sábado, 18 de abril de 2020

Cine Paraíso: La boda de mi mejor amigo


Cuando pienso en una época de paz y esplendor económico, inconsciente de los peligros que se avecinaban en el presente siglo, la imagen que me viene a la cabeza es La boda de mi mejor amigo.
De hecho, resumiría los años noventa con la secuencia en la que Rupert Everett se arranca por I say a little prayer en una comida familiar y todo el restaurante termina por acompañarlo en un derroche de desprejuicio y alegría.
Me gusta creer que el mundo una vez fue así.
Además, esa ha de ser una de las últimas ocasiones en que Hollywood se lanzaba al ridículo sin parapente y salía victorioso. Dicha secuencia se hizo la más famosa de la película y hasta la promocionaba. La canción de Burt Bacharach, oída y versionada en innumerables ocasiones, conocía una nueva vida.


Conocer una nueva vida, reciclar. 
Hollywood es experto en reciclar y la llamada "comedia romántica" es una de sus energías altamente renovables. En La boda de mi mejor amigo se aprecian las huellas de otros vehículos de Julia Roberts y también elementos remozados de clásicos como Historias de Filadelfia. Una boda, una familia rica, alguien que trata de interrumpir el enlace.
Aunque soy de naturaleza sentimental - es por ello que hoy escribo de esta película -, soy enemigo de las comedias románticas, o de lo que se trata de vender como tal. No provocan la risa suficiente para ser comedias y el romanticismo se confunde, de nuevo, con lo rosa.
Las llamaría, más bien, enredos nupciales, porque la boda o el compromiso son siempre el destino final. Juegan con una serie de deseos concretos de su público potencial y hacen que sean cumplidos, bajo la estela de Cenicienta.


Pese a que rellena fórmulas y previsiones, La boda de mi mejor amigo es, en muchos aspectos, una excepción.
Es la única de ese inacabable ciclo de películas a la que tengo, no sólo respeto, sino el cariño suficiente para volver a verla. Es uno de los pocos vehículos de su sonriente protagonista, en los que ésta consigue crear un personaje más allá de su estatus de estrella.
Y es una obra muy interesante por una cuestión crucial: el punto de vista elegido.
La boda de mi mejor amigo comienza como una invitación a la cursilería. En sus créditos iniciales, lo nupcial explota con una novia y tres damas de honor interpretando y bailando Wishin' and hopin', el colmo de los azúcares, con un refocile pícaro y juguetón en su propio almidón. Esa entrada vive tan lejos de toda contención que, mirada desde la sosería en la que el Hollywood actual se ha pertrechado, hoy parece transgresora.


Este pastel amable encierra una capa de amargura.
Aunque la evoco como testimonio de unos presuntos años dorados, sorprende, al revisarla, lo melancólica que es. Las bromitas inevitables - las rijosas damas de honor, la estatua de hielo del David, el gay que se hace pasar por hetero - no encubren cierta tristeza de los tiempos.
En esta comedia romántica, los deseos no se verán satisfechos.


La heroína es la antagonista, la otra. Y no se da cuenta hasta cierto momento de la película, cuando hace un análisis de conciencia y descubre que es la mala de la historia, la loca que ha venido a destrozar una boda feliz. El personaje desvela cuál es su rol, como si se mirara en un espejo y no le gustara el reflejo.
Pocas obras del cine norteamericano comercial han tomado el giro de apostar por el punto de vista de Escarlata O'Hara, dejarla sin novio en el último rollo y obtener un éxito de taquilla.
Buena parte de culpa del equilibrio conseguido se debe al director, el australiano P. J. Hogan; su película anterior, La boda de Muriel, era una obra disfrazada de farsa nupcial que derramaba considerable acidez y, como esta, terminaba siendo una oda a a la amistad.


Julia Roberts eligió personalmente a este director, como también a Dermot Mulroney y Cameron Diaz.
Julia fue la fuerza motora del proyecto, la que eligió el excelente guión en el que descansa. Considero que, si había que darle un Oscar de manera forzosa a la Roberts, esta es una interpretación más sólida que la que ofrecería dos años después en Erin Brockovich.
Pero, por entonces, fue unánime la opinión de que Rupert Everett le había robado la función.


En una crítica firmada al calor del estreno se escribió: "Es la película ideal para las mujeres y los hombres gay que adoran". 
El toque de La boda de mi mejor amigo fue la incorporación del actor británico.
Su personaje era reducido en un principio, pero, tras el pase previo al estreno, se extendió y hasta se cambió el final para incluirlo a él.
Es la voz de la conciencia de la heroína, su imperfecta hada madrina. La boda de mi mejor amigo también permanece en el recuerdo por ese personaje, ese homosexual brillante y exquisito, todo lo que yo quería ser en 1997: guapo, culto, divertido, con la cultura pop siempre lista en cualquier comentario, el amigo ideal de las mujeres.


Hoy la presencia de Everett no resulta tan arrolladora como entonces - lo del amigo gay en pantalla era una sensación nueva -, y esa idealización del homosexual - se le acepta si es encantador - suena a cosa vieja y, espero, superada. 
La boda de mi mejor amigo es una película reciente en comparación con otras de las que suelo hablar, pero su época está impresa en ella: el karaoke, los móviles enormes, el tabaquismo de la protagonista, el Windows 95.
Créelo: han pasado veintitrés años.


Dorados o no, los años noventa fueron tiempos de revisión exhaustiva, de explotar la cultura pop como un bien utilitario y un patrimonio asequible. En La boda de mi mejor amigo, se rinde soterrado, pero evidente, homenaje al músico Burt Bacharach y la cantante Dionne Warwick, con la inclusión de varias canciones de este tándem suave y romántico que alumbró los años sesenta.
Ironía: los noventa recordaban una década anterior con la misma añoranza por tiempos cómodos que la que yo siento cuando rememoro esta película.


¿Eran mejores tiempos? Cualquier buen libro de Historia desterraría esa idea. Diría que todo lo que pasó después era una consecuencia de los débiles cimientos de ese mundo pastel, que sólo existía en coordenadas occidentales y en pantallas de cine.
Me convencería que lo rememoro así porque yo era entonces una vida por vivir, una juventud en la que sobraba el confort, cuyo único anhelo era ser como Rupert Everett.
Darse cuenta de esa verdad es como cuando la heroína de esta película descubre que perderá al final. Queda la resignación, una sonrisa con todos los dientes y, con suerte, un buen compañero de baile.

viernes, 17 de abril de 2020

El Trotalibrerías: La colección incompleta


Encamarado en lo alto de algún mueble de la casa de mis padres, encontrarán ustedes un álbum de fotos. Allí, en imágenes, se cuenta mi nacimiento y mi infancia. Ese álbum es una galería amable y, siempre que lo consulto, concluye que tuve una niñez feliz, privilegiada. A veces, algún gesto, una cara demasiado seria o una pose afectada delatan cierta incomodidad. La inadecuación, mi inadecuación, que explotaría en la adolescencia, definitivamente más triste y de la que conservo escasas fotografías.
En el álbum, está mi bautizo. Mi cabeza con cuatro pelos, mojada por el agua bendita. No lloré. Al lado de mis padres, aparecen mi padrino y mi madrina. Tan jóvenes todos entonces, jugando a ser mayores delante de una pila bautismal, delante de aquello que se llamaba deber.


Mi padrino es también mi primo. Mucho mayor que yo, casi veinte años, no lo sé con exactitud. Será porque era un buen chico, porque le entusiasmó tener una responsabilidad verdadera por primera vez en su vida, porque ser padrino de alguien le resultó todo un honor o porque en 1981 eso todavía significaba algo, mi padrino se tomó su papel muy en serio desde aquel día.
Me llamaba ahijado, no dejaba de telefonearme en fechas señaladas y, cuando visitaba la isla - él vivía en otra -, me iba a buscar y salíamos a pasear. Yo lo quería, me enseñaron a quererlo, él quería que yo lo quisiese. 
Entre mis pertenencias de mi infancia, había una foto de los dos. Me llevó a un estudio. Él sonreía, yo, incómodo como siempre, permanecí serio. Recuerdo la foto perfectamente, pero no el momento.
También recuerdo cuando me llevaba al parque y veía que no podía descender el tobogán, porque sentía miedo y vértigo. "Si no lo intentas...", me dijo. No lo intenté, pero se me quedó grabada esa recomendación. Cada vez que algo me da miedo, me acuerdo de mi padrino, diciéndome que me tire por el tobogán. Al final, nada es gran cosa, aunque lo parezca.
Mi padrino era de una familia más rica que la mía y nunca escatimaba en regalos. En Reyes, aparecía alguno suyo al pie del árbol, reclamando atención. Yo los miraba con suspicacia, no solían gustarme a primera vista, porque no los había pedido. Como todo el amor que me dedicaba mi padrino, me parecía excesivo, me pillaba desprevenido. 
Mi madre me decía que lo llamase para agradecerle los regalos. Yo lo hacía a regañadientes, nunca me gustó hablar por teléfono, y menos con gente que, pese al cariño, no dejaba de ser remota, desconocida.
Muchos de sus regalos aún están en las estanterías, porque, él, informado de que me gustaba leer, solía regalarme los mejores libros en ediciones juveniles fastuosas, llenas de ilustraciones. Cuando luego lo llamaba para agradecerle los presentes, me decía que, por favor, leyera Moby Dick, Capitanes intrépidos o La isla del tesoro. Las aventuras marineras que a él le habían fascinado cuando tenía mi edad.
En cierta ocasión, me regaló cuatro - o quizá cinco - volúmenes de la colección Tus Libros, de la editorial Anaya. Este post es sobre esa colección, pero permítanme antes terminar la historia incompleta de mi padrino, que, al fin y al cabo, fue el que me llevó hasta dicha colección.


Mi padrino es mi infancia. Cuando crecí, su presencia se difuminó de mi vida hasta la desaparición. Recuerdo su boda. Yo me sentía triste y desplazado al verlo casándose y, cuando vino a preguntarme qué me había parecido el enlace, le contestaba con monosílabos y sin mirarle a la cara. Creo que me dio por imposible entonces, no sin antes decirle algo al oído a su flamante esposa. Ella me hizo un gesto para que me acercase a la mesa nupcial. Recuerdo su cara bronceada, su generoso busto, sus labios y cómo me dijo que estaba dispuesta a ser mi madrina, si yo se lo permitía.
Se divorciaron un par de años después. No lo he vuelto a ver desde su boda. He tenido noticias de su vida, como él habrá tenido de la mía. El cariño sigue ahí. 
Ocupado a morir en el trabajo, volvió a casarse con otra mujer, que aportó dos hijos al matrimonio, a los que él adoptó como suyos. Se separó también de ella, pero ellos siguen siendo sus hijos. Mi padrino siempre ha hecho lo correcto. Dicen que siempre fue bueno. 
Tengo un viaje pendiente para verlo, a él y al resto de su familia, desde hace varios años. Desde que se levanten las restricciones. Cuando todo termine. 
Decía antes que unos de sus regalos de Navidad fueron unos volúmenes de Tus Libros, ediciones ilustradas de grandes obras; al contrario que otras colecciones juveniles, esta se fundamentaba en traducciones íntegras - y bastante buenas - de los originales. Era una de esas cosas que se hacían con un cuidado y un escrúpulo que hoy es díficil de encontrar.


No sé dónde comenzó mi obsesión por Tus Libros, pero me recuerdo en las librerías, con once o doce años, y apenas un hilillo de voz, de la timidez tan grande que siempre he tenido, preguntando por la colección. Los libreros se sonreían. Yo, sensible, pensaba que se burlaban de mí, un niño que leía, qué cosas, pero ahora entiendo que aquella sonrisa era de admiración, de ternura. La misma que pondría yo ahora si estuviera al otro lado del mostrador y un niño de once años me preguntase por Los últimos días de Pompeya o El barón de Munchausen.
Gracias a Tus Libros, conocí obras de aquello que llaman lo ilustre, lo culto y lo elevado, pero también descubrí el mundo, descubrí la Historia, o al menos, la vision decimonónica y romántica que se debe tener si se quiere ir con el corazón en la mano por la vida y por el arte. La África en la que pienso es la de Las minas del Rey Salomón, la Inglaterra victoriana, la de Drácula.
Leí Oliver Twist, el libraco que llevaba a cuestas en todos lados, hasta en la playa, en los merenderos, en las terrazas donde se servían papas y pescado frito. Una amiga de mis padres nos vino a saludar y miró tras la silla como yo tenía oculto el Dickens. También se rió y yo también pensé que se burlaba.
Leí Frankenstein, que me hizo temblar cuando la Criatura se acercaba cada vez más a acabar con Elizabeth. El gato negro, la inmensa fascinación por Poe y el terror, además con las ilustraciones de Harry Blake. Otra vuelta de tuerca, la primera novela desconcertante que leí. El oro, de Blaise Cendrars, que me impresionó profundamente con su relato de la avaricia y el fracaso. Robinson Crusoe, De la Tierra a la Luna, La flecha negra, La dama de las camelias.
La dama de las camelias, escalofriante historia de amor, que comenzaba con la subasta de una cortesana muerta y la visita del amante a la tumba donde yacía. 
Ya era adolescente. Cuando leí El retrato de Dorian Gray, debía andar por los catorce años. Fue el último que leí entonces de esa colección.
Quedaron muchos por leer y otros muchísimos por comprar. Seré sincero. Muchos no los terminaba, me aburrían enseguida. La prosa de otros tiempos me resultaba complicada y no le daba el esfuerzo necesario. Quedaron ahí, incompletos, algunos empezados, otros ni siquiera abiertos. Cuando quería comprar nuevos, no tenía dinero o mi madre no quería dármelo hasta que hubiese terminado todos los que ya poseía.


Las cosas que veneramos, las presencias, mi padrino, se difuminan con los años y se convierten en fantasmas que nos visitan, como en Otra vuelta de tuerca
El tiempo es lo único inmisericorde que existe en este mundo. No perdona. Tal vez porque nuestra percepción es limitada. Creemos que fue ayer y han pasado treinta años. Creemos que ha llovido mucho y seguimos siendo los mismos.
Hace seis años, volví a casa de mis padres, tras más de una década fuera de las islas. Ahí estaba la colección Tus Libros, de Anaya, testimonio de una época más simple de mi vida. Despreocupada. Entonces sólo tenía que leer. Ahora debía pensar en el futuro, qué hacer conmigo.
El refugio de esos libros, que acompañaron mi tardía infancia, que me abrigaban tanto como el embozo de la cama, no había muerto. Decidí completar la colección y también leer los libros que nunca había leído. Los tres mosqueteros, Secuestrado, El gran Meaulnes, Primer amor, La hija del capitán. Tus Libros volvieron al pie de mi cama y ahí siguen.
Leeré otros, pero siempre tengo algún volumen  de esa colección cerca. Es la calidez de lo antiguo, la vana creencia de que, aferrándome a lo viejo, detendré la vida en el punto impreciso de una felicidad improbable.


Colección descatalogada, Anaya llegó a publicar 167 volúmenes hasta principios del presente siglo. Ahora sigue editando algunos de esos títulos, pero en tapa blanda y en ediciones de aspecto más infantil. La única manera de encontrar los originales, aquellos que pedía en las librerías cuando era un niñato, es por Internet y en establecimientos de segunda mano. En los últimos años, he gastado una suma importante de dinero en adquirirlos y ahora me faltarán alrededor de unos cuarenta. 
Muchos son caros y difíciles de conseguir; no soy el único que adora y persigue esta colección.


En la última mudanza, les di la prioridad que merecen, pero me di cuenta que son el piano que me aferra a la tierra, un peso que se enreda en mis pies cual soga y me ahogará por la importancia que le concedo. No seré libre porque tendrán que venir conmigo adonde vaya. El apego a las pertenencias y el amor a las personas, cuestión de matices. 
El que se encuentra ahora en mi mesilla se llama El perfume de la dama de negro, de Gaston Leroux. Es de los que tenía originalmente, pero nunca leí. Creo que es de los primerísimos, de los que me regaló mi padrino.


Esas portadas hermosas, que invitan a la lectura tanto como entonces, las exquisitas ilustraciones, la impecable edición, la caligrafía. Me siento en casa cuando tengo un ejemplar en la mano, sosegado, en un pasado que entiendo más que el presente, en un lugar que no da el vértigo que me propicia el mañana. Encerrado, entre Tus Libros que son ahora mis libros, lejos, vuelto un niño, temeroso de lanzarme por el tobogán. El tobogán no existe, el suelo tampoco. Leyendo, disociado, y aferrándome a las cosas del recuerdo, porque las perdí una vez. La presencia de mi padrino en mi vida, el hábito de la lectura, la ingenuidad, el silencio. Todo se desvaneció entre el ruido de los años y el fragor de la actualidad, entre las demandas de la juventud y los caprichos de la vida adulta. Tuvo que pararse el mundo un segundo para acurrucarme en colecciones incompletas como quien aún espera nacer, ser bautizado y querido otra vez. 
La página en blanco, tus libros serán mis libros. Desde que se levanten las restricciones, cuando todo termine.

sábado, 11 de abril de 2020

Cine Paraíso: Que el Cielo la juzgue



Abandónala al Cielo y a aquellas espinas 
que anidan en su pecho para herirla y punzarla...

William Shakespeare, Hamlet

Cine Paraíso se llamaba el cine de los sábados por la noche en La 2 de Televisión Española. Era un contenedor cinematográfico, como otros tantos en la historia de la cadena. 
El nombre venía por la película de Giuseppe Tornatore, Cinema Paradiso, que había ganado el Oscar en 1988, jugando a la nostalgia. 
Cine Paraíso quizá no sea nada excepcional en la larga trayectoria de TVE, pero yo lo recuerdo. Alumbraba los fines de semana de la televisión encendida de mi prepubertad. Cuando comenzó, yo no tendría más que nueve años.
Recuerdo la cabecera, tan ingeniosa atendiendo a lo rudimentario de la informática de aquellos primeros años noventa, en la que postales de viejas películas cobraban vida cuando un foco las iluminaba. 
En esa franja de Cine Paraíso, emitieron muchos clásicos, que yo vi sin ver. No les prestaba atención hasta que conseguían capturarla. Fue el cine que vi antes de empezar a amarlo. Fueron las películas que sembraron lo que sólo tardaría unos pocos años en crecer.
En una época tan odiosa para el cine como aquella en la que nací y crecí, Cine Paraíso, como lo mejor de la programación televisiva de entonces, enseñaba otras películas alejadas de las salas, prendidas en la nostalgia de los televidentes, impresas en las enciclopedias cinéfilas.


El Sábado Santo del año 1991, Cine Paraíso emitió Que el Cielo la juzgue
Yo estaba con mi familia en un apartamento del sur de la isla, tan aislado de la civilización como deseaba la protagonista de la película. 
El televisor era demasiado pequeño y yo andaba leyendo o despreocupado de lo que ocurría en ese film anciano que tenía entretenido a las mujeres de mi familia.
Fue entonces cuando llegó la secuencia de la barca. El físico de la actriz, su actitud, las gafas negras, el niño inválido que se esfuerza por nadar.  La absoluta frialdad de la asesina en comparación con la intensidad del momento. 


Desde ese instante, fue imposible apartar los ojos de la pantalla. Recuerdo los comentarios de las mujeres de mi familia, asombradas con la asombrosa maldad de la protagonista. "¡No se puede ser tan mala!"
Fue una película que no olvidamos en mi casa. Hay imágenes que se quedaron grabadas tal cual. Cuando vuelvo a verla, diría que el recuerdo no fue brumoso como acostumbra, sino una impresión exacta. 


Era otra época en el que la consulta no era inmediata como ahora. Durante mucho tiempo, no supe ni siquiera el título del film. Parecerá extravagante para los más jóvenes la simple idea de que tardé once años en volver a verla.
Supe el título de casualidad, en la revista Fotogramas, cuando ya era un cinéfilo irredento y leí una semblanza que Maruja Torres hacía de Gene Tierney.
 "Marcó a toda una generación con sus maldades en Que el Cielo la juzgue, melodramón en el que..." y no digo más para no destripar el argumento. 
Fue precisamente ese destripar de Maruja Torres el que me dio la pista. ¡Esa es! Esa es la película que había dejado tal impresión aquel sábado de Cine Paraíso.


Que el Cielo la juzgue no se emitió en televisión durante muchísimo tiempo.
Fallé en cazarla en un pase por Canal Satélite Digital y tengo tan mala suerte que, en esas plataformas donde todo lo repetían, esta nunca la volvieron a poner. La obsesión estaba servida y recurrí a lo que debería haber hecho años atrás: poner un anuncio. 
Precisamente en la página web de Fotogramas escribí que buscaba Que el Cielo la juzgue. Un caballero gallego contactó conmigo, me hizo una copia y la película viajó en un sobre de Correos por toda España. Era el año 2002.


Como diría Maruja Torres, la película no sólo me marcó a mí, sino a toda una generación. Fue, de hecho, el film más taquillero de 1945, el año del armisticio y la bomba atómica.
Como 1945, Que el Cielo la juzgue era pesimista; parecía decir que el Mal no te dejará ni aunque lo extingas. Si apuramos el simbolismo, la garra de Ellen sobre su marido parecía ser la sombra de los horrores del combate sobre una época traumatizada.


Mirada en ocasiones con la condescendencia que se dedica injustamente a los melodramas, nada me gusta más que la reivindicación de Que el Cielo la juzgue como una obra maestra. A cualquier cinéfilo sorprenderá que un noir se cuente en restallante Technicolor, que no se desarrolle en la ciudad, sino en espacios abiertos y lujosas casas, en las que, por obra y arte del director de fotografía Leon Shamroy, nunca lo agreste resultó tan amenazador.


Basada en el best-seller de Ben Ames Williams, Que el Cielo la juzgue describe la personalidad psicópata de una mujer tan obsesionada con su marido, con poseerlo y aislarse con él, que decide eliminar todos los obstáculos que se le pongan por delante, con el crimen y los celos como faro y guía. La novela es una lectura bastante mediocre y es este uno de los casos en que la película supera con creces su original literario.



Conducida con mano experta por John M. Stahl, director no demasiado valorado, pero siempre con ese perdido oficio de los clásicos de afrontar el exceso con una insólita elegancia, Que el Cielo la juzgue es una escalera, una mirada penetrante. Su escenografía se viste de Paraíso de aguas calmas, en el que, de repente, una víbora salta de entre la espesura. El tono de la película se diría frio en ocasiones, incluso analítico, para surgir unas uñas rojísimas del pie de una zapatilla y que entre en escena lo febril y alocado.
El primer asesinato sucede a la hora de la película, porque ésta se ha tomado su debido tiempo en llegar hasta allí. El desconcierto es tan enorme como la fascinación.


En una operación muy propia en el cine de la década, Que el Cielo la juzgue se ribetea de psicologismo, pero desliza su conflicto freudiano con la suavidad de una misiva inesperada bajo la puerta.
El morbo del espectador se levanta cuando la protagonista encuentra en su futuro marido un parecido razonable con su difunto padre. En una de las secuencias más recordadas, se la ve vertiendo las cenizas en el montañoso paraje por donde solía pasear con él.


Esta devoradora hembra, cumbre de la misoginia noir de la época y, a la vez, uno de los personajes femeninos más atractivos del cine, hubiese sido menos efectiva interpretada por una actriz reconocible en papeles de malvada. La elección de la angelical, devastadoramente bella Gene Tierney fue el mayor acierto, ahondando en la evolución de lo paradísiaco al desconcierto sobre la que se vertebra la película.
No sólo el físico de Gene Tierney es esencial, sino su interpretación. Es una actuación soberbia e impactante, que, a veces, preludia lo mejor del Actors Studio, de lo hipnotizada e imbuida que se la observa en su egocéntrico personaje. Esos mohínes, esa manera de quitarse las gafas, cómo se acuesta en ese sofá.
Quizá para hacerla brillar aún más - Gene fue candidata al Oscar aquel año -, Zanuck, el jerarca de la Fox, le colocó al guapo, pero ínsipido Cornel Wilde, el pie cojo de la película. Está perfecto como pelele, pero su pétrea expresión es imposible para mostrar la degradación del marido que debe ocultar hasta para sí mismo las atrocidades de la hija de puta con la que se ha casado.


Como emblemático melodrama, Que el Cielo la juzgue habla del amor. Como el más retorcido y original, cuenta las consecuencias de los excesos sentimentales. La madre de la protagonista llega a decir: "No hay nada malo en Ellen, sólo ama demasiado."
En la mayoría de estas historias de mujeres y pasiones, la protagonista lo hace todo por amor, hasta volverse loca, y, aunque no lo consiga, saldrá honrada ante nuestros ojos. En Que el Cielo la juzgue, el amor es una cuestión sofocante, matizada por la posesión y la alienación, sucumbida al Infierno de una mano que se agarra y no suelta. El amor en Que el Cielo la juzgue se troca en una cuestión odiosa y desagradable.
Sólo en tiempos del cine negro norteamericano, se puede entender esta idea tan forastera por pesimista en la ficción convencional.


De colores esplendorosos y ocurrencias argumentales que todavía dejan con la boca abierta, es una suerte recuperar para mí Que el Cielo la juzgue una y mil veces.
Desde que la conseguí, la he visto cuanto he querido y se encuentra entre mis películas favoritas, una de esas que siempre procuran mi placer y atención, algo cada vez más raro en este servidor que ya ha visto demasiado y no siente los escalofríos y los respingos que sentía cuando descubría un peliculón en Cine Paraíso.


La tecnología nos ha quitado ese camino romántico del descubrimiento, anhelo y recuperación de las películas que nos impresionaban, ese camino que podía tardar décadas, pero ahora propicia la satisfacción de revisarlas a discreción, quererlas y además escribir sobre ellas.
En esta nueva sección de La Radio Inmortal, llamada en homenaje a a aquellos sábados de cine perdidos en la memoria, prometo que no faltará ningún título de mi duradera adoración.

miércoles, 8 de abril de 2020

Hollywood, Hollywood: Bette Davis


A los catorce años, vi por primera vez ¿Qué fue de Baby Jane?.  
Padecía entonces cierta obsesión por el terror y la intriga, fijación nada rara en los adolescentes, y había visto la referencia de la prometedora película en la revista Fotogramas. Aún no sabía que una pequeña obsesión estaba a punto de ser reemplazada por otra, más grande y duradera.
Todo eran sustos y placer en ¿Qué fue de Baby Jane? hasta que llegó el famoso giro: Jane escucha la verdad de labios de su hermana Blanche en la playa.
Yo aguantaba la respiración, contemplando las expresiones de Bette Davis, cómo su cara pasaba del ilusorio mundo infantil en el que vivía su demente personaje a la extrañeza, el estupor, cierta liberación ."Tú no eras fea, yo te hice fea".
Cuando Baby Jane dice aquello de "Entonces todos estos años podíamos haber sido amigas", mi conmoción era total y me conmoví hasta las lágrimas.
A mí me gustaban las películas pero, desde entonces, me enamoré del cine. Sí, todo fue culpa de Bette Davis.


Después de ¿Qué fue de Baby Jane?, viví por descubrir todas las grandes películas clásicas, pero, en especial, las de Bette Davis. 
Yo, tan decidido y testarudo como la actriz, quise recopilar lo más posible de su filmografía. En aquellos años previos al DVD e Internet, no era tarea fácil. A pesar de ello, conseguí una cantidad apreciable. Vi casi todas las importantes y ya me creía casi un experto en mi amada actriz, cuando me regalaron el libro Todas las películas de Bette Davis.
Oh, Dios mío, la primera vez que lo abrí sentí cierta ansiedad. No las había visto todas. Era imposible. Y, además, sabía muy poco de mi amada.
Tras procurarme cierto complejo de ignorante cinematográfico, el libro se convirtió en una socorrida guía, que consultar y manosear en tiempos anteriores a Wikipedia.


¿Qué tenía Bette Davis para propiciar esa adoración tan inmediata? Yo nací a la Davis unos años después de que muriera, aunque, con toda probabilidad, sentí lo mismo que el público que presenció su consagración en la década de los años treinta. Bette Davis era una mujer comprometida con la emoción.
Los actores viven de su mirada y los enormes ojos de la Davis sirvieron a la ambición de su poseedora: la de imbuirse completamente en su trabajo, sin temor a parecer fea o malvada, y dar al cine norteamericano una vibración insólita.
Durante unos años, Bette Davis fue la revolución en Hollywood, candidata a todos los premios, merecedora de los papeles de mayor lucimiento. No le fue fácil conseguir ese estatus, pero sí perderlo.


Aunque reconocida de manera inmediata por la generación de nuestros padres y abuelos como "la mala", Bette Davis interpretó a todo tipo de hembras y no hubo mayor secreto que la intensidad que desplegaba en sus apariciones. 
Algunas interpretaciones no resisitrían demasiado bien el paso del tiempo y sus manierismos eran festín para parodias y críticos, pero nunca se dijo suya la intención del realismo. Lo confirmaría en una entrevista: "Pienso que las películas no deberían reflejar la realidad. Deberían ser más grandes que la vida".


A veces, lejos de mis catorce años, he relativizado el talento de Bette Davis con el condescendiente comentario de que estamos ante el triunfo de una personalidad, una actriz a la que se ama por encima de sus personajes.
Luego vi una película como La solterona, de la que no esperaba nada, y al final, acabé deshecho en lágrimas por culpa, nuevamente, de la expresión de Bette Davis. Esa cara que pone, Dios mío. Quien no llore, está muerto. Quien niegue su genio, es tonto.


Las actrices de su generación envidiaron la reputación y la carrera que la Davis consiguió labrarse en un estudio tan poco halagüeno a sus intereses como la Warner Bros. 
Promocionada en principio como una rubia más, su físico poco ortodoxo ya debería haber sido la clave, pero sería un préstamo a la RKO lo que haría nacer el mito Davis. 
En Cautivo del deseo, Bette Davis nació como malvada, como roba escenas, como arrasa celuloides.
De vuelta a la Warner, aún pasarían años y demandas para que se confirmara el fenómeno, la excepción. Existían actrices más sutiles, había ciertamente mujeres más bellas, pero Davis era la que hacía temblar, la que hacía llorar. Ligera como una pluma cuando entraba en escena, pura hipnosis cuando la cámara captaba su rostro.


El público se rendía a la mujer equivocada, a la antipática, a la calculadora. Porque todas ellas estaban bajo el faro de los ojos de Bette Davis, los que lo dicen todo.
También había espacio para solteronas románticas, que se subían a un crucero y todo cambiaba. La extraña pasajera fue su gran éxito de tiempos de guerra, una de sus interpretaciones más finas y quizá el momento cumbre que añoraría cuando su carrera entraba en declive diez años después.


Interpretar a Margo Channing, la dragona del teatro de Eva al desnudo, podía ser una irónica advertencia de que se avecinaban tiempos poco benévolos para la madura Bette, pero ella prefirió pensarlo como una resurrección artística. 
Uno de los papeles de su vida, sin ninguna duda. Recuerdo otro espinazo de emoción cuando la vi por primera vez: encendiendo el cigarrillo, con la cara de suficiencia, denegando el agua que Gary Merrill pretendía verter en su vaso.
Espectacular aparición tras haber dejado la Warner Bros. Se esperaba el relanzamiento y sólo comenzó una época de dificultades, más trágicas para una mujer dedicada por entero a su profesión.
Bette Davis jamás dejó de trabajar en teatro, cine y televisión, pero nunca recuperó la corona de Hollywood que durante quince años había llevado con todo merecimiento.


¿Qué fue de Baby Jane? fue un taquillazo inesperado y los años sesenta recuperaban a una Bette Davis con la energía acostumbrada, atendiendo a la verdad de que no hay nada más fascinante y terrorífico que una vieja loca. Abrió la veda para que las divas de su generación perdieran los complejos y se lanzaran a por los gustos de las nuevas audiencias, desde las películas de terror a las sagas televisivas.
Aunque todo lo que hizo por entonces estaba muy por debajo de sus ambiciones artísticas y de su valía, Bette no cejaba y descubrió lo divertida que podía ser la fama. 
Ahí se la veía en las entrevistas hablando de sus grandes películas con William Wyler, de sus galanes, de sus disputas con Jack Warner, de sus rivales femeninas en escena, de cómo su temperamento le granjeó más enemigos que amigos en Hollywood. 
Su ingenio la hacía una presencia deliciosa, su carisma no había cedido un milímetro. Los aplausos nunca cesaron. 
Ella, a pesar de ofrecer tanto, siempre se quedó con ganas de más cine, de más grandes personajes, de una vida más grande que sí misma.


Todavía hay mucho que aplaudir a Bette Davis. Mi obsesión por ella es como la obsesión que me despierta todo lo que me gusta: me siento menos solo en su compañía. 
Cuando vi esos ojos, parece que me miraban a mí, me descubrían, me hacían sentir que la vida no era una sencilla cuestión de buenos y malos, sino algo más complejo y excitante.
Con Bette Davis, Hollywood se rindió al talento, a la fuerza de una mujer, a una actriz excepcional. Y con Bette Davis, nació mi amor por el cine. 
Alabada sea por siempre. 


lunes, 6 de abril de 2020

Maromialmente hablando: Timothée Chalamet


Cuando vi Llámame por tu nombre, la irrupción del para mí entonces desconocido Timothée Chalamet sin camiseta llamaba casi a la transgresión. No me lo podia creer: el protagonista de una película del siglo XXI, sin un atisbo de músculo. Qué osadia, qué disparate, qué refrescante.
En los tiempos en que los actores están más al bíceps que al Bardo, ahí estaba el pequeño Timothée con su anatomía escombro, muy decidido a enamorar a Armie Hammer. Nadie dudaba que lo merecía.
Porque Timothée Chalamet, además de muy delgado, es una belleza extraordinaria y uno de los intérpretes más estimulantes que han visto mis ojos en los últimos tiempos.


Llámame por tu nombre es la clave para amar a Timothée. La película es una buena adaptación de una buena novela, pero creo que no hubiese funcionado tanto sin la llave que supone este jovenzuelo. El talento se demuestra tanto masturbándose con un melocotón como sosteniendo un eterno primer plano de conmovedora conclusión.
Debía ser la novedad de su presencia, o esa buena mezcla de insolencia y sensibilidad que aparece en todas sus películas, lo vistan de época o de futuro.


Del futuro sabe, porque es joven de una manera insultante.
Allá por la temprana veintena andan sus cumpleaños y, por ello, es todo un icono de lo millenial, un caballerete nacido en los medios y con la seducción disparada hacia ellos.
Sus interpretaciones son aclamadas, pero los flashes se dirigen a sus estilismos más o menos osados, que potencian su atractivo ambiguo. ¿Qué llevará hoy Timothée?, se preguntan las revistas de moda. 


A propósito de la ambigüedad, como buen fruto de su generación, pensaba yo que, si bien ha sido un monísimo Laurie para la nueva versión de Mujercitas, también hubiese sido una ideal Jo. Si los muchachos y muchachas de la actualidad gustan de navegar entre géneros sin complejos, Hollywood no tendría por qué ser menos.


Mujercitas lo confirmaba como galán romántico y también como preclaro favorito para dramas de época. Es curioso lo moderna que es su actitud y lo antigua que resulta su apostura de principito. Cuando se deja crecer cierta sombra de bigote, me lleva a novelas francesas del siglo XIX.


Precisamente de origen francés es su familia y de ahí ese halo europeo que lo llevó a interpretar un chico italiano en Llámame por tu nombre. Su Elio no fue la única alegría que dio al cine en 2011, pero fue ese papel el que le permitió una candidatura al Oscar, premio que, por méritos, hubiese ganado de calle.
Gary Oldman, largamente ignorado por esos galardones, fue el elegido y yo suspiré de alivio. Nada peor que un Oscar demasiado pronto. Y, a estas alturas, nada peor que un Oscar.


La atención sobre el nombre del bello de Llámame por tu nombre lo apuntó en varias agendas, incluyendo la de Woody Allen. 
Dia de lluvia en Nueva York es la película más encantadora que vi el año pasado y Timothée está irresistible, pero, tristemente, la calidad del film y de las interpretaciones de su reparto ha quedado sumergida por las inacabables polémicas en torno a su director. 
Obviaré la discusión - o la emplazaré para otro momento - y me limitaré a recomendar la película. Es como Timothée: tan fresca y, a la vez, tan pasada de moda. 


Sea cual sea la combinación, lo cierto es que el seguimiento fan de Timotheé es considerable y ya se hacen llamar "chamaniacs". Sus cambiantes cortes de pelo y sus multiformas estéticas me intrigan más que sus próximos estrenos: protagonizar la nueva Dune y formar parte de la última comedia de Wes Anderson.


Esperemos que el destino sea bueno con su talento y su belleza.
Timothée parece divertirse con esto de la fama y el peliculeo. Que no pare la diversión, pues.