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miércoles, 14 de julio de 2021

El Trotalibrerías: El artista y el seguidor


En mi pila de libros pendientes, figuraba desde hace años Linterna mágica, la autobiografía de Ingmar Bergman, obra considerada indispensable para conocer al torturado genio, y allá que fui a conocerlo de la manera íntima y personal que prometen las memorias. En mi último trote hacia las librerías, Linterna mágica aparece en el recibo de compra y, cuando llegó la noche, ocupaba sitio en mi mesilla.
Lo lancé a un lado con fastidio tras leer unas cincuenta o sesenta páginas. ¿Es un mal libro? Ni por asomo. De hecho, mi sentido del deber, profundo, enquistado cual disciplina militar, me dice que lo retomaré más temprano que tarde. Pero es la pura esencia de la biografía lo que me propiciaba el fastidio. Lo mismo que dije a propósito de Tennessee Williams: yo buscaba a Dios, una clara imagen Suya, y me encontré a un hombre. 


Yo, que tiendo a imaginarme a los genios – y Bergman es uno de los más grandes del cine y uno de los cuatro o cinco verdaderos revolucionarios del séptimo arte – como seres clarividentes, me topo ahora con la verdad que se encuentran todos los seguidores cara a cara con los artistas. 
Me tropiezo con la evidencia de que Bergman no está por encima de sí mismo, ni del mundo que crea, ni sabe más de la vida que nadie, sino que tiene el talento y la audacia de contarse, desnudarse. Como en el caso de Williams, Bergman es uno de sus personajes, es todos sus personajes.  
Su biografía, como todas, es una mirada a las bambalinas, fantástica para el chisme, pero chafa el misterio. Fui a ver al Mago de Oz con toda la ilusión y me encontré con un hombrecillo detrás de la cortina, al manejo experto de luces y efectos.
De lo que hablo es lo que reside en la mitomanía y en la adoración exacerbada de aquello que amamos. De lo que hablo es de no creer en Dios, pero creer en todos los dioses. De lo que hablo es de nuestra sociedad, admirada de la excelencia artística, devota del cotilleo, periodística de pro. Nuestra visión de las películas o nuestra lectura de los libros está mediatizada hasta la máxima potencia y que yo lance Linterna mágica por los aires es un acto de desesperación para que nada me chafe Fresas salvajes o El séptimo sello, porque ya me lo chafan todo.
Pensaba que para conocer la vida de Bergman, está Fanny y Alexander – de hecho, muchos de los pasajes que cuenta de su infancia están trasladados tal cual a su última obra cinematográfica – y pensé en aquello que decía García Márquez en su propia autobiografía que termina en el momento en que publicó su primera novela: que lo demás lo cuente la obra.
Escribí a este respecto en otro post de La Radio Inmortal sobre mi interés por la vida privada de los escritores, y no sólo por ganas de chisme, sino por un proceso de comparación, también esencial en la mitomanía: ¿se parece la vida del genio a la mía? Y, si es así, ¿soy o podré ser un genio? (Dios me libre).


También escribí, a propósito de los atestados armarios de Hollywood, que ya no me interesa la vida privada de las estrellas, quizá por esa urgencia de que la bambalina no entorpezca lo que sucede en el escenario, de que vea la película y no llegue al pensamiento la impertinente verdad de que Errol Flynn estaba lejos de ser ese héroe. 
La paradoja es que si no se escribe sobre la vida privada de las estrellas, no se escribe sobre ellas, porque sus vidas privadas, como estrellas que son, no sólo forman parte del espectáculo, sino que, bien lo sabemos, suelen ser sus mejores películas. Valga el ejemplo de uno de los próximos posts que preparo para la sección Hollywood, Hollywood: podré decir muchas cosas del talento de Glenn Ford, pero algo tendré que decir sobre su matrimonio con Eleanor Powell y cómo acabó tras la astronómica cantidad de infidelidades de Glenn.
Si no lo cuento, será como no contar nada. Será como aburrir hasta las moscas.


Me hallo en una encrucijada. Endiosarlos es un error, porque no son dioses. Buscar sus pecadillos es tarea de vecinas ociosas y periodistas envidiosos. Apurar significados, establecer símbolos donde nos lo hay, proponer tesis máximas, todo ideal para aprobar un examen de Literatura o Historia del Arte.
Pero ignorar su biografía, olvidar la crítica, dejar el disfrute artístico en una simple contemplación, sin opiniones, sin necesidad de indagar en el detrás, es un ejercicio de depuración tan extremo que sería como una huelga de hambre. ¿Cómo ver Ciudadano Kane sin pensar en Orson Welles? ¿O cómo leer una novela de William Faulkner sin querer saber todo, todo, todo sobre él? Es inevitable enamorarse, fantasear, aunque lo que haya detrás de la cortina sea, a veces, espantoso o sencillamente decepcionante.
Cuentan que el mismo Orson Welles se negó a conocer en persona a Isak Dinesen por lo mucho que la admiraba; la idolatraba tanto que no quería esa decepción de la que hablo. 
Sería algo parecido a lo que me sucedió hace una semana, cuando el escritor de origen marroquí, Abdelá Taia, estuvo en Madrid firmando libros. Mi primer impulso fue acudir a que me rubricara una de sus tristísimas, hermosas novelas, pero dejé que sean éstas las que digan lo que tengan que decir de él. ¿Para qué acercarme más? ¿Para qué valen los autógrafos?


Es acaso una burbuja lo que pretendo. Es acaso otra forma de mitomanía, la más antigua. La que promovía Hollywood cuando sus estrellas eran intocables, inalcanzables, dioses de verdad, hasta que la prensa, imparable, y el público, decidido a desmontar un palacio de cristal en el que ya no creía, comenzaron a arrancar a jirones el vestido de la Cenicienta. 
A pesar de todo, el fenómeno fan no se detuvo, sino que se aceleró a la máxima potencia y pareciera que la curiosidad por la bambalina siempre haya vivido en esa veneración a los artistas. Lo amo, pero quiero saberlo todo, hasta lo necesario para destruirlo.
Debe ser mi necesidad de salir pitando de memorias y biografías un gesto de reacción ante una época que desvela monstruos detrás de obras maestras, que nos cuenta que hombres y mujeres que han creado cosas hermosas son también capaces de lo peor. Es un grado de confusión, es un maelstrom que me deja exhausto, desorientado. No entiendo, por ejemplo, a Mario Vargas Llosa, que se comporta como si fuese uno de los malvados de sus novelas. 
No entiendo el desfase entre genio y gilipollas, pero sólo un vistazo superficial al presente y pasado de artistas evidencia que es habitual.


Hay novelas que tratan de esa tensa relación entre el artista y su díscipulo; lo que éste descubre y padece cuando convive con su maestro. Puede descubrir que apoyó a los nazis, que maltrata a su mujer o que se bebe hasta el agua de los floreros, pero también algo tan esencial y escalofriante como una enorme inseguridad o el hecho de que el declarado genio se ha agotado, no da más de sí. Las obras maestras también pueden ser fruto de las circunstancias, más que de talentos ultrarresistentes.
Justo cuando lanzaba Linterna mágica por los aires, Javier Marías publicó un artículo en El País a propósito del furor actual por publicar las memorias, correspondencias y entrevistas de los escritores. Marías, fabulador ante todo, enemigo declarado de la autoficción y del yoísmo literario, dice también algo muy interesante: los escritores, de por sí, son unos grandes mentirosos y lo que digan o escriban en diarios o entrevistas puede distar muchísimo de esa verdad que busca nuestra cultura periodístico-chismosa. De hecho, es habitual encontrar contradicciones en las declaraciones públicas de los novelistas. Y cita, como ejemplo, a William Faulkner.


La casualidad sigue en el mismo aire al que yo lanzaba Linterna mágica, porque, además de lanzarlo para salvaguardar la imagen que tenía del prohombre Bergman, lo hacía para sustituirlo con velocidad por una novela de William Faulkner, el escritor al que me he atrevido por fin este año, y con el que desarrollo ahora mismo, toma ironía, dale paradoja, vuelta al calcetín, lo que he estado poniendo en solfa en este post. 
Es Dios, quiero ir a su encuentro, lo amo, sólo quiero leer sus novelas, sus cuentos, sus listas de la compra. Me parece hasta guapísimo con ese bigote – he pensado en traerlo a Maromialmente hablando; si ha estado Nikola Tesla, ¿por qué no el caballero sureño? - y hacia Youtube que me fui para buscar alguna entrevista. Y ahí estaba otra vez la verdad: Faulkner habla como un personaje suyo, era un personaje suyo, quizá. Pero algo de misterioso había en él, me digo para preservarlo. Ese misterio, que quizá no responda a ningún secreto, pero es el mismo que mantiene el hilo entre el artista y el seguidor, no tan fácil de romper, como no es fácil de romper cualquier obsesión.
Faulkner, quizá por pudor, tal vez por inteligencia, dice a su entrevistador antes de comenzar lo que diría cualquier hombrecillo detrás de la cortina: “no veo qué tiene que ver mi vida privada, mi casa, mi familia con mi escritura y con el Premio Nobel”. 


De manera evidente, siempre existe una relación directa entre vida y obra, del modo en que los escritores son sus personajes y ofrecen una visión personal del mundo; una relación directa que no siempre es agradable o responde a lo que esperamos de alguien que amamos.
Que sea importante o decisivo conocer esa bambalina para completar el disfrute artístico es una pregunta que, después de todo lo que he escrito, soy incapaz de contestar.

lunes, 4 de mayo de 2020

El Trotalibrerías: La vida privada de los escritores


Sentado en un bar gay, hará una década, contemplaba al muchacho de mis deseos, el mismo que no paraba de reírse y comportarse como un imbécil. Nos habíamos acostado varias veces, pero aquella noche bien sabía que no estaba tan interesado por mí como yo pretendía.
Él no era bueno ni considerado, mejor lo olvidaba. Ahí estaba yo, sentado, mirándolo. Mirando cómo él sabía que lo miraba. 
Revoloteaba el muchacho de maromo en maromo. A veces, se sentaba a mi lado y me decía que eran amigos, que no me preocupara, que volveríamos a mi casa juntos. 
Yo intentaba mirar hacia otro lugar, buscar a otro muchacho en aquella pecera llena de peces.
A mi lado, había un caballero de cincuenta y tantos, bebido de una noche y de muchas, de esa gente que parece llevar una borrachera eterna a cuestas. La barba descuidada, los ojos a vidrio rojo, la expresión torcida que otorgan la risa boba y la somnolencia. El muchacho de mis deseos me susurró: “Te interesa hablar con él. Es escritor.”
Me lo presentó. Su nombre no me sonaba de nada. Tenía un apellido rancio que indicaba que escribía cosas rancias con toda probabilidad. Su apellido parecía el de un guionista de películas históricas del franquismo o el de un sacerdote que redacta novelas moralistas por no dedicarse a la labranza. 
Supuse que el muchacho de mis deseos quería darse importancia con esas fecundas relaciones que procuraba.
El cincuentón le susurró algo al oído. El muchacho estalló en una carcajada. Falsa, como todo él. Estridente, como nunca. Debió pensar: “Tengo que reaccionar como si este viejo borracho me hubiese contado lo más gracioso del mundo”. 
El escritor le acompañaba en la risa con lo que había contado al muchacho de mis deseos, que,  obvio, también era muchacho de los suyos.
La carcajada llamó la atención y vergüenza ajena de todo el mundo. Uno dijo: “pero qué le pasa a la tonta esa”.
El escritor borrachuzo de apellido rancio no escribía en ese momento, pero empleó su talento para contar una historia que, por seguro, era muy graciosa. Es esa acaso la vida privada de los escritores, me pregunto. 


Él, como yo, miraba a ese muchacho con el mismo deseo de tenerlo en la cama y con el mismo desconsuelo de que no fuera tan bello por dentro como lo era por fuera. Ese escritor de apellido rancio quizá era conocido y respetado en algún círculo que se me escapa. Quizá no lo conozca nadie. Quizá no sea nunca nombrado. Quizá, como la mayoría de los artistas, su obra se descubra a su muerte. Y, con su obra, también su vida privada. Quizá se casó con ese muchacho; es decir, lo compró y comenzó el sufrimiento. Quizá ya no esté vivo. 
Quizá yo era el borracho, al muchacho de mis deseos lo cambié por otro y esta historia la soñé.
¿Qué escribir hoy sobre la vida privada de los escritores?  
“Toda escritura es una marranada. Las personas que salen de la nada intentando precisar cualquier cosa que pasa por su cabeza son unos cerdos. Todos los escritores son unos cerdos. Especialmente los de ahora.”, dijo el provocador Antonin Artaud, cita que abre Una novelita lumpen, de Roberto Bolaño. 
Bolaño será uno de los héroes de este artículo, precisamente, por su vida privada y por su opinión sobre sus compañeros de oficio que, adelantamos, no es muy distinta de la de Artaud.
La vida privada de los escritores es la vida pública de los libros. ¿Quién se esconde detrás de los textos? Es preciso saber si, quien escribe algo tan superior, es una persona superior, si sufrió para escribirlo o si fue desgraciado tras publicarlo.
¿Es este escritor que me habla mi amigo? Como sucede con las estrellas del cine o los astros de la música, saber que es una mala pieza induce a la misma fase de negación que se produce tras descubrir los inconfesables pecados de nuestros padres.
En el caso de los escritores, el malditismo y la oscuridad están asegurados. Borrachos tantísimos, sombríos y poco aseados los de más allá. Locos, todos los genios. Con ganas de sacar dinero, desde los más sinvergüenzas hasta los más esplendorosos.
Tan atractiva y tan remota, la persona detrás de los escritores interesa. Sus obras pueden ser peores, pensamos, pero siempre serán mejores que ellos mismos. O son sus novelas algo así como sus hijos, sus vástagos, esquejes arrancados del tallo, espejos, engendros. 
Si nos ponemos fríos, esas obras son sólo el trabajo de unas manos expertas, la suma de circunstancias, la desembocadura de un talento que se fraguó en horas y horas de pluma o máquina de escribir.


Concluía García Márquez sus memorias con el momento de la publicación de su primera novela y emplazaba a que su carrera hablase por el resto de su vida. Que lo que falte por contar lo cuenten mis libros. 
Así, podemos descifrar la vida privada de los escritores en sus escritos. Del profesor que se enamoró Charlotte Brontë, de las mil desgracias de Dostoievski, de la homosexualidad callada de tantos, del final feliz que nunca tuvo Jane Austen. 
Deberemos leer entre líneas, respirarlas. Hay quien lo hace y lo estudia. Comparar la autobiografía con la obra. Las similitudes son evidentes. Hasta el peor escritor se desnuda, de un modo u otro. 
Pero, ay, cosa fatal. Si son buenos, estaremos demasiado entretenidos en la historia. Si son estilosos, nos recrearemos con el lenguaje. Si nos conmovemos hasta la lágrima, incluiremos el libro en nuestra lista de favoritos. Si el escritor es un genio, diremos “qué genio”. El prólogo introductorio será olvidado.
La vida privada interesa al chisme. Cuando los escritores son entrevistados, se buscan rencillas, peleas, controversias como las que podría mantener cualquier famoso. 
Roberto Bolaño era el súmum de las cosas que se atribuyen a los novelistas. Enumeremos: era un escritor de aspecto desaliñado, su vida privada se ha revelado complicada, tuvo que trabajar en diferentes oficios para sobrevivir y murió sin las alabanzas que ahora recibe su obra, vendida y reeditada con salud en medio mundo.


Bolaño también era crítico y hasta cruel con sus compañeros de profesión, con la pistola siempre cargada apuntada a sus más exitosos compatriotas, como Isabel Allende o Antonio Skármeta. Dicen que, en sus seminarios, arremetía contra todo Cristo y, en general, detestaba a los escritores, no sabemos si por lucidez, envidia o afán de superioridad.
El escritor genial parece indisociable del insufrible, del pedante, del gilipollas, o al menos, es el que caza la televisión con mayor gusto. 
Norman Mailer, con una destilería entera de whisky encima, a la gresca con Gore Vidal y mencionando como si tal caso que había apuñalado a su mujer años atrás, es un clásico de Catodia. 
En España lo sabemos con aquellos airados Cela o Umbral, que querían hablar sólo de sus libros, emblemas de la casi desaparecida figura del señor don escritor de aspecto antiguo y opinión intransferible. 
Las polvaredas que levantan hombres como Javier Marías, Pérez-Reverte o Juan Manuel de Prada con sus tuits y artículos de opinión pueden indicarnos que el escritor todavía solivianta, arma escándalo e incluso lastima su propia reputación.
La imagen pública, comprometida por la verdadera personalidad de los escritores, podrá esconderse entre líneas, pero nunca bajo el foco de los medios de comunicación.


Como los grandes músicos, los escritores parecen abonados a un generoso grado de sufrimiento. De manera romántica, diremos que su desafío a Dios se paga caro. Sean desgracias sobrevenidas o frutos de sus neurosis, recorrer la autobiografía de tantos excelsos llama de nuevo al comentario chismoso: lo que fue y lo que tuvo que padecer.
La vida privada de los escritores interesa a la envidia. Fue exitoso, pero un cabrón. Se murió sin saber que haría ricos a sus herederos. La fama le sentó mal.  Era feo, desgraciado con las mujeres o tímido con los hombres. Desafortunado aquel que escribe y triunfa.
¿Quién escribe y triunfa? De los que triunfaron en su día, pocos se leen hoy. De los que triunfan hoy, ninguno se leerá mañana. 
Alexandre Dumas es una excepción entre una regla inmensa. Y, de manera trágica, tantos buenos y ni la posteridad les asegura un espacio en las librerías.
¿De qué viven los escritores? En un interesante ensayo de Daria Galatea, Trabajos forzados, se narran los oficios alternativos de los escritores. 
Los que desempeñaron antes de consagrarse, como los rudos, marineros y aventureros trabajos de Jack London. Los que desempeñaron después y resultaron más solventes económicamente, como Colette y su línea de productos de belleza. 
O los que volvieron a sentarse en sus oficinas, como Italo Calvino, espantados por el pavoroso compromiso que implica contarse y contarlo todo en una página en blanco. 


La escritura, nos dice la Historia, es un accidente, una excentricidad, un relámpago en una larga noche llena de otras preocupaciones.
La vida privada de los escritores interesa a los que escriben. Quiero ser como él, quiero saber cómo fue, piensa el alevín mientras rastrea en la biografía del adorado. ¿Escribió tarde o escribió pronto? ¿Dejó de escribir en algún momento? ¿Fue malo en lo suyo alguna vez? ¿Se parece mi vida privada a la vida privada de un escritor?
Y la gran pregunta: ¿Cómo fue capaz de vivir también?


La vida privada de los escritores interesa a la vida. Si el escritor sufre, está ocupado o enfermo, si su familia lo interrumpe, la vida no se escribe, el tiempo no se testimonia. 
El polvo cubre, no existe el eco, las obras universales no se redactan. Como nadie escribe, nadie leerá.
¿Acaso tuvo derecho alguna vez el escritor a una vida privada?

domingo, 19 de abril de 2020

El Trotalibrerías: Mientras el rey escribe


Apagué la luz de la mesilla hace dos noches, respiré con intención de entregarme al sueño y me dije: "¿Cuándo narices vas a leer el libro de Stephen King sobre la escritura?".
Esa pregunta fue acompañada del fustigamiento habitual de los que dejamos para mañana lo que pudimos terminar hace quince años. Me llamé vago, holgazán, atontado.
Porque fue hace quince años cuando tenía que leerlo. En una clase de Escritura, el profesor recomendó Mientras escribo. La mitad de mis compañeros ya lo había leído. Yo debía estar ocupado con algún melodrama, atento a las musarañas o con el USB mental desconectado, pero sé que el libro quedó apuntado en la interminable lista de pendientes.
Me complace vivir ahora en un lugar de mi existencia donde lo pendiente se ha vuelto intolerable. Si debo leer algo, lo leo hoy o mañana. De lo contrario, el fustigamiento es insoportable. La única verdad que pende sobre mi escritorio es que he perdido demasiado el tiempo.
Este fin de semana he leído por fin Mientras escribo, un librito breve y preciso, más agradable de lo que pensaba.
He aplazado su lectura porque temo las lecciones. Tengo terror a los consejos sobre la escritura, terror que se alimenta de inseguridad y desconfianza. No quiero recetas y, cuando oigo mantras, me pongo nervioso, sobre todo cuando veo que tienen razón y mis escritos parecen rídiculos en comparación. Lo poco que sé, lo poco que practico, lo poco que llegaré a conseguir algo en estos terrenos. El machaque de todos los tiempos.


Debo decir la verdad: había hojeado Mientras escribo hace unos años. Sólo leí una frase y salí despavorido. "Para escribir bien, hay que leer muchísimo y escribir muchísimo".
Como en ese momento no hacía ni una cosa ni la otra, lo cerré y siguió pendiente. Ahora que leo muchísimo, consideré que estaba preparado, al cincuenta por ciento, para bajar la cabeza y aprender cómo escribir muchísimo.
Ha sido una lectura placentera, a veces conmovedora y, de manera decisiva, una fuente de energía para trabajar en esto que me gusta y me quita el sueño a partes iguales. Muchas de las máximas que King defiende las había escuchado con anterioridad - "El camino al Infierno está pavimentado de adverbios" -, pero recordarlas, refrescarlas, volverlas a tener presente en el teclado será de utilidad en mis escritos posteriores. Descubrir que caigo en algunos errores - el abuso de la voz pasiva, propio de escritores tímidos - me ha puesto de los nervios, pero el propio King recuerda la importancia de corregir en el futuro más que lamentar lo firmado.


Dice una verdad que ya sabía. No hay recetas, el único secreto es el trabajo duro. Encerrarse, escribir mucho, leer mucho. He encontrado provecho para el futuro en Mientras escribo y, a la vez, una respuesta al esfuerzo de estos años: buscar la concentración, huir de la televisión, enriquecerme. Sólo queda esa habitación en la que encerrarse y esas horas de trabajo. De momento, escribo para salir del paso. Espero que llegue el día en que escribir vuelva a ser un placer.
Precisamente en aquellas clases de Escritura es cuando dejó de serlo. Se aprenden cosas valiosas, pero la frustración de los otros te contagia, los ramalazos de envidia se hacen evidentes y sientes que nunca serás demasiado bueno en una competencia. Escribes para tus profesores y tus compañeros, cuando ninguno de ellos es tu público potencial.
Dudo que me libre de todas sensaciones en cualquier lugar o juicio al que exponga mis escritos, pero me quedo con el consejo de King de que llegar a la genialidad no debería estar jamás en mis planes. Un escritor aceptable puede convertirse en un buen escritor. Nada más. Me he sentido libre al leer esa línea.


Mientras escribo, el libro más inusual de su autor, se compone de tres partes, todas autobiográficas. "Di siempre la verdad", repite King. Y, en este libro, él la dice más que nunca.
En la primera parte, nos cuenta su vida, articulada en torno a lo que le llevó a la escritura y al género de terror y ciencia ficción. Es la mejor, escrita con un talento mayúsculo. Se descubre un gran autor norteamericano evocando una infancia y un paisaje, esa América desfavorecida, de clase media-baja, la misma en la que se desarrollan sus novelas, ese escenario que las hace tan realistas e impactantes.
La segunda parte de Mientras escribo es la más utilitaria para escritores alevines, la que hay que subrayar y repasar una y mil veces. La que me dice que cierre la puerta y sude la gota gorda. La que me recuerda que él escribió Carrie en una caravana.


La última parte se escribió de manera inesperada, porque, en plena redacción de Mientras escribo, Stephen King fue atropellado y estuvo a punto de perder la vida. Entre atroces dolores y una larga convalecencia, soñó con volver a sentarse y terminar este libro. En ese tramo final, el más conmovedor, King saluda al acto de escribir como una forma de felicidad y aparece de manera decisiva la figura clave, que sobrevuela sutil sobre todo el libro: su esposa y primera lectora, Tabitha King, la gran mujer al lado del gran hombre.
Mientras escribo ha despertado mi interés por un escritor que he frecuentado poco, aunque siempre he tenido estima y cierto aprecio. Leí cuatro ó cinco de sus libros en la adolescencia y ya detectaba la calidad diríase mortífera de sus historias. La violencia física y psicólogica se hacía palpable, los ambientes cobraban vida inmediatamente, todo era pura intensidad. 
Misery es uno de los libros más viscerales y obsesivos que he padecido.


Como vende mucho y lo que escribe es poco intelectual, King vive pendiente de una revisión seria que, quizá, se produzca dentro de varias décadas, cuando se diga aquello de que era mejor que otros más valorados por la critica. O quizá King no se lea nada. La vigencia de todas las obras literarias parece una lotería.
Hoy, y también ayer, se puede confirmar que, guste más o menos, Stephen King es un icono cultural. Sus historias, todavía versionadas en cine y televisión, aún reeditadas ante unos fans voraces, han articulado un imaginario colectivo de horror, suspense y paranoia del que el audiovisual se ha nutrido a placer.
Carrie es un sinónimo de adolescencia problemática, del mismo modo que Misery es el grado final como sigas admirando a alguien y descuidando tu psique por el camino.
No cabe duda de que es un escritor sorprendente. Pensaba que no era un favorito en mi adolescencia, porque prefería a la más romántica y homoerótica Anne Rice; King me parecía demasiado testosterónico. Pero me ha venido a la cabeza una de sus historias más hermosas, aquella Dolores Claiborne, una heroína feminista en la obra de un autor al que han acusado de misógino en muchas ocasiones.


Di la verdad, escribe él en su imprescindible libro sobre escritura. Y yo, que soy adicto a escribir sobre escribir, digo que si, que la diré.
Como King y tantos me han recomendado, el camino es sentarse a escribir todos los días. José Donoso decía que, al menos, había que mantener un diario de escritura - qué mejor que un blog para ese cometido - y hoy considero que, no sólo mejorará mi escritura, sino que la hará más placentera.
Si vuelvo a sentarme aquí a diario, dolerá menos. Lo único que entorpece mi visión de futuros escriturarios es la temida vuelta a la normalidad: compaginar el trabajo con las horas de escritura. Tengo que encontrar la manera y debo hallar la energía incluso cuando esté agotado. Pensé que, si un día estoy cansado y sin mucho ánimo, podría escribir un post más sencillo que éste - la clásica oda a un maromo, por ejemplo -, pero lo haré.
Se me agotaron las excusas. Lo pendiente entra en la agenda de lo intolerable. Debo escribir o morir.

miércoles, 18 de marzo de 2020

El Trotalibrerías: La soledad es una corona


Mi costumbre de cada viernes es aminorar los pasos al salir del trabajo, concederme un almuerzo por el camino y visitar una enorme librería antes de volver a casa. 
Trotalibreo por ella, mirando y mirando. A veces, compro - más de lo debido -, otras me digo que tengo mucho por leer y enseguida tomo el tranvía de vuelta.


Al llegar a casa, cierro la puerta. Es probable que no la vuelva a abrir hasta el lunes para ir a trabajar. Es lo que yo llamo un fin de semana ideal, deseable, habitual. Todo lo que he contado, por supuesto, lo hago solo.
Quiero estar sola, decía la Garbo en Gran Hotel, cansada de la fama, pero sobre todo de lo mundano, de la sociedad, de la invasión de los otros. 
Hay algo tóxico en la compañía y los solitarios recalcitrantes como yo nos envenenamos de esa toxicidad con excesiva rapidez. 
Cuando se tienen aficiones solitarias - el cine, la literatura, el ejercicio físico -, la compañia entorpece. 
Los lectores buscan la soledad para leer las grandes obras, esas que ocupan tanto tiempo y concentración; los escritores buscan la soledad para poder escribirlas.


La maldición de la literatura es su creación solitaria, porque solitario es su diálogo. Ahí están sus personajes, sus individuos, generalmente enfermos de soledad, prestos a descubrir el amor, subir una montaña o esclarecer un secreto.
En uno de los pasajes más impresionantes de la literatura universal, un niño solitario entra en el comedor de una mansión en ruinas. 
Un banquete de bodas podrido en la mesa, llena de telarañas, y allí sentada, vestida de novia, la Señorita Havisham, una vieja que lo sabe todo de la soledad, el aislamiento, la decepción, la nostalgia.


Los solitarios vivimos del recuerdo, como si alguna vez hubiésemos estado en una ideal soledad, en un bálsamo donde no era necesario trabajar, ni responder a los compromisos, ni atender a las exigencias de la sociedad en torno a nuestro aspecto físico o estado civil. El solitario busca el lugar acotado, el tiempo suspendido. El solitario busca vestirse de novia y que las telarañas rodeen su catafalco en vida.
Los escritores se aislaron. Lo hizo Marcel Proust, una persona tan sensible que sólo podía emparedarse y escribió entonces los volúmenes de A la busca del tiempo perdido, esa hazaña de la humanidad. Y lo hizo porque se enredó en su soledad, en su aislamiento.
Yo he soñado con la soledad como una corona para mi imperio. 
La he buscado incesamente, la he tenido durante ciertos períodos, la recuperé el año pasado. Salir del trabajo, encontrar la paz, abstraerme de la mediocridad, del escaso vuelo intelectual y emocional de los demás, ese que uno nunca puede poner en evidencia, so pena de pecar de maleducado. 
La soledad es la respuesta y es el gesto contemporáneo, la inevitable derivación de culturas individualistas. Somos rescoldos del Romanticismo: no importa tanto el amor, como ser nosotros mismos. En conserva.


La soledad es una corona, el ser humano frente a la sociedad, tocando una sinfonía de Brahms o enzarzado en la lectura de La montaña mágica, en la que el protagonista siente un extraño pero significativo deseo de estar enfermo, vivir internado en un sanatorio, postrado en una hamaca para sudar su dudosa tuberculosis, lejos, lejos de lo mundano. 
Sólo una catástrofe podrá sacarlo de esa soledad autoimpuesta.


Yo quería soledad, para leer, para escribir. Me fastidiaban mis compañeros de trabajo, mi escaso tiempo diario, mis ganas de dormir temprano. 
Y cuando escribía, sentía que no tenía nada importante qué contar. ¿Vivía en tiempo de grandes guerras o absolutas desgracias para testimoniar algo de relevancia? Este mundo donde todo pasa y todo acaba es inaprehensible por definición. No tiene forma, no tiene fondo. Es insaciable.
Quería aislarme, como el Príncipe Próspero y los suyos a salvo - o no - de la Muerte Roja, o como los jóvenes del Decamerón, que huyen de la Peste Negra para asentarse en una villa y contarse historias graciosas, escapismo en pleno siglo XIV.
Lo deseaba tanto que llegó. El decreto dijo que todos debíamos refugiarnos en nuestras casas y no salir. El virus andaba por las calles, por los pomos de las puertas, por las bocas de los niños. Y en mi trabajo. 
Salario íntegro, en casa hasta nueva orden.


Corrí, sin aminorar ningún paso. No era viernes. Era el viernes para siempre. Y de la alegría pasé a la extrañeza. Veía películas, leía libros, y de repente, la realidad, ese universo antes informado de mediocridad, se parecía ahora a una ficción. Era una prolongación, quzá un sueño mío. ¿Es esto real?, me preguntaba, me pregunto.
Todo cerrado. Gimnasios y peluquerías. No habrá que preocuparse por la apariencia o, al menos, se entenderá el descuido. Nada de sexo, ni compromisos familiares, ni cumplidos sociales. Estaba excusado. Podía zafarme por fin, sin vergüenza, sin disculpas.
Solo, por fin, solo, con toda delicia. Y solo, con privilegios: dentro de una casa amplia, con el bolsillo lleno, en un lugar privilegiado del mundo. Sano, autosuficiente.


La soledad es la corona, pero sus espinas son la culpa. Porque mi utopía retorcida es la distopía ajena. Esbocé una sonrisa de placer ante los demás, los que no pueden estar solos, los que no saben vivir quietos, los que arrean con toda la tropa. Esos que me miraban como un bicho raro, ahora me ven con la corona puesta. Yo soy el rey. 
Esta insensatez de situación me obsesiona de tal manera, que he pensado que estoy loco, que estoy soñando, que desafié a Dios y él me ha dicho: ahí tienes ese veneno espinoso entre tus manos, saboréalo, porque has ganado, intenta ser feliz.
El transcurrir de los días del aislamiento se hace cuesta arriba para muchos y ya no esbozo la sonrisa se hiela en preocupación. 
Todos aplauden por las ventanas a la hora indicada de la tarde y yo también lo hago. Estamos solos y lo hemos estado siempre. Es lo que no sabía. Pero ahora hay una incertidumbre mayor. ¿Estamos vivos? 
La sociedad, esa cosa tan irritante, resuella sin aliento, pero no los individuos que la conforman. Demuestran ser héroes con el culo en el sofá.
Y yo, que lo sé todo sobre mi culo en el sofá, contemplo el pasillo de mi casa, las habitaciones, y me pregunto si también soportaré todo este tiempo. Sin amor, sin sexo, sin familia. Dios mío, ¿qué es lo que te he pedido?
Siento que no quiero que se acabe, que me enredo en la hamaca de mi postración, pero, a la vez, deseo que el final llegue pronto. 
Entre los abrazos y los vítores, la corona se caerá, pero yo veré otro deseo realizado: habré sufrido y sobrevivido un acontecimiento histórico. 
Por fin, tendré algo que contar.




miércoles, 20 de noviembre de 2019

El Trotalibrerías: Al encuentro de Tennessee Williams


"Mi hijo buscaba a Dios, una clara imagen Suya.."
De repente, el último verano.

Este último verano, el Trotalibrerías cometió un pecado mortal: conocer a un mito.
Fue a su encuentro del único modo posible, dado que el caballero en cuestión murió hace mucho tiempo. Leyó su autobiografía.
Ay, el Trotalibrerías no sabe qué pensar. Descubrió de repente que uno de sus maestros no era una inteligencia superior, no era un Dios, no era un astro de luz y calor.
Era un ser humano, tan listo como bobo, tan lleno de virtudes como de necedades.
No le faltan sinceridad a esas memorias, pensó el Trotalibrerías, mientras echaba la vista atrás y decidía rendir cuentas con Tennessee Williams, su Tennessee Williams


Tennessee, mi  amado, idolatrado Tennessee.
Aspirar a una síntesis de su talento no resulta menos que una osadía. Somos muchos los que nos consideramos sus hijos putativos y vivimos bajo su sombra, con la asumida convicción de que jamás le llegaremos a la suela de sus exquisitos zapatos.
Tennessee Williams tenía el oficio y la lucidez, el sentido del horror y el gusto por la belleza, y es el responsable de algunas de las líneas más hermosas que se escribieron en el siglo XX.
A su arrullo, he vivido desde que tengo uso de razón. Como muchas cosas, las descubrí a través del cine que emitían por la televisión.
Todavía cuando yo crecía, la emisión de una película basada en un libreto de Tennessee era fuego sobre mi aburrida sala de estar.
Cuando reviso Dulce pájaro de juventud, una de mis favoritas de todos los tiempos, me digo: "¿Cómo podría yo no adorar una historia protagonizada por una vieja diva del cine y su romántico gigoló?". 
Y añado: "No hay nadie como Tennessee."


- ¿Qué hacen poniendo a esta hora La gata sobre el tejado de zinc? Esa película no es para niños - decía mi madre en plenos años noventa.

Probablemente, nadie se escandalizaría, ni ella misma, pero la leyenda de film prohibido persistía en las psiques. Elizabeth Taylor en combinación, arrellanada en la cama. Me pregunto si el gran público entendía la complejidad de esa obra o sencillamente iba en pos del deleite de lo escondido, del aroma del erotismo, de que hay algo detrás que no se cuenta.
Mi padre rememora que, a su estreno en España, La gata sobre el tejado de zinc fue calificada como "sólo para adultos" - el famoso 4 de la censura franquista - y, enterados los curas de que dos colegiales la habían visto, les hicieron una profunda entrevista para que se las describieran.
Estoy convencido de que las respuestas no fueron satisfactorias para las libidinosas sotanas.


Por fortuna, crecí en una época distinta, pero la sexualidad seguía ahí. Mi homosexualidad también estaba ahí, como la del señor Williams.
Me mareaba ver aquel Paul Newman, tanto en La gata como en Dulce pájaro de juventud, imposible de guapo y apolíneo. Y con Marlon Brando en Un tranvía llamado Deseo, la cosa pedía masturbación. Esos músculos, ese sudor. Aquello era un dios romano corrompido tras una semana de bacanal.
No hay nadie como Tennessee, Tennessee era como yo.


Tiempo después de ver las películas, leí las obras de teatro originales, en las que quedaban patentes asuntos como la homosexualidad de algunos personajes - dejadas al entrelíneas o anuladas en sus hollywoodizaciones - y sus muy amargos finales, también modificados en casi todas las adaptaciones cinematográficas.
A pesar de leerlo y releerlo, Tennesse era un enigma, tanto como un símbolo. A lo largo de la vida, siempre reaparecía ante mi camino su insuperabilidad, su maestría.

- A tu historia lo que le falta es leer El zoo de cristal - me decía un profesor de Narrativa y yo, callado, apuntando el título, sin demostrar que no conocía esa obra, dispuesto a remediarlo cuanto antes.

Esa historia que yo escribía ya había nacido del propio Tennessee, río de inspiración. 
Recuperando Un tranvía llamado Deseo, quedé impactado por la escena en que Blanche recibe a un bello joven que llega a la puerta para recolectar dinero para el periódico; ella lo seduce rápidamente, envolviéndolo en su aura, diciéndole que parece un príncipe de Las mil y una noches. Mi historia bebió de esa fuente tan bella y perturbadora.


Y las discusiones inevitables. Defender lo impecable ante el ofendedor. Recuerdo leer con emoción el monólogo de Violet en De repente el último verano a unos amigos. Aquello de las Islas Encantadas y las tortugas devoradas.

- Ay, es tan tú. - me dijeron, con condescendencia.

- Tennesse Williams está superado - envalentonó otro - Esas historias de represión sexual ya no son tan impactantes.

Informo que ya no soy amigo de ninguno de estos avispados interlocutores. No fue el motivo de la ruptura estos ataques contra el genio, pero bien pudieron serlo.
Otra vez, el profesor de Narrativa, diciendo:

- Tennessee Williams encontró oro.


Pero, ¿quién es Tennessee Williams? ¿Quién es este maestro a cuyo encuentro acudí el verano a razón de una autobiografía que no había leído hasta entonces?
Tennessee Willliams fue uno de los dramaturgos más exitosos de su tiempo - también escribió novela, relato y poesía -, y Hollywood adaptó muchas de sus obras, rebajando el tono, pero manteniendo esa fuerza tan característica. 
Ese es el aroma que intuía cuando emitían películas basadas en su trabajo, la mayoría producidas en los años cincuenta y sesenta, muchas tremendos taquillazos, llenas de legendarias interpretaciones, todas iconos de los barómetros de permisividad del cine de entonces.


Cuando el mundo de Tennessee Williams pegó fuerte en América, irrumpía como una contradicción. En una era tan reaccionaria, entraron piezas como Un tranvía llamado Deseo, donde la locura, la sexualidad y toda una galería de pasiones se desataban, mientras discurría un poderoso subtexto sobre la tragedia inherente a la Naturaleza humana. 
"La muerte es lo contrario al deseo", decía Blanche Dubois, la decadente dama sureña. 
Sólo a vista de pájaro, esos dramas protagonizados por floridas neurasténicas y musculosos en crisis eran revolucionarios.


Situadas en poblaciones de la América profunda y caldeada, que subsisten larvadas por la avaricia y la intolerancia, las historias de Tennessee Williams son la paradójica prueba de que el exceso puede contar la verdad. La verdad del machismo, de la ambición, de las trampas de la fantasía. Y de que somos incapaces de afrontar esa verdad.
No sólo sobre lo que nos gusta meter en nuestro lecho, sino la de nuestra existencia. Los seres de Tennessee viven aterrados por la vejez, la enfermedad y la muerte, muchos politoxicómanos, algunos desplegando un universo de escapismo a su alrededor, que sólo los condenará más.
Los mejores críticos han comparado el choque entre Stanley y Blanche con el de Sancho y Quijote: la tierra contra la idea, el realismo contra la fantasía. Son las mismas luchas que persisten entre nosotros y en nuestro interior.
Por ello, mi amigo se equivocaba. Más allá de la sexualidad de las obras de Tennessee, persiste algo universal y doloroso, de lo que no se debe apartar la mirada.


Consideraba yo a Tennessee Williams un dios y, entre trota y trota librería, encontré de segunda mano sus memorias.
Preparé mi encuentro con el maestro en función de dilatarlo. En la estantería, sus memorias me miraban como un postre demasiado delicioso al que se le espera el momento perfecto, tal es su excepcionalidad.


Debo confesar que sus memorias, fantásticas, esclarecedoras, elocuentes, me resultaron también una pequeña gran decepción. No es un dios, es un hombre, afirmé. Es menos listo de lo que pensaba, es frívolo, inseguro, está realmente obsesionado con el sexo y además es todas las heroínas más famosas de sus obras.
Tennessee era Blanche, era Alma, era Alexandra del Lago, era la señora Stone. Todos los excesos de esas divas, señoronas y cursis pavesas, son los excesos de Willliams; sus miedos también.
Vivió en Roma, como la Señora Stone, contratando bellos muertos de hambre para su exclusiva compañía; huía de los estrenos ante la sombra del fracaso como Alexandra del Lago; tenía predilección por los machos poco recomendables como Stella.
¿Sus personajes femeninos son acaso maricones tras asaltar el armario de sus mamás? Es la pregunta que se hará usted al leer la obra de muchos autores homosexuales. También la mía.


Tenía yo la idea de que el autor planeaba sardónico sobre estos personajes; que, de algún modo, estaba por encima de ellos. Ahora sé lo que debería haber sabido: la obra de Tennessee es fuertemente personal. Es una confesión, como la de cualquier escritor de estatura.
El alcoholismo, la promiscuidad, la culpa, la paranoia por la muerte. Y también el manicomio como ese fantasma inevitable, que toca a la puerta en el tercer acto. Su hermana se volvió loca, y él también pasó cierto tiempo en un sanatorio mental.
Decepción y, a la vez, una renovada admiración. Cómo Tennessee recuenta su vida, la fabula, la dramatiza, la vuelve leyenda. Su autobiografía es honesta y, en ocasiones, conmovedora. En su justo punto, de manera inopinada.


Tennessee, como sus compañeros de acera y profesión Truman Capote y Gore Vidal, también se revela como un fabuloso cotilla, un malvadito de salón. Sus recuerdos por escrito valen más por lo que callan, pero ahí están sus encuentros con estrellonas como la Garbo o Anna Magnani para satisfacer a los cazadores de viejos chismes.
Asegura lo que ya sabiamos - que el Brando joven era el hombre más hermoso del mundo - y sorprende con alguna que otra opinión.
Por ejemplo, deplora la adaptación de De repente, el último verano, y ensalza la poco valorada - y en cualquier caso, digna de revisión - La primavera romana de la Señora Stone.


Otra sorpresa para el Trotalibrerías: si el nombre de Tennessee se equipara en la memoria no sólo con leyenda sino con éxito descomunal, la verdad es que la mayoría de sus producciones fracasaron estrepitosamente, fueron incomprendidas y, todavía en sus últimos años, se encontraba a Williams en el sinvivir de haberse equivocado con una nueva función.
Más indignante es esa esclavitud del teatro neoyorquino a la opinión de los críticos. Si son favorables, la obra sigue. De lo contrario, se acabó. Williams lo cuenta como algo natural, lo asume. A mí me parece escandaloso.
Tampoco encontré algo en estas memorias: cómo escribió sus mejores obras. Él mismo afirma que prefiere hablar de sus correrías sexuales que de sus técnicas escriturarias, entendiendo irónicamente que éstas son más dignas de privacidad que aquéllas.
Intuyo que, con el trasfondo de la culpa protestante, contar los polvos era una manera de expiarlos.


Como Sebastian en las Encantadas, yo buscaba a Dios, una clara imagen Suya. Era ese mi propósito al aventurarme en esas memorias y me di con las bruces de mi mitomanía. Blanche también soy yo, sí. Esperando siempre algo detrás de la simple realidad de que somos lo que somos, incluso el venerable señor Williams.
Él ya encuentra mi error de cálculo, alegando que son las obras las que deben hablar por sí mismas. El que está detrás, el abajo firmante, es sólo un mortal. 
Hablan por sí mismas, ya lo creo. Siguen diciendo tantas cosas. 
Y mi admiración, si cabe, es ahora más grande. No hay triunfo mayor que llegar a Dios sin serlo.

sábado, 2 de noviembre de 2019

El Trotalibrerías: El lector recobrado


Todos me preguntan: ¿por qué no escribes un libro? O, mejor, ¿cuándo lo vas a escribir? Una nueva seguidora y amiga me dijo hace una semana: 

- Creo que tienes un don. 

No es la primera. Mi padre me lo ha dicho siempre.
Lo he intentado, créeme. Quizá me faltó el ímpetu, la seguridad, la perseverancia para pasar de los dos primeros episodios, pero también necesitaba algo fundamental. Volver a ser lector, leer más. 
No podía seguir, porque me faltaba la carne necesaria que hace de un escribiente un novelista. Lo que escribía carecía de músculo, de vísceras, de columna vertebral. Una novela es un cuerpo humano y yo sólo tenía unos pobres litros de sangre. 
Necesitaba leer más. Descubrir a los grandes autores, estudiarlos y, por un proceso de imitación inconsciente, discurrir todas las palabras necesarias para hacer lo que estoy destinado. Es un pecado faltar a ese don que dicen que poseo. Y yo peco todos los días.
Siempre he leído. Aprendí muy rápido. En una foto de infancia, se me ve sentado en el regazo de mi padre, con los pañales puestos por única vestimenta, manejando el libro que él leía. 
Cualquier interés por la cultura que haya tenido en mi vida nació entre su biblioteca repleta, sus siestas con un libro abierto y sus domingos por la mañana con Mozart y Beethoven.
Aprendí a leer con cuatro años. Las primeras palabras que leí fueron “Transcurrieron cien años”. 
Era el cuento de La Bella Durmiente. No podía estar un minuto más sin leer. Amaba los libros, los cuentos. 
Desde niño, ya vivía la necesidad de evasión, la urgencia por otro mundo, más hermoso que este. Leía también a Alicia, a El Mago de Oz. 


“Mi nieto ya sabe leer”, decía mi abuela orgullosa a todos los dependientes de las tiendas en las que entrábamos de paseo. Yo leía todos los letreros. Jo-ye-ría, fe-rre-te-ría. Ella celebraba que alguien querido supiera leer, porque venía de una época donde la alfabetización era un milagro. Ella también leía, aunque susurrando las palabras, mojando el dedo para pasar la hoja y creyéndose todo lo que estaba escrito.
Supe pronto que el lector se distingue de los demás, porque la gente prefiere vivir la realidad a estar concentrado en la lectura. 
Es un hábito que cuesta adquirir, requiere interés, vive a millas de la inmediatez. No juzgo a quien me miraba como raro por preferir la lectura desde niño. Quizá me juzgo más a mí mismo por esconderme, por no mostrarme orgulloso de lo que hacía, por no saber afrontar la envidia. 
Pero era un niño entonces. Todavía no sé muy bien cómo hacer frente a la opinión ajena, sobre todo cuando no es solicitada.


A los trece años leí Cien años de soledad, pero a los catorce apenas leía. La adolescencia, ay, qué malvada. Échale la culpa a mi pereza, también. Un hábito que se pierde, tan difícil de recuperar. 
Y, sobre todo, el cine. Cuando me hice cinéfilo, se acabó. Ya lo leíste: una obsesión que arrolló con todo, lo bueno y lo malo. Las imágenes elocuentes acabaron con las palabras del papel. “Hace tiempo que no leo”, pensaba, iluminada mi cara por la acariciante pantalla.


En los años de mi vida adulta, intenté muchas veces recuperar el hábito de la lectura, aplazado frente a los apetitos culturales más instántaneos que propician las películas y las series de televisión. Cuando volvía la urgencia por escribir algo, aquello me salía un best-seller, lleno de clichés, de sentimentalismo esperado. Y yo quiero ser bueno en lo que escribo. Si no, no escribiré nada. 
Cada cierto tiempo, intentaba fijar una hora al día para leer, pero siempre fracasaba. Debía ser por la elección de las novelas. No se puede empezar por La Regenta, no. Hay años en que sólo leí dos o tres novelas, y mayor es el número de las que no podía terminar, incluso aunque me gustaran. 
En 2017 encontré la solución: para recuperar el hábito de la lectura, hay que estar todo el puto día leyendo. El libro va primero, luego lo demás. El libro en el transporte público, el libro en la cama, el libro en el váter, el libro cuando no sabes qué hacer, el libro siempre a la vista. Y, de manera más radical, el libro antes de la película y muchísimo antes de la serie de televisión. 


Empecé con libros de autores homosexuales y fue una buena idea, porque está bien que la copla suene al ritmo vital, te diga algo que pensabas que nadie compartía y ¡a seguir cantando!.
Mi amigo Pablo Aros también ha sido un buen flautista al marcar la melodía precisa. Por aquí, por aquí, me decía, y él, que no ha parado de leer nunca, siempre me lleva a un buen libro, a un buen autor. 
En una de las sendas que le seguí, me topé con José Donoso, el gran escritor chileno. 
Donoso, que era mucho de lamentarse, decía que nadie leería sus novelas en cuestión de una década; al menos en España, es lamentablemente cierto. Descatalogación casi total de uno de los nombres del llamado boom latinoamericano. 
Entre 2017 y 2018, leí cinco o seis novelas de Donoso; la mejor, sin duda, es El obsceno pájaro de la noche, una obra de arte fascinante, que, curiosamente, tiene puntos en contacto con la película de la que nació mi cinefilia; como en ¿Qué fue de Baby Jane?, la vejez femenina es la estrella.
Pero la novela de la que quiero hablar a colación del nacimiento del Trotalibrerías es otra y no está escrita por José Donoso, sino por su hija adoptiva, Pilar. 


Se llama Correr el tupido velo, desgarradora biografía de una figura literaria, de un padre escritor. El libro recibió el aplauso de la crítica, pero también propició tal estrés a la familia, que Pilar acabó suicidándose tiempo después la publicación, culminando la historia de los Donoso con la más trágica de las notas.
Entre el ajuste de cuentas a lo Crawford y la admiración, en el texto de Pilar Donoso, aparece el escritor en sus horribles complejos, su inadecuación física, su reprimida homosexualidad, atrapada en un matrimonio infeliz, y todas las vivencias y desventuras de una profesión que no conoce rumbo ni horario. Además de la sonoridad emocional de “Correr el tupido velo”, que termina con una frase que hace llorar al más recio, amé el libro por la descripción de la rutina del escritor, las transcripciones de sus diarios personales y de sus notas, donde se destapa cómo componía sus historias, a través de ideas deslavazadas. Algunas se enlazaban con otras y creaban novelas maravillosas, otras quedaban ahogadas en el tintero.


La obra también relata la faceta de Donoso como profesor de otros escritores, a los que recibía en su casa con afán didáctico e inevitable divismo. Objeto de mofa de Roberto Bolaño, que los llamaba "los donositos”, estos alevines acudían al calor del maestro, que, en plena lección, podía quedarse mirando a uno de ellos y decirle:

-  ¿Y usted? ¿Qué hace? ¿Qué escribe?

Pero también les preguntaba qué leían. Y ellos respondían que devoraban la novelística hispanoamericana reconocida, la que constituyó el boom de los sesenta, de la que ellos se sentían directos herederos.
Donoso se desesperaba ante esa respuesta y les hablaba de los grandes autores, que él leía en su adolescencia y releía ahora a la menor oportunidad.  ¿No conocían a Stendhal, a Dostoievski, a Tolstoi, a Proust, a Balzac? ¿Les resultaban remotos? ¿Pretenden ustedes ser escritores sin conocerlos?
En ese momento de la lectura, José Donoso pareció dirigirse a mí, como si yo estuviera en su casa, como si fuera uno de sus acólitos. Josito, otro donosito. 

- Y usted, caballero, ¿qué hace? ¿Qué lee?

Mi acomplejamiento cultural fue tal, que me sentí pequeñito, como Alicia tras morder el hongo equivocado. Sé tan poco, pensé, he perdido tanto el tiempo. Además de juzgarme con tal severidad, decidí pasar a la acción en lugar de quedarme en un rincón lamentando la suerte de mis decisiones pasadas.
Así, llené mi mesilla de grandes obras. Eugenie Grandet, Rojo y negro, Guerra y paz, Los miserables, Don Quijote. Y Crimen y castigo
Crimen y castigo siempre me dio apariencia de tostón venerable, para el que hacía falta un castillo apartado y ninguna distracción, pero bastó un episodio para dejarme con la boca abierta, sólo cinco días para terminarla y el futuro jurado para descubrir más libros del tormentoso, macabramente divertido Dostoievski. 


Crimen y castigo es una obra de la que se han dicho y se deben decir muchas cosas, pero, con mis ojos cinéfilos, la considero también el thriller esencial, el cine antes de que se inventara. 
Descubriendo libros como Los miserables o Guerra y paz, he detectado los cimientos de la espectacularidad y la emotividad de las películas; he visto que se cumple la máxima de Godard: el cine es un invento del siglo XX, pero absolutamente decimonónico.

- Y usted, caballero, ¿qué hace? ¿Qué lee?

Descubrí que las grandes obras no son algo exclusivo de los más atildados y grises intelectuales; son una herencia rica y asequible, al alcance de todos, diseñada para deleitar y hacer pensar, para cambiar el mundo, para hacernos más felices y más inquietos, si tal contradicción es posible. Supe por fin lo que sospechaba, eso que intuía cuando veía a mi padre leer tanto: que en la novela estaba, irónicamente, la verdad.
Así nació El Trotalibrerías. 


Ahora contemplo los escaparates de los librerías como si fueran suculentas pastelerías y los únicos y verdaderos esfuerzos que debo hacer por no gastarme todo mi dinero suceden dentro de ellas. Holly Golightly superaba las depresiones en Tiffany’s, yo culmino la semana de trabajo con la felicidad de visitar una librería y llevarme algún librito, que, total, tampoco cuesta tanto.
Ahora, tras mucha disciplina, he conseguido que la lectura sea un placer del que nunca esconderme, del que siempre enorgullecerme. Supero los ochenta libros leídos al año y no dejo de lamentarme por el tiempo perdido. Pero también soy justo conmigo mismo, confío en el tiempo recobrado y digo aquello de que nunca se sabe lo suficiente. Es el fundamento de la inquietud intelectual: sentirse chiquito como Alicia, pero mirar hacia arriba con la voluntad de crecer. 
Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Balzac. Y también Maupassant, Zola, Chéjov, Poe, Pushkin, Thackeray, Turguenev. Ay, Turguenev.
Y sí, me olvido de uno. Proust. Aún no he leído a Proust.

- Marcel Proust no es fácil, señor Donoso, no tengo tiempo. – digo, mientras lo veo con la ceja levantada, cual si yo fuera no más que un obsceno pájaro de la noche que lo estuviera molestando.

"Transcurrieron cien años", eran las primeras palabras que leí. Joyería, ferretería, alegría que el nieto ya sabe leer.
Y las que leí anoche fueron estas, también de un bello durmiente.  “Durante mucho tiempo, me acosté temprano…” 
Así empieza “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust. La lista que me encargó Donoso se completa. 


"En busca del tiempo perdido". Acaso la cultura, la que devoramos y la que creamos, no sea más que nuestro patético y hermoso esfuerzo por preservar la memoria, la nuestra y la del mundo sobre el que trotamos. 
Quizá leyendo, quizá creando, invocando los espíritus grabados en los adorados tótems, el tiempo perdido sea de verdad el tiempo recobrado.
Pero, ay, Donoso no está conforme. Porque la pregunta con la que empieza este escrito no ha sido contestada.


- ¿Y usted, caballero? ¿Qué hace? ¿QUÉ DEMONIOS ESCRIBE?