viernes, 25 de octubre de 2019

Crónicas de Cinefilia: Cómo empezó todo


Cierta madrugada de verano, los recortes de las revistas de cine que adornaban mis paredes se llenaron de sombras. Era tarde y la luz de la lámpara se escondía tenue, para que no la divisasen padres protestones y pregonasen aquello de "niño, a dormir, que ya es hora".
¿Quién era capaz de dormir? Estaba contemplando ese altar cotidiano. Hipnotizado. 
Podría comenzar esta historia diciendo que recé ante ese popurrí de fotos del Hollywood clásico y prometí dedicar mi vida a perseguir la belleza. Pero no fue así. Yo miraba esas fotografías con aflicción. 
Porque quería escribir sobre cine y no sabía cómo. 
Anhelaba decir algo sobre lo que sentía en ese momento. Nadie me iba a escuchar, por descontado. Mejor era ponerlo por escrito. Pero, ¿qué podía escribir entonces sobre cine si lo estaba descubriendo?
Ignoraba que atravesaba un dilema antiguo. Los escritores persiguen la alquimia; contar lo que el lenguaje es incapaz en la vida. Cómo contar el amor, cómo contar el dolor.
Yo quería contar el cine. "Son sólo espejos y humo", escribí en una libreta. "Quiero hacer un homenaje al cine clásico de Hollywood", también garabateé. 
La obsesión, que era nueva por entonces, se hizo bicéfala: ver todas las películas y soñar con poder escribir sobre ellas.
Si te cuento un secreto - esta historia irá sobre muchos secretos -, todavía, después de tanto y tanto escribir sobre cine, siento la misma aflicción de aquel adolescente. ¿Acaso encontraré las palabras?


¿Cómo empezó todo? 
Las películas siempre me gustaron y divirtieron, desde muy pequeño, aunque la exigencia era escasa. Antes de ser cinéfilo, era un espectador. El espectador puede tener cierta inclinación por un género o disfrutar más un título que otro, pero vive en estado de despreocupación. Consume cine, no lo ve.
La fase precinéfila de mi existencia no es importante en esta historia, incluso aunque apareciese en ella alguna gran película que me impactara.
Recuerdo una noche de sábado en la que la pantalla de La 2 de Televisión Española se hizo de blanco y negro y apareció Manderley.
Comenzaba como un cuento y la mansión aparecía entre sombras; había que entornar los ojos para discernir su arquitectura. Era obsesionante. Era terrorífica.


El cine era aterrador para este niño sensible y asustadizo. Cualquier cosa intensa me hacía cerrar los ojos y lo erótico me enrojecía. El cine, ese despertar a la vida, que hacía sentir las cosas como si las viviese. La mejor atracción de feria jamás inventada.
Pero, ¿quién podía distinguir el cine bueno y el cine malo?
Como algo que se esconde detrás de una puerta en una habitación demasiado elevada en la casa para un niño, el cine de verdad, el venerable, el antiguo, vivía en las brumas de la alta hora de la noche, cuando me caía de sueño y mis padres ordenaban que apagáramos la televisión.
Yo sabía la verdad: allí vivían las películas de un pasado que parecía muy remoto, con subtítulos amarillos sobre imágenes plateadas. Me daban miedo, pero quería verlas. Siempre, siempre quise verlas.


- Ya no hay actores como los de antes - decía mi abuela, que adoraba el cine del viejo Hollywood, el que se hizo cuando ella era una niña.

Viendo una foto en una revista, me anticipó algo más importante que esas películas: la leyenda de sus estrellas.

- Era la actriz más famosa del mundo. Dijo que se retiraba y jamás volvió.


¿Cuándo fue? Voy, voy.
Mi cinefilia comenzó en 1995. Yo tenía catorce años y el cine cumplía cien. Las revistas lo celebraban, la televisión también. Se emitían ciclos por entonces, y José Luis Garci comenzó "Qué grande es el cine", con el que toda mi generación aprendió más de lo que está dispuesta a aceptar.
La necesidad de ver una película tras otra, de descubrir todas las obras maestras, de dejarme los ojos en la pantalla, se venía gestando desde hacía un par de años, pero, de repente, el estallido, la obsesión.
Únicamente pensaba en el cine, no quería saber de otra cosa. Dejé de leer, de preocuparme por nada más. Me aislé, me aislaron.

- Sólo habla de cine. - decían mis compañeros de colegio, mis pronto ex amigos, yo separado de ellos, de manera inevitable, por aquella horrible adolescencia, marcada por mis complejos y acuchillada por una verdad para la que aún no estaba maduro: mi homosexualidad.

El amor por el cine y mi despertar sexual son indisociables. Buscaba una respuesta en esas imágenes y la encontré. La expresividad, la fuerza, la capacidad de contarlo todo, de no callar nada, de desmelenarse. El melodrama, el musical: mujeres y hombres que expresan sus sentimientos llorando o cantando. 
Yo callaba, me ocultaba. Llegó un momento en que estaba solo en las madrugadas, mirando aquellas fotos de imposible hermosura, que me devolvían la mirada como nadie lo hacía entonces. 


El título que siempre he considerado el inicio de esta severa enfermedad es ¿Qué fue de Baby Jane?. Fue el primer clásico que recuerdo comprar en VHS. 
La película cuenta una rivalidad fraternal y tiene a dos mujeres a la gresca todo el día; cosas que me resultaban más conocidas de lo que desearía. 
Por entonces, era incapaz de inferir el análisis freudiano y ahora pienso que no fue lo decisivo en la fascinación. 
Fue la potencia de las imágenes, los giros de la historia, las dos actrices, aquello que llaman el "grand guignol". 
Al final, aquella frase de "Entonces, todos estos años podíamos haber sido amigas" me dejó impresionado de por vida. El gesto de Bette Davis, también.
La película trata sobre la envidia y la decadencia, de cómo cualquiera se queda encerrado en un odio, en una idea de sí mismo, porque no se concibe de otra manera, porque tiene miedo de salir de casa y quedar expuesto. Trata sobre la verdad y la mentira, sobre Hollywood, sobre los secretos y la necesidad de destaparlos.
¿Qué fue de Baby Jane? es puro cine, aquel que tiene garras y te da caza.


El cine me salvó de tirarme por la ventana, pero me impedía salir por la puerta. Como Blanche Hudson, estaba atado a la silla, delante de un televisor, viendo películas.

- Ya le dio por el cine - decía mi madre, como quien saca un termómetro a reventar de fiebre. - No habla de otra cosa.

En verano, me iba a la cama a las cinco de la madrugada. Cuando regresaban los meses de instituto, llegaba muerto de sueño a las clases si Cine Club emitía alguna película demasiado importante para confiarla al programador. Me escapaba de las clases para volver a casa y ver "Mujeres", de George Cukor, o "Hasta que llegó su hora", de Sergio Leone.
Borraba las cintas que encontraba en casa, hasta las que no eran mías, para grabar más películas. Una tarde, mi padre me abroncó en un aparcamiento porque había metido en el carro del supermercado un pack de VHS sin él enterarse hasta que la cajera las pasó con el resto de la compra. 

- Tienes el mismo color que las películas que ves. - me dijo alguien.

En el instituto, mi amor por el cine era el gran secreto, o uno de tantos. Porque tenía que esconder muchas cosas: las inquietudes, los talentos, los placeres culpables, la sed por los torsos desnudos, todo lo que sabía y todo lo que soñaba. 
Sólo se enteraron algunos profesores, cuando dejé translucir alguna verdad en una redacción.

- Cuánto sabes de cine - decían, mientras miraban con lástima mi tristeza, mi pasotismo por todo, mi hosquedad.

Viendo películas, viendo películas, sentado, sin hacer ejercicio, sin amigos, engordando, adicto también a la Coca-Cola, a los Marlboro y a ignorar mi imagen en el espejo. Mi espejo eran las películas. 
¿Por qué? Porque me gustaban más que la realidad. Hay que tener mal gusto para decir lo contrario.


- Josito ha visto tantas películas porque nació en una isla. ¿Y qué se puede hacer en una isla? - diría un profesor, tantos años después, cuando tuve la oportunidad de estudiar Cine.

Yo nací en una isla, sí, pero me construí otra dentro de ella, porque no encontré a nadie como yo. Porque era un pecado ser inteligente y demostrarlo, abrir un libro cuando los otros pateaban un balón, amar "Mujercitas", cerrar los ojos y soñarse Judy Garland. Yo no podía siquiera reírme mucho, ni entusiasmarse demasiado, sin oír la palabra "marica" o verla grabada en la mirada condescendiente y lastimera de los demás.

- El pobre, no se metan con él.

Las películas viejas eran mariquitas, como yo. Eran divinas, como la belleza que se construía en mi corazón, así de generosas eran las estrellas de Hollywood. Me enseñaron a fumar y a soñar. Yo beso como en las películas, yo me enamoro como en las películas. Aprendí a ser bueno, a preferirme elegante, a tener esperanza.
Y, un día, me reconcilié con la realidad. Firmé un acuerdo de paz y, además de ser cinéfilo, aspiré a la felicidad, a comunicarme con los otros aunque no supieran quién era Carole Lombard, a salir a la calle y a todas esas cosas que hacen las personas normales.
La adolescencia había terminado, destapé mis secretos y el amor por el cine maduró. De la obsesión, quedaron los dorados frutos, prósperos y eternos, esos que, veinte años después, aún saboreo.


El cine no me solivianta como antes. Aquel miedo, aquella perturbación, quedó hace atrás hace muchas lunas. Lo conozco bien y, en ocasiones, me aburren sus proverbiales trucos. La película tiene que ser muy buena para capturar mi atención y, por eso, ahora veo pocas y confío en la bondad de las conocidas, aquellas que me han gustado de siempre. No pierdo el tiempo, quizá porque tengo poco.
De vez en cuando, he de reconocer que el cine todavía me agarra el corazón del modo en que lo hacía cuando me enamoré de él. Además, ahora las películas pueden contar mi vida, la experiencia, lo que me faltaba cuando tenía catorce años.
Cuando consiguen decirme algo sobre el amor que perdí, sobre el niño que dejé atrás o sobre el pasado que ya no puedo cambiar, mis mejillas vuelven a sentir el calor de las lágrimas. Los sentimientos regresan, la hipnosis también.
El pasado son las películas que vi entonces, que también se hicieron vida y experiencia. Cuando las revisito, recuerdo el momento en que las descubrí y amé. El cine es el amor de mi vida, lo dije una vez, y mi vida es el amor por el cine.


Si te cuento un secreto, todavía me gusta más que la realidad. Hay que tener mal gusto para decir lo contrario.

2 comentarios:

  1. Solo alguien con una sensibilidad extraordinaria como la tuya puede escribir algo así. Encontraste Tu refugio entre bambalinas y fue el cine el que te acogió con sus brazos, proyectando en ti una capacidad soberbia para poder percibir el mensaje que transmitía cada película. Fuiste producto de una sociedad retrógrada, donde solo unos valientes conseguían salir y decir al mundo lo que sentían . Siéntete orgulloso de ti mismo. Tienes un poder innato para percibir sensaciones o sentimientos reflejados en el cine o en la literatura de los que el resto de los mortales seríamos incapaces de percibir. Disfruta de ese lujo.
    Me ha encantado el póst... absolutamente subliminal

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Una buena amiga, sí que sí, muchísimos besos y encantado de que hayas descubierto este blog.

      Eliminar