confirmaba como una de las grandes estrellas del cine. 


Su valía artística ha quedado con frecuencia en un condescendiente segundo lugar ante su apostura y condición de astro, por lo que nunca está de más romper una lanza por sus dotes como actor protagonista, o ese asunto tan difícil que supone acarrear toda una producción en un solo rostro y mantener la fuerza y la solidez suficientes para convencer a las audiencias de que se padece o se triunfa, incluso a partir del más nimio de los argumentos y del más convencional de los guiones.


Aunque se le concebía como el hombre que recibiera cualquier familia respetable, Tyrone interpretó, desde muy pronto, a personajes en un ambiguo filo entre lo correcto y lo criminal. 
Su glamouroso Jesse James de Tierra de audaces despertó una novedosa simpatía por lo forajido, mientras era un niño rico caído en gangsteriles manos bajo el apropiado nombre de Johnny Apollo, el hermano golfo redimido tras el espectacular incendio de Chicago y el torero que lo deja todo por Rita Hayworth en Sangre y arena.
Hasta sus héroes sin tacha tenían algo punzante: un antifaz, un entrar a escondidas. Sí, Tyrone también fue el Zorro.


Héroe de pantallas, lo sería además para su país cuando regresaba con las medallas de la Segunda Guerra Mundial en su torso de aviador. Pero la gloria militar no se tradujo en felicidad. Su primera mujer, Annabella, lo diría: "Nunca volvió a ser el mismo". 
El héroe tenía el corazón roto y, en su mirada madura, aún más atractiva, se agazapaba la desconfianza. Era ahora más que el Zorro, era Larry Durrell de El filo de la navaja, el aviador que no quiere conformarse.
Entre aventuras tradicionales y proyectos prestigiosos, se movió el Power de posguerra, más exigente con lo que le procuraba la Fox.


Su mejor interpretación horrorizó a Zanuck, que enterró El callejón de las almas perdidas para olvidarla. 
No podía ver a su Ty como un arribista de circo en un terrorífico noir. Él puso sus rasgos irlandeses y su franca mirada como nunca a tal estimulante servicio. Hoy El callejón de las almas perdidas es un ejemplo de lo que podían ser las estrellas cuando se las dejaba ser menos estrellas. 


Con la salud maltrecha y un físico envejecido de manera prematura, Tyrone se concedió una última interpretación memorable en Testigo de cargo, cuyo personaje funcionaba como toda una parodia de su estatus de conquistador de señoras. 
Y, un día, de repente, sin previo aviso, se murió. Sólo tenía cuarenta y cinco años. El corazón, débil, fue el responsable. El público le había entregado el suyo desde el primer dia, pero no fue suficiente. Tyrone, el Johnny Apolo, acababa como todas las estrellas: con una nota demasiado triste.
En el funeral, Henry King, su descubridor y director habitual, sobrevoló el sepelio en avioneta con lágrimas en los ojos. 
En la lápida, la inscripción parecía el final de una canción de cuna: "Buenas noches, dulce príncipe."


Como los mejores llorados, venció al olvido y todavía cuando aparece, resucitado por el milagro del cine, arranca aquel suspiro legendario, aquel que nacía de la creencia ciega de que los dioses protagonizaban películas.

jueves, 31 de octubre de 2019

Maromialmente hablando: Franco Nero


En la secuencia clave de una de las películas que más amo en el mundo, un Franco Nero de veintiséis años, guapo hasta decir muerte, devuelve la vida a un caballero caído en justa. La película es, por supuesto, "Camelot" y el bello Nero interpretaba a Lancelot.
Esa emocionante escena de resurrección, a incluir en puesto preponderante en cualquier lista de emocionantes escenas de resurrección, hace llorar a la reina Ginebra, que, en ese instante, se enamora de Lancelot. Yo también me enamoré de él la primera vez que vi "Camelot".
Los ojos de Nero brillan en azul. Y lo que ocurría en pantalla, ocurría entre bambalinas. Ginebra estaba interpretada por Vanessa Redgrave, que también suspiraba por aquel italiano. Quiero un hijo tuyo, pensó la exquisita inglesa de aquel macho italiano. Y así fue.


¿Quién no se enamoraba de este hombre con todas las letras? Pues aparentemente el público norteamericano, no demasiado en 1967. La culpa no la tuvo el pobre Franco. Se dijo que no era muy fluido en inglés, aunque quizá las decepciones comerciales de "La Biblia", de John Huston, donde incorporó a Abel, y la citada "Camelot" fueron más decisivas en que Hollywood se le resistiera entonces.


Pero Franco Nero, un actor laborioso, tenaz, modesto, dígase sólido, no ha podido quejarse de trabajo. Su filmografía se compone de más de doscientas películas producidas en medio mundo. Macho de coproducciones, inevitable en miniseries, euroseñor de distintos géneros, Franco ha navegado desde el hipercalórico spaghetti western hasta la atildada reconstrucción  histórica.


Grita "vamos a matar, compañeros" o se viste con las más hilarantes túnicas, sin complejos, con convicción; Franco Nero es un actor de culto porque ha protagonizado muchas películas malas, porque ha interpretado a Jesucristo, a varios reyes, a Gianni Versace, a policías, a mafiosos, a Rodolfo Valentino.
Fassbinder, Buñuel, Chabrol, Tarantino. Franco Nero está en "Querelle" y en "Tristana". Fue una vez un Django seductor de necesidad, tumba a cuesta y saldos pendientes. 


El cinéfago Quentin lo recuperó décadas después y renombró su siguiente película con ese personaje; a Franco le dio un cameo como entrenador de mandingos en "Django Desencadenado".


A Franco Nero se le ve de villano en una entrega de "La jungla de cristal", aparece hasta en un episodio de "Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales" y échale un ojo al Imdb: no para, no parará.
Sigue guardando un atractivo incontestable, pero, ay, aquel Franco Nero joven, con ese vello en pecho, con bigote o sin bigote, coronado por una buena mata de pelo o unas entradas como pistas de aterrizaje.


Y esos ojos azules. Pero qué ojos, qué mirada. Es tan viril y, a la vez, tan calmado. No es el clásico chulo italiano, pero es tan sexy como el más guapo de sus compatriotas, Es humilde en su absoluta maromez, es un rotundo favorito. Será por la excitación de tenerlo en mis blogueras manos por fin, pero si tengo un tipo de hombre, ese es Franco Nero. 


Tantos Franco Neros imprescindibles.
El Franco Nero de "Yo la conocía bien", un pequeño papel donde interpretaba a uno de los machos que se encama con una dolcevitesca Stefania Sandrelli.
El Nero de "El día de la lechuza", con Claudia Cardinale. Franco es a los hombres lo que la Cardinale a las mujeres. Demasiado, demasiado.
El Nero de los delirantes westerns de Sergio Corbucci; bigotudo, divertido, irreverente, pura acción.
El Nero de "La virgen y el gitano", adaptación algo olvidada del libro de D. H. Lawrence, donde un especialmente hirsuto Franco nos obligaba a reimaginar nuestro desfloramiento ideal.


Y el Franco de Vanessa. Franco Nero, a pesar de que ha vivido mucho y a muchas, siempre vuelve a Vanessa. Se conocieron en "Camelot" y la pasión les dio un hijo. La relación terminaría, pero nunca dejaron de verse y de encontrarse. 
Franco fue el padrino de la boda de la hija mayor de Vanessa, Natasha Richardson, cuando se casó con Liam Neeson. Franco Nero también fue apoyo de la familia cuando Natasha murió trágicamente.


En 2006, decía que cuarenta años no es nada y se casó por fin con su amada Vanessa.
Verlos cantando "If I Ever Would Leave You" en ese musical esplendoroso que los unió es tradición anual de quien esto escribe, pero, como pareja senecta, son más entrañables aún que en "Camelot". Ella no teme parecer una vieja, mientras él, tan italiano, se tiñe y hace el debido esfuerzo por apurar la calva con los cuatro pelos que le quedan. 


Recuperar sus películas es clamar por la infravaloración, tanto en su ductilidad artística como en su avasallante belleza.
Sirva este escrito como homenaje debido. Guapo hasta decir muerte.