jueves, 31 de octubre de 2019

Maromialmente hablando: Franco Nero


En la secuencia clave de una de las películas que más amo en el mundo, un Franco Nero de veintiséis años, guapo hasta decir muerte, devuelve la vida a un caballero caído en justa. La película es, por supuesto, "Camelot" y el bello Nero interpretaba a Lancelot.
Esa emocionante escena de resurrección, a incluir en puesto preponderante en cualquier lista de emocionantes escenas de resurrección, hace llorar a la reina Ginebra, que, en ese instante, se enamora de Lancelot. Yo también me enamoré de él la primera vez que vi "Camelot".
Los ojos de Nero brillan en azul. Y lo que ocurría en pantalla, ocurría entre bambalinas. Ginebra estaba interpretada por Vanessa Redgrave, que también suspiraba por aquel italiano. Quiero un hijo tuyo, pensó la exquisita inglesa de aquel macho italiano. Y así fue.


¿Quién no se enamoraba de este hombre con todas las letras? Pues aparentemente el público norteamericano, no demasiado en 1967. La culpa no la tuvo el pobre Franco. Se dijo que no era muy fluido en inglés, aunque quizá las decepciones comerciales de "La Biblia", de John Huston, donde incorporó a Abel, y la citada "Camelot" fueron más decisivas en que Hollywood se le resistiera entonces.


Pero Franco Nero, un actor laborioso, tenaz, modesto, dígase sólido, no ha podido quejarse de trabajo. Su filmografía se compone de más de doscientas películas producidas en medio mundo. Macho de coproducciones, inevitable en miniseries, euroseñor de distintos géneros, Franco ha navegado desde el hipercalórico spaghetti western hasta la atildada reconstrucción  histórica.


Grita "vamos a matar, compañeros" o se viste con las más hilarantes túnicas, sin complejos, con convicción; Franco Nero es un actor de culto porque ha protagonizado muchas películas malas, porque ha interpretado a Jesucristo, a varios reyes, a Gianni Versace, a policías, a mafiosos, a Rodolfo Valentino.
Fassbinder, Buñuel, Chabrol, Tarantino. Franco Nero está en "Querelle" y en "Tristana". Fue una vez un Django seductor de necesidad, tumba a cuesta y saldos pendientes. 


El cinéfago Quentin lo recuperó décadas después y renombró su siguiente película con ese personaje; a Franco le dio un cameo como entrenador de mandingos en "Django Desencadenado".


A Franco Nero se le ve de villano en una entrega de "La jungla de cristal", aparece hasta en un episodio de "Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales" y échale un ojo al Imdb: no para, no parará.
Sigue guardando un atractivo incontestable, pero, ay, aquel Franco Nero joven, con ese vello en pecho, con bigote o sin bigote, coronado por una buena mata de pelo o unas entradas como pistas de aterrizaje.


Y esos ojos azules. Pero qué ojos, qué mirada. Es tan viril y, a la vez, tan calmado. No es el clásico chulo italiano, pero es tan sexy como el más guapo de sus compatriotas, Es humilde en su absoluta maromez, es un rotundo favorito. Será por la excitación de tenerlo en mis blogueras manos por fin, pero si tengo un tipo de hombre, ese es Franco Nero. 


Tantos Franco Neros imprescindibles.
El Franco Nero de "Yo la conocía bien", un pequeño papel donde interpretaba a uno de los machos que se encama con una dolcevitesca Stefania Sandrelli.
El Nero de "El día de la lechuza", con Claudia Cardinale. Franco es a los hombres lo que la Cardinale a las mujeres. Demasiado, demasiado.
El Nero de los delirantes westerns de Sergio Corbucci; bigotudo, divertido, irreverente, pura acción.
El Nero de "La virgen y el gitano", adaptación algo olvidada del libro de D. H. Lawrence, donde un especialmente hirsuto Franco nos obligaba a reimaginar nuestro desfloramiento ideal.


Y el Franco de Vanessa. Franco Nero, a pesar de que ha vivido mucho y a muchas, siempre vuelve a Vanessa. Se conocieron en "Camelot" y la pasión les dio un hijo. La relación terminaría, pero nunca dejaron de verse y de encontrarse. 
Franco fue el padrino de la boda de la hija mayor de Vanessa, Natasha Richardson, cuando se casó con Liam Neeson. Franco Nero también fue apoyo de la familia cuando Natasha murió trágicamente.


En 2006, decía que cuarenta años no es nada y se casó por fin con su amada Vanessa.
Verlos cantando "If I Ever Would Leave You" en ese musical esplendoroso que los unió es tradición anual de quien esto escribe, pero, como pareja senecta, son más entrañables aún que en "Camelot". Ella no teme parecer una vieja, mientras él, tan italiano, se tiñe y hace el debido esfuerzo por apurar la calva con los cuatro pelos que le quedan. 


Recuperar sus películas es clamar por la infravaloración, tanto en su ductilidad artística como en su avasallante belleza.
Sirva este escrito como homenaje debido. Guapo hasta decir muerte. 

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