sábado, 11 de abril de 2020

Cine Paraíso: Que el Cielo la juzgue



Abandónala al Cielo y a aquellas espinas 
que anidan en su pecho para herirla y punzarla...

William Shakespeare, Hamlet

Cine Paraíso se llamaba el cine de los sábados por la noche en La 2 de Televisión Española. Era un contenedor cinematográfico, como otros tantos en la historia de la cadena. 
El nombre venía por la película de Giuseppe Tornatore, Cinema Paradiso, que había ganado el Oscar en 1988, jugando a la nostalgia. 
Cine Paraíso quizá no sea nada excepcional en la larga trayectoria de TVE, pero yo lo recuerdo. Alumbraba los fines de semana de la televisión encendida de mi prepubertad. Cuando comenzó, yo no tendría más que nueve años.
Recuerdo la cabecera, tan ingeniosa atendiendo a lo rudimentario de la informática de aquellos primeros años noventa, en la que postales de viejas películas cobraban vida cuando un foco las iluminaba. 
En esa franja de Cine Paraíso, emitieron muchos clásicos, que yo vi sin ver. No les prestaba atención hasta que conseguían capturarla. Fue el cine que vi antes de empezar a amarlo. Fueron las películas que sembraron lo que sólo tardaría unos pocos años en crecer.
En una época tan odiosa para el cine como aquella en la que nací y crecí, Cine Paraíso, como lo mejor de la programación televisiva de entonces, enseñaba otras películas alejadas de las salas, prendidas en la nostalgia de los televidentes, impresas en las enciclopedias cinéfilas.


El Sábado Santo del año 1991, Cine Paraíso emitió Que el Cielo la juzgue
Yo estaba con mi familia en un apartamento del sur de la isla, tan aislado de la civilización como deseaba la protagonista de la película. 
El televisor era demasiado pequeño y yo andaba leyendo o despreocupado de lo que ocurría en ese film anciano que tenía entretenido a las mujeres de mi familia.
Fue entonces cuando llegó la secuencia de la barca. El físico de la actriz, su actitud, las gafas negras, el niño inválido que se esfuerza por nadar.  La absoluta frialdad de la asesina en comparación con la intensidad del momento. 


Desde ese instante, fue imposible apartar los ojos de la pantalla. Recuerdo los comentarios de las mujeres de mi familia, asombradas con la asombrosa maldad de la protagonista. "¡No se puede ser tan mala!"
Fue una película que no olvidamos en mi casa. Hay imágenes que se quedaron grabadas tal cual. Cuando vuelvo a verla, diría que el recuerdo no fue brumoso como acostumbra, sino una impresión exacta. 


Era otra época en el que la consulta no era inmediata como ahora. Durante mucho tiempo, no supe ni siquiera el título del film. Parecerá extravagante para los más jóvenes la simple idea de que tardé once años en volver a verla.
Supe el título de casualidad, en la revista Fotogramas, cuando ya era un cinéfilo irredento y leí una semblanza que Maruja Torres hacía de Gene Tierney.
 "Marcó a toda una generación con sus maldades en Que el Cielo la juzgue, melodramón en el que..." y no digo más para no destripar el argumento. 
Fue precisamente ese destripar de Maruja Torres el que me dio la pista. ¡Esa es! Esa es la película que había dejado tal impresión aquel sábado de Cine Paraíso.


Que el Cielo la juzgue no se emitió en televisión durante muchísimo tiempo.
Fallé en cazarla en un pase por Canal Satélite Digital y tengo tan mala suerte que, en esas plataformas donde todo lo repetían, esta nunca la volvieron a poner. La obsesión estaba servida y recurrí a lo que debería haber hecho años atrás: poner un anuncio. 
Precisamente en la página web de Fotogramas escribí que buscaba Que el Cielo la juzgue. Un caballero gallego contactó conmigo, me hizo una copia y la película viajó en un sobre de Correos por toda España. Era el año 2002.


Como diría Maruja Torres, la película no sólo me marcó a mí, sino a toda una generación. Fue, de hecho, el film más taquillero de 1945, el año del armisticio y la bomba atómica.
Como 1945, Que el Cielo la juzgue era pesimista; parecía decir que el Mal no te dejará ni aunque lo extingas. Si apuramos el simbolismo, la garra de Ellen sobre su marido parecía ser la sombra de los horrores del combate sobre una época traumatizada.


Mirada en ocasiones con la condescendencia que se dedica injustamente a los melodramas, nada me gusta más que la reivindicación de Que el Cielo la juzgue como una obra maestra. A cualquier cinéfilo sorprenderá que un noir se cuente en restallante Technicolor, que no se desarrolle en la ciudad, sino en espacios abiertos y lujosas casas, en las que, por obra y arte del director de fotografía Leon Shamroy, nunca lo agreste resultó tan amenazador.


Basada en el best-seller de Ben Ames Williams, Que el Cielo la juzgue describe la personalidad psicópata de una mujer tan obsesionada con su marido, con poseerlo y aislarse con él, que decide eliminar todos los obstáculos que se le pongan por delante, con el crimen y los celos como faro y guía. La novela es una lectura bastante mediocre y es este uno de los casos en que la película supera con creces su original literario.



Conducida con mano experta por John M. Stahl, director no demasiado valorado, pero siempre con ese perdido oficio de los clásicos de afrontar el exceso con una insólita elegancia, Que el Cielo la juzgue es una escalera, una mirada penetrante. Su escenografía se viste de Paraíso de aguas calmas, en el que, de repente, una víbora salta de entre la espesura. El tono de la película se diría frio en ocasiones, incluso analítico, para surgir unas uñas rojísimas del pie de una zapatilla y que entre en escena lo febril y alocado.
El primer asesinato sucede a la hora de la película, porque ésta se ha tomado su debido tiempo en llegar hasta allí. El desconcierto es tan enorme como la fascinación.


En una operación muy propia en el cine de la década, Que el Cielo la juzgue se ribetea de psicologismo, pero desliza su conflicto freudiano con la suavidad de una misiva inesperada bajo la puerta.
El morbo del espectador se levanta cuando la protagonista encuentra en su futuro marido un parecido razonable con su difunto padre. En una de las secuencias más recordadas, se la ve vertiendo las cenizas en el montañoso paraje por donde solía pasear con él.


Esta devoradora hembra, cumbre de la misoginia noir de la época y, a la vez, uno de los personajes femeninos más atractivos del cine, hubiese sido menos efectiva interpretada por una actriz reconocible en papeles de malvada. La elección de la angelical, devastadoramente bella Gene Tierney fue el mayor acierto, ahondando en la evolución de lo paradísiaco al desconcierto sobre la que se vertebra la película.
No sólo el físico de Gene Tierney es esencial, sino su interpretación. Es una actuación soberbia e impactante, que, a veces, preludia lo mejor del Actors Studio, de lo hipnotizada e imbuida que se la observa en su egocéntrico personaje. Esos mohínes, esa manera de quitarse las gafas, cómo se acuesta en ese sofá.
Quizá para hacerla brillar aún más - Gene fue candidata al Oscar aquel año -, Zanuck, el jerarca de la Fox, le colocó al guapo, pero ínsipido Cornel Wilde, el pie cojo de la película. Está perfecto como pelele, pero su pétrea expresión es imposible para mostrar la degradación del marido que debe ocultar hasta para sí mismo las atrocidades de la hija de puta con la que se ha casado.


Como emblemático melodrama, Que el Cielo la juzgue habla del amor. Como el más retorcido y original, cuenta las consecuencias de los excesos sentimentales. La madre de la protagonista llega a decir: "No hay nada malo en Ellen, sólo ama demasiado."
En la mayoría de estas historias de mujeres y pasiones, la protagonista lo hace todo por amor, hasta volverse loca, y, aunque no lo consiga, saldrá honrada ante nuestros ojos. En Que el Cielo la juzgue, el amor es una cuestión sofocante, matizada por la posesión y la alienación, sucumbida al Infierno de una mano que se agarra y no suelta. El amor en Que el Cielo la juzgue se troca en una cuestión odiosa y desagradable.
Sólo en tiempos del cine negro norteamericano, se puede entender esta idea tan forastera por pesimista en la ficción convencional.


De colores esplendorosos y ocurrencias argumentales que todavía dejan con la boca abierta, es una suerte recuperar para mí Que el Cielo la juzgue una y mil veces.
Desde que la conseguí, la he visto cuanto he querido y se encuentra entre mis películas favoritas, una de esas que siempre procuran mi placer y atención, algo cada vez más raro en este servidor que ya ha visto demasiado y no siente los escalofríos y los respingos que sentía cuando descubría un peliculón en Cine Paraíso.


La tecnología nos ha quitado ese camino romántico del descubrimiento, anhelo y recuperación de las películas que nos impresionaban, ese camino que podía tardar décadas, pero ahora propicia la satisfacción de revisarlas a discreción, quererlas y además escribir sobre ellas.
En esta nueva sección de La Radio Inmortal, llamada en homenaje a a aquellos sábados de cine perdidos en la memoria, prometo que no faltará ningún título de mi duradera adoración.

miércoles, 8 de abril de 2020

Hollywood, Hollywood: Bette Davis


A los catorce años, vi por primera vez ¿Qué fue de Baby Jane?.  
Padecía entonces cierta obsesión por el terror y la intriga, fijación nada rara en los adolescentes, y había visto la referencia de la prometedora película en la revista Fotogramas. Aún no sabía que una pequeña obsesión estaba a punto de ser reemplazada por otra, más grande y duradera.
Todo eran sustos y placer en ¿Qué fue de Baby Jane? hasta que llegó el famoso giro: Jane escucha la verdad de labios de su hermana Blanche en la playa.
Yo aguantaba la respiración, contemplando las expresiones de Bette Davis, cómo su cara pasaba del ilusorio mundo infantil en el que vivía su demente personaje a la extrañeza, el estupor, cierta liberación ."Tú no eras fea, yo te hice fea".
Cuando Baby Jane dice aquello de "Entonces todos estos años podíamos haber sido amigas", mi conmoción era total y me conmoví hasta las lágrimas.
A mí me gustaban las películas pero, desde entonces, me enamoré del cine. Sí, todo fue culpa de Bette Davis.


Después de ¿Qué fue de Baby Jane?, viví por descubrir todas las grandes películas clásicas, pero, en especial, las de Bette Davis. 
Yo, tan decidido y testarudo como la actriz, quise recopilar lo más posible de su filmografía. En aquellos años previos al DVD e Internet, no era tarea fácil. A pesar de ello, conseguí una cantidad apreciable. Vi casi todas las importantes y ya me creía casi un experto en mi amada actriz, cuando me regalaron el libro Todas las películas de Bette Davis.
Oh, Dios mío, la primera vez que lo abrí sentí cierta ansiedad. No las había visto todas. Era imposible. Y, además, sabía muy poco de mi amada.
Tras procurarme cierto complejo de ignorante cinematográfico, el libro se convirtió en una socorrida guía, que consultar y manosear en tiempos anteriores a Wikipedia.


¿Qué tenía Bette Davis para propiciar esa adoración tan inmediata? Yo nací a la Davis unos años después de que muriera, aunque, con toda probabilidad, sentí lo mismo que el público que presenció su consagración en la década de los años treinta. Bette Davis era una mujer comprometida con la emoción.
Los actores viven de su mirada y los enormes ojos de la Davis sirvieron a la ambición de su poseedora: la de imbuirse completamente en su trabajo, sin temor a parecer fea o malvada, y dar al cine norteamericano una vibración insólita.
Durante unos años, Bette Davis fue la revolución en Hollywood, candidata a todos los premios, merecedora de los papeles de mayor lucimiento. No le fue fácil conseguir ese estatus, pero sí perderlo.


Aunque reconocida de manera inmediata por la generación de nuestros padres y abuelos como "la mala", Bette Davis interpretó a todo tipo de hembras y no hubo mayor secreto que la intensidad que desplegaba en sus apariciones. 
Algunas interpretaciones no resisitrían demasiado bien el paso del tiempo y sus manierismos eran festín para parodias y críticos, pero nunca se dijo suya la intención del realismo. Lo confirmaría en una entrevista: "Pienso que las películas no deberían reflejar la realidad. Deberían ser más grandes que la vida".


A veces, lejos de mis catorce años, he relativizado el talento de Bette Davis con el condescendiente comentario de que estamos ante el triunfo de una personalidad, una actriz a la que se ama por encima de sus personajes.
Luego vi una película como La solterona, de la que no esperaba nada, y al final, acabé deshecho en lágrimas por culpa, nuevamente, de la expresión de Bette Davis. Esa cara que pone, Dios mío. Quien no llore, está muerto. Quien niegue su genio, es tonto.


Las actrices de su generación envidiaron la reputación y la carrera que la Davis consiguió labrarse en un estudio tan poco halagüeno a sus intereses como la Warner Bros. 
Promocionada en principio como una rubia más, su físico poco ortodoxo ya debería haber sido la clave, pero sería un préstamo a la RKO lo que haría nacer el mito Davis. 
En Cautivo del deseo, Bette Davis nació como malvada, como roba escenas, como arrasa celuloides.
De vuelta a la Warner, aún pasarían años y demandas para que se confirmara el fenómeno, la excepción. Existían actrices más sutiles, había ciertamente mujeres más bellas, pero Davis era la que hacía temblar, la que hacía llorar. Ligera como una pluma cuando entraba en escena, pura hipnosis cuando la cámara captaba su rostro.


El público se rendía a la mujer equivocada, a la antipática, a la calculadora. Porque todas ellas estaban bajo el faro de los ojos de Bette Davis, los que lo dicen todo.
También había espacio para solteronas románticas, que se subían a un crucero y todo cambiaba. La extraña pasajera fue su gran éxito de tiempos de guerra, una de sus interpretaciones más finas y quizá el momento cumbre que añoraría cuando su carrera entraba en declive diez años después.


Interpretar a Margo Channing, la dragona del teatro de Eva al desnudo, podía ser una irónica advertencia de que se avecinaban tiempos poco benévolos para la madura Bette, pero ella prefirió pensarlo como una resurrección artística. 
Uno de los papeles de su vida, sin ninguna duda. Recuerdo otro espinazo de emoción cuando la vi por primera vez: encendiendo el cigarrillo, con la cara de suficiencia, denegando el agua que Gary Merrill pretendía verter en su vaso.
Espectacular aparición tras haber dejado la Warner Bros. Se esperaba el relanzamiento y sólo comenzó una época de dificultades, más trágicas para una mujer dedicada por entero a su profesión.
Bette Davis jamás dejó de trabajar en teatro, cine y televisión, pero nunca recuperó la corona de Hollywood que durante quince años había llevado con todo merecimiento.


¿Qué fue de Baby Jane? fue un taquillazo inesperado y los años sesenta recuperaban a una Bette Davis con la energía acostumbrada, atendiendo a la verdad de que no hay nada más fascinante y terrorífico que una vieja loca. Abrió la veda para que las divas de su generación perdieran los complejos y se lanzaran a por los gustos de las nuevas audiencias, desde las películas de terror a las sagas televisivas.
Aunque todo lo que hizo por entonces estaba muy por debajo de sus ambiciones artísticas y de su valía, Bette no cejaba y descubrió lo divertida que podía ser la fama. 
Ahí se la veía en las entrevistas hablando de sus grandes películas con William Wyler, de sus galanes, de sus disputas con Jack Warner, de sus rivales femeninas en escena, de cómo su temperamento le granjeó más enemigos que amigos en Hollywood. 
Su ingenio la hacía una presencia deliciosa, su carisma no había cedido un milímetro. Los aplausos nunca cesaron. 
Ella, a pesar de ofrecer tanto, siempre se quedó con ganas de más cine, de más grandes personajes, de una vida más grande que sí misma.


Todavía hay mucho que aplaudir a Bette Davis. Mi obsesión por ella es como la obsesión que me despierta todo lo que me gusta: me siento menos solo en su compañía. 
Cuando vi esos ojos, parece que me miraban a mí, me descubrían, me hacían sentir que la vida no era una sencilla cuestión de buenos y malos, sino algo más complejo y excitante.
Con Bette Davis, Hollywood se rindió al talento, a la fuerza de una mujer, a una actriz excepcional. Y con Bette Davis, nació mi amor por el cine. 
Alabada sea por siempre. 


lunes, 6 de abril de 2020

Maromialmente hablando: Timothée Chalamet


Cuando vi Llámame por tu nombre, la irrupción del para mí entonces desconocido Timothée Chalamet sin camiseta llamaba casi a la transgresión. No me lo podia creer: el protagonista de una película del siglo XXI, sin un atisbo de músculo. Qué osadia, qué disparate, qué refrescante.
En los tiempos en que los actores están más al bíceps que al Bardo, ahí estaba el pequeño Timothée con su anatomía escombro, muy decidido a enamorar a Armie Hammer. Nadie dudaba que lo merecía.
Porque Timothée Chalamet, además de muy delgado, es una belleza extraordinaria y uno de los intérpretes más estimulantes que han visto mis ojos en los últimos tiempos.


Llámame por tu nombre es la clave para amar a Timothée. La película es una buena adaptación de una buena novela, pero creo que no hubiese funcionado tanto sin la llave que supone este jovenzuelo. El talento se demuestra tanto masturbándose con un melocotón como sosteniendo un eterno primer plano de conmovedora conclusión.
Debía ser la novedad de su presencia, o esa buena mezcla de insolencia y sensibilidad que aparece en todas sus películas, lo vistan de época o de futuro.


Del futuro sabe, porque es joven de una manera insultante.
Allá por la temprana veintena andan sus cumpleaños y, por ello, es todo un icono de lo millenial, un caballerete nacido en los medios y con la seducción disparada hacia ellos.
Sus interpretaciones son aclamadas, pero los flashes se dirigen a sus estilismos más o menos osados, que potencian su atractivo ambiguo. ¿Qué llevará hoy Timothée?, se preguntan las revistas de moda. 


A propósito de la ambigüedad, como buen fruto de su generación, pensaba yo que, si bien ha sido un monísimo Laurie para la nueva versión de Mujercitas, también hubiese sido una ideal Jo. Si los muchachos y muchachas de la actualidad gustan de navegar entre géneros sin complejos, Hollywood no tendría por qué ser menos.


Mujercitas lo confirmaba como galán romántico y también como preclaro favorito para dramas de época. Es curioso lo moderna que es su actitud y lo antigua que resulta su apostura de principito. Cuando se deja crecer cierta sombra de bigote, me lleva a novelas francesas del siglo XIX.


Precisamente de origen francés es su familia y de ahí ese halo europeo que lo llevó a interpretar un chico italiano en Llámame por tu nombre. Su Elio no fue la única alegría que dio al cine en 2011, pero fue ese papel el que le permitió una candidatura al Oscar, premio que, por méritos, hubiese ganado de calle.
Gary Oldman, largamente ignorado por esos galardones, fue el elegido y yo suspiré de alivio. Nada peor que un Oscar demasiado pronto. Y, a estas alturas, nada peor que un Oscar.


La atención sobre el nombre del bello de Llámame por tu nombre lo apuntó en varias agendas, incluyendo la de Woody Allen. 
Dia de lluvia en Nueva York es la película más encantadora que vi el año pasado y Timothée está irresistible, pero, tristemente, la calidad del film y de las interpretaciones de su reparto ha quedado sumergida por las inacabables polémicas en torno a su director. 
Obviaré la discusión - o la emplazaré para otro momento - y me limitaré a recomendar la película. Es como Timothée: tan fresca y, a la vez, tan pasada de moda. 


Sea cual sea la combinación, lo cierto es que el seguimiento fan de Timotheé es considerable y ya se hacen llamar "chamaniacs". Sus cambiantes cortes de pelo y sus multiformas estéticas me intrigan más que sus próximos estrenos: protagonizar la nueva Dune y formar parte de la última comedia de Wes Anderson.


Esperemos que el destino sea bueno con su talento y su belleza.
Timothée parece divertirse con esto de la fama y el peliculeo. Que no pare la diversión, pues.


sábado, 4 de abril de 2020

Crónicas de Cinefilia: El sueño del mirón


Cuando hago el amor, mi mente abandona la cama y se sienta en el sofá más cercano. Para contemplar lo que sucede, para comprobar si es excitante. 
¿Sería más grato para mí ver lo que estoy haciendo antes que el mismo hecho de hacerlo? Sí, grabarlo y reproducirlo. Muchos ya lo hacen. Ser actores para luego mirarse. 
El cine basa su fundamento en el ojo, pero, sobre todo, en el ojo de la cerradura. Somos voyeures y espías. Disfrutamos con la contemplación de lo ajeno, pero también deseamos desenredar todos sus secretos. La prosa es amiga del chisme y el espectador pasivo es amigo íntimo del vecino que se asoma cuando un ruido se escapa de lo habitual.
El cine y todas las pantallas obligan a sentarse por un período de tiempo, que se alarga según la sesión. El espectáculo nace con el ser humano, pero hoy lo ata al sofá de manera inmediata. Ver películas y series sin parar es posible. Sólo basta un mando a distancia, una buena conexión y nada que hacer. 
En tiempos como éstos, en los que la realidad supera a la ficción y es obligatorio quedarse en casa, las crónicas de cinefilia más encendidas escribirán: "Lo conseguí: el mundo me dio permiso para ser un espectador." 


Yo, el espectador, tiendo a contemplar la vida, hasta la mía. Si echo la vista atrás y soy justo conmigo mismo, he tenido una existencia más agitada de la que me concedo habitualmente. 
La imagen de mí mismo que más perdura es la de un adolescente viendo la televisión. Contemplando, quieto, fascinado con mundos inventados, encontrando en ellos el calor y la emoción.
La vida sin participación. No es necesario emprender mayor viaje. Errol Flynn irá a los Mares del Sur por mí. Como cinéfilo y espectador, he dicho muchas veces que he tenido experiencias más auténticas, de todo signo, sentado frente a una pantalla que caminando por los días. 
El cine fundamentó su éxito en millones de ojos como los míos, en millones de deseos. En la pantalla, se conocían lugares que de otro modo no se hubieran pisado. En la pantalla, se amaban hombres y mujeres cuya existencia era dudosa de tan divina. En la pantalla, se conseguía la experiencia, la realidad virtual. Era posible sufrir, era posible triunfar. 
La ilusión del espectáculo. Cuando un equipo gana el partido, decimos: "¡ganamos!". Cuando dos follan en una película porno, nos propician el orgasmo como si aquello tuviera algo que ver que nosotros. Hay películas que hacen reír como si nos hicieran cosquillas, hay películas tan trágicas que nos traumatizan para siempre. 
La ventaja sobre la literatura es que en el cine parece que sucede en ese mismo momento. No es "había una vez", es "ahora".


La consagración del ser humano como un mirón - al que la televisión se lo concede todo, mientras lo de afuera es terrorífico - va en ascenso. La prueba evidente: esta situación de confinamiento no ha sido gran cosa para muchos a niveles psicológicos. Desde luego, no para mí. El planeta siempre ha estado lleno de espectáculos, pero dudo que un ser de otros tiempos históricos sacase algún partido a esta situación más que la de encomendarse al Cielo.
Si la realidad no es suficiente, ¿lo es la ficción? ¿Colma de verdad nuestras vidas vivir otras, diferir la existencia, virtualizar nuestras mentes y cuerpos?


En ese clásico de Alfred Hitchcock, La ventana indiscreta, algo se anticipaba a esta idea o, al menos, yo lo detecto. 
La película está sostenida sobre un giro magistral. En lugar de contar el asesinato de una manera convencional y directa, lo hace a través de un espectador: un hombre confinado en su apartamento tras un accidente que lo tiene con la pierna escayolada en una silla de ruedas. El asesinato está contado desde su estricto punto de vista. 
El edificio de enfrente asemeja una televisión. Cada ventana es como un canal. Y los ojos del protagonista van de un canal a otro, buscando algo interesante, algo que capture su atención morbosa. 
Es una de las primeras películas realmente modernas de la Historia, porque su protagonista se difumina con el propio espectador del film. El ojo de James Stewart nunca fue más el nuestro. La ventana indiscreta anticipa la generación de la televisión como ninguna otra. 
Pero el sueño del mirón - o de este mirón - no es la mera contemplación. El sueño - o la pesadilla - es que lo mirado devuelva la mirada. 
En el momento cumbre de La ventana indiscreta, así sucede: Raymond Burr levanta la vista. El espectador es un actor. El sueño del mirón es dejar de serlo.


Quizá por ello la experiencia cinéfila no se conforma con la contemplación de películas. Se complementa con la formulación de opiniones, que nace de la envidia que suscita el bien ajeno, y con las ambiciones de creación propia, que nacen de la inspiración que también despierta. 
Dejé en el último post la pregunta sin contestar. ¿Soy un lector/espectador, un opinador o un creador? Las tres cosas viven juntas, quizá unas más fructíferas que otras, pero ahí se bordan en un fuerte lazo. En todo espectador, vive el sueño de un aventurero, vive el deseo de un reinventador de la realidad, a través del arte, el amor o la bondad. 


Condenados al consumo masivo y doméstico de cultura y entretenimiento, nos dará la sensación de que estamos complacidos, a salvo, pero no es suficiente. No lo es para mí. 
En estos días, el placer se combina con la incertidumbre, el descanso con la inquietud. Porque el cine es deseo y, por tanto, la posibilidad remota de que ocurra. El cine predica esperanza. Algún día conocerás a alguien que te quiera, algún día tendrás lo que espera. La realidad, más gris que nunca, pasa ante la ventana y los días se mueren en sí mismos. La tranquilidad es tan absoluta que el cine no encuentra un rival, no se torna un revulsivo porque no tiene oponente.
El placer de la experiencia cultural es que nos permite un rincón en forma de paréntesis en días mediocres. La ironía es que, cuando éstos desaparecen y sólo queda el vacío y la paz, la excepcionalidad de ese rincón disminuye. Todo el tiempo del mundo, la vida aplazada. Sólo vive la pantalla. 
El mirón se aferra al sueño de que llegue el día en que sea algo más que un mirón.

jueves, 2 de abril de 2020

El Trotalibrerías: Escribir es un horror


En un episodio anterior de "El Trotalibrerías", el fantasma del novelista José Donoso se dirigía a mí y me hacía la temida pregunta:

- ¿Y tú? ¿Qué escribes tú?

Imaginemos a Donoso como la oruga que pregunta a Alicia:

- ¿Y tú? ¿Quién eres túuuu?

Donoso ha reaparecido en mis sueños desde entonces, con la misma determinación que el padre de Hamlet. Es decir, decídete, joven.
Me encontraba en un viejo caserón del centro de la ciudad, reformado como un lugar de ocio, con biblioteca, salas de actos y cafetería.
Contemplaba el patio interior desde una ventana cuando oí que alguien, a mi espalda, me llamaba.


El venerable, viejo escritor estaba sentado a una de las mesas de la cafetería, terminando su venerable, vieja taza de té mientras doblaba el periódico que leía hasta que me divisó.

- Amigo mío, qué alegría volver a verlo.

Al contrario de su aparición en capítulos anteriores, Donoso no era una oruga inquisitiva, sino un señor adorable, encantado de nuestro encuentro, como si me conociera de alguna previa ocasión. Yo respondía con timidez a su saludo, pero me acercaba y me sentaba a la silla que su gesto con la mano me ofrecía ocupar.

- Cuénteme, ¿qué ha sucedido después de que nos hayamos visto?

Entendí que se refería a la escritura y le dije que había vuelto al blog. Le contaba que había conseguido lo impensable hace un año: perderle el miedo a la página en blanco.

- Sí, algo he leído de su blog. Pero dígame, ¿ha escrito algo más? - Al ver cómo bajaba la cabeza, Donoso prosiguió - Debe escribir algo más. Escríbalo todo. Escriba cualquier cosa, si tiene usted poco tiempo. Escriba, por ejemplo, este encuentro.

El escritor se incorporaba y se excusaba porque tenía que marcharse. Yo desperté.
Ese sueño, más que una invitación a la escritura, es, como muchos sueños, la manifestación de un deseo. El deseo de conocer intelectuales o gente más interesante con la que suelo relacionarme a diario. El deseo de ser reconocido por ellos, de una manera amistosa y como una posible promesa artística. El deseo de ser un escritor para los escritores. El deseo de estar a una altura que, a medida que pasan los años, se me hace más inalcanzable.
¿Cuánto he escrito en mi vida? Comparado con lo que he leído, visto u opinado, es demasiado poco.  ¿Soy un lector/espectador, un opinador o un creador?


Fronteras difusas, poco cuantificables. Recuerdo escribir cuentos desde que aprendí a escribir. Incluso pequeñas sagas con ilustraciones, protagonizadas por niños y niñas que perseguían estrellas De una estrella que dibujé salía un bocadillo que decía: "Hola" al niño protagonista. La estrella podía hablar, reconocía al niño, como el escritor me reconocía a mí en mi sueño.
He buscado historias desde el principio, las mías y las ajenas, porque la realidad no era suficiente. No lo es. He intentado que lo sea, pero cada día mi necesidad de evasión en la cultura es más acusada.
La ficción, creada o buscada. Soy incapaz de sobrevivir sin ella.


Del mismo modo que la realidad no es suficiente, tampoco lo es conformarme con una existencia en la que la escritura no sea una ambición, una aspiración.
Qué escribes tú, pregunta la oruga, y bajo la cabeza.
Escribir no es fácil. Escribir es un horror. El incomparable Rafael Chirbes lo desliza en un pasaje de En la orilla: escribir es destrozarse los nervios.


Escribamos algo más que el blog, me dije hace unas semanas, con un ímpetu renovado. Sucedía antes del período de cuarentena. Me permitía el lujo de superar dos obstáculos: las demandas de la cotidianeidad y mi procrastinación al respecto de escribir algo de enjundia. Ficción, más allá de hablar de estrellas de Hollywood o de mí mismo. Todo un reto.
Lo hice, escribí cuatro páginas en una tarde. Escribí sobre un encuentro. No sobre el que había tenido con José Donoso en sueños, sino un amigo de la infancia al que volví a ver repentinamente. Hay una historia, una emoción ahí detrás, pensé.
Al terminar, decidí que no lo revisaría hasta el día siguiente, en el que lo imprimiría y, con el lápiz preparado, tacharía y anotaría lo que creía mejorable. Así lo hice, pero solté el lápiz correcto pronto. Aquello era horrible.
Escribí en uno de los márgenes: "Cuanto más importancia le doy a lo que escribo, peor lo hago."
Prometí retomar esa historia, arreglarla, rehacerla cuantas veces fuera suficiente hasta darle forma, pero mi mente ha encontrado no sólo excusas, sino la manera de neutralizar la urgencia por escribirla.
Siempre que me aventuro en la ficción, evidencio mi poca práctica en la fabulación, esa que no sé cómo adquirir sino dándome de latigazos todos los días con la terrorífica hoja en blanco y las aún más temidas reescrituras. 
Estar al desnudo al menos una hora al día. Escribir es un horror.


Me impaciento, me desespero. Es una lucha conmigo mismo. ¿De qué te quejas? ¿Qué te cuesta? ¿Por qué escribir un simple post de este blog te tiene todo el día de los nervios?
Anteayer calculé cuánto tiempo exacto tardaba en escribir sobre Rita Hayworth. No llegó ni a la hora. Durante tantos años que concedía en mi mente a la redacción de mis blogs un tiempo desproporcionado de mi vida me he dado cuenta que se resume en una mísera hora diaria.
No es el acto de escribir, no es el momento de la escritura. Es el eterno prolegómeno. El ahora, aquí, me siento. El ahora, aquí, empiezo. Hay veces que he estado hora y media caminando por la casa, oyendo música, tomando café, masturbándome, como prolegómeno antes de ponerme manos a la obra con algún post.
Me torturo aún más cuando lo hago bien. El momento genuino de emoción que conseguí con la historia de Rita Hayworth me sorprende a mí mismo, porque ni lo preparaba ni lo esperaba. Salta de mi escritura. Hago una guía de lo que voy a escribir, pero algo se escapa a toda previsión. Algo más grande que yo, que me enorgullece y me sonroja porque no le doy el trabajo suficiente, porque sólo le concedo una ridícula hora en un día de cuarentena.
A veces me digo que debo naturalizar la escritura, que sea como cuando era niño, tan habitual como nada traumática. Escribir sin ataduras, de lo que me guste, en un cuadernito, lejos de los distrayentes ordenadores y los torturantes escritorios. Luego pienso que la escritura es una cosa seria, profesional. Lo bueno no se consigue como una extensión de lo ocioso.
Señalo con el dedo a mis profesores de Escritura. Desde que los conocí, mejoré, sin duda, pero el acto de escribir se hizo el potro de tortura en el que evito sentarme. Hicieron de mi escritura un compromiso conmigo mismo. Si no escribes todos los días, si no escribes de lo que conoces, si escribes mal, si no escribes. ¿Cómo decirle a la memoria de esos profesores que he llegado a estar un año sin escribir palabra?
Ahora pienso que echarles la culpa de todo a los maestros es igual de pedestre que echarle la culpa de todo a los padres. Hicieron su trabajo, yo sólo quiero, en el fondo, volver a sus faldas.
La escritura necesita un tiempo que, en circunstancias normales, no poseo, porque no me gano los garbanzos con ella - y dudo que lo haga alguna vez -, pero, sobre todo, necesita mi esfuerzo.
Dicen que tengo talento, pero todo lo que escribo realmente bueno no es fruto de genialidad, sino de un trabajo continuo. 
Mi esfuerzo no consiste únicamente en la dedicación, sino en algo más dificultoso: derribar la cantidad de mierda que tengo en la cabeza por culpa de la cultura de masas y el pensamiento fácil.  Cuanto más leo, me doy cuenta de que muchas de las opiniones y escrituras que he rubricado están teñidas del convencionalismo y de la emotividad pop. El esfuerzo ha consistido - y consiste - en buscar la propia voz en un universo de voces atronadoras.


Lucho contra la propia irrealidad de la novelística contemporánea, la suposición de que el siglo XX no existió. Precisamente esa emotividad pop es la que nos transporta al Romanticismo: ser unos individuos dolientes que descubren su realización trascendental en el arte de calidad. 
Debo suprimir por fuerza la cultura audiovisual, la multipantalla vulgar, la distracción absoluta, para consagrarme como algo tan remoto como un prosista para un mundo que ahora lee novelas sólo porque está empachado de mirar el móvil.
Gran romántico, busco tornarme en una reliquia dorada, algo admirable y vetusto, reciclado para estos tiempos como el caserón antiguo reformado en cafetería en el que me encontré a Donoso en sueños.
Escribe, escribe, no pienses, escribe. Dicen todos, dicen los expertos y los que no saben nada. No dejes nunca de escribir, porque tú escribes con algo más importante que el genio o el talento. Escribes con tu corazón.


Sucede en ocasiones que me entra la tristeza. Pasan los días y las cosas que me hacen feliz se tornan insuficientes. Escribir es una cosa lejana, no entra en mis planes en esos momentos. 
Sigue el tiempo y, de repente, escribo. Siento una liberación inmediata, una alegría insólita, una realización incontestable. Como si me sacaran, para mi alivio, una espada que ignorase llevara clavada.
Escribir es un horror, pero he de hacerlo. Es superior a mí, es más grande que yo, vive por encima de mi holgazanería, de mi necesidad de ser feliz, de todo lo que pueda escribir hoy sobre escribir.
No creo que la escritura me haga feliz, pero, si renuncio a ella, jamás podré descansar en paz. Siempre velará mis sueños, decrépita y sabia como la Muerte, ominosa como el Destino, diciéndome que debo comprometerme conmigo mismo, desnudarme todos los días y escribir, escribir, escribir, sin parar. No dejes nunca de escribir, dice como si fuera el mismo Tiempo.


Pero ahí está la vida, justo la que sostiene la idea de que escribir es un horror. Y, como una madre que sólo quiere mi bien, mi sonrisa, mi tranquilidad, la vida me dice que lo olvide todo. Vive y olvida la ambición, la angustia, el sueño romántico de trascendencia. Escribir o no, qué más da. Si es un horror, déjalo, olvídalo.
Así, termino todos los días con la pregunta irresoluble, con la duda. ¿Ser feliz o escribir? ¿Escribir o no? Me refugio entre las sábanas, como si fuera el niño que quería hablar con las estrellas, mientras los latidos del corazón se amortiguan y me quedo dormido.