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jueves, 8 de julio de 2021

Crónicas de Cinefilia: El cine fue la escuela


Hará diez años, quizá nueve, atravesaba una época, digamos, poco distinguida y la estaba remojando en alcohol de lo lindo. 
Si hubiese seguido por ese camino, habría acabado mal. Era aquello alcoholismo, me pregunto. Estaba a dos días y tres lunas de que se convirtiese en un problema gravísimo.
Conté mi excesivo enamoramiento de las copas en el blog que escribía entonces y, como todo lo que pongo por escrito, obró su efecto terapéutico. 
Dejé de beber tanto o, al menos, paré de entenderlo como una manera de hidratar los conflictos, los míos y los que veía a mi alrededor. También paré con los trasnoches, comencé a ahorrar y, de ese modo, inicié el largo camino que me ha llevado hasta hoy, un hoy más fuerte y próspero, no exento de dificultades y preocupaciones, antes la que ahora procuro beber agua. De tener sed de ginebra un martes por la noche como en 2012 a una cogorza por cuatrimestre – si acaso, porque ya no las aguanto -, subí una escalera.
Sí, como la escalera que asciende Susan Hayward en Mañana lloraré. Hace una semana revisé esta película que vi por primera vez en aquel 2012 dipsómano. Pareciera que eligiera retratos de borrachos, porque también vi entonces por primera vez otra clásica denuncia del alcoholismo: Días sin huella.
En aquellas noches de sed o resaca, o de sed y resaca, ¿gustaba de ver películas que me contasen o fue una coincidencia? Quizá ambas cosas, porque ninguna de las dos películas me dejó indiferente y, valga el leit-motiv de este post, me impresionaron con la virulencia oportuna: yo dejé de beber por el cine. Porque sucumbí a lo que mejor maneja el cine clásico: cuanto más sencillo es el mensaje y más expresiva es la imagen, más poderoso es el resultado.
Hay un momento en Mañana lloraré, en el que la protagonista, hecha una ruina, vapuleada, envejecida, toma una determinación: sube las escaleras hasta Alcohólicos Anónimos. Va a pedir ayuda. La escena, que Susan Hayward interpreta a una altura emotiva de las que ya no se alcanzan, me hizo llorar en 2012 y me hizo llorar el otro día en la revisión.


Es la imagen de la esperanza. De que, después de la vergüenza, de la derrota, de machacarse a uno mismo por el vicio de machacarse a uno mismo, todavía hay una pequeña fuerza, rídicula, milagrosa, que vapulea a intentar salir del pozo más hondo en el que el ser humano puede hacerse caer: la adicción y la autodestrucción.
Días sin huella compuso una sesión doble para mi espíritu borrachín y fue aún más impactante que Mañana lloraré, porque me dije: “Yo soy ese dentro de dos meses”. Perder la dignidad por un traguito más, que se haga de día mientras buscas un bar abierto, contar las monedas, pedir fiado. Caerte al suelo, andar con gente poco recomendable que te amista, te lía, te roba. 
Yo aún no era un alcohólico de manual: no tenía temblores, no escondía botellas, no sufría delirium tremens. Pero todo lo que he contado, lo estaba viviendo. Y la sed, las ganas de beber siempre, la boca pastosa a las diez de la noche. La preciosa botella de Tanqueray, de color verde esmeralda. Me bebía una entera antes de salir de marcha.


Era un tiempo oscuro como oscura es nuestra existencia, y el personaje de Días sin huella era, además, un escritor frustrado, que apenas podía tipear en su máquina por los temblores. Aún así, como en Mañana lloraré, cundía la esperanza, mientras se proyectaba sobre las audiencias y sobre mí la imagen del Infierno. Ese que se relativiza hasta que estás en él. Pocos han tomado en serio que yo tuviera ese problema y suelen llamarme aguafiestas cuando digo que no quiero beber alcohol. Vivimos en un mundo donde los borrachos son súper graciosos hasta el día en que dejan de serlo. 
El cine fue la escuela, una vez más, y lo sigue siendo. Yo dejé el alcohol por el cine. Levantó su antorcha como hace siempre y me mostró la luz. Con un lenguaje sencillo, moral, con la estridencia justa, con el lenguaje del melodrama que es el lenguaje que mejor entiendo. Si sigues por ahí, acabarás como esa mujer o como ese hombre. Puse el freno a tiempo y el cine, lección de vida y muerte, recuperó su puesto como mi primera, principal y eterna adicción.


Porque yo todo lo aprendí en el cine. Beso como en las películas, inclinando a mi doncel hacia un lado, soportando su nuca sobre mi mano con suavidad y besando como quien besa una cosa delicada y preciosa. Me miran con desconcierto. Así amo, así me enamoro también.
Cuando faltó el amor – casi siempre -, ahí estuvo el amor de los otros, el amor de los que se enamoran en las películas, y el amor de las películas hacia su espectador. La pantalla acaricia, con sus imágenes suaves, con sus expectativas de mundos sólidos, con sus seducciones de vidas gratificantes y trascendentes.
El cine me permitió viajar cuando no quería o podía. El viaje que propone la literatura: hacia ciudades que ya no existen o no existieron jamás, a mundos fabulosos que vivieron en la mente de sus creadores, decididos a transportarnos a lugares fuera de la grisura de los tiempos, por mor de las experiencias vicarias. El cine es la imitación de la vida, una imitación brillante y refulgente, que debe ser la única falsificación más preciada que el original. 
La transferencia entre uno y otro mundo se dijo salvaje en mi vida y ya no sabía dónde vivía. Bajaba la escalera de la escuela donde estudiaba con el andar de Escarlata O'Hara y la subía con la graciosa prisa de Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma.
Si el cine me habló de la virtud y me disuadió del vicio, me enseñó cómo abordar éste con estilo. Fumaba como las divas de la pantalla y aquellas noches de alcohol y despejo, cuando me dejaba ver en cierto bar de ambiente, caminaba detrás la barandilla que dividía el local en dos pisos, con la cadencia y el enigma de Donna Reed en De aquí a la eternidad
Sí, el cine también me enseñó a ser puta.


Ya lo he escrito en esta radio inmortal: el cine viejo como extensión, como emulsionante, de mi afectación, de mi lado femenino, de mi mariconez. Ahí bullía, ahí me condenaba a la tensión con el mundo de los otros, ese que deploraba la delicadeza, celebraba la fuerza física y, cuando a un jugador de fútbol le daban un codazo que le hacía brotar chorros de sangre, pedía penalti con alaridos cromañones antes de preguntar si el pobre muchacho se encontraba bien.
Introducirme en el cine, envolverme con él, era el desafío, antes y después. Como lo ha sido en toda aventura hacia la cultura. El único modo de elevarme, de distinguirme, pero, sobre todo, de desaparecer de la vista. El cine como escuela de la evasión.


Son las pantallas las que me traen el reflejo de los hombres que nunca tendré. Ese Tom Selleck de Magnum P.I., la medida de todas mis fantasías, el material del que están hechos los sueños. 
Ahora la esperanza es menor, la ingenuidad también: nunca tendré un hombre así en mi vida, porque no existe. Es puro reflejo. En el cine, bien lo supe, todo es humo y espejos.


Devoraba películas, aún las devoro. Y detrás de Mañana lloraré y otros delirios tremendos del viejo Hollywood, he visto Poison, de Todd Haynes, que no es cine clásico ni experiencia vicaria, pero es otro contundente espejo, porque los espejos también dicen la verdad. 
Y más este poliedro sobre lo que es vivir y existir en un mundo de homofobias y entendí, entendí, entendí el miedo que vive en mí, el miedo que habita, el miedo que me hace desaparecer a la vista de todos. 
El mismo miedo que he sentido leyendo las noticias de ese asesinato en Galicia por esa jauría que se apuntó a la fiesta del matarile al maricón.


Entonces eché a correr, golpeado por la realidad, angustiado porque esa imagen de persecución, de muerte, de odio, para la que nunca he encontrado mayor solución que la invisibilidad, se asoma en mis pesadillas, vivía oculta en ese miedo latente, pero poderoso. El miedo que hace neutralizarme en ciertos lugares y delante de ciertos hombres, para no ser violentado, para no despertar sus mohínes de desagrado, para vivir y no morir. Desaparecer, diferirme a la ficción, ¿no es algo parecido a una muerte? Hago lo que quieren los homófobos: portarme bien, bajar la cabeza, pasar de largo, saber cuál es mi sitio. 
La pantalla nunca se apaga, yo estoy hipnotizado. Y la hipnosis es el sueño, y el sueño, lo más parecido a la muerte.
Y sigo corriendo, íntimamente, dentro de mí, porque el mundo de afuera es peligroso, no lo entiendo. De las narices brota sangre y, ante eso, patean más fuerte.
Anoche me bebí una película en blanco y negro como un poderoso narcótico que me consolase, me hiciera invisible a lo que más desconfío – los demás, los extraños, los borrachos -  y me dijera lo que tengo que hacer a continuación. 
El cine como mi enorme pizarrón, mi maestro sentimental, mi tapiz de cosas que no puedo ver ni sentir ni padecer. Dime, lienzo, qué es lo que puedo hacer con este miedo, con esta adicción a desaparecer, a aislarme, a protegerme del daño. Del daño sufrido y del daño por sufrir. 
El cine, esa madre, me arrulla y me ha dicho lo que me ha dicho siempre, a su pesar, decidido a que abandone sus faldas de una vez por todas.
Porque una madre te quiere y no querrá que te vayas de su lado, pero sólo puede darte una lección, la misma cantinela que entonarían los muertos del cementerio si pudieran. Vive, vive, vive.

viernes, 3 de julio de 2020

Ese Libro, Aquella Película: Rebeca


En cualquier tratado de la nostalgia, debería incluirse Rebeca
Rebeca es el pasado. Su propia historia está contada a través de un ayer estremecedor, imposible de sacudir de la existencia de sus protagonistas. Rebeca también es el día – o, mejor dicho, la noche – en que la vimos por primera vez y nos dejó huella. Y Rebeca es el pasado del cine, un tiempo tan remoto como insuperable, un símbolo que, a la manera del personaje central de la historia, atormentó y sedujo a las películas que se hicieron después.
Rebeca vuelve, porque cumple ochenta años. En las baldas de las librerías o en posición privilegiada en sus mesas, puede usted encontrar la novela original de Daphne du Maurier, reeditada por Galaxia Gutenberg, y también un señor volumen sobre la película, que lanza con su acostumbrado lujo Notorious Ediciones. 
He de decir que no he podido resistirme y he comprado los dos libros. El primero, lo he vuelto a leer. El segundo, lo he disfrutado como quien se aglotona de postre. 
No sé qué tiene Rebeca. Supongo que intentaré descifrarlo con este post. 


La vi sin querer una noche de La 2 de Televisión Española, cuando aún no había empezado mi fiebre por el cine. Es de esas películas que alguien de mi familia estaba viendo y yo, atraído por las imágenes, me dejé hipnotizar. En este caso, desde el principio. Esa mansión, cómo las sombras no dejaban verla con toda claridad. 
Nunca volveremos a Manderley, lamentaba la protagonista. Y yo quería ver más. Hitchcock sabía que yo quería ver más. Sabía de nuestra relación con la sombra, con la apariencia, con el deseo. 


Rebeca está contada desde su primera imagen. Un enigma, una casa espléndida en sombras, una luna que aparece de entre las nubes. Todo con la textura de un cuento, de un sueño. Yo no había visto una película igual, tan fascinante. 
Las estancias eran inquietantes como las súbitas apariciones de la Señora Danvers, vigilante, amenazadora. La irrupción del loco, la cabaña, la R en todos lados y la gran revelación final. 
Los agujeros en el casco del barco. Recuerdo cómo me angustió esa imagen, que no veía, pero se hacía real. 


Es lo magnífico de Rebeca. Lo que no se ve, pero se siente. La mujer que no se ve, pero se sentía. En ninguna otra película, un personaje ausente, que jamás aparece ni en una fotografía, cobra vida, se convierte en el temperamento de la función y azota la imaginación del espectador.
La insuperable Rebeca, allí estaba, al fondo del corredor, en el que el perro Jasper la espera en el umbral. En las fibras de sus vestidos perdidos, en los polvorientos sillones de su crápula cabaña, en el mar embravecido que le sirvió de tumba, en la narración de su viudo y, en uno de mis momentos favoritos, en la consulta del doctor. Allí, en el final de la película, Rebeca cobra una extraña humanidad, nunca tan viva. “Su esposa era una mujer extraordinaria”. 
Y luego llegaba el incendio. “¡Mirad el ala Oeste!”. 


Años después, cuando ya era cinéfilo declarado, volvieron a emitir la película en La 2, esta vez en Cine Club y, por tanto, a altas horas de la noche. Programé el vídeo, pero, con Rebeca, no debía permitirme un error. Puse el despertador a las 2 de la madrugada. Cuando sonó, desperté cual Joan Fontaine, triste y asustadiza, por si aparecía algún mayor de la casa a censurar mi obsesión, y vi con espanto y alivio que, si no me hubiese levantado, la película no se hubiera grabado. Aquello de programar era un Infierno: un dato incorrecto y adiós. 
Todavía me inquieta ese al borde del desastre. Casi no grabo Rebeca. ¿Qué hubiese hecho yo sin Rebeca
Menos mal que me levanté, menos mal que mi locura saciaba a mi locura. 
Volví a verla al día siguiente, con la respiración contenida de la emoción. Allí estaba Manderley, de nuevo. Una de tantísimas veces. 
Es de esas películas que viven entre mis favoritas y revisarla siempre es una buena idea, incluso aunque me la sepa de memoria. Una imagen u otra, una secuencia u otra, capturarán mi atención y acabaré con la boca abierta en cada revisitación como la primera vez.


Como detrás de una obra maestra, hay una gran historia, quise descubrir entonces la obra original, escrita por Daphne du Maurier. Pregunté en mi casa si esa novela andaba por allí, pero me contestaron con vaguedades. Mi tía la había leído, decían, creo que la tiene. 
En este mundo, estamos los que nos obsesionamos por lo antiguo y están los que lo apartan, arrumban, para avanzar, confiados en lo nuevo, ignorantes de que se empobrecen. Y, al fin y al cabo, no hay nada más moderno que la nostalgia, citando el ensayo de Diego S. Garrocho, titulado precisamente Sobre la nostalgia.
Gracias a otra cosa del pasado, las colecciones por fascículos y entregas que abarrotaban la publicidad televisiva y los kioscos, encontré Rebeca. Sucedía en una colección dedicada a las escritoras, cajón desastre de pura condescendencia sexista, donde se abarrotaban Laura Esquivel, Rosamunde Pilcher o Virginia Woolf. 
Leí la novela en un verano y me gustó sin encantarme. Prefiero la película, decía, aunque el final del libro, tan sutil en diferencia al espectáculo con el que concluye su adaptación, me impresionó gratamente. 


Daphne du Maurier siempre dijo que la película era una adaptación perfecta y yo diría que hasta milagrosa. En otras manos, bien sabemos que hubiese sido algo más convencional. 
Rebeca es un film de Alfred Hitchcock, para quien no lo sepa a estas alturas. De hecho, fue su triunfal entrada en Hollywood y lo hizo de la mano del productor David O. Selznick, responsable de la suntuosidad y glamour de la película. 
De las tres que hicieron juntos productor y director, fue la más exitosa y la más lograda, en donde ambos lograron un equilibrio, quizá porque Selznick, el productor inmiscuido por excelencia, estaba más pendiente del montaje de Lo que el viento se llevó por entonces. 
Sin embargo, en las conversaciones míticas que Hitchcock mantendría con Truffaut, despachó Rebeca con una línea que nos mata a todos sus admiradores: “Esa no es una película de Hitchcock”.


Sin duda, lo es mucho más la otra que estrenó el mismo año, Enviado especial, que, vista hoy, resulta una enérgica avanzadilla de todas las obsesiones y clímaxes sobre los que insistiría el director en su carrera hollywoodiense. 
A diferencia de la opinión del director sobre su propia obra, diré que no sólo Rebeca es hitchcockiana, sino que Hitchcock sería menos sin ella. Rebeca fue también el laboratorio que construyó una hazaña: su primer gran película. 
La novela de Daphne du Maurier es la historia potente, pero fue Hitchcock quien la llenó de humor, de imaginativa y de esa calidad audiovisual puntera que revolucionaría el cine de la época. Lo dije en una ocasión: Rebeca fue tan influyente como Ciudadano Kane. Digo otra cosa hoy: lo fue más.


En una obra maldita del cine español, recuperada por José Luis Garci en "Qué grande es el cine", llamada Vida en sombras, el protagonista, cuyo sueño de hacer películas se trunca por los traumas de la Guerra Civil, acude a ver Rebeca en el cine. Es tal la impresión – la misma que nos hemos llevado todos – que la película lo devuelve a la obsesión. Y la obsesión es la vida. 
Rebeca proyectó una sombra indiscutible y esplendorosa sobre una época difícil. En este lujoso melodrama gótico, con un castillo iluminado a la luz de las velas, donde los cortinajes se mueven a la furia del mar, se contaba que los muertos no siempre se van. Nos vigilan, están ahí, en nuestras torturadas psiques. En tiempos de guerras y posguerras, la identificación de las audiencias con estas historias fue absoluta y Rebeca aventuró el relanzamiento del melodrama gótico con tintes freudianos; en tantas ocasiones, bajo un nombre de mujer, fuera Jennie, Laura o Mrs. Muir.
Rebeca también se erige sobre una obsesión de la sociedad: su tensa relación con la hipocresía y las apariencias. Las necesita y gestiona a diario, pero vive loca por derribarlas. En Rebeca, todo el quid de la intriga está basado en una fachada y, de manera significativa, el engaño de la protagonista – y del espectador – viene de la información que proporciona una chismosa. Es la Señora Van Hooper la que dice que “él adoraba a Rebeca”. El cotilleo, esa fuente de información que damos por fidedigna cuando es mentecata.
Rebeca también es ese giro narrativo, que deja atónito y con una media sonrisa de satisfacción. Tantas películas lo han copiado o emulado. En todas, el sorpresón final luce artificial o majadero. En Rebeca, es perfecto, inmarchitable. El mérito no sólo deberá ir a Daphne du Maurier o Alfred Hitchcock, sino también a la guionista, Joan Harrison.
Como historia escrita y luego guionizada por mujeres, recuperemos la intención de la autora. Daphne du Maurier aspiraba a relatar una historia interclasista como la que ella había vivido en su matrimonio; él, siempre en una posición preponderante, con el recuerdo de otra mujer, muerta en la guerra, más excitante y bella, siempre entre ellos como un muro de frustración.


En la novela, Maxim es más agresivo, decididamente no tan suave como Laurence Olivier, un noble inglés que se sale con la suya en nombre del honor. El flameante final de su heredad parece un ataque de clase más que el arrebato de amor lésbico de la película.
Ahí está la la clave que distingue el film de la novela. Hitchcock, más humoroso, más sexual, vertebra la historia sobre la pérdida de una inocencia y así construye el suspense. Nuestra ignorancia es la oscuridad, la verdad nos hará mayores, porque es un precipicio de deseo. La Señora Danvers acariciando a la protagonista con el visón de Rebeca es una de las imágenes más sensuales y morbosas de su tiempo. La película se rinde más a la fabulosa mujer que la novela, como apunté sobre la secuencia del Doctor Baker. Hitchcock parece entenderla - y desearla - mucho más que Daphne du Maurier. 


Me sigo quedando con la película, podría decir ahora que he releído el libro. Pero no se me ocurre mejor lectura para recomendar, porque, repito, es la gran historia detrás de la obra maestra, escrita con tanta precisión como arrojo. Acierta Stephen King en señalarla como lectura imprescindible para todo el que se quiera consagrar como novelista de éxito. Tiene ese equilibrio tan difícil de encontrar entre imaginativa y experta artesanía. Me ha hecho interesarme por descubrir más títulos de la autora.
Es difícil escribir una historia así. Es ciertamente un milagro. Porque es difícil escribir. Y, ay, siento que, a pesar de todo lo escrito, no he dicho lo suficiente sobre mi amor por Rebeca. Quizá lo he hecho adrede. No escribir nada definitivo sobre Rebeca, dejar en el tintero, para regresar a Manderley en mis escritos tanto como en mis sesiones cinéfilas.


Anoche soñé que volvía a Manderley, dice su tan divulgado principio, como un mantra para las generaciones que superaron el Érase una vez. ¿Es Rebeca el cuento de hadas definitivo, el gran melodrama que da dignidad y clase al género o el ensayo clínico sobre nuestra urgencia por desvirgarnos física y psicológicamente, penetrando en la prohibida estancia, descubriendo los secretos de nuestros mayores y prendiendo fuego a la casa? 
Me quedo con ese umbral, ese corredor que termina en la puerta cerrada del ala Oeste, guardada por el perro Jasper. Ese crisol de inquietud, esa mirada de un genio, esa historia fabulosa, esa mujer extraordinaria que pareciera aparecer en cualquier momento. 
Cuando vi Rebeca, yo sólo quería saber más.

miércoles, 29 de abril de 2020

Crónicas de Cinefilia: El placer de los clásicos


El confinamiento, deseable el primer día, se transformó en incertidumbre y malestar cuando llegó la segunda semana. Pequeñas, viejas enfermedades regresaron. También cierto complejo de Peter Pan. ¿Quién quiere ser mayor y volver a salir a buscarse la vida en la calle impía?. La vuelta de la normalidad era atemorizante, pero el encierro era un narcótico de efectos perversos que me mataría antes. Y yo no quería morir, sólo nacer otra vez.
Evadirme, tornarme niño, diferirme de realidad, presente o futura. Volver al pasado.


El cine clásico regresó como una obsesión, si acaso se había ido alguna vez. Es otra de mis viejas pequeñas enfermedades, que se ha impuesto, decidida, en estos meses de encierro, pero a ella le concedo un efecto benigno. Es una enfermedad, sí, pero también es cura, tabla de salvación. Los clásicos no me matarán, aunque merezca la pena morir por ellos.
Lo anunciaba en el post anterior: ya no veo más cine que aquel que me gusta. Y el cine que me gusta es viejo. Siempre me hipnotizó, incluso cuando lo desconocía. Me parecía atractivo, augusto, hermoso, perturbador, más que nunca en blanco y negro. Desde entonces, lo identificaba con la calidad.
Evocar los clásicos en cualquier forma de arte es un proceso de selección y comparación. Decimos por inclinación que la mejor música es la orquestal o que las grandes novelas se escribieron antes de 1945, porque la remembranza nos ahorra lo malo y destaca lo excelente. Se valora y se entiende mejor en retrospectiva; por ello, la comparación con la cultura de épocas recientes es injusta y no es válida. Sólo el tiempo es juez.
Pero es indudable que el cine norteamericano ha perdido muchísimos vatios de emoción y elocuencia por el camino. Sucedió hace muchos decenios. El derrumbe del cine clásico es también un cuento viejo. Yo ni había nacido, ni tú tampoco, cuando el modo de hacer películas que gustaba a mi abuela se acabó y se cambió por otro, más cercano al que hoy conocemos.
¿Qué es lo que ha perdido?
El otro día veía El cuervo, título noir que consagró a a Alan Ladd. Desde la primera secuencia, irrumpe el voltaje fabulador del cine de entonces.


Se sabe todo lo necesario de ese personaje con la primera imagen. La posición de la cámara, los objetos del decorado, la postura del actor. No es necesaria una palabra, ni un solo corte de montaje. Es la puesta en escena, lo que se ve, lo que sucede en ella. Es un arranque modélico, que atrapa, sienta el tono y da pie a la siguiente imagen, en una película que ni es una obra maestra ni está dirigida por un gran nombre, pero forma parte de un tiempo en que lo impecable era sello de marca.
Décadas después, esa imagen es improbable en una sociedad de espectadores acostumbrados al espectáculo por el espectáculo, a pantallas llenas de información superflua y siempre, siempre a riesgo de aburrirse.
El cine de antes invita, el de ahora, machaca. Pienso, por ejemplo, en Rocketman, el biopic dedicado a Elton John, en el que no recuerdo una sola secuencia donde la cámara se estuviese quieta y el montaje no la digiriese como quien echa salchichas.
El cine de antes se escribía como una novela. Era de formas aristotélicas, elegante pero siempre sexual, y muy misterioso. El cine que se produce hoy es amorfo y su única referencia, de alcance corto, es el propio audiovisual.
El cine de antes es Brahms. El de ahora, ¡yo qué sé!... las Spice Girls.


Sí, generalizo, pero quien sepa de lo que hablo, entiende la diferencia. Se aprecia a simple vista, incluso en los títulos más celebrados de los últimos tiempos. Sus duraciones desmesuradas, sus notorios errores. Y esa insipidez. No hay cosa que me espante más del cine contemporáneo que su sosería.
El cine clásico es puro aroma. Narcótico para este corazón confinado. 


Sé bien que, en mi admiración, pesan la nostalgia por un tiempo nunca vivido, la fascinación por el hechizo - eso que llaman glamour - y la personalidad de sus actores. Pero esa hermosa tramoya se sustenta en unas bases sólidas y en otros atractivos más profundos. Son éstos su caligrafía, la reunión de talentos incontestables, el encuentro entre contención y apasionamiento y también las ocasionales, maravillosas caídas desenfrenadas en el rídiculo, a los pasos de Shakespeare o las grandes óperas.  


Como todo universo artístico escapado del realismo, irrumpe esa condición de fantasmagoria, de sueño, de lo que vuelve de la muerte y atormenta. El cine clásico vuelve y me atormenta. Es, a falta de una palabra equivalente en castellano, haunting.


¿A qué viene esta reivindicación? Es la enésima vez que escribo que mi corazón está en el cine producido en una época lejana. No es más que una cuestión de gustos. 
Puedo defender que sea mejor y daré todos los argumentos para afirmar esta tesis, pero he oído muchos - y algunos convincentes - de por qué no es mejor y por qué estuvo bien que terminase.
No pretendo convencer a nadie, ni que esto sea un manifiesto más en la era de los manifiestos.


Esta reivindicación viene porque se me acabó el sentido del deber con el cine. Ya no veo, ni veré, otras películas que aquellas que me gusten, agraden e interesen. Esa tendencia de los cinéfilos de verlo todo,con el tic de verse como críticos o historiadores de cine, es un tanto enfermiza y no tiene sentido. Porque el cine no es una religión, aunque lo entendamos así los que lo amamos. El cine es ocio. 
Diré ahora que, aunque lo amo, el cine me aburre horriblemente, me impacienta, me hace sentir que pierdo el tiempo en muchas más ocasiones de las que me produce el efecto contrario.
Pienso en la hora y media que soporté el último plato de gachas de Martin Scorsese, excusa para contar lo de siempre y encima peor que nunca, y cómo lo fulminé pronto con el mando a distancia, porque no tengo tres horas para regalarlas. 
Echaba de menos a un magnate del viejo Hollywood, un bastardo como Louis B. Mayer,  al que veía resucitar para meterle un hachazo en la sala de montaje a ese tostón del bueno de Marty. 
Tiene su público, concluí, y no soy yo. Por tanto, si no leo un libro que no me gusta, ni escucho música que no me conmueve, ¿por qué narices tengo este deber impuesto de soportar el "evento cinematográfico de la temporada"?.
Scorsese, que también ama el cine clásico, como yo  - de hecho, lo admiro más como comentarista y evocador que como director - debió aprender la lección número uno: si vas a contar lo de siempre, la primera regla es que parezca otra cosa.


La ironía del cine posterior a 1965 es que ha sido el primer responsable en mitificar el cine clásico, verlo superior y añorarlo. Intentar emularlo ha sido un desastre, una presunción, una cursilería. Detesto cuando una película imita un encanto perdido.
No voy a pedir que el cine clásico vuelva, porque se fue hace mucho.


Ya me visto yo con él, a fuerza de recuperarlo cada noche, si es posible. Ahí están las películas que ya vi, que no me aburren, ni desesperan, ni irritan. No hay riesgo, qué cobardía, dirán unos. Señorita Havisham de la vida, me interpelarán otros. Responderé, como dije en un post anterior: no hay que darle mayor importancia al cine. Yo se la doy más al tiempo. 
Confinado o no, sé que cualquier día es irrepetible y más vale que la película elegida también lo sea.

viernes, 25 de octubre de 2019

Crónicas de Cinefilia: Cómo empezó todo


Cierta madrugada de verano, los recortes de las revistas de cine que adornaban mis paredes se llenaron de sombras. Era tarde y la luz de la lámpara se escondía tenue, para que no la divisasen padres protestones y pregonasen aquello de "niño, a dormir, que ya es hora".
¿Quién era capaz de dormir? Estaba contemplando ese altar cotidiano. Hipnotizado. 
Podría comenzar esta historia diciendo que recé ante ese popurrí de fotos del Hollywood clásico y prometí dedicar mi vida a perseguir la belleza. Pero no fue así. Yo miraba esas fotografías con aflicción. 
Porque quería escribir sobre cine y no sabía cómo. 
Anhelaba decir algo sobre lo que sentía en ese momento. Nadie me iba a escuchar, por descontado. Mejor era ponerlo por escrito. Pero, ¿qué podía escribir entonces sobre cine si lo estaba descubriendo?
Ignoraba que atravesaba un dilema antiguo. Los escritores persiguen la alquimia; contar lo que el lenguaje es incapaz en la vida. Cómo contar el amor, cómo contar el dolor.
Yo quería contar el cine. "Son sólo espejos y humo", escribí en una libreta. "Quiero hacer un homenaje al cine clásico de Hollywood", también garabateé. 
La obsesión, que era nueva por entonces, se hizo bicéfala: ver todas las películas y soñar con poder escribir sobre ellas.
Si te cuento un secreto - esta historia irá sobre muchos secretos -, todavía, después de tanto y tanto escribir sobre cine, siento la misma aflicción de aquel adolescente. ¿Acaso encontraré las palabras?


¿Cómo empezó todo? 
Las películas siempre me gustaron y divirtieron, desde muy pequeño, aunque la exigencia era escasa. Antes de ser cinéfilo, era un espectador. El espectador puede tener cierta inclinación por un género o disfrutar más un título que otro, pero vive en estado de despreocupación. Consume cine, no lo ve.
La fase precinéfila de mi existencia no es importante en esta historia, incluso aunque apareciese en ella alguna gran película que me impactara.
Recuerdo una noche de sábado en la que la pantalla de La 2 de Televisión Española se hizo de blanco y negro y apareció Manderley.
Comenzaba como un cuento y la mansión aparecía entre sombras; había que entornar los ojos para discernir su arquitectura. Era obsesionante. Era terrorífica.


El cine era aterrador para este niño sensible y asustadizo. Cualquier cosa intensa me hacía cerrar los ojos y lo erótico me enrojecía. El cine, ese despertar a la vida, que hacía sentir las cosas como si las viviese. La mejor atracción de feria jamás inventada.
Pero, ¿quién podía distinguir el cine bueno y el cine malo?
Como algo que se esconde detrás de una puerta en una habitación demasiado elevada en la casa para un niño, el cine de verdad, el venerable, el antiguo, vivía en las brumas de la alta hora de la noche, cuando me caía de sueño y mis padres ordenaban que apagáramos la televisión.
Yo sabía la verdad: allí vivían las películas de un pasado que parecía muy remoto, con subtítulos amarillos sobre imágenes plateadas. Me daban miedo, pero quería verlas. Siempre, siempre quise verlas.


- Ya no hay actores como los de antes - decía mi abuela, que adoraba el cine del viejo Hollywood, el que se hizo cuando ella era una niña.

Viendo una foto en una revista, me anticipó algo más importante que esas películas: la leyenda de sus estrellas.

- Era la actriz más famosa del mundo. Dijo que se retiraba y jamás volvió.


¿Cuándo fue? Voy, voy.
Mi cinefilia comenzó en 1995. Yo tenía catorce años y el cine cumplía cien. Las revistas lo celebraban, la televisión también. Se emitían ciclos por entonces, y José Luis Garci comenzó "Qué grande es el cine", con el que toda mi generación aprendió más de lo que está dispuesta a aceptar.
La necesidad de ver una película tras otra, de descubrir todas las obras maestras, de dejarme los ojos en la pantalla, se venía gestando desde hacía un par de años, pero, de repente, el estallido, la obsesión.
Únicamente pensaba en el cine, no quería saber de otra cosa. Dejé de leer, de preocuparme por nada más. Me aislé, me aislaron.

- Sólo habla de cine. - decían mis compañeros de colegio, mis pronto ex amigos, yo separado de ellos, de manera inevitable, por aquella horrible adolescencia, marcada por mis complejos y acuchillada por una verdad para la que aún no estaba maduro: mi homosexualidad.

El amor por el cine y mi despertar sexual son indisociables. Buscaba una respuesta en esas imágenes y la encontré. La expresividad, la fuerza, la capacidad de contarlo todo, de no callar nada, de desmelenarse. El melodrama, el musical: mujeres y hombres que expresan sus sentimientos llorando o cantando. 
Yo callaba, me ocultaba. Llegó un momento en que estaba solo en las madrugadas, mirando aquellas fotos de imposible hermosura, que me devolvían la mirada como nadie lo hacía entonces. 


El título que siempre he considerado el inicio de esta severa enfermedad es ¿Qué fue de Baby Jane?. Fue el primer clásico que recuerdo comprar en VHS. 
La película cuenta una rivalidad fraternal y tiene a dos mujeres a la gresca todo el día; cosas que me resultaban más conocidas de lo que desearía. 
Por entonces, era incapaz de inferir el análisis freudiano y ahora pienso que no fue lo decisivo en la fascinación. 
Fue la potencia de las imágenes, los giros de la historia, las dos actrices, aquello que llaman el "grand guignol". 
Al final, aquella frase de "Entonces, todos estos años podíamos haber sido amigas" me dejó impresionado de por vida. El gesto de Bette Davis, también.
La película trata sobre la envidia y la decadencia, de cómo cualquiera se queda encerrado en un odio, en una idea de sí mismo, porque no se concibe de otra manera, porque tiene miedo de salir de casa y quedar expuesto. Trata sobre la verdad y la mentira, sobre Hollywood, sobre los secretos y la necesidad de destaparlos.
¿Qué fue de Baby Jane? es puro cine, aquel que tiene garras y te da caza.


El cine me salvó de tirarme por la ventana, pero me impedía salir por la puerta. Como Blanche Hudson, estaba atado a la silla, delante de un televisor, viendo películas.

- Ya le dio por el cine - decía mi madre, como quien saca un termómetro a reventar de fiebre. - No habla de otra cosa.

En verano, me iba a la cama a las cinco de la madrugada. Cuando regresaban los meses de instituto, llegaba muerto de sueño a las clases si Cine Club emitía alguna película demasiado importante para confiarla al programador. Me escapaba de las clases para volver a casa y ver "Mujeres", de George Cukor, o "Hasta que llegó su hora", de Sergio Leone.
Borraba las cintas que encontraba en casa, hasta las que no eran mías, para grabar más películas. Una tarde, mi padre me abroncó en un aparcamiento porque había metido en el carro del supermercado un pack de VHS sin él enterarse hasta que la cajera las pasó con el resto de la compra. 

- Tienes el mismo color que las películas que ves. - me dijo alguien.

En el instituto, mi amor por el cine era el gran secreto, o uno de tantos. Porque tenía que esconder muchas cosas: las inquietudes, los talentos, los placeres culpables, la sed por los torsos desnudos, todo lo que sabía y todo lo que soñaba. 
Sólo se enteraron algunos profesores, cuando dejé translucir alguna verdad en una redacción.

- Cuánto sabes de cine - decían, mientras miraban con lástima mi tristeza, mi pasotismo por todo, mi hosquedad.

Viendo películas, viendo películas, sentado, sin hacer ejercicio, sin amigos, engordando, adicto también a la Coca-Cola, a los Marlboro y a ignorar mi imagen en el espejo. Mi espejo eran las películas. 
¿Por qué? Porque me gustaban más que la realidad. Hay que tener mal gusto para decir lo contrario.


- Josito ha visto tantas películas porque nació en una isla. ¿Y qué se puede hacer en una isla? - diría un profesor, tantos años después, cuando tuve la oportunidad de estudiar Cine.

Yo nací en una isla, sí, pero me construí otra dentro de ella, porque no encontré a nadie como yo. Porque era un pecado ser inteligente y demostrarlo, abrir un libro cuando los otros pateaban un balón, amar "Mujercitas", cerrar los ojos y soñarse Judy Garland. Yo no podía siquiera reírme mucho, ni entusiasmarse demasiado, sin oír la palabra "marica" o verla grabada en la mirada condescendiente y lastimera de los demás.

- El pobre, no se metan con él.

Las películas viejas eran mariquitas, como yo. Eran divinas, como la belleza que se construía en mi corazón, así de generosas eran las estrellas de Hollywood. Me enseñaron a fumar y a soñar. Yo beso como en las películas, yo me enamoro como en las películas. Aprendí a ser bueno, a preferirme elegante, a tener esperanza.
Y, un día, me reconcilié con la realidad. Firmé un acuerdo de paz y, además de ser cinéfilo, aspiré a la felicidad, a comunicarme con los otros aunque no supieran quién era Carole Lombard, a salir a la calle y a todas esas cosas que hacen las personas normales.
La adolescencia había terminado, destapé mis secretos y el amor por el cine maduró. De la obsesión, quedaron los dorados frutos, prósperos y eternos, esos que, veinte años después, aún saboreo.


El cine no me solivianta como antes. Aquel miedo, aquella perturbación, quedó hace atrás hace muchas lunas. Lo conozco bien y, en ocasiones, me aburren sus proverbiales trucos. La película tiene que ser muy buena para capturar mi atención y, por eso, ahora veo pocas y confío en la bondad de las conocidas, aquellas que me han gustado de siempre. No pierdo el tiempo, quizá porque tengo poco.
De vez en cuando, he de reconocer que el cine todavía me agarra el corazón del modo en que lo hacía cuando me enamoré de él. Además, ahora las películas pueden contar mi vida, la experiencia, lo que me faltaba cuando tenía catorce años.
Cuando consiguen decirme algo sobre el amor que perdí, sobre el niño que dejé atrás o sobre el pasado que ya no puedo cambiar, mis mejillas vuelven a sentir el calor de las lágrimas. Los sentimientos regresan, la hipnosis también.
El pasado son las películas que vi entonces, que también se hicieron vida y experiencia. Cuando las revisito, recuerdo el momento en que las descubrí y amé. El cine es el amor de mi vida, lo dije una vez, y mi vida es el amor por el cine.


Si te cuento un secreto, todavía me gusta más que la realidad. Hay que tener mal gusto para decir lo contrario.