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viernes, 17 de abril de 2020

El Trotalibrerías: La colección incompleta


Encamarado en lo alto de algún mueble de la casa de mis padres, encontrarán ustedes un álbum de fotos. Allí, en imágenes, se cuenta mi nacimiento y mi infancia. Ese álbum es una galería amable y, siempre que lo consulto, concluye que tuve una niñez feliz, privilegiada. A veces, algún gesto, una cara demasiado seria o una pose afectada delatan cierta incomodidad. La inadecuación, mi inadecuación, que explotaría en la adolescencia, definitivamente más triste y de la que conservo escasas fotografías.
En el álbum, está mi bautizo. Mi cabeza con cuatro pelos, mojada por el agua bendita. No lloré. Al lado de mis padres, aparecen mi padrino y mi madrina. Tan jóvenes todos entonces, jugando a ser mayores delante de una pila bautismal, delante de aquello que se llamaba deber.


Mi padrino es también mi primo. Mucho mayor que yo, casi veinte años, no lo sé con exactitud. Será porque era un buen chico, porque le entusiasmó tener una responsabilidad verdadera por primera vez en su vida, porque ser padrino de alguien le resultó todo un honor o porque en 1981 eso todavía significaba algo, mi padrino se tomó su papel muy en serio desde aquel día.
Me llamaba ahijado, no dejaba de telefonearme en fechas señaladas y, cuando visitaba la isla - él vivía en otra -, me iba a buscar y salíamos a pasear. Yo lo quería, me enseñaron a quererlo, él quería que yo lo quisiese. 
Entre mis pertenencias de mi infancia, había una foto de los dos. Me llevó a un estudio. Él sonreía, yo, incómodo como siempre, permanecí serio. Recuerdo la foto perfectamente, pero no el momento.
También recuerdo cuando me llevaba al parque y veía que no podía descender el tobogán, porque sentía miedo y vértigo. "Si no lo intentas...", me dijo. No lo intenté, pero se me quedó grabada esa recomendación. Cada vez que algo me da miedo, me acuerdo de mi padrino, diciéndome que me tire por el tobogán. Al final, nada es gran cosa, aunque lo parezca.
Mi padrino era de una familia más rica que la mía y nunca escatimaba en regalos. En Reyes, aparecía alguno suyo al pie del árbol, reclamando atención. Yo los miraba con suspicacia, no solían gustarme a primera vista, porque no los había pedido. Como todo el amor que me dedicaba mi padrino, me parecía excesivo, me pillaba desprevenido. 
Mi madre me decía que lo llamase para agradecerle los regalos. Yo lo hacía a regañadientes, nunca me gustó hablar por teléfono, y menos con gente que, pese al cariño, no dejaba de ser remota, desconocida.
Muchos de sus regalos aún están en las estanterías, porque, él, informado de que me gustaba leer, solía regalarme los mejores libros en ediciones juveniles fastuosas, llenas de ilustraciones. Cuando luego lo llamaba para agradecerle los presentes, me decía que, por favor, leyera Moby Dick, Capitanes intrépidos o La isla del tesoro. Las aventuras marineras que a él le habían fascinado cuando tenía mi edad.
En cierta ocasión, me regaló cuatro - o quizá cinco - volúmenes de la colección Tus Libros, de la editorial Anaya. Este post es sobre esa colección, pero permítanme antes terminar la historia incompleta de mi padrino, que, al fin y al cabo, fue el que me llevó hasta dicha colección.


Mi padrino es mi infancia. Cuando crecí, su presencia se difuminó de mi vida hasta la desaparición. Recuerdo su boda. Yo me sentía triste y desplazado al verlo casándose y, cuando vino a preguntarme qué me había parecido el enlace, le contestaba con monosílabos y sin mirarle a la cara. Creo que me dio por imposible entonces, no sin antes decirle algo al oído a su flamante esposa. Ella me hizo un gesto para que me acercase a la mesa nupcial. Recuerdo su cara bronceada, su generoso busto, sus labios y cómo me dijo que estaba dispuesta a ser mi madrina, si yo se lo permitía.
Se divorciaron un par de años después. No lo he vuelto a ver desde su boda. He tenido noticias de su vida, como él habrá tenido de la mía. El cariño sigue ahí. 
Ocupado a morir en el trabajo, volvió a casarse con otra mujer, que aportó dos hijos al matrimonio, a los que él adoptó como suyos. Se separó también de ella, pero ellos siguen siendo sus hijos. Mi padrino siempre ha hecho lo correcto. Dicen que siempre fue bueno. 
Tengo un viaje pendiente para verlo, a él y al resto de su familia, desde hace varios años. Desde que se levanten las restricciones. Cuando todo termine. 
Decía antes que unos de sus regalos de Navidad fueron unos volúmenes de Tus Libros, ediciones ilustradas de grandes obras; al contrario que otras colecciones juveniles, esta se fundamentaba en traducciones íntegras - y bastante buenas - de los originales. Era una de esas cosas que se hacían con un cuidado y un escrúpulo que hoy es díficil de encontrar.


No sé dónde comenzó mi obsesión por Tus Libros, pero me recuerdo en las librerías, con once o doce años, y apenas un hilillo de voz, de la timidez tan grande que siempre he tenido, preguntando por la colección. Los libreros se sonreían. Yo, sensible, pensaba que se burlaban de mí, un niño que leía, qué cosas, pero ahora entiendo que aquella sonrisa era de admiración, de ternura. La misma que pondría yo ahora si estuviera al otro lado del mostrador y un niño de once años me preguntase por Los últimos días de Pompeya o El barón de Munchausen.
Gracias a Tus Libros, conocí obras de aquello que llaman lo ilustre, lo culto y lo elevado, pero también descubrí el mundo, descubrí la Historia, o al menos, la vision decimonónica y romántica que se debe tener si se quiere ir con el corazón en la mano por la vida y por el arte. La África en la que pienso es la de Las minas del Rey Salomón, la Inglaterra victoriana, la de Drácula.
Leí Oliver Twist, el libraco que llevaba a cuestas en todos lados, hasta en la playa, en los merenderos, en las terrazas donde se servían papas y pescado frito. Una amiga de mis padres nos vino a saludar y miró tras la silla como yo tenía oculto el Dickens. También se rió y yo también pensé que se burlaba.
Leí Frankenstein, que me hizo temblar cuando la Criatura se acercaba cada vez más a acabar con Elizabeth. El gato negro, la inmensa fascinación por Poe y el terror, además con las ilustraciones de Harry Blake. Otra vuelta de tuerca, la primera novela desconcertante que leí. El oro, de Blaise Cendrars, que me impresionó profundamente con su relato de la avaricia y el fracaso. Robinson Crusoe, De la Tierra a la Luna, La flecha negra, La dama de las camelias.
La dama de las camelias, escalofriante historia de amor, que comenzaba con la subasta de una cortesana muerta y la visita del amante a la tumba donde yacía. 
Ya era adolescente. Cuando leí El retrato de Dorian Gray, debía andar por los catorce años. Fue el último que leí entonces de esa colección.
Quedaron muchos por leer y otros muchísimos por comprar. Seré sincero. Muchos no los terminaba, me aburrían enseguida. La prosa de otros tiempos me resultaba complicada y no le daba el esfuerzo necesario. Quedaron ahí, incompletos, algunos empezados, otros ni siquiera abiertos. Cuando quería comprar nuevos, no tenía dinero o mi madre no quería dármelo hasta que hubiese terminado todos los que ya poseía.


Las cosas que veneramos, las presencias, mi padrino, se difuminan con los años y se convierten en fantasmas que nos visitan, como en Otra vuelta de tuerca
El tiempo es lo único inmisericorde que existe en este mundo. No perdona. Tal vez porque nuestra percepción es limitada. Creemos que fue ayer y han pasado treinta años. Creemos que ha llovido mucho y seguimos siendo los mismos.
Hace seis años, volví a casa de mis padres, tras más de una década fuera de las islas. Ahí estaba la colección Tus Libros, de Anaya, testimonio de una época más simple de mi vida. Despreocupada. Entonces sólo tenía que leer. Ahora debía pensar en el futuro, qué hacer conmigo.
El refugio de esos libros, que acompañaron mi tardía infancia, que me abrigaban tanto como el embozo de la cama, no había muerto. Decidí completar la colección y también leer los libros que nunca había leído. Los tres mosqueteros, Secuestrado, El gran Meaulnes, Primer amor, La hija del capitán. Tus Libros volvieron al pie de mi cama y ahí siguen.
Leeré otros, pero siempre tengo algún volumen  de esa colección cerca. Es la calidez de lo antiguo, la vana creencia de que, aferrándome a lo viejo, detendré la vida en el punto impreciso de una felicidad improbable.


Colección descatalogada, Anaya llegó a publicar 167 volúmenes hasta principios del presente siglo. Ahora sigue editando algunos de esos títulos, pero en tapa blanda y en ediciones de aspecto más infantil. La única manera de encontrar los originales, aquellos que pedía en las librerías cuando era un niñato, es por Internet y en establecimientos de segunda mano. En los últimos años, he gastado una suma importante de dinero en adquirirlos y ahora me faltarán alrededor de unos cuarenta. 
Muchos son caros y difíciles de conseguir; no soy el único que adora y persigue esta colección.


En la última mudanza, les di la prioridad que merecen, pero me di cuenta que son el piano que me aferra a la tierra, un peso que se enreda en mis pies cual soga y me ahogará por la importancia que le concedo. No seré libre porque tendrán que venir conmigo adonde vaya. El apego a las pertenencias y el amor a las personas, cuestión de matices. 
El que se encuentra ahora en mi mesilla se llama El perfume de la dama de negro, de Gaston Leroux. Es de los que tenía originalmente, pero nunca leí. Creo que es de los primerísimos, de los que me regaló mi padrino.


Esas portadas hermosas, que invitan a la lectura tanto como entonces, las exquisitas ilustraciones, la impecable edición, la caligrafía. Me siento en casa cuando tengo un ejemplar en la mano, sosegado, en un pasado que entiendo más que el presente, en un lugar que no da el vértigo que me propicia el mañana. Encerrado, entre Tus Libros que son ahora mis libros, lejos, vuelto un niño, temeroso de lanzarme por el tobogán. El tobogán no existe, el suelo tampoco. Leyendo, disociado, y aferrándome a las cosas del recuerdo, porque las perdí una vez. La presencia de mi padrino en mi vida, el hábito de la lectura, la ingenuidad, el silencio. Todo se desvaneció entre el ruido de los años y el fragor de la actualidad, entre las demandas de la juventud y los caprichos de la vida adulta. Tuvo que pararse el mundo un segundo para acurrucarme en colecciones incompletas como quien aún espera nacer, ser bautizado y querido otra vez. 
La página en blanco, tus libros serán mis libros. Desde que se levanten las restricciones, cuando todo termine.

martes, 24 de marzo de 2020

El Trotalibrerías: La palabra es sexo


Mi padre tiene una gran biblioteca, la que desearía cualquier ávido lector como él. Cuando era pequeño, me parecía enorme, un templo, y de verdad creía que todos los libros del mundo estaban allí.
Yo ya sabía que los libros eran el lugar para encontrar respuestas.
Cuando era adolescente, la pregunta era, por supuesto, el sexo.
Y en la biblioteca de mi padre, oculto, pero no demasiado, había un libro titulado Enigmas de la sexualidad. Era un tratado viejo, escrito por un doctor francés y publicado hacia finales de los sesenta.
Recuerdo pasar las hojas con pecaminosa prisa. Por entonces, el sexo todavía producía muchas risitas, aunque era mayor la incomodidad de nuestros padres que la nuestra. Más que protegernos ellos del sexo, hacíamos lo contrario: escondíamos nuestras inquietudes, nuestras pajas, porque entendíamos que el tema sofocaba y angustiaba a la generación que creció con la idea de que el sexo era una cosa sucia, de la que mejor no se hablaba.


Pero ahí estaba ese libro.
Mi padre debió tener muchos enigmas acerca de la sexualidad y, por eso, adquirió ese volumen. No sé si lo haría en busca del erotismo o para responder a sus quimeras. Porque fuera el sexo sucio o no, había que hacerlo. Para tener hijos, para hacer feliz a la esposa, para atreverse a ser feliz uno mismo.
Recuerdo algunos fragmentos del libro. "Los amantes entran en estado de nirvana". Así describía una de las fases del coito.
Esto debí leer después del suicidio de Kurt Cobain, porque la palabra "nirvana" no me era ajena. El tono del libro era horrendo por aleccionador y moralista; estaba escrito por un médico que más bien sermoneaba. Tenía un apartado delirante dedicado a las "perversiones sexuales", donde no faltaba la homosexualidad. Aún no tenía demasiado clara la mía y aquello ya me resultó descacharrante por ofensivo.
Me masturbé con la descripción que hacía del coito. "Los amantes entran en estado de nirvana". Me imaginaba a mí mismo follando e inclinando la cabeza hacia atrás, de absoluto y puro placer, ascendiendo a lo metafísico.
Antes del porno, los libros eran la única manera de conocer el sexo sin practicarlo. En épocas reprimidas, en edades no autorizadas, más aún. ¿A quién le vas a preguntar? Sólo los libros tienen todas las respuestas. Tienen hasta lo que no quieres saber.
De aquella época, también recuerdo un pasaje de El ladrón de cuerpos, de Anne Rice, en el que Lestat le hace un cunnilingus a una mujer. Que lo recuerde tan vívidamente es significativo, porque es algo que jamás he hecho ni tengo intención de hacer.
De manera curiosa, el libro que estoy leyendo ahora, Cuando cae la noche, de Michael Cunningham, también tiene un episodio de cama donde se describe a un marido practicándole sexo oral a su esposa.


Lo leí con interés, porque el sexo es siempre un secreto, un enigma. Nunca me comeré un coño, pero siempre me intriga cómo se hace exactamente.
Porque dicen que el porno no lo enseña bien. Todavía muchos y muchas buscan las respuestas en los libros.
Hace una década, estuve trabajando en la librería de unos grandes almacenes y me viene a la cabeza uno de los clientes. Era un muchachón musculoso, un maromazo bien equipado, con la camiseta negra a reventar de tremendos bíceps. Un sueño pornográfico. Aún así, el caballero pedía libros sobre sexo. No libros eróticos, sino libros de cómo hacerlo, de cómo mejorar en la cama.
Como mi padre, como todos los hombres, el chico se sentía en el deber de equiparar su imagen de macho con su destreza entre las sábanas. El porno no le había servido de nada y su esposa/novia se lo había hecho notar.
La respuesta esperaba encontrarla en una guía escrita, a ser posible también ilustrada, que le diera unas pautas. Pero, más importante, que le dijera la verdad. Porque aquí está la creencia tan divulgada, tan comúnmente aceptada: las películas mienten, los libros dicen la verdad.
¿Dicen la verdad los libros? ¿Son las novelas el hilo que conduce a esa madeja que llamamos sexo? La literatura y el sexo están tan interrelacionados, que este post podría parecer una obviedad a los más intelectuales.
El acto de leer es un acto íntimo, sensorial y secreto, muy secreto. En las páginas de los libros se pueden contar cosas que no se pueden contar en casi ningún otro sitio. ¿Por qué quién lee, al fin y al cabo?


A ese respecto, no deja de sorprenderme recorrer ciertos clásicos del siglo XIX y encontrarlos mucho más picantes y honestos sobre la sexualidad humana que la mayoría de las películas y series que se produjeron cien años después. Novelas como Bel-Ami o Rojo y negro todavían calientan. Son fogosas y, más lo son, cuando sus escritores recurren con un arte insólito a un lenguaje que evita los términos evidentes, pero hace la descripción aún más ardiente. No es exactamente censura, es despertar al sexo con una caricia precisa, con una palabra adecuada.
Tampoco seamos bénevolos con el pasado. Si muchas novelas de siglos remotos nos hablan de que no hay nada nuevo bajo el Sol, muchos de sus autores fueron perseguidos, condenados y ajusticiados por la Iglesia y la moral pública. Y ya lo cuenta Stendhal en Rojo y negro: era pecado leer novelas. Cualquier novela.
Bien cierto es que la literatura siempre puede arriesgarse, dar el paso, porque es un acto directo, individual. Siempre habrá algún editor tan enfermo como el autor.


En el cine, cualquier narrativa está producida con un ánimo empresarial y, por tanto, existe un pre-acuerdo. La censura no es tanto posterior como anterior. El cine, como espectáculo público, ha estado sometido a un escrutinio especial. Nadie lee, pero todos van a las películas. Por eso, éstas han de mentir.
En los márgenes del cine, allá por la década de los sesenta, irrumpieron los bestsellers eróticos, los llamados libros sucios.
Muchos descubrieron el sexo con esas noveluchas de consumo rápido y el rey fue Harold Robbins, que se autoproclamó el "escritor playboy".
Complemento necesario de la revolución en las camas que se viviría por aquellos tiempos, Robbins, como estilo enseña, contó polvos, felaciones, cunnilingus y orgías en sus relatos de los ricos y famosos. Su aportación al imaginario erótico de toda una generación le valió una autobiografía con el subtítulo significativo: "El hombre que inventó el sexo".
Pero el sexo de Harold Robbins era un sexo como consumo, un sexo para pajas, un sexo que no cuenta la verdad que buscamos en la literatura.


¿Qué verdad cuentan los libros sobre el sexo? ¿Qué verdad he encontrado yo? El gran escritor entiende que el sexo es una parte de la vida.
Uno de los titanes es D.H. Lawrence, cuyos libros han depasado hace tiempo el escándalo que suscitaron en su tiempo, y hoy reaparecen como los frutos de uno de los mejores evocadores de la carnalidad y su decisiva relación con el alma humana.


Los novelistas pueden hablar de sus despertares sexuales, tema recurrente, sean aquellos felices o traumáticos, o pueden abordar el sexo en sus facetas más furiosas y humillantes.
La escritura dice la verdad cuando asegura que el sexo no es siempre alegre, como nos venden ahora las modas y los medios, que no se entra necesariamente en fase de nirvana cuando se copula.
El sexo y la psique son una misma cosa y hay sexos que no enaltecen, que son sólo una prolongación de sufrimientos y ansiedades, que no resultan bonitos ni necesarios.


Yo he descubierto las respuestas en los libros. 
Cuando leí a David Leavitt, pensé que alguien por fin me comprendía. Leía lo que sentía: el sexo con otro es difícil y no siempre placentero cuando estás acostumbrado a estar solo y, por tanto, a practicarlo en soledad. El estado de nirvana no me ha estado garantizado siempre, he de confesar.
Los libros no cuentan la verdad: la dicen a susurros, porque están desvelando los secretos de los escritores, que, a veces, son también nuestros secretos.
No se puede hablar de sexo sin glosar la represión, la ejercida por la sociedad y la que se ejerce sobre uno mismo.
Y, a diferencia del porno, el sexo no debe ser ese centro obsesivo, aislado, desprovisto. Esa erección no es sólo una erección. Tiene una historia detrás, tiene la Historia detrás.
Aún ahora, la literatura es la hermana mayor de la cultura en terrenos golfantes. Cuando se adapta una novela al cine, todavía se preguntan todos: ¿Y podrá contar ESE episodio, ESA escena?.
La timoratez de las pantallas convencionales sólo está a la altura de su entendimiento del sexo como una veta a explotar, como un tema que todavía da risita.


Da risita lo que todavía sigue siendo un secreto. ¿Sabemos algo sobre sexo? ¿Sobre lo qué significa de verdad?
En estos tiempos de cuarentena, donde, como si volviéramos a la era victoriana, sólo podemos mantener sexo con la compañía estable o con la mano operativa, reflexionemos sobre las incógnitas de la sexualidad y busquemos la cálida compañía de una novela vergonzante.
Y, si alguien quiere saber el paradero del libro de mi padre, Enigmas de la sexualidad, diré que está en mi poder.
Era uno entre una pila de los que mi querido viejito quería deshacerse - la vida ya le habrá despejado todos los enigmas - y yo, nostalgia de por medio, lo robé con la mano operativa sin que él me viera.

miércoles, 18 de marzo de 2020

El Trotalibrerías: La soledad es una corona


Mi costumbre de cada viernes es aminorar los pasos al salir del trabajo, concederme un almuerzo por el camino y visitar una enorme librería antes de volver a casa. 
Trotalibreo por ella, mirando y mirando. A veces, compro - más de lo debido -, otras me digo que tengo mucho por leer y enseguida tomo el tranvía de vuelta.


Al llegar a casa, cierro la puerta. Es probable que no la vuelva a abrir hasta el lunes para ir a trabajar. Es lo que yo llamo un fin de semana ideal, deseable, habitual. Todo lo que he contado, por supuesto, lo hago solo.
Quiero estar sola, decía la Garbo en Gran Hotel, cansada de la fama, pero sobre todo de lo mundano, de la sociedad, de la invasión de los otros. 
Hay algo tóxico en la compañía y los solitarios recalcitrantes como yo nos envenenamos de esa toxicidad con excesiva rapidez. 
Cuando se tienen aficiones solitarias - el cine, la literatura, el ejercicio físico -, la compañia entorpece. 
Los lectores buscan la soledad para leer las grandes obras, esas que ocupan tanto tiempo y concentración; los escritores buscan la soledad para poder escribirlas.


La maldición de la literatura es su creación solitaria, porque solitario es su diálogo. Ahí están sus personajes, sus individuos, generalmente enfermos de soledad, prestos a descubrir el amor, subir una montaña o esclarecer un secreto.
En uno de los pasajes más impresionantes de la literatura universal, un niño solitario entra en el comedor de una mansión en ruinas. 
Un banquete de bodas podrido en la mesa, llena de telarañas, y allí sentada, vestida de novia, la Señorita Havisham, una vieja que lo sabe todo de la soledad, el aislamiento, la decepción, la nostalgia.


Los solitarios vivimos del recuerdo, como si alguna vez hubiésemos estado en una ideal soledad, en un bálsamo donde no era necesario trabajar, ni responder a los compromisos, ni atender a las exigencias de la sociedad en torno a nuestro aspecto físico o estado civil. El solitario busca el lugar acotado, el tiempo suspendido. El solitario busca vestirse de novia y que las telarañas rodeen su catafalco en vida.
Los escritores se aislaron. Lo hizo Marcel Proust, una persona tan sensible que sólo podía emparedarse y escribió entonces los volúmenes de A la busca del tiempo perdido, esa hazaña de la humanidad. Y lo hizo porque se enredó en su soledad, en su aislamiento.
Yo he soñado con la soledad como una corona para mi imperio. 
La he buscado incesamente, la he tenido durante ciertos períodos, la recuperé el año pasado. Salir del trabajo, encontrar la paz, abstraerme de la mediocridad, del escaso vuelo intelectual y emocional de los demás, ese que uno nunca puede poner en evidencia, so pena de pecar de maleducado. 
La soledad es la respuesta y es el gesto contemporáneo, la inevitable derivación de culturas individualistas. Somos rescoldos del Romanticismo: no importa tanto el amor, como ser nosotros mismos. En conserva.


La soledad es una corona, el ser humano frente a la sociedad, tocando una sinfonía de Brahms o enzarzado en la lectura de La montaña mágica, en la que el protagonista siente un extraño pero significativo deseo de estar enfermo, vivir internado en un sanatorio, postrado en una hamaca para sudar su dudosa tuberculosis, lejos, lejos de lo mundano. 
Sólo una catástrofe podrá sacarlo de esa soledad autoimpuesta.


Yo quería soledad, para leer, para escribir. Me fastidiaban mis compañeros de trabajo, mi escaso tiempo diario, mis ganas de dormir temprano. 
Y cuando escribía, sentía que no tenía nada importante qué contar. ¿Vivía en tiempo de grandes guerras o absolutas desgracias para testimoniar algo de relevancia? Este mundo donde todo pasa y todo acaba es inaprehensible por definición. No tiene forma, no tiene fondo. Es insaciable.
Quería aislarme, como el Príncipe Próspero y los suyos a salvo - o no - de la Muerte Roja, o como los jóvenes del Decamerón, que huyen de la Peste Negra para asentarse en una villa y contarse historias graciosas, escapismo en pleno siglo XIV.
Lo deseaba tanto que llegó. El decreto dijo que todos debíamos refugiarnos en nuestras casas y no salir. El virus andaba por las calles, por los pomos de las puertas, por las bocas de los niños. Y en mi trabajo. 
Salario íntegro, en casa hasta nueva orden.


Corrí, sin aminorar ningún paso. No era viernes. Era el viernes para siempre. Y de la alegría pasé a la extrañeza. Veía películas, leía libros, y de repente, la realidad, ese universo antes informado de mediocridad, se parecía ahora a una ficción. Era una prolongación, quzá un sueño mío. ¿Es esto real?, me preguntaba, me pregunto.
Todo cerrado. Gimnasios y peluquerías. No habrá que preocuparse por la apariencia o, al menos, se entenderá el descuido. Nada de sexo, ni compromisos familiares, ni cumplidos sociales. Estaba excusado. Podía zafarme por fin, sin vergüenza, sin disculpas.
Solo, por fin, solo, con toda delicia. Y solo, con privilegios: dentro de una casa amplia, con el bolsillo lleno, en un lugar privilegiado del mundo. Sano, autosuficiente.


La soledad es la corona, pero sus espinas son la culpa. Porque mi utopía retorcida es la distopía ajena. Esbocé una sonrisa de placer ante los demás, los que no pueden estar solos, los que no saben vivir quietos, los que arrean con toda la tropa. Esos que me miraban como un bicho raro, ahora me ven con la corona puesta. Yo soy el rey. 
Esta insensatez de situación me obsesiona de tal manera, que he pensado que estoy loco, que estoy soñando, que desafié a Dios y él me ha dicho: ahí tienes ese veneno espinoso entre tus manos, saboréalo, porque has ganado, intenta ser feliz.
El transcurrir de los días del aislamiento se hace cuesta arriba para muchos y ya no esbozo la sonrisa se hiela en preocupación. 
Todos aplauden por las ventanas a la hora indicada de la tarde y yo también lo hago. Estamos solos y lo hemos estado siempre. Es lo que no sabía. Pero ahora hay una incertidumbre mayor. ¿Estamos vivos? 
La sociedad, esa cosa tan irritante, resuella sin aliento, pero no los individuos que la conforman. Demuestran ser héroes con el culo en el sofá.
Y yo, que lo sé todo sobre mi culo en el sofá, contemplo el pasillo de mi casa, las habitaciones, y me pregunto si también soportaré todo este tiempo. Sin amor, sin sexo, sin familia. Dios mío, ¿qué es lo que te he pedido?
Siento que no quiero que se acabe, que me enredo en la hamaca de mi postración, pero, a la vez, deseo que el final llegue pronto. 
Entre los abrazos y los vítores, la corona se caerá, pero yo veré otro deseo realizado: habré sufrido y sobrevivido un acontecimiento histórico. 
Por fin, tendré algo que contar.