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sábado, 19 de junio de 2021

Crónicas de Cinefilia: El armario y las estrellas

 
En una comedia de armarios y liberaciones llamada In & Out, nuestro protagonista del post anterior, Tom Selleck, le daba un beso en la boca a otro maromo predilecto: Kevin Kline. 
Quizá como andábamos por los noventa y la cosa aún era incómoda para las audiencias, Kevin y Tom se afeitaron sus característicos – y deliciosos – bigotes para el sonado morreo. 
La homosexualidad en las pantallas aún era algo acrílico, no proclive a fogosísimos, testosterónicos encuentros, y tanto el beso como la película estaban diseñadas para risas amables. Todo con la misma escenografía de la ridiculez con la que Hollywood cuenta a un hombre metido en esas situaciones. 
Tom y Kevin besándose no estaban muy lejos de Jack Lemmon y Tony Curtis vestidos de mujer en Con faldas y a lo loco. Era un desafío, pero la mayoría del público lo decodificaba como algo divertido por disparatado.


En el año de In & Out - 1997 -, el asunto gay había dado un paso de gigante en aceptación y normalización. De hecho, por aquel entonces yo lo tenía claro y comenzaría a contar mi homosexualidad al año siguiente. Seré sincero: lo tuve claro y lo conté, porque salía en la televisión.
Pero la tensión seguía. Basta buscar en Youtube vídeos de cierto programa del corazón de ese mismo año y ver cómo todavía no sólo suponía un insulto gravísimo, diseñado para hacer daño de la manera más fácil, sino también un motivo de chantaje. 
En una entrevista recordada por su violencia, cierto actor de comedia, celebrado en este país, que interpretara a mariquitas para las risas en más de una ocasión, denunciaba en ese programa, sin risa ninguna, que alguien lo estaba chantajeando. Se deslizaba bajo la mesa de que la amenaza era revelar la homosexualidad de su hijo. Homosexualidad que, vista hoy, era obvia, pero en este país todavía resultaba un escándalo. 
Decirle lesbiana a una mujer era calificarla de sucia, intrigante, malvada. Decirle maricón a un hombre era destruirlo, porque se le negaba que fuese un hombre, con la componenda de que probablemente estaba enfermo y era contagioso.
Basta con hacer memoria de años anteriores. La homosexualidad en España era un tabú. Cuando yo crecí, no la veía, no parecía existir. Había una ley del silencio absoluta al respecto. Ser maricón era, ante todo, hacer cosas propias de mujeres o parecer una. ¿Que dos hombres se enamorasen y se acostasen en la cama? Era tan inconcebible como incongruente. Era como enamorarse y acostarse con el loro.
Es así como funciona el tabú. Que algo que está presente y que se sabe que existe se niegue en redondo. La homosexualidad era imposible. Como la agenda de un espía, no lo ha hecho, nunca ha estado ahí, nunca ha sido.


Con el crepúsculo de los noventa, vi algunos homosexuales en la pantalla, pero eran una cosa desdibujada. Tom Hanks en Philadelphia o Doug Savant en la serie Melrose Place, esos seres asexuados, blancos hasta el punto de parecer espectros, al borde de desaparecer en los márgenes del fotograma. La enfermedad, siempre presente. Ni un solo beso con otro hombre. Quizás se pemitía un baile. Era una cosa rara, foránea, que parecía existir en el mundo de las películas y prometía premios de la Academia a los valientes que los incorporasen con todo el dolor posible.
La homosexualidad existía. No tenía que ir muy lejos para encontrarla. Estaba contada en los vólumenes de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, que descansaban en la biblioteca de mi padre. Estaban iluminadas en grandes películas que trataban de su tristeza, de cuando conducían al suicidio, la desesperación o el asesinato. Pero también algunas, las más subterráneas, las que no podía llegar a conocer, contaban la alegría, el orgullo e incluso el aburrimiento de ser gay. 



Lo gay lo situaba en grandes ciudades, desconocedor hasta mucho tiempo después que había un bar de ambiente a dos calles de mi casa. 
Yo buscaba un interlocutor válido en Hollywood y del modo contrario que llamar marica a un actor famoso buscaba bajarle los humos, calumniarlo, entorpecer su éxito, yo quería que todos lo fuesen. 
Ignoraba que Hollywood y la homosexualidad durmieron en la misma cama desde el primer día. Dentro y fuera del escenario, homosexualidades se vivían, se callaban, se insultaban, se toleraban con la boca cerrada. 
Sin ir más lejos, los vicios que se destapan en El valle de las muñecas no son sólo las drogadicciones de sus protagonistas, sino las inclinaciones homosexuales de varios de sus personajes. Retratadas esas “inclinaciones” con todos los tópicos al respecto. 
Ahí está el encuentro lésbico en un internado femenino, entendido como un paso más dentro de una profunda amistad entre mujeres, o el grotesco morreo entre el diseñador de vestuario y uno de sus ayudantes, sorprendidos por la mujer del primero, que, en lugar de enfadarse, siente ganas de vomitar. La homosexualidad fue durante mucho tiempo – y todavía lo es – un motivo de sorpresa, de mal rato, de “qué hacen estos dos aquí”, de náusea ajena. Lo inconcebible.


La película de El valle de las muñecas, que iba de atrevida, fue las primeras en utilizar el despectivo término “fag” o “faggot” en un film hollywoodiense. 
Así que te he pillado, maricón, decía Patty Duke, explícate. Sí, te he pillado. Más vale que no te pillen, era la máxima de Hollywood.
Hollywood blindó a muchos de sus actores y cineastas homosexuales del mismo modo que habia blindado el pasado – o presente – de otros y otras. La vida sexual era una cuestión privada, pero lo que había que salvaguardar era la imagen masculina de sus astros. 
Henry Willson, el famoso agente homosexual, experto en convertir tíos buenísimos en estrellas de suspiro en los años cincuenta, llevaba en su portafolio nombres como Rock Hudson, Tab Hunter o Guy Madison. Ninguno de ellos nació con particular talento interpretativo, pero sus apolíneas hechuras y muchísimo esfuerzo por parte de los estudios permitieron debutarlos con éxito en Hollywood. 
Rock se convirtió en una de las grandes estrellas del cine, un icono de masculinidad, querido en papeles de simpático donjúan o eficiente héroe de aventuras.


Su deteriorado aspecto físico a principios de los ochenta y la revelación – dilatada – de que era homosexual y se estaba muriendo de SIDA fue el giro copernicano. Descubría a la atontada sociedad que la homosexualidad era indetectable, no estaba a primera vista – su hijo podía ser gay, su marido también, hasta su padre – y lo más heroico era la verdad incómoda. 
Pero jamás hubo ninguna intención por parte de Rock Hudson por contar su vida privada ni abanderar ningún movimiento – de hecho, era un señor muy conservador -, pero su imagen pública obligaba a dar una explicación a la escandalosa imagen de su deterioro. 
Los actores, aunque no tengan nada más interesante que los personajes que interpretan, se confirmaban de nuevo como los interlocutores válidos de todas las tragedias del siglo XX. Las figuras públicas son los tótems adorados y sus debilidades y dramas personales resultan más contundentes que sus doradas vestimentas de éxito y belleza. 


Doris Day aseguraba que no sabía nada de la vida de Rock Hudson. ¿Quién lo sabía? 
En los cajones de las revistas de cotilleo de la década de los cincuenta, se guardaban bajo llave fotos comprometedoras de fiestas pijama, de detenciones en bares de mala nota, de relaciones ilícitas. 
La maquinaria de los estudios pagaba porque esas fotos quedaran en esos cajones, pero daba igual: los titulares de esas revistas podían insinuar que Tab Hunter era homosexual del mismo modo que podían alegar que tenía encuentros con extraterrestres. Como decía Bette Davis, a propósito de las columnas de chismorreo en la época dorada, “eran parte del negocio”.
Negocio que se manejaba hábil con esa ley del silencio que daba una aseada imagen a las audiencias, a las familias, a la juventud. 
Tab Hunter, otro descubrimiento de Henry Willson, era el prototipo del muchachote de la era de Eisenhower. En papeles que lo adosaban a proezas físicas, ya fuera militar, vaquero o surfero, Tab era un bellezón mimado y promocionado por un estudio hollywoodiense, decidido a convertirlo en la sal de todos los guisos. Su limitado talento parecía aumentar el amor por él: la timidez escénica lo hacía más entrañable.


En saraos, se le veía del brazo de Natalie Wood, sujetándole el abrigo, sacándola a bailar, abriéndole la puerta del coche. Los fotógrafos estaban allí, los representantes y el estudio, detrás. La verdadera relación de Tab Hunter no andaba lejos. Quizá sentado en la mesa de al lado, acompañando a otra mujer en similar paripé.


Mi habitual cacería de homosexualidades en astros hollywoodienses me tenía con ganas de ver el documental Tab Hunter Confidential desde el año de su estreno. Por fin, con subtítulos en español, lo he podido ver y, ay, me he dado cuenta que me da igual. Se acabó la cacería.
Como he dicho, siempre he buscado interlocutores válidos desde una infancia y temprana adolescencia en la que no los tenía a simple vista. Del mismo modo que una muchacha sueña con enamorar y casarse con sus ídolos, yo suspiraba porque todos fueran gays. No tanto para fantasear en mi mente con un improbable encuentro románticosexual con ellos, sino para reafirmar mi decisión, mi naturaleza. No soy el único. Ese bello de la pantalla es igual que yo. Y además, es triunfador, virtuoso y, sí, bello. 
Pero esa búsqueda de interlocutores ha dejado de ser urgente y he de decirlo: me importa cada día menos la vida íntima de los actores.


El documental, producido por el que fuera su pareja hasta su muerte, incide en esa mirada a la hipocresía de otros tiempos, pero también queda claro que se fundamenta en la ruptura de una reserva: Tab Hunter nunca quiso confesarse, no por salvar su carrera artística, sino porque es una persona de naturaleza privada. 
Quizá esa cerrazón obedezca a lo mal vista que ha estado la homosexualidad y a la necesidad de encerrar un sentimiento a ojos de todos, pero lo que subyace es interesante por no serlo: no hay nada ejemplar en la vida y milagros de Tab. Hollywood no se le cerró por ser gay: se acabó su carrera porque su imagen pasó de moda y se le sustituyó por otro rubio cuando cometió el error de rescindir su contrato con el estudio responsable de su exagerada reputación.
Aunque el documental sea entretenido e interesante, la vida de Tab Hunter no es la apasionante biografía de Hedy Lamarr, por ejemplo.
En uno de sus pasajes, aparece el que sería aún más interesante de indagar: Anthony Perkins.
Se cuenta la relación que mantuvieron Tab y Anthony en el momento crucial de sus carreras y la incógnita que le quedó al primero cuando, muchos años y hombres después, Anthony se casaba con una mujer y formaba una familia. 
Además de actor con todo el talento que nunca tuvo Tab Hunter, en Anthony Perkins sí hay una historia de mayor carne y drama.


En cualquier caso, hoy me pongo del revés y declaro: todo está fundamentado en la obsesión por la fama. Lo adelantaba usando la palabra “tótem”. 
Los famosos componen la constelación de lo que ha sustituido a la religión. Es donde oramos, hacia donde nos dirigimos, donde nos gusta reflejarnos y compararnos. La fama es el Olimpo de los que nacimos con la televisión puesta.
Así, tanto la reputación como la destrucción de ella forman parte de un juego tenso en el que se deidifican a unos y se despeñan por el olímpico monte a otros – la fama es una religión democrática y variable, los tótems pueden ser cualquiera y se renuevan – y ese juego funciona al ritmo de las épocas y las sensibilidades. Hoy se celebra el que lo cuenta, ayer prosperaba el que se lo calla.
La mirada retrospectiva, para ajustar cuentas con un pasado homófobo, es a veces fallida. 
Leía un artículo sobre el actor homosexual William Haines, galán del cine mudo que, según la versión que se repite, eligió su vida personal a su carrera, tras un últimatum de Louis B. Mayer. 
William Haines, que pronto se convertiría en un demandado decorador de las casas de las estrellas, llevaba una vida abierta y desacomplejada en cuanto a su homosexualidad y, de manera probable, es lo que tenía nervioso al jerarca de la Metro. 


Pero no olvidemos la cantidad de homosexuales que había en la Metro y no de los que pasaran desapercibidos – desde George Cukor hasta el equipo entero de Arthur Freed -, por lo que esa historia de homofobia de los estudios no es exacta. En el ocaso de Haines, habría más factores y, en éstos, todos los que componen y destruyen un estrellato, incluido la rebeldía ante los paternalistas, despóticos dueños de los estudios. 
Esa necesidad nuestra y mía de buscar maricas en todo lo que nos gusta lleva a relecturas posmodernas de clásicos, ayudadas por leyendas. 
El guionista Gore Vidal manifestó en El celuloide oculto que, aliado con Stephen Boyd – ambos homosexuales – engañaron a Charlton Heston y reinterpretaron la amistad de Ben-Hur y Messala como algo más, lo que podría explicar el despecho e intenso odio de Messala. 
Ben-Hur tiene más sentido y es mucho más divertida así, pero no deja de ser esa relectura posmoderna de una superproducción que estaba diseñada para inspirar sentimientos píos en las audiencias, no para instigarlos a comprar un billete dirección San Francisco. 


Bajarle los pantalones a los clásicos es un tic que nos permite exclusivamente el tiempo, tanto como ofrecer nuestras miradas resabiadas a épocas inocentes. 
Quizá el mayor ejemplo es el arqueado general de cejas cuando se vuelven a ver las fotos de la convivencia entre Cary Grant y Randolph Scott. Lo que hay detrás, sólo el Cielo lo sabe. Lo que hay delante era publicado en su momento con la mayor de las ingenuidades. El desfase entre lo que hoy parece una cosa y lo que entonces no quería parecer nada debe ser tenido en cuenta en todo revisionismo.


Las celebridades, en esos ascensos y descensos de la opinión, siempre se han sentido mártires y todavía hoy, cuando se aplaude el outing, saben que es una apuesta alta. Si la homosexualidad es para nosotros tan doméstica como la tos, para otros, en muchos lugares del mundo, sigue siendo aquella olla maloliente con la que no quieren asociar a sus héroes de la pantalla. Muchos actores que han contado su homosexualidad en las décadas pasadas han declarado que el saldo ha sido agridulce: pueden pasear con sus maridos por las alfombras rojas, pero los grandes héroes de la pantalla serán interpretados por los actores heterosexuales y por los que están callados. El estilo de las superproducciones de Hollywood sigue fundamentado en el machismo, en fondo y forma, y el público que las consume reacciona en consecuencia.
Quizá el heroísmo no dependa tanto del outing de un actor – que no es más que la pieza visible de todo un engranaje - y de que lo fichen para ser del machomen que salve el mundo. El estilo y mensaje de lo que interpreta seguirá siendo heterosexualista y, al final, no habrá nada valioso en su declaración.
Tal vez la solución pase por el contenido de esas películas y series. No para cumplir con una cuota y con el bien quedar – como está sucediendo ahora -, sino con una voluntad de ruptura y naturalidad.
Siempre pienso en Maurice. No puede existir una película más académica y, a la vez, más impertinente. Se estrenó en 1987, año horrible para la epidemia del SIDA, y no sólo se atrevía a relatar una historia de homosexuales, sino que les daba un insólito final feliz.


Diez años después, yo vi esa película por primera vez en una madrugada televisiva y el impacto fue considerable. Es lo que había estado buscando. No deseaba ninguna doble lectura de un clásico ni que la estrella machomen dijera que le gustaban los hombres ni ningún cotilleo más. No quería referentes que fueran tótems vulgares e intercambiables.
Lo único que pedía era lo que fija la esperanza en nuestras vidas desde temprana edad: nada menos que un cuento de hadas. El final feliz obligado de estos cuentos es lo que imprime la confianza en que todo saldrá bien, esa que llevamos desde niños, esa que nos permite luchar y seguir adelante. 
Maurice fue ese cuento de hadas, en el que un príncipe despertaba a otro príncipe, en pleno bosque, con la promesa de la eternidad.
No necesitamos revelaciones, ni misterios, ni escándalos, ni demás arados de la mitomanía y el chisme. Necesitamos historias con pedigrí.

miércoles, 8 de abril de 2020

Hollywood, Hollywood: Bette Davis


A los catorce años, vi por primera vez ¿Qué fue de Baby Jane?.  
Padecía entonces cierta obsesión por el terror y la intriga, fijación nada rara en los adolescentes, y había visto la referencia de la prometedora película en la revista Fotogramas. Aún no sabía que una pequeña obsesión estaba a punto de ser reemplazada por otra, más grande y duradera.
Todo eran sustos y placer en ¿Qué fue de Baby Jane? hasta que llegó el famoso giro: Jane escucha la verdad de labios de su hermana Blanche en la playa.
Yo aguantaba la respiración, contemplando las expresiones de Bette Davis, cómo su cara pasaba del ilusorio mundo infantil en el que vivía su demente personaje a la extrañeza, el estupor, cierta liberación ."Tú no eras fea, yo te hice fea".
Cuando Baby Jane dice aquello de "Entonces todos estos años podíamos haber sido amigas", mi conmoción era total y me conmoví hasta las lágrimas.
A mí me gustaban las películas pero, desde entonces, me enamoré del cine. Sí, todo fue culpa de Bette Davis.


Después de ¿Qué fue de Baby Jane?, viví por descubrir todas las grandes películas clásicas, pero, en especial, las de Bette Davis. 
Yo, tan decidido y testarudo como la actriz, quise recopilar lo más posible de su filmografía. En aquellos años previos al DVD e Internet, no era tarea fácil. A pesar de ello, conseguí una cantidad apreciable. Vi casi todas las importantes y ya me creía casi un experto en mi amada actriz, cuando me regalaron el libro Todas las películas de Bette Davis.
Oh, Dios mío, la primera vez que lo abrí sentí cierta ansiedad. No las había visto todas. Era imposible. Y, además, sabía muy poco de mi amada.
Tras procurarme cierto complejo de ignorante cinematográfico, el libro se convirtió en una socorrida guía, que consultar y manosear en tiempos anteriores a Wikipedia.


¿Qué tenía Bette Davis para propiciar esa adoración tan inmediata? Yo nací a la Davis unos años después de que muriera, aunque, con toda probabilidad, sentí lo mismo que el público que presenció su consagración en la década de los años treinta. Bette Davis era una mujer comprometida con la emoción.
Los actores viven de su mirada y los enormes ojos de la Davis sirvieron a la ambición de su poseedora: la de imbuirse completamente en su trabajo, sin temor a parecer fea o malvada, y dar al cine norteamericano una vibración insólita.
Durante unos años, Bette Davis fue la revolución en Hollywood, candidata a todos los premios, merecedora de los papeles de mayor lucimiento. No le fue fácil conseguir ese estatus, pero sí perderlo.


Aunque reconocida de manera inmediata por la generación de nuestros padres y abuelos como "la mala", Bette Davis interpretó a todo tipo de hembras y no hubo mayor secreto que la intensidad que desplegaba en sus apariciones. 
Algunas interpretaciones no resisitrían demasiado bien el paso del tiempo y sus manierismos eran festín para parodias y críticos, pero nunca se dijo suya la intención del realismo. Lo confirmaría en una entrevista: "Pienso que las películas no deberían reflejar la realidad. Deberían ser más grandes que la vida".


A veces, lejos de mis catorce años, he relativizado el talento de Bette Davis con el condescendiente comentario de que estamos ante el triunfo de una personalidad, una actriz a la que se ama por encima de sus personajes.
Luego vi una película como La solterona, de la que no esperaba nada, y al final, acabé deshecho en lágrimas por culpa, nuevamente, de la expresión de Bette Davis. Esa cara que pone, Dios mío. Quien no llore, está muerto. Quien niegue su genio, es tonto.


Las actrices de su generación envidiaron la reputación y la carrera que la Davis consiguió labrarse en un estudio tan poco halagüeno a sus intereses como la Warner Bros. 
Promocionada en principio como una rubia más, su físico poco ortodoxo ya debería haber sido la clave, pero sería un préstamo a la RKO lo que haría nacer el mito Davis. 
En Cautivo del deseo, Bette Davis nació como malvada, como roba escenas, como arrasa celuloides.
De vuelta a la Warner, aún pasarían años y demandas para que se confirmara el fenómeno, la excepción. Existían actrices más sutiles, había ciertamente mujeres más bellas, pero Davis era la que hacía temblar, la que hacía llorar. Ligera como una pluma cuando entraba en escena, pura hipnosis cuando la cámara captaba su rostro.


El público se rendía a la mujer equivocada, a la antipática, a la calculadora. Porque todas ellas estaban bajo el faro de los ojos de Bette Davis, los que lo dicen todo.
También había espacio para solteronas románticas, que se subían a un crucero y todo cambiaba. La extraña pasajera fue su gran éxito de tiempos de guerra, una de sus interpretaciones más finas y quizá el momento cumbre que añoraría cuando su carrera entraba en declive diez años después.


Interpretar a Margo Channing, la dragona del teatro de Eva al desnudo, podía ser una irónica advertencia de que se avecinaban tiempos poco benévolos para la madura Bette, pero ella prefirió pensarlo como una resurrección artística. 
Uno de los papeles de su vida, sin ninguna duda. Recuerdo otro espinazo de emoción cuando la vi por primera vez: encendiendo el cigarrillo, con la cara de suficiencia, denegando el agua que Gary Merrill pretendía verter en su vaso.
Espectacular aparición tras haber dejado la Warner Bros. Se esperaba el relanzamiento y sólo comenzó una época de dificultades, más trágicas para una mujer dedicada por entero a su profesión.
Bette Davis jamás dejó de trabajar en teatro, cine y televisión, pero nunca recuperó la corona de Hollywood que durante quince años había llevado con todo merecimiento.


¿Qué fue de Baby Jane? fue un taquillazo inesperado y los años sesenta recuperaban a una Bette Davis con la energía acostumbrada, atendiendo a la verdad de que no hay nada más fascinante y terrorífico que una vieja loca. Abrió la veda para que las divas de su generación perdieran los complejos y se lanzaran a por los gustos de las nuevas audiencias, desde las películas de terror a las sagas televisivas.
Aunque todo lo que hizo por entonces estaba muy por debajo de sus ambiciones artísticas y de su valía, Bette no cejaba y descubrió lo divertida que podía ser la fama. 
Ahí se la veía en las entrevistas hablando de sus grandes películas con William Wyler, de sus galanes, de sus disputas con Jack Warner, de sus rivales femeninas en escena, de cómo su temperamento le granjeó más enemigos que amigos en Hollywood. 
Su ingenio la hacía una presencia deliciosa, su carisma no había cedido un milímetro. Los aplausos nunca cesaron. 
Ella, a pesar de ofrecer tanto, siempre se quedó con ganas de más cine, de más grandes personajes, de una vida más grande que sí misma.


Todavía hay mucho que aplaudir a Bette Davis. Mi obsesión por ella es como la obsesión que me despierta todo lo que me gusta: me siento menos solo en su compañía. 
Cuando vi esos ojos, parece que me miraban a mí, me descubrían, me hacían sentir que la vida no era una sencilla cuestión de buenos y malos, sino algo más complejo y excitante.
Con Bette Davis, Hollywood se rindió al talento, a la fuerza de una mujer, a una actriz excepcional. Y con Bette Davis, nació mi amor por el cine. 
Alabada sea por siempre. 


martes, 31 de marzo de 2020

Hollywood, Hollywood: Rita Hayworth


Su foto viajaba en los aviones que sobrevolaban las batallas: ella, la imagen, la pin-up, consuelo de soldados. Su figura se pintaba en los grandes carteles de los palacios del cine. Inmensa su popularidad que, por encima del título de la película, sólo hacía falta invocarla por su nombre: Rita.
Todos sabían quién era. Rita vivía en los sueños en plena tragedia, Rita fue bautizada una bomba atómica. 
Rita Hayworth, la diosa del amor, la mujer de delirantes curvas y belleza fabulosa. Alta, majestuosa, de cuerpo sensual, dominaba la pantalla al ritmo de un irrefrenable talento de bailarina. 
Los tambores del estrellato cambiaron su pelo sedoso del moreno natural a una paleta de colores, donde el rojo, sagrado aliado del Technicolor, siempre fue el preferido.
Como los mayores símbolos sexuales, Rita Hayworth era también una sonrisa. Una sonrisa que vendía y publicitaba. Porque las sonrisas atraen, tal es su calor. Aquella sonrisa también se decía el indicio de que la sexualizada no era más que una niña grande.


Los años cuarenta vivieron bajo la tragedia del fratricidio universal, donde la figura de la Hayworth se encendía como una llama de consuelo, ya fuera en musicales coloridos que daban la posibilidad de escapar de la tristeza o melodramas noir que estilizaban la incertidumbre moral de los tiempos.


Recién acabada la guerra, las marquesinas anunciaban Gilda. Nunca hubo una mujer como ella, decía el cartel. Significó el primer papel dramático protagonista de Rita Hayworth, hasta entonces estrella del musical agradable.
La irrupción de Rita como Gilda cambió su imagen y la sexualizó mucho más. 
Icónica mujer fatal, Rita hacía una tentativa de strip tease, recibía un sonoro bofetón de Glenn Ford y se atrevía a decir que si fuera un rancho, la llamarían Tierra de Nadie. 
Revisar Gilda es tropezarse con uno de los personajes femeninos más sorprendentes del cine de su época, tal es su liberalidad y sus escasas ganas de disculparse.


Pero nadie podía atreverse a ser tan libre como Gilda, ni siquiera la propia Rita. En la posguerra española, la película se convirtió en un mito cuando se asoció con lo prohibido. Nunca hubo una mujer como ella y nadie tenía el permiso para conocerla. En la oscuridad de las plateas y las ciudades, Gilda sobrevivió, pese a todo, ya fuera sólo por su erotismo, ya fuera porque representaba lo inalcanzable en un mundo destrozado y oprimido.
Aunque fuera fatal en pantalla, Rita siempre fue amada por el público. Su popularidad durante la guerra se mantuvo durante mucho tiempo y fue, sin ningunda duda, la mayor estrella de la Columbia.


Al frente del estudio, se encontraba Harry Cohn, al que ella jamás perdonó. Todavía en sus últimas entrevistas lo calificaba como un auténtico monstruo.
La Hayworth fue otra víctima más del star-system, que consagraba a los actores como astros del cine, mientras lo tenían monopolizados y esclavizados a las expensas de los magnates que se hacían de oro con ellos.
Esa férrea tutela puede explicar episodios como el disgusto de Cohn al verla rubia oxigenada y con el pelo corto en La dama de Shanghai, dirigida y co-protagonizada por Orson Welles, por entonces marido de Rita.


Orson fue el segundo matrimonio de Rita. 
Con su habitual elocuencia, el genio habló muchas veces de la tragedia que se agazapaba tras la figura de su ex mujer. Los arrebatos de histeria, los ataques de furia, la tristeza. Una infelicidad que el tiempo y la calamidad sólo hicieron más acusada.
"No lo he tenido todo en la vida.. He tenido demasiado", decia ella. 
Ajustando la biografía de esta señora de fábula, las cartas estaban marcadas desde el principio. Su padre fue quien la empujó a convertirse en una bailarina, sin preguntarle si lo deseaba. Su padre fue también quien abusó sexualmente de ella desde pequeña, llegando a presentarla a otros como su esposa.
Hollywood fue la liberación de ese torcido despertar a la vida, pero los malos matrimonios y las frustradas relaciones con los hombres nunca cesaron. Más aún cuando éstos esperaban encontrarse con la diosa del amor y se despertaban con una mujer de carne y hueso.


Las tristezas de Rita quedaron cubiertas bajo el velo de su éxito con fortuna hasta que la situación en la Columbia se hizo insostenible. Tras haber huido para convertirse en princesa consorte de Aly Khan, regresó para una última batalla con Cohn, que finalmente la dejó marchar, no sin haberla colocado con crueldad delante de su oficial reemplazo en el estudio - Kim Novak - en el musical Pal Joey.
Su irrupción en el ambicioso drama Mesas separadas fue una pista de la necesidad de Rita de madurar como actriz, aunque esas expectativas no se cumplieron y, sin la tutela de la Columbia, sus apariciones cinematográficas se harían más esporádicas con el tiempo.
De infierno calificó su hija Yasmin a los treinta años que siguieron hasta la muerte de su madre. Alcoholismo y pérdida de memoria, ¿tenían algo que ver? Bebe mucho y no se acuerda de nada. O quizá bebe porque no se acuerda. Furia, demencia. 
El diagnóstico llegó tarde y triste. Rita, la misma que había vestido cazabombarderos y bailado en sueños en Technicolor, ahora enseñaba al mundo una palabra trágica: Alzheimer.


Como siempre en Rita Hayworth, sirvió más a los demás que a ella misma. El síndrome de la demencia progresiva saltó a la discusión pública gracias a su caso, pero nadie pudo evitar la extinción de una de las mayores estrellas del cine.
"La última vez que la vi estaba allí, sentada, esplendorosa, bella, tranquila - contaba Orson Welles - Al principio, no me reconoció. Luego comenzó a llorar y sé que sabía que era yo".
Ella siempre dijo que, de todos, de los buenos y los peores, Orson había sido el amor de su vida. Él la recordaría hasta el último día como una de las mujeres más dulces que jamás han existido.


En 1987, fallecía Rita la edad de los 68 años. El mundo había cambiado, porque ahora podíamos ver Gilda en televisión sin temor a la condenación eterna.
La jovialidad que imprimia a ese emblemático amago de desnudez aún caza la atención de las imágenes repetidas y divulgadas con la presura de la mitificación. Se la recuerda y reivindica a los cien años de su nacimiento como una presencia apabullante, que inundaba la pantalla como pocas.
El mundo ha cambiado, pero aún hay muchos que susurramos que nunca hubo una mujer como Rita Hayworth.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Crónicas de Cinefilia: El amor y las películas




La gente no se enamoraría nunca si no hubiera oído hablar del amor.

François de la Rouchefoucauld

I can't forget how two hearts met breathlessly
Your arms opened wide and closed me inside
You took my lips, you took my love so tenderly

"Tenderly", jazz standard

Recuerdo tantas cosas que hasta recuerdo mi despertar a la conciencia. La calle, las persianas de un edificio que aún sigue en pie, el sol de la tres de la tarde. Yo iba sentado en un carrito, con tres años. Sí, recuerdo tantas cosas que, por un milagro, no recuerdo mi nacimiento.
Recuerdo mi primer beso, que no me lo dieron a mí, sino a una actriz en la televisión. Emitían una película en blanco y negro y recuerdo cómo me ruboricé. 
Estoy seguro de que esa película era Deseo. La besada, Marlene Dietrich y el besador, Gary Cooper.


El despertar a la conciencia fue el despertar al beso, ese signo del afecto, el previo al sexo, la muestra del amor. Un pacto sellado. Si nos besamos, no hay vuelta atrás. En aquel momento, el cine me besó.
Como le sucedió al mundo, el amor se hizo una obsesión para mí. Como en las películas, se convirtió en el tema recurrente. Toda la vida por el camino de Swann, en pos del amor, sea del signo que sea, viva o muera, nos haga afortunados o desgraciados. 
Las imágenes y las palabras que se repetían a mi alrededor me lo susurraron desde niño hasta mayor: "sin amor, sólo estás viviendo una imitación de la vida".
Años más tarde, ya adolescente, ya enfermo de películas, a punto de dormir, oía a Frank Sinatra cantar Tenderly.

No puedo olvidar cómo dos corazones se encontraron, sin aliento
Tus brazos se abrieron y me cerraron entre ellos
Tomaste mis labios, tomaste mi amor tan tiernamente...

La canción, de una dulzura casi imposible, acompañó los momentos previos a mi descanso y, bajo la tenue luz de una lamparita, observé la sombra de mi cuerpo reflejada en la pared.
Me acaricié el pecho y suspiré. No tenía el físico de los actores de la pantalla. "Pero algún día alguien me querrá", pensé. Quizá no aquí, en esta isla, quizá en otro lugar, más lejos, más lejos.
Como los héroes y heroínas de la pantalla, la huida era el signo de lo romántico y la acción, el labrado del melodrama.
La luz se apagó y la sombra desapareció. Qué era entonces el amor sino una sombra, qué es el cine sino una colección de sombras.
Desvanecido entre el humo, el cine me enseñó que el amor es la trascendencia, lo que viene a aliviar nuestras mediocres andaduras, lo que dejaremos como testamento. Es nuestro legado. Es la manera de que la vida se convierta en una película.

- El amor no es como en el cine - me dijeron, y yo asentí para no llevar la contraria.

- Encontrarás al hombre que esperas, pero probablemente él no se enamorará de ti - añadió otro, más bestia, más cínico, con amargura.

Yo huí de esas palabras, como huí de la isla, mientras el cine que amaba seguía insistiendo en su beso final, en su concepción del sentimiento como un todo sanador, como un vigorizante, como el rescate.
Pero el cine se equivocaba en algo. Más bien se confundía. Porque se declaraba romántico, pero había tomado el Romanticismo y lo había reducido, en una operación similar a lo que había hecho la novela rosa.


En la misma raíz, estaba la confusión. El Romanticismo, como movimiento, no tenía la expresión del amor como su tema principal; el motivo central era la búsqueda de la libertad. 
Y tanto Hollywood como las novelitas de amoríos confundían romanticismo con una apología del emparejamiento. Un emparejamiento conyugal, eterno, monógamo y absolutamente satisfactorio en todos los ámbitos. El beso final sellaba el fin como el sacerdote sella el matrimonio. El cine se hacía un aliado de la paz institucional y proporcionaba una sensación de estabilidad y equilibrio a un público sediento
Las películas decían - y todavía lo hacen - que encontrar el amor era encontrar al único, al indicado, al preciso; ese que tiene todo lo que necesito y demando. Irrisoria pretensión, pero tan difundida, que hoy el mundo vive triste porque no encuentra esa horma de su zapato y se queda soltero, pensando que el problema es suyo.


Pero yo huí a la búsqueda del amor total, porque vivía obsesionado con el primer beso. Años pasaron, también los hombres. La otra obsesión, el otro tema central. Los tiempos eran confesadamente sentimentales, pero también sexuales. Era más osado dar un beso con significado que enzarzarse con dos penes a la vez, aprendí pronto.
En las dos cuestiones, entran todas las psicologías posibles, las represiones y las liberalizaciones. Dónde empiezo yo y hasta dónde llegan los otros. Emparejamiento, apareamiento, ¿qué buscamos en otro cuerpo, en otra boca, con lo físico, con lo besable, con lo felable? ¿Qué buscaba yo? Ser deseado como Marlene Dietrich, ser querido como prometí a mi propia sombra en nombre de Frank Sinatra.
Las películas, las canciones glosaban al amor, pero la mayoría lo usaban como un subterfugio heredado de épocas de censura: están hablando de conocimiento carnal, de ganas de sexo. 
Ese beso de Gary Cooper a Marlene en Deseo no era un beso de amor. Por eso me puso colorado cuando era niño. Por eso el mundo se volvió loco por Hollywood. Además de sentimental, era erótico. Y de esa manera reprimida que llamamos elegancia.


Qué es el amor sino una sombra y qué es el cine sino una colección de sombras. En la penumbra, miré la mía.
Y hace algunos años, también en otra penumbra, miraba su cara, acariciaba su mejilla, atisbaba en sus ojos que me correspondía. Besaba sus labios con suavidad, como si depositara un regalo a la vida, una muestra de mi talento.
Sí, yo encontré el amor. Es el capítulo perdido que nunca se publicó en El diario íntimo de Josito Montez
Allí estaba. Era de verdad. Oía toda la fanfarria. Era un emparejamiento ideal. Un desafío a todos los escépticos. Me jactaba de haberlo hallado. Daba gracias al cine por habérmelo anunciado y prometido.
Yo conocí un amor como el de las películas y lo viví como tal.

Pero cuando ya creía tenerlo en las manos, se desvaneció como la sombra, chinesca, burlona, desaparecida, como cuando el efecto de la droga se termina. El desamor, también contado por Hollywood, hizo acto de aparición.
Sacudido por un dolor que no conocía, incapaz de encontrar alivio en nada ni satisfacción en mayor cosa, escribí un diario de cine en pleno luto por el amor terminado.
Estaba humillado, dolido, como si me hubieran cortado un pie con toda mi acquiescencia. El diario de cine sólo recogía las películas que veía cada día. La fecha y el título. Nada más. Un inútil, inexpresivo compendio de nombres escrito por alguien que se ha quedado sin palabras para contar lo que le sucede.
Aquel diario hoy parece una lista de culpables. El cine me miró como si se riera de mí. "Sin amor, sólo estás viviendo una imitación de la vida", decía el cabrón. Y yo lo señalé como el culpable de aquella mierda que estaba padeciendo, eso que había venido a quitarme la alegría, la esperanza, la vida, la libertad. Puto amor, puto desamor. Tú, cine estúpido, cine sentimental. Y disparé, disparé, disparé a la pantalla.
Te odio, cine, nuestra historia de amor ha terminado.
Mi cinefilia vivía en peligro con aquella declaración de odio. Las películas me inspiraban una auténtica desconfianza una vez que había experimentado aquello que siempre me vendieron como la panacea. 
Había algo importante que faltaba en ellas: lo pernicioso, lo contradictorio del amor.
Fui un caballero andante cuando amaba, pero también evidencié mis defectos, mis cosas menos bonitas; afloraron o se desarrollaron, no lo tengo claro.
Tampoco creo que ninguna película enseñase que, con los sentimientos tan intensificados, cuando todo acaba, el dolor se mezcla con una sensación de alivio que hace sentir culpable. Ningún film favorito perdió el tiempo en hablar de los vacíos que se producen en una pareja. De cómo la puedes querer intensamente, pero perder el deseo sexual por ella. O de cómo quien amas te parezca un perfecto palurdo en ocasiones. De cómo forma parte de tu cuerpo y, en un instante, ves cómo te la cercenan, sin anestesia, y dices: ya encontraré otra pierna, estoy mejor así.
El cine no me contó de la debilidad del amor, de cómo se disipa un día, de cómo tienes que regarlo tú mismo con la convicción de que es para siempre, de que es bueno, de que ha llegado para quedarse, y a la noche siguiente, se acaba y prefieres ser traspasado por una espada a ese final, aunque has deseado ese fin, lo has esperado, porque el amor es también destrucción. Es ir a matarse.
Así, quise matar al cine, elaborando una lista de culpables, donde también incluí más de una canción. "El amor es la corona de oro que hace de un hombre un rey", cantaba Nat King Cole.
Fui rey, dije, y perdí mi reino.


Años después, esa historia todavía me visita como un fantasma. Hablo con ella y cada día le doy una explicación que parezca lógica. Sé que estoy buscándole el final de Hollywood que no tuvo. Qué es el amor sino una sombra y qué es el cine sino una colección de sombras.
"Siempre nos quedará París". Curiosamente una película tan artificial como Casablanca, a la que nunca presté mucha atención, me llegó al corazón más que ninguna cuando penaba por el amor perdido. Entendí por qué gusta tanto. Es una putada que te dejen y recuperarse es imposible, porque cualquiera se obsesiona.
El amor es la pérdida del control, la interrupción inesperada, tal y como es inesperado el final, por mucho que se cante. El cine me lo había dicho muchas veces, pero yo no le presté atención. El amor es una carta de despedida mojada por la lluvia.


El cine no tenía la culpa. Sólo hizo su trabajo: resumir, melodramatizar, acariciar, ser hermoso.
Y el desamor no me lo curó otro hombre ni una borrachera, sino el Romanticismo verdadero. Busqué la libertad.
La encontré en la música clásica, el sublime sonido que expresa lo que nadie puede contar de su alma. En las sinfonías estaban las fibras; en las sonatas, los hilos que necesitaba para coser mi corazón roto.


En la literatura, hallé lo que pensaba que sólo me sucedía a mí. Tu historia es más vieja que el mundo, me susurraron los grandes autores. Tú pusiste más a tu historia de lo que había, añadieron los escritores más listos. Leí, leí, buscando la verdad, la respuesta.
La cultura es quien me devolvió la felicidad, mientras el recuerdo me visitaba y me asustaba, espectral. Nunca se iba, nunca se va. 
El amor es esa idea del pasado que estamos destinados a repetir. La próxima vez, lo haré mejor, pienso, si me dan otra oportunidad.
El tiempo pasa, yo permanezco. Ahora sé que no conocí el amor; sólo un amor. Porque el amor no es el tema central de nuestras vidas, al menos no es el fin. Es un capítulo recurrente, que vuelve con variaciones como una buena sinfonía.
Mi recelo es inevitable y hay películas que ya no me creo como antes, pero los acordes vuelven a sonar y el recuerdo de lo bueno siempre es poderoso. El amor pudo ser un espanto inesperado para este corazón, pero, sí, fue esa corona de oro que me hizo un rey.
Un regalo inefable, una alegría. Yo amé bien, no me arrepiento de nada. No sabía cómo hacerlo, improvisé, di un buen baile. No gané, pero quién gana.


El tiempo pasa, las sombras reaparecen en las paredes. "Algún día, alguien me querrá". Antes que amor, el cine me enseñó esperanza. Recuerdo tantas cosas que hasta me recuerdo a mí mismo.
Y, ahora, no deseo nada más y nada menos que enamorarme otra vez.