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domingo, 13 de junio de 2021

Maromialmente hablando: Tom Selleck


Regrese usted, querido lector, al post anterior, dedicado a El valle de las muñecas, y contemple la última foto. 
Sharon Tate se deja besar, toda sexual actitud, en instántanea publicitaria para promocionar la lasciva película. El misterioso besador, al que no vemos la cara, pero sí intuimos su vello pectoral y su buen bíceps, no es ninguno de los actores de El valle de las muñecas – la producción debía ser consciente que había contratado a unos panolis de pronóstico como galanes de sus dolls -, sino un desconocido starlet, que se formaba por entonces en la escuela de talentos de la Fox, a donde también acudían nombres como Raquel Welch.
El hombre misterioso de la última foto es el protagonista del post maromial de hoy. Sí, quien besa a Sharon Tate no es otro que un joven Tom Selleck, que, si bien oculto en los carteles del film que el mundo entero corrió a ver en 1967, sólo tendria que esperar veinte años para resarcirse y protagonizar la película más taquillera de 1987.


Es cuestión de paciencia en Hollywood y, en el caso de Selleck, también de mostacho y pecho peludo.
Permítame tomar aire antes de narrar algunos datos sobre la carrera y milagros de Mr. Selleck. Con toda sinceridad, este hombre me abruma. Es de la liga de Sean Connery: una cosa estratosférica, un alarde de testosterona, un daddy redaddy, un non plus ultra de machomán, que, si un día me agarra por banda y me hace suyo, quedaría trastornado de por vida a razón de la impresión. 
Tom Selleck es como un dibujo de Tom of Finland hecho carne y vello, una fantasía de señor que pareciera que no existe más allá del sueño. Pero él, buena mezcla de recio y humoroso, como acostumbra en sus mejores intervenciones, sigue ahí, al pie del cañón, para demostrarme que sí, Tom Selleck existe.


En Hollywood había sitio para él incluso cuando el viejo estilo se derrumbaba. Si aquellos años de la Fox no eran los mejores para las jóvenes promesas, Tom Selleck se abrió camino y lo hizo, sin duda, por ese privilegiado físico de señor de deportes, actividades de riesgo y todo lo que implica salir a la calle con intenciones más dinámicas que pasear. 


Mae West lo reclamaba como cacho carne musculosa para integrar su séquito en Myra Breckinridge y la década de los setenta lo vio picando espuelas en westerns poco noticiables, al ritmo que el género perdía la comba de otros tiempos.
Con un dolor del que aún no se ha recuperado, tuvo que rechazar el papel de Indiana Jones para En busca del Arca perdida, que lo hubiese consagrado como estrella de cine, porque tenía un episodio piloto que rodar. 
No hubo lágrimas para Selleck, porque comenzaba su andadura como el detective de floreadas camisas, de nombre Magnum PI, y los más susceptibles soñamos con viajar a Hawaii no para bailar el Hula, sino para ser investigados a conciencia por el velludísimo señor.


Tom Selleck en Magnum PI, serie de considerable andadura y requetevista en distintos canales a lo largo del mundo, es una de las imágenes de los ochenta. 
La televisión era entretenida intrascendencia, los hombres no conocían cosa cercana a la depilación y, aunque el sexo en las pantallas seguía siendo el mismo "sí, pero no" de los tiempos de El valle de las muñecas, todo llamaba al sexo.


La popularidad de Selleck y su bigotazo – disgresión: en serio, ese bigote es perfecto, que me coma – propiciaron una esperanza de volver al cine por la puerta grande. 
Recuerdo los carteles de 1987 y oír a unas mujeres suspirar por la inminente comedieta que se estrenaría en cuestión de semanas. Las suspiradoras no pensaban perderse Tres hombres y un bebé. “¿Tú has visto cómo está Tom Selleck?”, decía una. “Ay, me encanta”, confirmaba la otra.
Tres hombres y un bebé unía a Selleck con Steve Guttenberg – otro mítico pecho velludo de los ochenta – y Ted Danson en uno de esos artefactos ochentescos destinados a hacer gracia con la premisa y poco más. 
Unos machos a cargo de un bebé, espera que se me saltan los puntos de la risa. Era una época no demasiado exigente para el cine: la película fue lo más visto del año y aseguró secuela. 


Biberón en mano, Tom Selleck dejaba ver su generoso vello para unas plateas que, en la década siguiente, lo considerarían un exceso y hasta un asco, demandando que sus maromos descamisados pasasen antes por la desbrozadora. Marky Mark mató a Tom Selleck, qué desgracia enorme.
Los que seguimos prefiriendo a los hombres de la calidad del mono, no entendimos nada cuando Courteney Cox dejaba a Tom Selleck – maduro y aún para morirse – por Matthew Perry en la serie Friends.


La participación de Selleck en Friends fue considerada en principio un error por sus representantes, porque significaba la vuelta a la televisión y, por tanto, un paso para atrás, pero, en retrospectiva, lo hizo conocido a nuevas audiencias y, además, sus peliculas después del bombazo de Tres hombres y un bebé no habían sido para tirar cohetes.


La televisión sigue siendo el lugar natural de este señor que permanece fiel a su bigote y a su querencia por incorporar a señores del orden – no en vano, es un republicano convencido de toda la vida, nadie es perfecto -; desde hace una década, Catodia lo acoge en la serie policial Blue Bloods, mientras aparece aquí y allá, incluido en la reciente reunión de Friends para un programa especial.
Para especial, ese bigote. Qué perfecto es Tom Selleck. Voy a imprimir cualquiera de las fotografías de este post, la pongo en un portarretratos, coloco éste en mi mesilla de noche, le doy un beso antes de dormir y, con la luz apagada, me repito: "Eso es un hombre, Josito, nunca te conformes con menos".

lunes, 6 de abril de 2020

Maromialmente hablando: Timothée Chalamet


Cuando vi Llámame por tu nombre, la irrupción del para mí entonces desconocido Timothée Chalamet sin camiseta llamaba casi a la transgresión. No me lo podia creer: el protagonista de una película del siglo XXI, sin un atisbo de músculo. Qué osadia, qué disparate, qué refrescante.
En los tiempos en que los actores están más al bíceps que al Bardo, ahí estaba el pequeño Timothée con su anatomía escombro, muy decidido a enamorar a Armie Hammer. Nadie dudaba que lo merecía.
Porque Timothée Chalamet, además de muy delgado, es una belleza extraordinaria y uno de los intérpretes más estimulantes que han visto mis ojos en los últimos tiempos.


Llámame por tu nombre es la clave para amar a Timothée. La película es una buena adaptación de una buena novela, pero creo que no hubiese funcionado tanto sin la llave que supone este jovenzuelo. El talento se demuestra tanto masturbándose con un melocotón como sosteniendo un eterno primer plano de conmovedora conclusión.
Debía ser la novedad de su presencia, o esa buena mezcla de insolencia y sensibilidad que aparece en todas sus películas, lo vistan de época o de futuro.


Del futuro sabe, porque es joven de una manera insultante.
Allá por la temprana veintena andan sus cumpleaños y, por ello, es todo un icono de lo millenial, un caballerete nacido en los medios y con la seducción disparada hacia ellos.
Sus interpretaciones son aclamadas, pero los flashes se dirigen a sus estilismos más o menos osados, que potencian su atractivo ambiguo. ¿Qué llevará hoy Timothée?, se preguntan las revistas de moda. 


A propósito de la ambigüedad, como buen fruto de su generación, pensaba yo que, si bien ha sido un monísimo Laurie para la nueva versión de Mujercitas, también hubiese sido una ideal Jo. Si los muchachos y muchachas de la actualidad gustan de navegar entre géneros sin complejos, Hollywood no tendría por qué ser menos.


Mujercitas lo confirmaba como galán romántico y también como preclaro favorito para dramas de época. Es curioso lo moderna que es su actitud y lo antigua que resulta su apostura de principito. Cuando se deja crecer cierta sombra de bigote, me lleva a novelas francesas del siglo XIX.


Precisamente de origen francés es su familia y de ahí ese halo europeo que lo llevó a interpretar un chico italiano en Llámame por tu nombre. Su Elio no fue la única alegría que dio al cine en 2011, pero fue ese papel el que le permitió una candidatura al Oscar, premio que, por méritos, hubiese ganado de calle.
Gary Oldman, largamente ignorado por esos galardones, fue el elegido y yo suspiré de alivio. Nada peor que un Oscar demasiado pronto. Y, a estas alturas, nada peor que un Oscar.


La atención sobre el nombre del bello de Llámame por tu nombre lo apuntó en varias agendas, incluyendo la de Woody Allen. 
Dia de lluvia en Nueva York es la película más encantadora que vi el año pasado y Timothée está irresistible, pero, tristemente, la calidad del film y de las interpretaciones de su reparto ha quedado sumergida por las inacabables polémicas en torno a su director. 
Obviaré la discusión - o la emplazaré para otro momento - y me limitaré a recomendar la película. Es como Timothée: tan fresca y, a la vez, tan pasada de moda. 


Sea cual sea la combinación, lo cierto es que el seguimiento fan de Timotheé es considerable y ya se hacen llamar "chamaniacs". Sus cambiantes cortes de pelo y sus multiformas estéticas me intrigan más que sus próximos estrenos: protagonizar la nueva Dune y formar parte de la última comedia de Wes Anderson.


Esperemos que el destino sea bueno con su talento y su belleza.
Timothée parece divertirse con esto de la fama y el peliculeo. Que no pare la diversión, pues.


domingo, 29 de marzo de 2020

Maromialmente hablando: James Brolin


Me confieso un artista en perder el tiempo.
Como buen artista, he progresado hasta el punto de que ahora lo pierdo de la manera más brillante y sentimental. 
En estas noches de confinamiento, en lugar de estar pergeñando la historia que testimonie nuestras sobrecogedoras jornadas, prefiero dedicarme a la nostalgia más acendrada y ponerme algunos episodios sueltos de la serie ochentera Hotel antes de dormir.
Le concedo una calidez irrebatible, esa sensación de mullido colchón de plumas que necesito en medio de la incertidumbre. Las brumas de la distancia hacen parecer épocas pretéritas como mejores y más seguras, y así luce un hotel de lujo en el que la gente viene, sufre un poquito y todo se resuelve en cuarenta y cinco minutos.
Hotel es el colmo de lo trillado y lo parecía también en su época, pero se puede decir que ya no se hacen series así. Porque ya no se hacen series, me atrevería a aventurar. Lo de ahora son películas largas.
Como todas las producciones de Aaron Spelling, Hotel es la serie en estado puro, para bien y para mal. Una cosa inofensiva, aunque sumamente atractiva, que puntúa la existencia de ese electrodoméstico que llamamos televisión.


Ver Hotel supone también ver a James Brolin, que no es poca cosa ni nunca lo fue. Me ha permitido recuperar a uno de los tíos más buenos de la televisión, un non plus ultra de maromismo catódico, que conocía su apogeo de belleza en aquellos centrales años ochenta.


El señor Brolin, que siempre ha sido el ideal de hombre Marlboro que persigue el audiovisual norteamericano como galán, ha tenido una carrera menos emocionante de la que él esperaba en sus inicios. 
Como parece pasárselo bien, hasta cuando desaparece de los focos, nunca ha supuesto una verdadera tragedia que sea más un señor simpático que un astro de deslumbre.



Los amantes del cine de género lo tendrán presente en la memoria en películas como Almas de metal o Terror en Amityville, pertenecientes a la setentera década en la que Brolin rozó algo parecido al estrellato, pero, desde muy pronto, sus cosechas más fructíferas las recolectaría en televisión.
Antes de Hotel, el público de la Catodia yanqui lo amaba como contrapunto del veterano Robert Young en la serie médico-familiar, Marcus Welby, M.D.


En cambio, nosotros y nosotras lo conocemos, sobre todo y ante todo, como Peter McDermott, el seductor gerente del hotel St. Gregory. 
Revisando la serie no sólo alabo su belleza, sino como ésta es potenciada al enésimo descaro. Su presencia escénica está fundamentada en parecer un macho de fantasía; las poses, la manera de andar, la voz. No hay mayor interpretación que la de resultar un semental impecable. 


Aunque en este país se asocia Hotel con la sobremesa, en Estados Unidos era la serie que seguía inmediatamente a Dinastía en la programación y se benefició de su audiencia, de sus vestuarios y de las ganas del público de entonces de ver riqueza y belleza por encima de todo.
La presencia de Brolin responde también a la irrupción del hombre objeto, que se haría ostensible en esa ochentera década en televisión. 
Es demasiado guapo, es como el marido que sueño; esa barba, esos ojos, ese pelo. Parece entresacado de una ilustración porno gay y suavizado con la prosa de Barbara Cartland.


Su apostura también se benefició de la química con Connie Sellecca, otra devastadora belleza - ¿quién no era ridículamente bello en estos seriales de lujo? - y juntos hicieron que la serie se recuerde como un pequeño clásico sentimental. 
Además de rezar por agarrar la gripe para quedarme a ver Hotel después del almuerzo, también recuerdo matar las tardes de infancia con el inevitable juego de mesa, anunciado en la televisión con la misma restallante estética y música que la apertura de la serie.


Poco interés parecía reservar la figura de este machote tras el crepúsculo de los ochenta, pero llega y nos sorprende cuando enamora a la mismísima Barbra Streisand. 
Se casaron entre las suspicacias de todos - ambos eran reconocidos ligones de Hollywood -, pero ahí siguen, acercándose a lo octogenario, unidos de la mano y espléndidos. 
Él parece venerarla, como si fuera el más encendido de los fans.
Recuerdo cuando ella posteó la siguiente foto en Facebook hace unos años, en la que se veía a Brolin promocionando su último disco.


"Mi imposiblemente guapo marido", escribió con acierto la suertuda. Quien tuvo, retuvo. Y quien tuvo, hizo heredar. Su hijo Josh Brolin, un actor definitivamente más interesante, también nos ha arrancado muchos suspiros desde el primer día; confieso que siempre quise atarlo al sillón con los extensores que manejaba en Los Goonies. 
Hoy me quedo con el padre, con el que espero pasar muchas noches en las próximas semanas, con permiso de la Streisand y del mundo. 
Detenido el tiempo, congelado el aliento, me refugio en la remota hermosura, en la más ilusoria de las memorias. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Hollywood, Hollywood: Tyrone Power


En cierta ocasión, la escritora de novela rosa Barbara Cartland aseguró: "No necesitábamos el sexo. Teníamos a Tyrone Power". 
La época a la que aludía la señora Cartland era la misma época en la que el público entraba en una relación tan íntima con las estrellas de cine que ir a las películas se vivía como una especie de comunión profana. La contemplación de los carismáticos rostros del llamado Hollywood dorado hacía entrar en un extásis, que hacía posible esa idea de que no se necesitaba el sexo cuando existía Tyrone Power.
Era más que una estrella, era el reclamo, la excusa. Se iba al cine a verlo a él, a comulgar con su imagen, a satisfacer todos los deseos con el simple vistazo.


De ojos grandes y expresivos, cara seria, a veces rota por una sonrisa milagrosa de puro irresistible, Tyrone era sensual y varonil, pero nunca resultó un macho al uso. No era bruto, ni grande, ni sudoroso. 
Quizá el blanco y negro confiere todavía la sensación de que estamos ante una estatua clásica insuflada a la vida. Apolo entre los hombres, pero un Apolo bueno, justo y romántico, muy romántico. Todo en Tyrone invitaba al idilio, al amor bajo las estrellas, al romance. 
No es casualidad que la Cartland lo citara. Muchos personajes que interpretó Tyrone Power - galanes de frac, espadachines de bigote, piratas descamisados - lucen hoy como cimiento de inspiración para los protagonistas masculinos de la novela rosa que se escribiría a partir de Hollywood. 
Tyrone era el hombre para cualquier fantasía.


Cuando irrumpió en el cine norteamericano a mediados de los años treinta, su belleza física y su elegancia lo hicieron un favorito inmediato del público y Darryl F. Zanuck, el jerarca de la Twentieth Century Fox, lo blindaría para su estudio. 
Lo hizo navegar entre varios géneros, mientras el chico maravillas se confirmaba como una de las grandes estrellas del cine. 


Su valía artística ha quedado con frecuencia en un condescendiente segundo lugar ante su apostura y condición de astro, por lo que nunca está de más romper una lanza por sus dotes como actor protagonista, o ese asunto tan difícil que supone acarrear toda una producción en un solo rostro y mantener la fuerza y la solidez suficientes para convencer a las audiencias de que se padece o se triunfa, incluso a partir del más nimio de los argumentos y del más convencional de los guiones.


Aunque se le concebía como el hombre que recibiera cualquier familia respetable, Tyrone interpretó, desde muy pronto, a personajes en un ambiguo filo entre lo correcto y lo criminal. 
Su glamouroso Jesse James de Tierra de audaces despertó una novedosa simpatía por lo forajido, mientras era un niño rico caído en gangsteriles manos bajo el apropiado nombre de Johnny Apollo, el hermano golfo redimido tras el espectacular incendio de Chicago y el torero que lo deja todo por Rita Hayworth en Sangre y arena.
Hasta sus héroes sin tacha tenían algo punzante: un antifaz, un entrar a escondidas. Sí, Tyrone también fue el Zorro.


Héroe de pantallas, lo sería además para su país cuando regresaba con las medallas de la Segunda Guerra Mundial en su torso de aviador. Pero la gloria militar no se tradujo en felicidad. Su primera mujer, Annabella, lo diría: "Nunca volvió a ser el mismo". 
El héroe tenía el corazón roto y, en su mirada madura, aún más atractiva, se agazapaba la desconfianza. Era ahora más que el Zorro, era Larry Durrell de El filo de la navaja, el aviador que no quiere conformarse.
Entre aventuras tradicionales y proyectos prestigiosos, se movió el Power de posguerra, más exigente con lo que le procuraba la Fox.


Su mejor interpretación horrorizó a Zanuck, que enterró El callejón de las almas perdidas para olvidarla. 
No podía ver a su Ty como un arribista de circo en un terrorífico noir. Él puso sus rasgos irlandeses y su franca mirada como nunca a tal estimulante servicio. Hoy El callejón de las almas perdidas es un ejemplo de lo que podían ser las estrellas cuando se las dejaba ser menos estrellas. 


Con la salud maltrecha y un físico envejecido de manera prematura, Tyrone se concedió una última interpretación memorable en Testigo de cargo, cuyo personaje funcionaba como toda una parodia de su estatus de conquistador de señoras. 
Y, un día, de repente, sin previo aviso, se murió. Sólo tenía cuarenta y cinco años. El corazón, débil, fue el responsable. El público le había entregado el suyo desde el primer dia, pero no fue suficiente. Tyrone, el Johnny Apolo, acababa como todas las estrellas: con una nota demasiado triste.
En el funeral, Henry King, su descubridor y director habitual, sobrevoló el sepelio en avioneta con lágrimas en los ojos. 
En la lápida, la inscripción parecía el final de una canción de cuna: "Buenas noches, dulce príncipe."


Como los mejores llorados, venció al olvido y todavía cuando aparece, resucitado por el milagro del cine, arranca aquel suspiro legendario, aquel que nacía de la creencia ciega de que los dioses protagonizaban películas.

lunes, 13 de enero de 2020

Maromialmente hablando: Nikola Tesla


Dice un resobado principio de sabiduría que yo sólo sé que no sé nada. Confieso que hasta el otro día, ignoraba que Nikola Tesla estaba tan bueno. 
Ignoro más cosas sobre el señor Tesla, pero sí que he oído su nombre, ese nombre que se ha recuperado en las últimas décadas, al calibrar por fin su importancia destacada en lo que conocemos como el mundo moderno. De hecho, una sentencia suprema  ha dicho, en plena reivindicación, que Nikola fue el inventor de la radio. Radio inmortal, sin duda.
No soy el único que se ha sorprendido de la belleza de Nikola Tesla, insólita entre genios, científicos y sabihondos, y su bigote y apostura ha encontrado cierto seguimiento de culto en las redes. Un comentario en un foro dice: “Claro, los croatas suelen estar muy buenos”. 


Tesla nació en territorios serbiocroatas, sí, pero, en aquella época, pertenecía nada menos que al Imperio Austro-Húngaro.
Tantos años glosando guapos y nunca había escrito sobre un caballero tan remoto e ilustre a partes iguales, del que encontrar una foto sin camiseta es altamente improbable. Pero sólo miren ese bigote y esa mirada sexy que levantaría más de una enagua y calentaría más de un calzón; Nikola Tesla merece este lugar y no sólo por inventar la radio inmortal.
Físicamente, Nikola vive a medio camino entre el héroe rijoso de un cuento de Maupassant y un actor porno de los años setenta.


De su vida, trayectoria y experimentos, versarán los entendidos y, como yo sólo sé que no sé nada, me comprometo a averiguar más sobre el señor Tesla, que, en plena decimononia, se apresuró a patentar e inventar tantas cosas que se le aclama como el genio de la electricidad. De alguna manera, fue el que descubrió lo invisible, aquellas fuerzas que nos unen y conectan, pero no percibimos con la simple mirada. 
Hablo del electromagnetismo, cuyas demostraciones en la época convertían a Nikola Tesla en un mago, un maestro de ceremonias, un espectáculo. Emigró a Estados Unidos y se nacionalizó allí; el sueño americano, con toda su maravilla y su saldo amargo, estaba despierto para Tesla.
Su personalidad, maniática, obsesiva y excéntrica, le valió pronto el apelativo de “científico loco”, el destierro social y la ignominia. Su reputación menguó también su legado, entre otras cosas cuando perdió la rivalidad con muchos compañeros de experimento y patente, incluido el más celebrado Edison.


A todo maestro le llega su escuela y Tesla y su mundo de invenciones, palomas y maravillas, inauguración de la Segunda Revolución Industrial, o ese universo conectado y raudo que hoy conocemos, se redescubre hoy a golpe de biografías y homenajes. Un biopic llevaba sobre la mesa hollywoodiense desde hace mucho tiempo, y este año 2020, se estrenará, con Ethan Hawke interpretando a Tesla. Veremos en imágenes esa vida de final miserable y enfermizo; como su salud, la belleza de Nikola no resistió a su genio.
Como estamos en Maromialmente hablando, olvidemos la tragedia y abracemos la lascivia. Volvamos al mostacho y, si me permiten, queridos lectores, hasta repitamos la primera foto.


Me declaro obsesionado con los bigotes - de hecho, yo luzco uno desde hace más de un año - y el de Nikola es una preciosidad, exquisitamente depositado sobre unos labios de beso cortés mas intencionado, rematado con esa nariz de estatua clásica y la susodicha mirada golfa, presta a despertar en ti más que una fuerza electromagnética. 


Nikola es el más maromo de todos los científicos de la Historia, el equivalente masculino a Hedy Lamarr, otra inventora de improbable belleza que, curiosamente, también abundó en el camino de unirnos, de comunicarnos. 
Sólo sé que no sé nada es una frase manida que dice la verdad, pero esa de “cualquier tiempo pasado fue mejor” habría que discutirla. 
El pasado fue nada más y nada menos que los nos trajo hasta aquí, de la mano de todos los que labraron el camino para que saliéramos de aquellas cavernas de austrohúngaros imperios y, con un solo clic, podamos descubrir, entre otras cosas, que también había maromos en el siglo XIX.



lunes, 2 de diciembre de 2019

Maromialmente hablando: Al Parker


Dispuestos a conceder que el porno gay es un género cinematográfico como cualquier otro - o, al menos, lo fue alguna vez -, hablemos hoy del Lillian Gish del folleteo homosexual filmado. Porque, cuando se escribe sobre Al Parker, es inescapable usar dos palabras: pionero y legendario.
Como las estrellas que iluminan el audiovisual desde el día uno, Al Parker es ese inesperado milagro; alguien que tiene el talento para hacer su trabajo como nadie y una belleza física incontestable. Porque, como en el cine convencional, hay muchos actores en el porno gay, pero los excepcionales son precisamente la excepción.
Si no estamos dispuestos a conceder al porno gay más de lo que es - montón de imágenes contundentes para provocar el orgasmo del que lo consume, que apagará el televisor justo cuando termine -, digamos, al menos, que Al Parker fue pantalla de una época tan gloriosa y trágica para el movimiento gay que, como una Escarlata O'Hara de la libertad sexual, este guapo entre guapos se hizo también un símbolo de su tiempo.


En una camioneta, camino al concierto de Woodstock, el joven Al Parker tendría lo que consideró su primera experiencia sexual satisfactoria. Fue con un hombre, claro, y muchas de las escenas que interpretaría  después en sus películas reproducían ese momento: al fresco, en algún coche especialmente macho, con toda espontaneidad. Tiempo después, se le descubría para la causa erótica cuando servía copas en la mansión de Playboy.
En la década de los setenta, cuando el porno, levantadas las prohibiciones, floreció de tal forma que se puso de moda y sus estrenos se vivían con la misma - y, a veces, superior - expectación que la producción más granada de Hollywood, Al Parker se hizo cara reconocible en los pequeños cines donde se exhibía porno homosexual.
La oscuridad permitía que los asistentes replicasen lo que estaba ocurriendo en pantalla, salvadas las distancias que separan la realidad y la fantasía.


Al Parker, como otros astros porno de los años setenta, como las ilustraciones de Tom de Finlandia, significó nada menos que la revolución, porque contó a los homosexuales que no había nada grotesco o degradante en lo que deseaban. 
De hecho, satisfacer esos deseos podía ser lo más masculino y excitante del mundo.
Barbas, grandes pollas, pantalones vaqueros, escenarios rústicos, baños, camiones, fuerza física; todos los gays quisieron parecerse a Al Parker, prueba de que no hay ninguna señal externa para quererse follarse a otro hombre más que la cara de ganas y el bulto en los pantalones.
Cumplía también nuestra fantasía recurrente de que cualquier hombre está dispuesto a acostarse con otro.


Decíamos que Al Parker, además de estar tan bueno, era un maestro de su oficio. Probablemente, no le estaría dedicando un post sino hubiese sido el responsable directo de los orgasmos más inmediatos que me ha concedido el porno gay. Y valga el dato: yo ya no me corro con cualquier cosa.
Follando es bueno, pero felando, Al Parker es un milagro, un do de pecho, una plusmarca. Toda la sensualidad, toda la voracidad, toda la veneración posible al falo. 
Hay pocos que la hayan chupado delante de una cámara como Al Parker. Sólo de pensarlo se me ve a mí esa señal externa.


Sus películas más conocidas, rodadas durante los años setenta y ochenta, son además muy divertidas. Algunas recogen el mundo del disco y el cruising de entonces, sin barreras, con toda la alegría que trae la desinhibición tras la represión. 
Otras, como pioneras, tan dadas al ensayo/error, son delirantes, experimentales, un tanto raras para un género al que no concurren espectadores pacientes. 
En la surreal Inches, hasta se cuenta un polvo entre una pareja que se ha hartado de sí misma. Lo curioso es que la pareja de Al Parker en esa escena lo era también en la vida real: el igualmente guapísimo Steve Taylor. 
Nadie se sorprenderá que fueran una pareja abierta y, a pesar de ello, o por ello, permanecieron juntos hasta el final.


Lo que Al Parker interpretaba, cuenta la leyenda, era sólo una extensión de su loca vida fuera de los rodajes. Puede decirse que sus películas, que pronto produjo y dirigió, son personales; contaban tanto lo que el muy golfo hacía en sus correrías como lo que soñaba realizar con el que le cambia la rueda del coche, el autoestopista o el atleta olímpico.


Como toda alegría conoce su tristeza y toda época dorada encuentra un final injusto, llegaron los análisis y las malas noticias. Su pareja, Steve Taylor, murió poco después de ser diagnosticado como seropositivo. 
El ontos homosexual emprendía "ese largo desfile al cementerio", parafraseando a Tennessee Williams.
Al Parker, también diagnosticado, consagró su porno a ofrecer a otra imagen positiva: la necesidad de la protección en el sexo. 
La primera película de esa nueva era es un testimonio del desconocimiento y la paranoia de aquellos mediados años ochenta. En ella, los actores usan látex hasta para comerse el culo y no hay una sola penetración.


Su productora, Surge, abrió el camino para que el porno, además de brindar placer, enseñara. ¿No es eso lo que siempre ha hecho, para bien o para mal? 
Así, hasta hace bien poco, el noventa por ciento de la pornografía homosexual usaba condón. La sana tendencia se ha roto en el último lustro, ante un público tan exigente como olvidadizo y también gracias al surgimiento de la profilaxis pre-exposición.
Pero, en los tiempos de Al Parker no vestir la polla era sinónimo de enfermedad y probable muerte, así que él, que la tenía tan larga y bonita, se la cubrió de látex y enseñó la lección a los que vivían con la urgencia de desvestirse de tantos y tantos lutos.


En 1990. Al moría por complicaciones del SIDA a la edad de 40 años. Tributos y biografías no han faltado. 
Muchos habían aprendido con él lo que se hace cuando se desabrocha un pantalón vaquero. Y repetimos la idea: con hombres como Al Parker, se supo que lo que hacíamos no estaba mal, sino que era natural, necesario, impredecible. Podía estar jodidamente bien.


Sus cintas, emblema de una brillante edad de la pornografía largo tiempo acabada, todavía animan al más acoquinado. Para el que quiera descubrirlo, le recomendaría su film de fuga carcelaria Wanted y las dos escenas que abren y cierran Games
Esa barba del bello Al regada de líquido seminal en el último título es una imagen que enseñaría ahora mismo al que se atreviera a preguntarme si estoy seguro de ser homosexual.
Esto es lo que me gusta, caballero, no hay vuelta de hoja ni jamás la hubo.