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miércoles, 14 de julio de 2021

El Trotalibrerías: El artista y el seguidor


En mi pila de libros pendientes, figuraba desde hace años Linterna mágica, la autobiografía de Ingmar Bergman, obra considerada indispensable para conocer al torturado genio, y allá que fui a conocerlo de la manera íntima y personal que prometen las memorias. En mi último trote hacia las librerías, Linterna mágica aparece en el recibo de compra y, cuando llegó la noche, ocupaba sitio en mi mesilla.
Lo lancé a un lado con fastidio tras leer unas cincuenta o sesenta páginas. ¿Es un mal libro? Ni por asomo. De hecho, mi sentido del deber, profundo, enquistado cual disciplina militar, me dice que lo retomaré más temprano que tarde. Pero es la pura esencia de la biografía lo que me propiciaba el fastidio. Lo mismo que dije a propósito de Tennessee Williams: yo buscaba a Dios, una clara imagen Suya, y me encontré a un hombre. 


Yo, que tiendo a imaginarme a los genios – y Bergman es uno de los más grandes del cine y uno de los cuatro o cinco verdaderos revolucionarios del séptimo arte – como seres clarividentes, me topo ahora con la verdad que se encuentran todos los seguidores cara a cara con los artistas. 
Me tropiezo con la evidencia de que Bergman no está por encima de sí mismo, ni del mundo que crea, ni sabe más de la vida que nadie, sino que tiene el talento y la audacia de contarse, desnudarse. Como en el caso de Williams, Bergman es uno de sus personajes, es todos sus personajes.  
Su biografía, como todas, es una mirada a las bambalinas, fantástica para el chisme, pero chafa el misterio. Fui a ver al Mago de Oz con toda la ilusión y me encontré con un hombrecillo detrás de la cortina, al manejo experto de luces y efectos.
De lo que hablo es lo que reside en la mitomanía y en la adoración exacerbada de aquello que amamos. De lo que hablo es de no creer en Dios, pero creer en todos los dioses. De lo que hablo es de nuestra sociedad, admirada de la excelencia artística, devota del cotilleo, periodística de pro. Nuestra visión de las películas o nuestra lectura de los libros está mediatizada hasta la máxima potencia y que yo lance Linterna mágica por los aires es un acto de desesperación para que nada me chafe Fresas salvajes o El séptimo sello, porque ya me lo chafan todo.
Pensaba que para conocer la vida de Bergman, está Fanny y Alexander – de hecho, muchos de los pasajes que cuenta de su infancia están trasladados tal cual a su última obra cinematográfica – y pensé en aquello que decía García Márquez en su propia autobiografía que termina en el momento en que publicó su primera novela: que lo demás lo cuente la obra.
Escribí a este respecto en otro post de La Radio Inmortal sobre mi interés por la vida privada de los escritores, y no sólo por ganas de chisme, sino por un proceso de comparación, también esencial en la mitomanía: ¿se parece la vida del genio a la mía? Y, si es así, ¿soy o podré ser un genio? (Dios me libre).


También escribí, a propósito de los atestados armarios de Hollywood, que ya no me interesa la vida privada de las estrellas, quizá por esa urgencia de que la bambalina no entorpezca lo que sucede en el escenario, de que vea la película y no llegue al pensamiento la impertinente verdad de que Errol Flynn estaba lejos de ser ese héroe. 
La paradoja es que si no se escribe sobre la vida privada de las estrellas, no se escribe sobre ellas, porque sus vidas privadas, como estrellas que son, no sólo forman parte del espectáculo, sino que, bien lo sabemos, suelen ser sus mejores películas. Valga el ejemplo de uno de los próximos posts que preparo para la sección Hollywood, Hollywood: podré decir muchas cosas del talento de Glenn Ford, pero algo tendré que decir sobre su matrimonio con Eleanor Powell y cómo acabó tras la astronómica cantidad de infidelidades de Glenn.
Si no lo cuento, será como no contar nada. Será como aburrir hasta las moscas.


Me hallo en una encrucijada. Endiosarlos es un error, porque no son dioses. Buscar sus pecadillos es tarea de vecinas ociosas y periodistas envidiosos. Apurar significados, establecer símbolos donde nos lo hay, proponer tesis máximas, todo ideal para aprobar un examen de Literatura o Historia del Arte.
Pero ignorar su biografía, olvidar la crítica, dejar el disfrute artístico en una simple contemplación, sin opiniones, sin necesidad de indagar en el detrás, es un ejercicio de depuración tan extremo que sería como una huelga de hambre. ¿Cómo ver Ciudadano Kane sin pensar en Orson Welles? ¿O cómo leer una novela de William Faulkner sin querer saber todo, todo, todo sobre él? Es inevitable enamorarse, fantasear, aunque lo que haya detrás de la cortina sea, a veces, espantoso o sencillamente decepcionante.
Cuentan que el mismo Orson Welles se negó a conocer en persona a Isak Dinesen por lo mucho que la admiraba; la idolatraba tanto que no quería esa decepción de la que hablo. 
Sería algo parecido a lo que me sucedió hace una semana, cuando el escritor de origen marroquí, Abdelá Taia, estuvo en Madrid firmando libros. Mi primer impulso fue acudir a que me rubricara una de sus tristísimas, hermosas novelas, pero dejé que sean éstas las que digan lo que tengan que decir de él. ¿Para qué acercarme más? ¿Para qué valen los autógrafos?


Es acaso una burbuja lo que pretendo. Es acaso otra forma de mitomanía, la más antigua. La que promovía Hollywood cuando sus estrellas eran intocables, inalcanzables, dioses de verdad, hasta que la prensa, imparable, y el público, decidido a desmontar un palacio de cristal en el que ya no creía, comenzaron a arrancar a jirones el vestido de la Cenicienta. 
A pesar de todo, el fenómeno fan no se detuvo, sino que se aceleró a la máxima potencia y pareciera que la curiosidad por la bambalina siempre haya vivido en esa veneración a los artistas. Lo amo, pero quiero saberlo todo, hasta lo necesario para destruirlo.
Debe ser mi necesidad de salir pitando de memorias y biografías un gesto de reacción ante una época que desvela monstruos detrás de obras maestras, que nos cuenta que hombres y mujeres que han creado cosas hermosas son también capaces de lo peor. Es un grado de confusión, es un maelstrom que me deja exhausto, desorientado. No entiendo, por ejemplo, a Mario Vargas Llosa, que se comporta como si fuese uno de los malvados de sus novelas. 
No entiendo el desfase entre genio y gilipollas, pero sólo un vistazo superficial al presente y pasado de artistas evidencia que es habitual.


Hay novelas que tratan de esa tensa relación entre el artista y su díscipulo; lo que éste descubre y padece cuando convive con su maestro. Puede descubrir que apoyó a los nazis, que maltrata a su mujer o que se bebe hasta el agua de los floreros, pero también algo tan esencial y escalofriante como una enorme inseguridad o el hecho de que el declarado genio se ha agotado, no da más de sí. Las obras maestras también pueden ser fruto de las circunstancias, más que de talentos ultrarresistentes.
Justo cuando lanzaba Linterna mágica por los aires, Javier Marías publicó un artículo en El País a propósito del furor actual por publicar las memorias, correspondencias y entrevistas de los escritores. Marías, fabulador ante todo, enemigo declarado de la autoficción y del yoísmo literario, dice también algo muy interesante: los escritores, de por sí, son unos grandes mentirosos y lo que digan o escriban en diarios o entrevistas puede distar muchísimo de esa verdad que busca nuestra cultura periodístico-chismosa. De hecho, es habitual encontrar contradicciones en las declaraciones públicas de los novelistas. Y cita, como ejemplo, a William Faulkner.


La casualidad sigue en el mismo aire al que yo lanzaba Linterna mágica, porque, además de lanzarlo para salvaguardar la imagen que tenía del prohombre Bergman, lo hacía para sustituirlo con velocidad por una novela de William Faulkner, el escritor al que me he atrevido por fin este año, y con el que desarrollo ahora mismo, toma ironía, dale paradoja, vuelta al calcetín, lo que he estado poniendo en solfa en este post. 
Es Dios, quiero ir a su encuentro, lo amo, sólo quiero leer sus novelas, sus cuentos, sus listas de la compra. Me parece hasta guapísimo con ese bigote – he pensado en traerlo a Maromialmente hablando; si ha estado Nikola Tesla, ¿por qué no el caballero sureño? - y hacia Youtube que me fui para buscar alguna entrevista. Y ahí estaba otra vez la verdad: Faulkner habla como un personaje suyo, era un personaje suyo, quizá. Pero algo de misterioso había en él, me digo para preservarlo. Ese misterio, que quizá no responda a ningún secreto, pero es el mismo que mantiene el hilo entre el artista y el seguidor, no tan fácil de romper, como no es fácil de romper cualquier obsesión.
Faulkner, quizá por pudor, tal vez por inteligencia, dice a su entrevistador antes de comenzar lo que diría cualquier hombrecillo detrás de la cortina: “no veo qué tiene que ver mi vida privada, mi casa, mi familia con mi escritura y con el Premio Nobel”. 


De manera evidente, siempre existe una relación directa entre vida y obra, del modo en que los escritores son sus personajes y ofrecen una visión personal del mundo; una relación directa que no siempre es agradable o responde a lo que esperamos de alguien que amamos.
Que sea importante o decisivo conocer esa bambalina para completar el disfrute artístico es una pregunta que, después de todo lo que he escrito, soy incapaz de contestar.

jueves, 24 de junio de 2021

El Trotalibrerías: El tiempo, al fin

 
Entre varios libros de mi tardía infancia, si pasamos las hojas, encontraremos una pequeña ficha que yo solía introducir cuando la novela me aburría o me costaba entenderla. 
Con la eficiencia de un futuro administrador y el arrepentimiento del que no gusta dejar tarea inacabada, escribía en esa ficha el título del libro como encabezado y, a continuación, el siguiente texto: "Este libro se ha leído hasta aquí. Próximamente, se terminará de leer". 
Había una promesa: "Se terminará de leer". Había una invitación a un tiempo inconcreto: "Próximamente". 



Próximamente. ¿Cuánto tardé en volver a esos libros, en terminar de leerlos, en cumplir esa vaga promesa? Treinta años. Próximamente, dentro de tres décadas. 
Regresando a los libros que nunca leí y a los que no terminé, me tropiezo hoy con esa fichita, vestigio del pasado. Como todo pasado, parece fue ayer. Como todo cálculo de tiempo, propicia la ansiedad del que contempla la extensión de un desierto, a pesar de que lo acaba de cruzar.
Y la pregunta: ¿Qué ha sucedido en todo este tiempo? ¿Lo he aprovechado? La primera sensación, la más angustiosa me lleva a pensar que lo he malgastado. 
El reloj no se detiene y a mí las horas se me derriten entre las manos.


En los libros, vive el tiempo. Detenido, porque testimonian el pasado. Vivo, porque cuentan historias vigorosas que suceden y, quien las lee, participa de ellas, como si estuvieran ocurriendo al mismo ritmo de la lectura. 
Tic tic. Hacen falta horas para leer los libros del mundo. Vidas enteras. Un vistazo a la literatura universal es salir despedido al espacio. Llegaré al final cuando mi nieta cumpla cien años. 
El tiempo, el pasado, el presente, el futuro, el sonido de los relojes. Es tema crucial de los grandes libros. Hablan de la condición humana, del dinero, de la muerte, de los sentimientos. También del tiempo, de lo que fue y lo que nunca pudo ser y lo que jamás será. De la obsesión de los humanos por enmendar los errores del ayer y de la irremisible tendencia a repetirlos. De la perpetuación de la vida en los descendientes, con todo lo sublime y lo horrible que conlleva esa idea. De retrasar lo más posible la hora de la muerte, porque es la única constante que indica que el tiempo, de verdad, existe; al menos, en nuestra noción; al menos, para lo que significa. Que somos limitados y terminaremos algún día. O en cualquier momento.


La literatura vivía tan constreñida por la variante tiempo, por el modo racionalista de concebirlo, cual línea rígida, determinada por la existencia invariable de los seres vivos, que la novelística moderna aspiró, ante todo, a romper ese corsé victoriano. El tiempo era extraño. Bastaba que la Física se pronunciase al respecto y dijese que el tiempo no era como nosotros, pobres animales, lo concebíamos. No era una flecha de hierro, sino una reverberación digna de la más rizada espuma del mar. 
El tiempo se escapó por la ventana de la narrativa y los saltos cronológicos y las confusiones de años y hasta siglos llenaron las páginas de las novelas más arriesgadas. Los personajes vivían atrapados en el pasado, perdidos en la geografía, desolados después de cien años, mientras los narradores inspiraban su autobiografía en el olor de una magdalena. 
Conjurado el tiempo en el humo de una taza, como si el oráculo prefiriese ahora descifrar el pasado.


El tiempo es extraño, sí. Siento que fue ayer cuando incluía esa fichita entre los libros inacabados, porque soy el mismo. La similar aflicción ante lo que no consigo terminar, cierta culpa, y, a la vez, la excesiva esperanza en el mañana. 
Sentimos que el pasado es glorioso y traumático a la vez, que el presente es monótono y el futuro, terrorífico por incierto. 
Sentimos que los años donde la vida era más rutinaria y aburrida pasaron más rápido, porque el recuerdo los borra de un plumazo. No hay nada interesante en ellos. Los días aburridos componen años fugaces, por la equívoca percepción de la memoria.
Sentimos que este año de pandemia y colapso es un año perdido, malgastado, interminable, pero lo recordaremos más que ningún otro.
El tiempo y el recuerdo. Los concebimos inseparables, como dos Dióscuros que se van a dormir cuando llega el amanecer, pero no hay relación más conflictiva e imposible. Mientras el tiempo bordea la existencia humana y la contempla, el recuerdo lo reinterpreta todo, para dar una narrativa inteligible a lo que vivimos y no llegamos a entender. Selecciona, inventa, olvida. El recuerdo es pura literatura.


La mayoría de las novelas se cuentan desde los recuerdos. Los escritores, grandes sentimentales, acuden a la etimología de la palabra. Recordar es volver a pasar por el corazón. 
El tiempo sólo observa el procedimiento. Su indiferencia, la que tiene cualquier reloj, es implacable como el Universo.
Los poetas se entusiasman con los hallazgos de la Física y, en lugar de aspirar a entenderla - quién la entiende -, se quedan con la estética del tiempo como un folio que se dobla, como la fichita de mis libros si ésta se abarquillara entre dos páginas y no quedara claro hasta donde leí.
Nuestras vidas son un tiempo prestado. El tiempo ya lo vivimos, quizá sólo repitamos una obra de teatro, un sueño, una condena. Somos los espectros de nosotros mismos, contemplando ahora nuestras vidas y nuestros tiempos perdidos. Cuando un fallo del cerebro provoca el deja vu, decimos: esto lo he vivido antes. 
Pero el reloj marca un minuto más y toda esta fantasía se deshace.


Pienso que el tiempo es un mayordomo inglés. En la literatura y también en el cine, suele aparecer como la representación perfecta de lo que entendemos por el paso de las horas. Su actividad diaria está fundamentada en la estricta puntualidad. A cada hora, un quehacer, una preparación, un evento. Es invariable, como los viejos relojes que contempla para darse prisa o retrasar sus pasos. Toda la actividad es una repetición de ritual, en el que la hora, el día o la ocasión extraordinaria están calibradas al milímetro. Trabaja desde que sale al sol hasta que se apaga la última vela. El tiempo no importa cuando dormimos. 
Y nunca cambia. Es la necesidad de controlar la existencia hasta el punto de convertirla en una fórmula. Años y años idénticos, rutinarios, fugaces. Los treinta años de la ficha olvidada en el libro no son nada para este mayordomo. 
La vejez, el cansancio, la muerte serán lo único que acabe con esa estricta rutina basada en una aprehensión del tiempo para evitar el desorden, el caos, la catástrofe. Todos los días iguales, todas las tareas cumplidas. 
El tiempo bien empleado de este mayordomo es, de manera irónica, el tiempo más malgastado del mundo.


La ficción gusta de las brumas del pasado, que se apartan para enseñar torvas mansiones góticas o calles de posguerra en la que juegan niños.
Pero el pasado no es brumoso. Es abrumador. Lo tenemos presente en cualquier actividad cotidiana, es el corto yugo que nos impide avanzar o el combustible acelerante que nos lanza a tropezar con la misma piedra. 
El pasado provoca en mí nostalgia, pero también fastidio. ¿He malgastado el tiempo?, me digo, y tengo que hacer narrativa de mis años para irme a dormir con el pensamiento de que he vivido de manera intensa, pensamiento que es como la caricia de una madre. Todo está bien.
Vivo y existo con la sensación contemporánea de que, a pesar de haber visto y vivido, aún empleo mal mi tiempo, calculo con error mi ocio y postergo lo productivo. Dicen los artículos de la psicología al respecto, que, al igual que las percepciones equivocadas de la memoria, los que sufrimos de esa ansia somos unos exigentes, unos estresados, que hacemos más de los que nos damos crédito y que bien nos valdría estar al menos media hora diaria con la vista en la musaraña. Apuntar en una lista e ir tachando para tener una prueba de nuestras victorias es lo que recomiendan los expertos.
Siento que pierdo el tiempo todo el tiempo. Me culpo por tardar treinta años en leer un libro. Me fustigo con los días y noches perdidos frente al televisor, en compañía de gente sin interés, acodado en barras esperando a no sé qué.
Pienso en el tiempo y digo: sólo siento que no lo pierdo cuando escribo o cuando amo, porque me siento participante activo, no ese fantasma que contempla esta existencia y pasa de puntillas, mientras el reloj no se detiene. 
¿El mayordomo inglés necesitaba crear, necesitaba amar? Cualquier cosa que hubiese hecho que no hacía habitualmente podría haberle dado un aire distinto a una existencia repetitiva. Es lo que no hacemos lo que tiene la garantía de lo excepcional a nuestros ojos, a nuestra eterna insatisfacción. A lo mejor, el mayordomo inglés sólo necesitaba variar el orden de sus tareas diarias o llegar tarde o demasiado pronto. Hubiese pensado entonces que, de verdad, estaba vivo.
No sé si necesito escribir o enamorarme para sentir que el tiempo no pasa en balde, pero apuntar en una ficha figurada algo como "Próximamente, se empezará a vivir" hace reír a todos los relojes.


Aún así, he descubierto hoy que la manera de ganar tiempo, que el día cunda, que las palabras broten y que las ansiedades se calmen, pasa nada más que por apagar el teléfono móvil. Ese bicho se come las horas y las impacienta. Vuelan con sus demandas de atención y, a la vez, las eterniza al hacernos esperar por las respuestas. 
Es la paradoja del mundo moderno: nos aburrimos de estar siempre entretenidos. Así que hoy martillo al aparato.
Sin perder un minuto más.

domingo, 19 de abril de 2020

El Trotalibrerías: Mientras el rey escribe


Apagué la luz de la mesilla hace dos noches, respiré con intención de entregarme al sueño y me dije: "¿Cuándo narices vas a leer el libro de Stephen King sobre la escritura?".
Esa pregunta fue acompañada del fustigamiento habitual de los que dejamos para mañana lo que pudimos terminar hace quince años. Me llamé vago, holgazán, atontado.
Porque fue hace quince años cuando tenía que leerlo. En una clase de Escritura, el profesor recomendó Mientras escribo. La mitad de mis compañeros ya lo había leído. Yo debía estar ocupado con algún melodrama, atento a las musarañas o con el USB mental desconectado, pero sé que el libro quedó apuntado en la interminable lista de pendientes.
Me complace vivir ahora en un lugar de mi existencia donde lo pendiente se ha vuelto intolerable. Si debo leer algo, lo leo hoy o mañana. De lo contrario, el fustigamiento es insoportable. La única verdad que pende sobre mi escritorio es que he perdido demasiado el tiempo.
Este fin de semana he leído por fin Mientras escribo, un librito breve y preciso, más agradable de lo que pensaba.
He aplazado su lectura porque temo las lecciones. Tengo terror a los consejos sobre la escritura, terror que se alimenta de inseguridad y desconfianza. No quiero recetas y, cuando oigo mantras, me pongo nervioso, sobre todo cuando veo que tienen razón y mis escritos parecen rídiculos en comparación. Lo poco que sé, lo poco que practico, lo poco que llegaré a conseguir algo en estos terrenos. El machaque de todos los tiempos.


Debo decir la verdad: había hojeado Mientras escribo hace unos años. Sólo leí una frase y salí despavorido. "Para escribir bien, hay que leer muchísimo y escribir muchísimo".
Como en ese momento no hacía ni una cosa ni la otra, lo cerré y siguió pendiente. Ahora que leo muchísimo, consideré que estaba preparado, al cincuenta por ciento, para bajar la cabeza y aprender cómo escribir muchísimo.
Ha sido una lectura placentera, a veces conmovedora y, de manera decisiva, una fuente de energía para trabajar en esto que me gusta y me quita el sueño a partes iguales. Muchas de las máximas que King defiende las había escuchado con anterioridad - "El camino al Infierno está pavimentado de adverbios" -, pero recordarlas, refrescarlas, volverlas a tener presente en el teclado será de utilidad en mis escritos posteriores. Descubrir que caigo en algunos errores - el abuso de la voz pasiva, propio de escritores tímidos - me ha puesto de los nervios, pero el propio King recuerda la importancia de corregir en el futuro más que lamentar lo firmado.


Dice una verdad que ya sabía. No hay recetas, el único secreto es el trabajo duro. Encerrarse, escribir mucho, leer mucho. He encontrado provecho para el futuro en Mientras escribo y, a la vez, una respuesta al esfuerzo de estos años: buscar la concentración, huir de la televisión, enriquecerme. Sólo queda esa habitación en la que encerrarse y esas horas de trabajo. De momento, escribo para salir del paso. Espero que llegue el día en que escribir vuelva a ser un placer.
Precisamente en aquellas clases de Escritura es cuando dejó de serlo. Se aprenden cosas valiosas, pero la frustración de los otros te contagia, los ramalazos de envidia se hacen evidentes y sientes que nunca serás demasiado bueno en una competencia. Escribes para tus profesores y tus compañeros, cuando ninguno de ellos es tu público potencial.
Dudo que me libre de todas sensaciones en cualquier lugar o juicio al que exponga mis escritos, pero me quedo con el consejo de King de que llegar a la genialidad no debería estar jamás en mis planes. Un escritor aceptable puede convertirse en un buen escritor. Nada más. Me he sentido libre al leer esa línea.


Mientras escribo, el libro más inusual de su autor, se compone de tres partes, todas autobiográficas. "Di siempre la verdad", repite King. Y, en este libro, él la dice más que nunca.
En la primera parte, nos cuenta su vida, articulada en torno a lo que le llevó a la escritura y al género de terror y ciencia ficción. Es la mejor, escrita con un talento mayúsculo. Se descubre un gran autor norteamericano evocando una infancia y un paisaje, esa América desfavorecida, de clase media-baja, la misma en la que se desarrollan sus novelas, ese escenario que las hace tan realistas e impactantes.
La segunda parte de Mientras escribo es la más utilitaria para escritores alevines, la que hay que subrayar y repasar una y mil veces. La que me dice que cierre la puerta y sude la gota gorda. La que me recuerda que él escribió Carrie en una caravana.


La última parte se escribió de manera inesperada, porque, en plena redacción de Mientras escribo, Stephen King fue atropellado y estuvo a punto de perder la vida. Entre atroces dolores y una larga convalecencia, soñó con volver a sentarse y terminar este libro. En ese tramo final, el más conmovedor, King saluda al acto de escribir como una forma de felicidad y aparece de manera decisiva la figura clave, que sobrevuela sutil sobre todo el libro: su esposa y primera lectora, Tabitha King, la gran mujer al lado del gran hombre.
Mientras escribo ha despertado mi interés por un escritor que he frecuentado poco, aunque siempre he tenido estima y cierto aprecio. Leí cuatro ó cinco de sus libros en la adolescencia y ya detectaba la calidad diríase mortífera de sus historias. La violencia física y psicólogica se hacía palpable, los ambientes cobraban vida inmediatamente, todo era pura intensidad. 
Misery es uno de los libros más viscerales y obsesivos que he padecido.


Como vende mucho y lo que escribe es poco intelectual, King vive pendiente de una revisión seria que, quizá, se produzca dentro de varias décadas, cuando se diga aquello de que era mejor que otros más valorados por la critica. O quizá King no se lea nada. La vigencia de todas las obras literarias parece una lotería.
Hoy, y también ayer, se puede confirmar que, guste más o menos, Stephen King es un icono cultural. Sus historias, todavía versionadas en cine y televisión, aún reeditadas ante unos fans voraces, han articulado un imaginario colectivo de horror, suspense y paranoia del que el audiovisual se ha nutrido a placer.
Carrie es un sinónimo de adolescencia problemática, del mismo modo que Misery es el grado final como sigas admirando a alguien y descuidando tu psique por el camino.
No cabe duda de que es un escritor sorprendente. Pensaba que no era un favorito en mi adolescencia, porque prefería a la más romántica y homoerótica Anne Rice; King me parecía demasiado testosterónico. Pero me ha venido a la cabeza una de sus historias más hermosas, aquella Dolores Claiborne, una heroína feminista en la obra de un autor al que han acusado de misógino en muchas ocasiones.


Di la verdad, escribe él en su imprescindible libro sobre escritura. Y yo, que soy adicto a escribir sobre escribir, digo que si, que la diré.
Como King y tantos me han recomendado, el camino es sentarse a escribir todos los días. José Donoso decía que, al menos, había que mantener un diario de escritura - qué mejor que un blog para ese cometido - y hoy considero que, no sólo mejorará mi escritura, sino que la hará más placentera.
Si vuelvo a sentarme aquí a diario, dolerá menos. Lo único que entorpece mi visión de futuros escriturarios es la temida vuelta a la normalidad: compaginar el trabajo con las horas de escritura. Tengo que encontrar la manera y debo hallar la energía incluso cuando esté agotado. Pensé que, si un día estoy cansado y sin mucho ánimo, podría escribir un post más sencillo que éste - la clásica oda a un maromo, por ejemplo -, pero lo haré.
Se me agotaron las excusas. Lo pendiente entra en la agenda de lo intolerable. Debo escribir o morir.

viernes, 17 de abril de 2020

El Trotalibrerías: La colección incompleta


Encamarado en lo alto de algún mueble de la casa de mis padres, encontrarán ustedes un álbum de fotos. Allí, en imágenes, se cuenta mi nacimiento y mi infancia. Ese álbum es una galería amable y, siempre que lo consulto, concluye que tuve una niñez feliz, privilegiada. A veces, algún gesto, una cara demasiado seria o una pose afectada delatan cierta incomodidad. La inadecuación, mi inadecuación, que explotaría en la adolescencia, definitivamente más triste y de la que conservo escasas fotografías.
En el álbum, está mi bautizo. Mi cabeza con cuatro pelos, mojada por el agua bendita. No lloré. Al lado de mis padres, aparecen mi padrino y mi madrina. Tan jóvenes todos entonces, jugando a ser mayores delante de una pila bautismal, delante de aquello que se llamaba deber.


Mi padrino es también mi primo. Mucho mayor que yo, casi veinte años, no lo sé con exactitud. Será porque era un buen chico, porque le entusiasmó tener una responsabilidad verdadera por primera vez en su vida, porque ser padrino de alguien le resultó todo un honor o porque en 1981 eso todavía significaba algo, mi padrino se tomó su papel muy en serio desde aquel día.
Me llamaba ahijado, no dejaba de telefonearme en fechas señaladas y, cuando visitaba la isla - él vivía en otra -, me iba a buscar y salíamos a pasear. Yo lo quería, me enseñaron a quererlo, él quería que yo lo quisiese. 
Entre mis pertenencias de mi infancia, había una foto de los dos. Me llevó a un estudio. Él sonreía, yo, incómodo como siempre, permanecí serio. Recuerdo la foto perfectamente, pero no el momento.
También recuerdo cuando me llevaba al parque y veía que no podía descender el tobogán, porque sentía miedo y vértigo. "Si no lo intentas...", me dijo. No lo intenté, pero se me quedó grabada esa recomendación. Cada vez que algo me da miedo, me acuerdo de mi padrino, diciéndome que me tire por el tobogán. Al final, nada es gran cosa, aunque lo parezca.
Mi padrino era de una familia más rica que la mía y nunca escatimaba en regalos. En Reyes, aparecía alguno suyo al pie del árbol, reclamando atención. Yo los miraba con suspicacia, no solían gustarme a primera vista, porque no los había pedido. Como todo el amor que me dedicaba mi padrino, me parecía excesivo, me pillaba desprevenido. 
Mi madre me decía que lo llamase para agradecerle los regalos. Yo lo hacía a regañadientes, nunca me gustó hablar por teléfono, y menos con gente que, pese al cariño, no dejaba de ser remota, desconocida.
Muchos de sus regalos aún están en las estanterías, porque, él, informado de que me gustaba leer, solía regalarme los mejores libros en ediciones juveniles fastuosas, llenas de ilustraciones. Cuando luego lo llamaba para agradecerle los presentes, me decía que, por favor, leyera Moby Dick, Capitanes intrépidos o La isla del tesoro. Las aventuras marineras que a él le habían fascinado cuando tenía mi edad.
En cierta ocasión, me regaló cuatro - o quizá cinco - volúmenes de la colección Tus Libros, de la editorial Anaya. Este post es sobre esa colección, pero permítanme antes terminar la historia incompleta de mi padrino, que, al fin y al cabo, fue el que me llevó hasta dicha colección.


Mi padrino es mi infancia. Cuando crecí, su presencia se difuminó de mi vida hasta la desaparición. Recuerdo su boda. Yo me sentía triste y desplazado al verlo casándose y, cuando vino a preguntarme qué me había parecido el enlace, le contestaba con monosílabos y sin mirarle a la cara. Creo que me dio por imposible entonces, no sin antes decirle algo al oído a su flamante esposa. Ella me hizo un gesto para que me acercase a la mesa nupcial. Recuerdo su cara bronceada, su generoso busto, sus labios y cómo me dijo que estaba dispuesta a ser mi madrina, si yo se lo permitía.
Se divorciaron un par de años después. No lo he vuelto a ver desde su boda. He tenido noticias de su vida, como él habrá tenido de la mía. El cariño sigue ahí. 
Ocupado a morir en el trabajo, volvió a casarse con otra mujer, que aportó dos hijos al matrimonio, a los que él adoptó como suyos. Se separó también de ella, pero ellos siguen siendo sus hijos. Mi padrino siempre ha hecho lo correcto. Dicen que siempre fue bueno. 
Tengo un viaje pendiente para verlo, a él y al resto de su familia, desde hace varios años. Desde que se levanten las restricciones. Cuando todo termine. 
Decía antes que unos de sus regalos de Navidad fueron unos volúmenes de Tus Libros, ediciones ilustradas de grandes obras; al contrario que otras colecciones juveniles, esta se fundamentaba en traducciones íntegras - y bastante buenas - de los originales. Era una de esas cosas que se hacían con un cuidado y un escrúpulo que hoy es díficil de encontrar.


No sé dónde comenzó mi obsesión por Tus Libros, pero me recuerdo en las librerías, con once o doce años, y apenas un hilillo de voz, de la timidez tan grande que siempre he tenido, preguntando por la colección. Los libreros se sonreían. Yo, sensible, pensaba que se burlaban de mí, un niño que leía, qué cosas, pero ahora entiendo que aquella sonrisa era de admiración, de ternura. La misma que pondría yo ahora si estuviera al otro lado del mostrador y un niño de once años me preguntase por Los últimos días de Pompeya o El barón de Munchausen.
Gracias a Tus Libros, conocí obras de aquello que llaman lo ilustre, lo culto y lo elevado, pero también descubrí el mundo, descubrí la Historia, o al menos, la vision decimonónica y romántica que se debe tener si se quiere ir con el corazón en la mano por la vida y por el arte. La África en la que pienso es la de Las minas del Rey Salomón, la Inglaterra victoriana, la de Drácula.
Leí Oliver Twist, el libraco que llevaba a cuestas en todos lados, hasta en la playa, en los merenderos, en las terrazas donde se servían papas y pescado frito. Una amiga de mis padres nos vino a saludar y miró tras la silla como yo tenía oculto el Dickens. También se rió y yo también pensé que se burlaba.
Leí Frankenstein, que me hizo temblar cuando la Criatura se acercaba cada vez más a acabar con Elizabeth. El gato negro, la inmensa fascinación por Poe y el terror, además con las ilustraciones de Harry Blake. Otra vuelta de tuerca, la primera novela desconcertante que leí. El oro, de Blaise Cendrars, que me impresionó profundamente con su relato de la avaricia y el fracaso. Robinson Crusoe, De la Tierra a la Luna, La flecha negra, La dama de las camelias.
La dama de las camelias, escalofriante historia de amor, que comenzaba con la subasta de una cortesana muerta y la visita del amante a la tumba donde yacía. 
Ya era adolescente. Cuando leí El retrato de Dorian Gray, debía andar por los catorce años. Fue el último que leí entonces de esa colección.
Quedaron muchos por leer y otros muchísimos por comprar. Seré sincero. Muchos no los terminaba, me aburrían enseguida. La prosa de otros tiempos me resultaba complicada y no le daba el esfuerzo necesario. Quedaron ahí, incompletos, algunos empezados, otros ni siquiera abiertos. Cuando quería comprar nuevos, no tenía dinero o mi madre no quería dármelo hasta que hubiese terminado todos los que ya poseía.


Las cosas que veneramos, las presencias, mi padrino, se difuminan con los años y se convierten en fantasmas que nos visitan, como en Otra vuelta de tuerca
El tiempo es lo único inmisericorde que existe en este mundo. No perdona. Tal vez porque nuestra percepción es limitada. Creemos que fue ayer y han pasado treinta años. Creemos que ha llovido mucho y seguimos siendo los mismos.
Hace seis años, volví a casa de mis padres, tras más de una década fuera de las islas. Ahí estaba la colección Tus Libros, de Anaya, testimonio de una época más simple de mi vida. Despreocupada. Entonces sólo tenía que leer. Ahora debía pensar en el futuro, qué hacer conmigo.
El refugio de esos libros, que acompañaron mi tardía infancia, que me abrigaban tanto como el embozo de la cama, no había muerto. Decidí completar la colección y también leer los libros que nunca había leído. Los tres mosqueteros, Secuestrado, El gran Meaulnes, Primer amor, La hija del capitán. Tus Libros volvieron al pie de mi cama y ahí siguen.
Leeré otros, pero siempre tengo algún volumen  de esa colección cerca. Es la calidez de lo antiguo, la vana creencia de que, aferrándome a lo viejo, detendré la vida en el punto impreciso de una felicidad improbable.


Colección descatalogada, Anaya llegó a publicar 167 volúmenes hasta principios del presente siglo. Ahora sigue editando algunos de esos títulos, pero en tapa blanda y en ediciones de aspecto más infantil. La única manera de encontrar los originales, aquellos que pedía en las librerías cuando era un niñato, es por Internet y en establecimientos de segunda mano. En los últimos años, he gastado una suma importante de dinero en adquirirlos y ahora me faltarán alrededor de unos cuarenta. 
Muchos son caros y difíciles de conseguir; no soy el único que adora y persigue esta colección.


En la última mudanza, les di la prioridad que merecen, pero me di cuenta que son el piano que me aferra a la tierra, un peso que se enreda en mis pies cual soga y me ahogará por la importancia que le concedo. No seré libre porque tendrán que venir conmigo adonde vaya. El apego a las pertenencias y el amor a las personas, cuestión de matices. 
El que se encuentra ahora en mi mesilla se llama El perfume de la dama de negro, de Gaston Leroux. Es de los que tenía originalmente, pero nunca leí. Creo que es de los primerísimos, de los que me regaló mi padrino.


Esas portadas hermosas, que invitan a la lectura tanto como entonces, las exquisitas ilustraciones, la impecable edición, la caligrafía. Me siento en casa cuando tengo un ejemplar en la mano, sosegado, en un pasado que entiendo más que el presente, en un lugar que no da el vértigo que me propicia el mañana. Encerrado, entre Tus Libros que son ahora mis libros, lejos, vuelto un niño, temeroso de lanzarme por el tobogán. El tobogán no existe, el suelo tampoco. Leyendo, disociado, y aferrándome a las cosas del recuerdo, porque las perdí una vez. La presencia de mi padrino en mi vida, el hábito de la lectura, la ingenuidad, el silencio. Todo se desvaneció entre el ruido de los años y el fragor de la actualidad, entre las demandas de la juventud y los caprichos de la vida adulta. Tuvo que pararse el mundo un segundo para acurrucarme en colecciones incompletas como quien aún espera nacer, ser bautizado y querido otra vez. 
La página en blanco, tus libros serán mis libros. Desde que se levanten las restricciones, cuando todo termine.

jueves, 2 de abril de 2020

El Trotalibrerías: Escribir es un horror


En un episodio anterior de "El Trotalibrerías", el fantasma del novelista José Donoso se dirigía a mí y me hacía la temida pregunta:

- ¿Y tú? ¿Qué escribes tú?

Imaginemos a Donoso como la oruga que pregunta a Alicia:

- ¿Y tú? ¿Quién eres túuuu?

Donoso ha reaparecido en mis sueños desde entonces, con la misma determinación que el padre de Hamlet. Es decir, decídete, joven.
Me encontraba en un viejo caserón del centro de la ciudad, reformado como un lugar de ocio, con biblioteca, salas de actos y cafetería.
Contemplaba el patio interior desde una ventana cuando oí que alguien, a mi espalda, me llamaba.


El venerable, viejo escritor estaba sentado a una de las mesas de la cafetería, terminando su venerable, vieja taza de té mientras doblaba el periódico que leía hasta que me divisó.

- Amigo mío, qué alegría volver a verlo.

Al contrario de su aparición en capítulos anteriores, Donoso no era una oruga inquisitiva, sino un señor adorable, encantado de nuestro encuentro, como si me conociera de alguna previa ocasión. Yo respondía con timidez a su saludo, pero me acercaba y me sentaba a la silla que su gesto con la mano me ofrecía ocupar.

- Cuénteme, ¿qué ha sucedido después de que nos hayamos visto?

Entendí que se refería a la escritura y le dije que había vuelto al blog. Le contaba que había conseguido lo impensable hace un año: perderle el miedo a la página en blanco.

- Sí, algo he leído de su blog. Pero dígame, ¿ha escrito algo más? - Al ver cómo bajaba la cabeza, Donoso prosiguió - Debe escribir algo más. Escríbalo todo. Escriba cualquier cosa, si tiene usted poco tiempo. Escriba, por ejemplo, este encuentro.

El escritor se incorporaba y se excusaba porque tenía que marcharse. Yo desperté.
Ese sueño, más que una invitación a la escritura, es, como muchos sueños, la manifestación de un deseo. El deseo de conocer intelectuales o gente más interesante con la que suelo relacionarme a diario. El deseo de ser reconocido por ellos, de una manera amistosa y como una posible promesa artística. El deseo de ser un escritor para los escritores. El deseo de estar a una altura que, a medida que pasan los años, se me hace más inalcanzable.
¿Cuánto he escrito en mi vida? Comparado con lo que he leído, visto u opinado, es demasiado poco.  ¿Soy un lector/espectador, un opinador o un creador?


Fronteras difusas, poco cuantificables. Recuerdo escribir cuentos desde que aprendí a escribir. Incluso pequeñas sagas con ilustraciones, protagonizadas por niños y niñas que perseguían estrellas De una estrella que dibujé salía un bocadillo que decía: "Hola" al niño protagonista. La estrella podía hablar, reconocía al niño, como el escritor me reconocía a mí en mi sueño.
He buscado historias desde el principio, las mías y las ajenas, porque la realidad no era suficiente. No lo es. He intentado que lo sea, pero cada día mi necesidad de evasión en la cultura es más acusada.
La ficción, creada o buscada. Soy incapaz de sobrevivir sin ella.


Del mismo modo que la realidad no es suficiente, tampoco lo es conformarme con una existencia en la que la escritura no sea una ambición, una aspiración.
Qué escribes tú, pregunta la oruga, y bajo la cabeza.
Escribir no es fácil. Escribir es un horror. El incomparable Rafael Chirbes lo desliza en un pasaje de En la orilla: escribir es destrozarse los nervios.


Escribamos algo más que el blog, me dije hace unas semanas, con un ímpetu renovado. Sucedía antes del período de cuarentena. Me permitía el lujo de superar dos obstáculos: las demandas de la cotidianeidad y mi procrastinación al respecto de escribir algo de enjundia. Ficción, más allá de hablar de estrellas de Hollywood o de mí mismo. Todo un reto.
Lo hice, escribí cuatro páginas en una tarde. Escribí sobre un encuentro. No sobre el que había tenido con José Donoso en sueños, sino un amigo de la infancia al que volví a ver repentinamente. Hay una historia, una emoción ahí detrás, pensé.
Al terminar, decidí que no lo revisaría hasta el día siguiente, en el que lo imprimiría y, con el lápiz preparado, tacharía y anotaría lo que creía mejorable. Así lo hice, pero solté el lápiz correcto pronto. Aquello era horrible.
Escribí en uno de los márgenes: "Cuanto más importancia le doy a lo que escribo, peor lo hago."
Prometí retomar esa historia, arreglarla, rehacerla cuantas veces fuera suficiente hasta darle forma, pero mi mente ha encontrado no sólo excusas, sino la manera de neutralizar la urgencia por escribirla.
Siempre que me aventuro en la ficción, evidencio mi poca práctica en la fabulación, esa que no sé cómo adquirir sino dándome de latigazos todos los días con la terrorífica hoja en blanco y las aún más temidas reescrituras. 
Estar al desnudo al menos una hora al día. Escribir es un horror.


Me impaciento, me desespero. Es una lucha conmigo mismo. ¿De qué te quejas? ¿Qué te cuesta? ¿Por qué escribir un simple post de este blog te tiene todo el día de los nervios?
Anteayer calculé cuánto tiempo exacto tardaba en escribir sobre Rita Hayworth. No llegó ni a la hora. Durante tantos años que concedía en mi mente a la redacción de mis blogs un tiempo desproporcionado de mi vida me he dado cuenta que se resume en una mísera hora diaria.
No es el acto de escribir, no es el momento de la escritura. Es el eterno prolegómeno. El ahora, aquí, me siento. El ahora, aquí, empiezo. Hay veces que he estado hora y media caminando por la casa, oyendo música, tomando café, masturbándome, como prolegómeno antes de ponerme manos a la obra con algún post.
Me torturo aún más cuando lo hago bien. El momento genuino de emoción que conseguí con la historia de Rita Hayworth me sorprende a mí mismo, porque ni lo preparaba ni lo esperaba. Salta de mi escritura. Hago una guía de lo que voy a escribir, pero algo se escapa a toda previsión. Algo más grande que yo, que me enorgullece y me sonroja porque no le doy el trabajo suficiente, porque sólo le concedo una ridícula hora en un día de cuarentena.
A veces me digo que debo naturalizar la escritura, que sea como cuando era niño, tan habitual como nada traumática. Escribir sin ataduras, de lo que me guste, en un cuadernito, lejos de los distrayentes ordenadores y los torturantes escritorios. Luego pienso que la escritura es una cosa seria, profesional. Lo bueno no se consigue como una extensión de lo ocioso.
Señalo con el dedo a mis profesores de Escritura. Desde que los conocí, mejoré, sin duda, pero el acto de escribir se hizo el potro de tortura en el que evito sentarme. Hicieron de mi escritura un compromiso conmigo mismo. Si no escribes todos los días, si no escribes de lo que conoces, si escribes mal, si no escribes. ¿Cómo decirle a la memoria de esos profesores que he llegado a estar un año sin escribir palabra?
Ahora pienso que echarles la culpa de todo a los maestros es igual de pedestre que echarle la culpa de todo a los padres. Hicieron su trabajo, yo sólo quiero, en el fondo, volver a sus faldas.
La escritura necesita un tiempo que, en circunstancias normales, no poseo, porque no me gano los garbanzos con ella - y dudo que lo haga alguna vez -, pero, sobre todo, necesita mi esfuerzo.
Dicen que tengo talento, pero todo lo que escribo realmente bueno no es fruto de genialidad, sino de un trabajo continuo. 
Mi esfuerzo no consiste únicamente en la dedicación, sino en algo más dificultoso: derribar la cantidad de mierda que tengo en la cabeza por culpa de la cultura de masas y el pensamiento fácil.  Cuanto más leo, me doy cuenta de que muchas de las opiniones y escrituras que he rubricado están teñidas del convencionalismo y de la emotividad pop. El esfuerzo ha consistido - y consiste - en buscar la propia voz en un universo de voces atronadoras.


Lucho contra la propia irrealidad de la novelística contemporánea, la suposición de que el siglo XX no existió. Precisamente esa emotividad pop es la que nos transporta al Romanticismo: ser unos individuos dolientes que descubren su realización trascendental en el arte de calidad. 
Debo suprimir por fuerza la cultura audiovisual, la multipantalla vulgar, la distracción absoluta, para consagrarme como algo tan remoto como un prosista para un mundo que ahora lee novelas sólo porque está empachado de mirar el móvil.
Gran romántico, busco tornarme en una reliquia dorada, algo admirable y vetusto, reciclado para estos tiempos como el caserón antiguo reformado en cafetería en el que me encontré a Donoso en sueños.
Escribe, escribe, no pienses, escribe. Dicen todos, dicen los expertos y los que no saben nada. No dejes nunca de escribir, porque tú escribes con algo más importante que el genio o el talento. Escribes con tu corazón.


Sucede en ocasiones que me entra la tristeza. Pasan los días y las cosas que me hacen feliz se tornan insuficientes. Escribir es una cosa lejana, no entra en mis planes en esos momentos. 
Sigue el tiempo y, de repente, escribo. Siento una liberación inmediata, una alegría insólita, una realización incontestable. Como si me sacaran, para mi alivio, una espada que ignorase llevara clavada.
Escribir es un horror, pero he de hacerlo. Es superior a mí, es más grande que yo, vive por encima de mi holgazanería, de mi necesidad de ser feliz, de todo lo que pueda escribir hoy sobre escribir.
No creo que la escritura me haga feliz, pero, si renuncio a ella, jamás podré descansar en paz. Siempre velará mis sueños, decrépita y sabia como la Muerte, ominosa como el Destino, diciéndome que debo comprometerme conmigo mismo, desnudarme todos los días y escribir, escribir, escribir, sin parar. No dejes nunca de escribir, dice como si fuera el mismo Tiempo.


Pero ahí está la vida, justo la que sostiene la idea de que escribir es un horror. Y, como una madre que sólo quiere mi bien, mi sonrisa, mi tranquilidad, la vida me dice que lo olvide todo. Vive y olvida la ambición, la angustia, el sueño romántico de trascendencia. Escribir o no, qué más da. Si es un horror, déjalo, olvídalo.
Así, termino todos los días con la pregunta irresoluble, con la duda. ¿Ser feliz o escribir? ¿Escribir o no? Me refugio entre las sábanas, como si fuera el niño que quería hablar con las estrellas, mientras los latidos del corazón se amortiguan y me quedo dormido.

martes, 24 de marzo de 2020

El Trotalibrerías: La palabra es sexo


Mi padre tiene una gran biblioteca, la que desearía cualquier ávido lector como él. Cuando era pequeño, me parecía enorme, un templo, y de verdad creía que todos los libros del mundo estaban allí.
Yo ya sabía que los libros eran el lugar para encontrar respuestas.
Cuando era adolescente, la pregunta era, por supuesto, el sexo.
Y en la biblioteca de mi padre, oculto, pero no demasiado, había un libro titulado Enigmas de la sexualidad. Era un tratado viejo, escrito por un doctor francés y publicado hacia finales de los sesenta.
Recuerdo pasar las hojas con pecaminosa prisa. Por entonces, el sexo todavía producía muchas risitas, aunque era mayor la incomodidad de nuestros padres que la nuestra. Más que protegernos ellos del sexo, hacíamos lo contrario: escondíamos nuestras inquietudes, nuestras pajas, porque entendíamos que el tema sofocaba y angustiaba a la generación que creció con la idea de que el sexo era una cosa sucia, de la que mejor no se hablaba.


Pero ahí estaba ese libro.
Mi padre debió tener muchos enigmas acerca de la sexualidad y, por eso, adquirió ese volumen. No sé si lo haría en busca del erotismo o para responder a sus quimeras. Porque fuera el sexo sucio o no, había que hacerlo. Para tener hijos, para hacer feliz a la esposa, para atreverse a ser feliz uno mismo.
Recuerdo algunos fragmentos del libro. "Los amantes entran en estado de nirvana". Así describía una de las fases del coito.
Esto debí leer después del suicidio de Kurt Cobain, porque la palabra "nirvana" no me era ajena. El tono del libro era horrendo por aleccionador y moralista; estaba escrito por un médico que más bien sermoneaba. Tenía un apartado delirante dedicado a las "perversiones sexuales", donde no faltaba la homosexualidad. Aún no tenía demasiado clara la mía y aquello ya me resultó descacharrante por ofensivo.
Me masturbé con la descripción que hacía del coito. "Los amantes entran en estado de nirvana". Me imaginaba a mí mismo follando e inclinando la cabeza hacia atrás, de absoluto y puro placer, ascendiendo a lo metafísico.
Antes del porno, los libros eran la única manera de conocer el sexo sin practicarlo. En épocas reprimidas, en edades no autorizadas, más aún. ¿A quién le vas a preguntar? Sólo los libros tienen todas las respuestas. Tienen hasta lo que no quieres saber.
De aquella época, también recuerdo un pasaje de El ladrón de cuerpos, de Anne Rice, en el que Lestat le hace un cunnilingus a una mujer. Que lo recuerde tan vívidamente es significativo, porque es algo que jamás he hecho ni tengo intención de hacer.
De manera curiosa, el libro que estoy leyendo ahora, Cuando cae la noche, de Michael Cunningham, también tiene un episodio de cama donde se describe a un marido practicándole sexo oral a su esposa.


Lo leí con interés, porque el sexo es siempre un secreto, un enigma. Nunca me comeré un coño, pero siempre me intriga cómo se hace exactamente.
Porque dicen que el porno no lo enseña bien. Todavía muchos y muchas buscan las respuestas en los libros.
Hace una década, estuve trabajando en la librería de unos grandes almacenes y me viene a la cabeza uno de los clientes. Era un muchachón musculoso, un maromazo bien equipado, con la camiseta negra a reventar de tremendos bíceps. Un sueño pornográfico. Aún así, el caballero pedía libros sobre sexo. No libros eróticos, sino libros de cómo hacerlo, de cómo mejorar en la cama.
Como mi padre, como todos los hombres, el chico se sentía en el deber de equiparar su imagen de macho con su destreza entre las sábanas. El porno no le había servido de nada y su esposa/novia se lo había hecho notar.
La respuesta esperaba encontrarla en una guía escrita, a ser posible también ilustrada, que le diera unas pautas. Pero, más importante, que le dijera la verdad. Porque aquí está la creencia tan divulgada, tan comúnmente aceptada: las películas mienten, los libros dicen la verdad.
¿Dicen la verdad los libros? ¿Son las novelas el hilo que conduce a esa madeja que llamamos sexo? La literatura y el sexo están tan interrelacionados, que este post podría parecer una obviedad a los más intelectuales.
El acto de leer es un acto íntimo, sensorial y secreto, muy secreto. En las páginas de los libros se pueden contar cosas que no se pueden contar en casi ningún otro sitio. ¿Por qué quién lee, al fin y al cabo?


A ese respecto, no deja de sorprenderme recorrer ciertos clásicos del siglo XIX y encontrarlos mucho más picantes y honestos sobre la sexualidad humana que la mayoría de las películas y series que se produjeron cien años después. Novelas como Bel-Ami o Rojo y negro todavían calientan. Son fogosas y, más lo son, cuando sus escritores recurren con un arte insólito a un lenguaje que evita los términos evidentes, pero hace la descripción aún más ardiente. No es exactamente censura, es despertar al sexo con una caricia precisa, con una palabra adecuada.
Tampoco seamos bénevolos con el pasado. Si muchas novelas de siglos remotos nos hablan de que no hay nada nuevo bajo el Sol, muchos de sus autores fueron perseguidos, condenados y ajusticiados por la Iglesia y la moral pública. Y ya lo cuenta Stendhal en Rojo y negro: era pecado leer novelas. Cualquier novela.
Bien cierto es que la literatura siempre puede arriesgarse, dar el paso, porque es un acto directo, individual. Siempre habrá algún editor tan enfermo como el autor.


En el cine, cualquier narrativa está producida con un ánimo empresarial y, por tanto, existe un pre-acuerdo. La censura no es tanto posterior como anterior. El cine, como espectáculo público, ha estado sometido a un escrutinio especial. Nadie lee, pero todos van a las películas. Por eso, éstas han de mentir.
En los márgenes del cine, allá por la década de los sesenta, irrumpieron los bestsellers eróticos, los llamados libros sucios.
Muchos descubrieron el sexo con esas noveluchas de consumo rápido y el rey fue Harold Robbins, que se autoproclamó el "escritor playboy".
Complemento necesario de la revolución en las camas que se viviría por aquellos tiempos, Robbins, como estilo enseña, contó polvos, felaciones, cunnilingus y orgías en sus relatos de los ricos y famosos. Su aportación al imaginario erótico de toda una generación le valió una autobiografía con el subtítulo significativo: "El hombre que inventó el sexo".
Pero el sexo de Harold Robbins era un sexo como consumo, un sexo para pajas, un sexo que no cuenta la verdad que buscamos en la literatura.


¿Qué verdad cuentan los libros sobre el sexo? ¿Qué verdad he encontrado yo? El gran escritor entiende que el sexo es una parte de la vida.
Uno de los titanes es D.H. Lawrence, cuyos libros han depasado hace tiempo el escándalo que suscitaron en su tiempo, y hoy reaparecen como los frutos de uno de los mejores evocadores de la carnalidad y su decisiva relación con el alma humana.


Los novelistas pueden hablar de sus despertares sexuales, tema recurrente, sean aquellos felices o traumáticos, o pueden abordar el sexo en sus facetas más furiosas y humillantes.
La escritura dice la verdad cuando asegura que el sexo no es siempre alegre, como nos venden ahora las modas y los medios, que no se entra necesariamente en fase de nirvana cuando se copula.
El sexo y la psique son una misma cosa y hay sexos que no enaltecen, que son sólo una prolongación de sufrimientos y ansiedades, que no resultan bonitos ni necesarios.


Yo he descubierto las respuestas en los libros. 
Cuando leí a David Leavitt, pensé que alguien por fin me comprendía. Leía lo que sentía: el sexo con otro es difícil y no siempre placentero cuando estás acostumbrado a estar solo y, por tanto, a practicarlo en soledad. El estado de nirvana no me ha estado garantizado siempre, he de confesar.
Los libros no cuentan la verdad: la dicen a susurros, porque están desvelando los secretos de los escritores, que, a veces, son también nuestros secretos.
No se puede hablar de sexo sin glosar la represión, la ejercida por la sociedad y la que se ejerce sobre uno mismo.
Y, a diferencia del porno, el sexo no debe ser ese centro obsesivo, aislado, desprovisto. Esa erección no es sólo una erección. Tiene una historia detrás, tiene la Historia detrás.
Aún ahora, la literatura es la hermana mayor de la cultura en terrenos golfantes. Cuando se adapta una novela al cine, todavía se preguntan todos: ¿Y podrá contar ESE episodio, ESA escena?.
La timoratez de las pantallas convencionales sólo está a la altura de su entendimiento del sexo como una veta a explotar, como un tema que todavía da risita.


Da risita lo que todavía sigue siendo un secreto. ¿Sabemos algo sobre sexo? ¿Sobre lo qué significa de verdad?
En estos tiempos de cuarentena, donde, como si volviéramos a la era victoriana, sólo podemos mantener sexo con la compañía estable o con la mano operativa, reflexionemos sobre las incógnitas de la sexualidad y busquemos la cálida compañía de una novela vergonzante.
Y, si alguien quiere saber el paradero del libro de mi padre, Enigmas de la sexualidad, diré que está en mi poder.
Era uno entre una pila de los que mi querido viejito quería deshacerse - la vida ya le habrá despejado todos los enigmas - y yo, nostalgia de por medio, lo robé con la mano operativa sin que él me viera.