sábado, 5 de junio de 2021
Hollywood, Hollywood: Hedy Lamarr
martes, 1 de junio de 2021
Deseo
martes, 10 de noviembre de 2020
Crónicas de Cinefilia: El Desafío Cinéfilo (2ª Parte)
EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950)
UN TRANVÍA LLAMADO DESEO (A streetcar named Desire, Elia Kazan, 1951)
Así, Blanche y Kowalski en un espacio sudoroso que es la Tierra, en una tragedia propia que surge el daño mutuo, en una confusión irresoluble que se libre en la frontera de la vida y la muerte.
Esta película, hilada en las frases lúcidas del maestro incomparable Tennessee Williams, aborda muchas cosas: los hoteles Flamingo del pasado, las flores para los muertos que llegan en la niebla, el temor a perderlo todo, incluido el último resquicio de cordura.
Es una película desmelenada, que deja abrumado, pero su pasión nace de un cálculo preciso. Como los dos personajes que adapta, en un escenario vulgar, entra el sueño; en una historia alocada, irrumpe la brillantez más pulida.
Cuatro interpretaciones para quitarse el sombrero y prenderse del brazo del más bondadoso de los extraños. Y ahí el joven Brando, revolucionando el naturalismo interpretativo, y abriendo las aguas para el maromismo fílmico, tal y como lo entendemos hoy día.
CAUTIVOS DEL MAL (The bad and the beautiful, Vincente Minnelli, 1952)
EL INTENDENTE SANSHO (Sansho dayu, Kenji Mizoguchi, 1954)
JOHNNY GUITAR (Nicholas Ray, 1954)
SÓLO EL CIELO LO SABE (All that Heaven allows, Douglas Sirk, 1955)
Intensa, preciosa, magistralmente dirigida, “Sólo el Cielo lo sabe” también es lo que vendía: una historia de amor. Y, como las grandes obras románticas, no es tanto el idilio lo que está en juego, como la libertad que supone. El enorme miedo a derribar las barreras que impone la sociedad y el descomunal placer de conseguirlo.
IMITACIÓN A LA VIDA (Imitation of life, Douglas Sirk, 1959)
No hace falta viajar al futuro. “Imitación a la vida”, en muchos aspectos, ya nos habla de una civilización perdida, desde luego de un cine perdido, y esa cascada de diamantes que, en realidad, son cristales, que, en realidad, son las lágrimas que van a derramar las protagonistas y también los espectadores, asegura una estupefacción cercana al principio de un proceso hipnótico.
Una saga brilllante y muy triste sobre dos mujeres que intentan ser las mejores madres, cada una en su estilo, y fracasan dolorosamente - ¿qué madre no se siente fracasada al final? -, “Imitación a la vida” son dos historias. Por un lado, un backstage drama, oportunidad para que Lana Turner luzca vestuarios cada vez más babilónicos a medida que su personaje se enriquece. Y, por otro, un drama racial, que irrumpe con timidez y se adueña del alma de la película por completo, desde el momento en que aparece Susan Kohner como la mulata Sarah Jane.
La despedida de Douglas Sirk de Hollywood fue a rebato de un melodrama que hizo llorar a la América del abrigo de visón y de la segregación racial, del materialismo y de los sueños de romanticismo que se quedaban en eso: sueños. La película, como todo Sirk, es más de lo que el ojo llorón ve. Ultraestilizada, excesiva con intención paródica, y, a la vez, elegante y comprometida con el género. Es la woman's picture definitiva.
Si la cascada de diamantes del principio deja perplejo al futuro, ¿qué decir del final? Producto de un cine norteamericano que no sólo despedía a Douglas Sirk sino que pronto colapsaría, el final de “Imitación a la vida” representa todo el exceso y la gloria de ese universo ignoto.
Cine que hoy, como una madre, vieja pero aún eficiente, nos seca las lágrimas con el arrullo de que el mundo puede ser tan bello como esta película.
DULCE PÁJARO DE JUVENTUD (Sweet bird of youth, Richard Brooks, 1962)
CAMELOT (Joshua Logan, 1967)
EL VALLE DE LAS MUÑECAS (Valley of the dolls, Mark Robson, 1967)
“El valle de las muñecas” no es mala, es un desastre de proporciones épicas, es como ver el hundimiento de un transatlántico en plena noche. Es la fascinante caída del viejo Hollywood, incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, pero aún con una energía especial en su núcleo. “El valle de las muñecas” es basura con pedigrí.
Se compone como un tradicional backstage drama, insípido y comedido, hasta que Patty Duke, a la hora de duración, tira un cigarrillo a la piscina, anunciando que su personaje ha cambiado y la película también. Mientras el pelo de las protagonistas empieza a crecer en volumen y su vestuario se vuelve inconcebible, la película entra en un non-stop de disparate melodramático, con unos diálogos que suenan como truenos de tanto chirriar y unas situaciones que dibujaban una risita en el espectador ya en su fecha de estreno.
Ninguno de los responsables de “El valle de las muñecas” imaginó que una película de intención seria propiciaría risa, que su delicuescencia la convertiría en el clásico camp por excelencia y que los gays nostálgicos repitiesémos sus frases como un mantra. Pero ahí está, en pie, el divino infortunio cinematográfico que hace decir aquello de: “ya no las hacen así”.
MAURICE (James Ivory, 1987)
DRÁCULA DE BRAM STOKER (Bram Stoker's Dracula, Francis Ford Coppola, 1992)
BROKEBACK MOUNTAIN (Ang Lee, 2005)
Crónicas de Cinefilia: El Desafío Cinéfilo (1ª Parte)
EL MALVADO ZAROFF (The most dangerous game, Ernst B. Schoedsack e Irving Pichel, 1932)
AL SERVICIO DE LAS DAMAS (My man Godfrey, Gregory La Cava, 1936)
“Tiene usted un magnífico sentido del humor”, repite Carole Lombard a William Powell en esta enorme comedia, poseída de justamente eso: un magnífico sentido del humor.
El humor que prefiero: elegante, afilado, espontáneo, loco cuando tiene que serlo, compasivo y con algo importante que decir. En medio de una crisis económica, los descerebrados que componen la clase alta siguen gastando dinero a espuertas, inasequibles a la realidad de los que sufren y padecen, esos que viven en el vertedero municipal, que se rellena día a día con el fruto de los derroches.
“Al servicio de las damas”, emblema de lo mejor que ha hecho Hollywood jamás, es una película con la que me río a carcajadas, con la que me emociono, con la que estoy de acuerdo y en la que me gustaría residir, delicia de art-decó y vaporosa atmósfera. Y, cuando la gente me dice que tengo un magnífico sentido del humor, suelo pensar que no sólo amo “Al servicio de las damas”, sino que también soy como ella.
REBECA (Rebecca, Alfred Hitchcock, 1940)
CIUDADANO KANE (Citizen Kane, Orson Welles, 1941)
LOS VIAJES DE SULLIVAN (Sullivan's travels, Preston Sturges, 1941)
GENTLEMAN JIM (Raoul Walsh, 1942)
CITA EN SAN LUIS (Meet me in St. Louis, Vincente Minnelli, 1944)
Hay muchas cosas que hablar sobre mi eterno amor por “Cita en San Luis”. Primero, Judy Garland. Esa figura de bondad y humildad, que comparte lo mejor de sí con toda generosidad, esa calidad “bigger than life” y ese toque de melancolía agazapada en la mirada; si las estrellas son una guía para nuestras vidas, Judy definitivamente lo ha sido para la mía. Aquí está en su apogeo.
“Cita en San Luis” es también su apariencia: saturada, azucarada, un gran pastel navideño de la Metro, que hoy resulta tan desfasada, que es como entrar en otra dimensión. Adorar esta película es desafiar el gusto imperante, es escupir sobre las modas y lo moderno, es retozar en la mariconada, es decir: sí, ¿y qué? “Cita en San Luis” es como jugar con muñecas.
Es una película divertida, llena de temazos a la mayor gloria del musical, y la ternura sobre la que se construye no impide que tenga unos diálogos afilados y unas situaciones descacharrantes. De las risas, aparecen las lágrimas, porque “Cita en San Luis” es, ante todo, una película sobre los placeres del hogar. Del amor que tenemos por el papel que viste las paredes de nuestras habitaciones y por la ventana a través de la que suspiramos por la llegada de Papá Noel una noche, y por una mirada del guapo vecino al año siguiente. Del deseo de que nada cambie, de que nuestra hermanita jamás crezca, de que los juegos nunca terminen.
LAURA (Otto Preminger, 1944)
QUE EL CIELO LA JUZGUE (Leave her to Heaven, John M. Stahl, 1945)
Recordada – y parodiada – por las barbaridades que acomete su protagonista, es una película que no se ha tomado demasiado en serio durante mucho tiempo; se la citaba como ese melodrama tremendo, hecho con proficiencia hollywoodiense, y claro precursor de culebrones de todo pelaje. Pero “Que el Cielo la juzgue” es más que una mujer mala, malísima en lo alto de una escalera; es una obra maestra, un extraño híbrido y una de las incontestables muestras de la altura del cine clásico, precisamente por ser una de sus más gloriosas contradicciones.
En el año del armisticio y la bomba atómica, fue el mayor éxito comercial del año. Acaso parecía resumir el sentimiento apocalíptico: el Mal se mata, pero no se extingue; su garra te atrapa con la promesa de que nunca te dejará marchar.
Y Gene Tierney, con su cara angelical puesta al servicio de un giro interpretativo brillante y espeluznante, convierte el simple gesto de quitarse las gafas de sol en un motivo de escalofrío en el espinazo del público.
Pausada sesión de hipnosis en Technicolor, la impecable progresión dramática que imprime Stahl es menos asombrosa que el pesimismo emocional que destila “Que el Cielo la juzgue”. Bajo la faz de un melodrama, nos descubrimos de repente en los terrenos del cine negro. No hay aquí una glorificación de los sentimientos femeninos, sino una historia de amor que deviene en caso de psicopatía y una mirada al romanticismo como una cuestión peligrosa, delictiva y decididamente insana.
PASIÓN DE LOS FUERTES (My darling Clementine, John Ford, 1946)
Sorprende también que yo, lejano a sus universos e ideologías predilectas, termine por incluir una de sus obras maestras entre mis películas favoritas.
“Pasión de los fuertes” no está en mi lista por cumplir una cuota con un cineasta admirable como John Ford. Está como todas las demás: por una razón del corazón. Y, en este caso, reciente. “Pasión de los fuertes” ha sido un redescubrimiento. Un western clásico, que, como los mejores clásicos, es absolutamente extraño, diríase desconcertante.
El tiroteo de O.K. Corral está contado como Ford solía hacer: como una crónica novelesca, cual página arrancada de una Historia idealizada, donde los personajes se mueven con el mismo devenir del tiempo. Nada parece empezar ni terminar, sólo la vida discurre. Entre las ganas de épica y la observancia costumbrista, se apuntalan las coordenadas fordianas, mientras se suceden las escenas imborrables – Clanton latigando a sus propios hijos, Wyatt bailando como una cabrita, Chihuaha mordiendo el rollo de papel en su operación sin anestesia – y, de manera insólita en una película de acción norteamericana, cada muerte, cada baja, se siente, se duele, se padece. Hay una en concreto, que siempre me hace dar un respingo de fatalidad.
Walter Brennan como el patriarca Clanton es una cosa loca: no he visto representación más fidedigna de la chusma que ese zafio y los impresentables que acarrea.
“Pasión de los fuertes”, mediada por la mirada siempre líquida y sincera de Henry Fonda y la belleza sobrehumana de Linda Darnell, encuentra, no obstante, su buqué en un sorprendente Victor Mature, que incorpora al doloroso Doc Holliday, alcohólico, enfermo, perdedor de solemnidad, que recita a Shakespeare y asegura que no es el hombre que fue.
Ese personaje, que adelanta el cine moderno en plena Fox de los años cuarenta, existencialista antes del existencialismo, vive tan atormentado como las sombras y luces, humos y botellas, disparos y desazones, que pueblan esta rara joya de la atestada corona del señor Ford.
JENNIE (Portrait of Jennie, William Dieterle, 1948)
LAS ZAPATILLAS ROJAS (The red shoes, Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948)










































