sábado, 9 de noviembre de 2019

Maromialmente hablando: Kevin Kline


Revisaba hace unos meses Un pez llamado Wanda, comedia auspiciada por dos ex-Monty Python que se convirtió en la película que todo el mundo quería alquilar en el vídeoclub a finales de los ochenta, cuando yo era tan nene que pensaba que trataba acerca de un pez.
La película no es mi favorita para salvar de un naufragio, pero el buen rato se asegura y además está Kevin Kline en su apogeo. Siempre diré sí.


Viéndola, pensaba yo que requiere mucho talento y mucha belleza interpretar a ese impresentable sin dejarse nada en el tintero y, a la vez, permanecer tan eternamente forniciable, tan rotundamente maridable.
Lo de Kevin Kline en Wanda sólo es comparable a, ¡qué sé yo!, lo de Brando en Un tranvía llamado deseo; semejante gilipollas, pero qué buenísimo está, madrecita.
Sin duda, yo le hubiese dado el Oscar por esa proeza, aunque aquel premio era un saludo a la película fenómeno y también a un actor que cumplía con nota alta toda una década en el cine, culminando con esas memorables cara de orgasmo, que hacían desternillar de la risa a Jamie Lee Curtis en pleno rodaje, según cuenta ella.


Kevin Kline, gran favorito de toda la vida para los que adoramos los bellos hirsutos, nació para la causa en una buena era para los machos peludos: la década de los ochenta. 
Por entonces, se le piropeó además como un nuevo Errol Flynn, por el bigotito, la elegancia y el sentido del humor; acabó interpretándolo hace unos años en un biopic poco noticiable. Por el camino, ya había incorporado también al primer héroe de capa y espada del cine, Douglas Fairbanks, en el Chaplin de Attenborough.
Pero el arma con el que lo prefería el público no es el florete, sino las ganas de diversión. Kevin Kline ha sido un galán de comedia como pocos.


Curioso que sus inicios fueran en las tablas shakespeareanas más venerables y sus ambiciones vivieran lejos de las simples risas.
Dijo que jamás quiso ser una estrella y probablemente nunca consiguió serlo, pese a la popularidad  que gastó durante cierto tiempo. Quizá ha sido demasiado bueno para épocas tan sembradas de irregularidad artística y donde el cine comercial se ha hecho cada vez más intragable.
Nunca ha parado, ojo. Ahora tiene setenta y dos años. Cómo pasa el tiempo, madrecita.


También podría hacer la cuenta su primera pareja cinematográfica, nada menos que Meryl Streep, para su legendario segundo Oscar, La decisión de Sophie, adaptación al pie de la letra de la novela de William Styron, que sirvió para cimentar el furor por Meryl, sus ductilidades de acento y sus infinitas ansias de sufrir en pantalla de las más variopintas maneras. 
Ahí fue donde empezó el amor por ella y también el odio. La decisión de Sophie, presuntuoso melodrama al que el tiempo ha sentado como una losa, tiene algo que me encanta y es ese joven Kevin Kline, haciendo de loco; para mí, robándole la esperada función a Meryl. 


Desde ese debut espectacular, ya estaba el Kline espontáneo, pechipeludo y bigotudo que adoramos los que nos morimos por sus huesos. El oro se lo llevó Meryl, pero la carrera cinematográfica estaba puesta cual mullida alfombra para Kevin. Para mullido, él.


En el casting de una película generacional tan emblemática como Reencuentro, Kevin Kline conocería a Phoebe Cates. Kevin conseguiría uno de los papeles; Phoebe no, pero la suertuda se llevó al macho. Se casarían al finalizar la década y siguen unidos. 
La bella Phoebe Cates también es santo y seña de los ochenta, con ese ascender de piscina de Aquel excitante curso, que hace volver hetero si uno se descuida. 
Pero, como las películas que estoy nombrando, me temo que nadie se acuerda de la pobre Phoebe Cates, que, al contrario que su guapo esposo, pegó poco en Hollywood.

Kevin ha protagonizado taquillazos tremendos como In & Out - ese morreo con Tom Selleck, otro que tal, se dijo demasiado para nuestros pobres corazones - o Wild Wild West, y grandes películas, como SilveradoLa tormenta de hielo, pero tengo la sensación de que su carrera patinó sin solución tras el fracaso inapelable de De-Lovely, el biopic de Cole Porter.
Esa era una apuesta para su reválida como actor serio, una posible vuelta a los premios de la Academia, pero la cosa no cuajó. La edad y el tiempo, que todo lo diluyen, tampoco ayudaron: las audiencias han dejado de reconocerlo y distinguirlo. 
Pero un vistazo basta: su atractivo, ese nosequé de los actores de Hollywood que impide desviar la mirada, se conserva. Eternamente forniciable, rotundamente maridable. 


Como trabajo de campo, nos queda rastrear su pecho peludo, desde La decisión de Sophie hasta Dave, presidente por un día. El camino es largo, pero sembrado de estimulantes folículos. 


Rememoro cuando vi French Kiss en una clase de inglés del instituto de mi desidia; aquella secuencia en la que se queda en calzoncillos, con semejante mata pelo corporal al aire, me hizo despertar inmediatamente de mi habitual sopor púber. 
Eran los noventa y los hombres comenzaron a depilarse; risitas nerviosas en el aula ante el Kline en pelota. Aquello era nada menos que la revolución.


Revolución también es traer a Kevin Kline a "Maromialmente hablando", o, como mínimo, debe considerarse una respuesta urgente a tanto musculoso y demás señor prefabricado de los que se estilan ahora y de los que estoy oficialmente HARTA.
Señor lector, no espere nada más y nada menos en esta sección que hombres guapos de verdad. 

jueves, 7 de noviembre de 2019

El Trotalibrerías: El arte de Harry Clarke


El Trotalibrerías camina por librerías de hoy, pero también añora las del ayer y, aunque sea en la mente, traza una línea y dibuja una senda para la memoria.
Hace unos meses, mis pasos me devolvieron a la librería donde compré Mujercitas de niño, y allí estaba la misma librera, treinta años después. Lo más curioso es que seguía igual, no detecté el tiempo pasar por ella. Quizá mis sentidos engañosos me hicieron creer que no había envejecido nada en tres décadas.
Yo buscaba en las estanterías algo que ya no estaba: aquellos libros ilustrados que parecían enormes en mi infancia. Ahora el enorme era yo.
La librera me preguntó si deseaba algo.
Creo que sabe quién soy. Hay gente que asegura que tengo la misma cara. O tal vez ella me haya visto pasar por delante de la librería muchas veces, a lo largo de los años. Ahí dentro debe aburrirse mucho.

- No, gracias, sólo estoy mirando.
- Si quieres algo, me avisas.

¿Podía decirle que buscaba lo que no existe? Quedaría yo como un personaje de Edgar Allan Poe, esperando que la muerta enamorada resucite entre mortajas, revivida por la nostalgia.


El Trotalibrerías buscaba algo, pero no sabía qué. Un contacto con el pasado, sí. Un libro ilustrado. Qué mala prensa tiene poner dibujos en los libros. Es como de niños, decían. Lo que sucede en un libro debes imaginarlo.
Los niños se aburren cuando ven sólo letras sobre papel. Recuerden la introducción de la Alicia disneyana, en la que la hermana le lee un libro y ella, con un sopor de muerte, decide ignorar aquello "porque no tiene dibujos".
Ella esperaba algo como la propia película que protagonizaba. Una cosa súper colorida, divertida sin freno. De hecho, podríamos decir que una película es un modo avanzado de libro ilustrado, especialmente cuando se trata de una adaptación literaria. Ay, tantas veces se podrían haber ahorrado lo que debió quedar emplazado a la imaginación.


Por la imaginación llega este Trotalibrerías al pasado de sus libros ilustrados y encuentra que no son sólo para niños. O no deberían serlo. Porque la ilustración ha conocido impactantes cimas. Y vuelve a estar de moda.
Después de años de crisis donde las ediciones que se vendían nuevas en librerías dejaban mucho que desear, ahora hay un relanzamiento del libro de lujo. Y muchos clásicos regresan ilustrados, a veces con los dibujos con los que fueron publicados hace más de un siglo y, otras, con la firma de nuevos ilustradores.
El resultado es discutible en muchas ocasiones, pero este Trotalibrerías se alegra de que el placer de leer se complemente con el placer de mirar y admirar. Cuando el ilustrador es un artista, el libro dibujado deja de ser cosa de niños.
Al respecto, yo crecí con una maravillosa colección llamada "Tus Libros", atributo de lo impecable, a la que dedicaré algún post próximamente. Y con ella, descubrí algunos títulos de terror, y, entre ellos, por supuesto, al genio. A Edgar Allan Poe, al que hoy resucito entre mortajas.


Poe es alta graduación de impacto a cualquier edad, pero, cuando se anda por aquellas tétricas preadolescencias, se vive como la respuesta estética y moral a las plegarias. Delirante, febril, pesimista, fatal, terrorífico, gótico, romántico, funerario, con corazones que delatan, gatos negros que son maléficos y mujeres que reviven en el cuerpo de otras. La vida es una paranoia, el sueño, siempre opiáceo y la muerte, un medio de belleza.
Cuando vi años después las adaptaciones cinematográficas de Roger Corman, no me gustaron nada. Son simpáticas desde una óptica estrictamente camp, con Vincent Price subiendo la ceja y dando unos alaridos tremendos al morirse, pero para mí, eso no es Poe.
Porque, para mí, Poe es lo que yo vi en "Tus Libros", concretamente en "El Gato Negro", volumen donde se recogían las ilustraciones de Harry Clarke.


Durante mucho tiempo no le puse nombre al ilustrador, pero siempre se dijo imposible borrar de la memoria esos dibujos que acompañaban los cuentos de Poe cuando los leí por primera vez. Cómo miran sus protagonistas, cómo la exquisitez de las formas se conjuga con el puro terror - esa aparición de Lady Madeline Usher, el dibujo es horrible y hermosísimo al mismo tiempo - y cómo un genio se encuentra con otro genio.
Recuerdo vivamente el escalofrío irrebatible al leer "Berenice", cuento que todavía no estoy seguro de haber entendido muy bien, pero amé cada línea con desesperación romántica. Y para colmar la fascinación de lo escrito y leído, estaba aquella ilustración pavorosa, desorbitante.


Lo leído se deja a la imaginación, sí, pero alguien, raramente, está a la altura de cualquier imaginación, la alimenta y la sobrepasa.
Y de manera más significativa, rememoro cómo ese deslumbrante mundo, hipnótico y maravilloso, entraba a raudales en las más vulgares de mis habitaciones, en los más cotidianos momentos. Mirando esas ilustraciones revivo cómo su belleza se derramaba sobre mis tardes muertas y edades de hastío, cuando no era capaz de calcular su voltaje estético, el bien que me producían, la riqueza cultural para la posteridad que me aseguraban.


El Trotalibrerías casi se muere de placer, cuando descubre que, no una, sino tres obras clásicas ilustradas por Clarke, han sido reeditadas en gran volumen en España, gracias a los Libros del Zorro Rojo.
La breve obra de Clarke, vidriero e ilustrador de principios del siglo XX, se debe a su breve vida - apenas llegó a los cuarenta años - y la elección de su temática - donde lo sublime y la inmundicia, lo soñado y la pesadilla, parecen encontrarse por necesidad -, se achaca a su estricta vida, a su estricta educación religiosa, a sus estrictos padres.


Los tres títulos reeditados son "Cuentos de imaginación y misterio", de Edgar Allan Poe, "Cuentos de hadas", de Hans Christian Andersen, y "Fausto", de Goethe.
Aunque tiene trabajos en color, fácilmente googleables, la ilustrativa de Harry Clarke vive mejor y más impactante en el blanco y negro.


La senda que deseaba trazar entre el presente y el pasado era cuestión de una simple reedición por una editorial bienintencionada, una plegaria atendida por el que nunca ha dejado de ser el mismo adolescente, con la misma cara de siempre.
Acaso ese es el milagro de los libros. Desaparecen de nuestras vidas durante largo tiempo, y de repente, vuelven. Nos miran desde la balda de una estantería polvorienta o, bien, relucientes, resucitados, en un escaparate.
En el umbral, con el escalofrío que concede recuperar el amor perdido. 

lunes, 4 de noviembre de 2019

Hollywood, Hollywood: Joan Crawford



Joan Crawford era una estrella. 
Lo decía James Stewart: "Joan era todo lo que se esperaba de una estrella, cómo actuaba en la escena, cómo se comportaba en el rodaje". A lo que yo añadiría: cómo vivía desde que se despertaba y cómo se pensaba de ella misma al quedarse dormida.
"Era una profesional, siempre a su hora en plató, siempre con los diálogos aprendidos. Éramos muy diferentes, pero yo la admiraba", dijo su supuesta némesis Bette Davis en un arranque de sinceridad.
Joan Crawford es también la locura por el cine. O de al menos, un tipo de locura. La locura por los actores, por su imagen, por su misterio. El cine como cosmética. 


Pero Joan debía ser más que una receta de glamour para subsistir.
Las verdaderas estrellas no son estatuas de hielo, aunque lo parezcan a primera vista. En el centro de su físico privilegiado, de su iluminada, sobremaquillada faz, persistió cierta vulgaridad, hasta incluso un toque de ineptitud: Joan Crawford no era perfecta, no era culta. Era como su público. 
Joan Crawford es tan maravillosa y ridícula como el cine que se hacía por entonces, un género en sí misma, una saga a su pesar, un cuento moral disuasorio sobre los peligros de la fama y, ante todo, una actriz imponente a cuyas mejores interpretaciones el tiempo no hace sino elogiar.


Aunque gran parte de sus oscuros inicios en la vida se omitieron por los escultores de su imagen, nunca se ocultó que Joan Crawford nació y creció en la pobreza. Era un ingrediente de su atractivo, un guiño a sus potenciales seguidores.
Joan Crawford era Hollywood, sí, pero también era América. La idea de que un día friegas suelos de rodillas y, al siguiente, te abrigas con marta y mitón. Esa idea era poderosa durante la Depresión; Joan Crawford, figura plateada, ascendía escaleras, olvidaba el hambre.  


Como América y todas sus grandes divas, Joan Crawford fue una maestra de la reinvención. La Depresión acabó, también sus veinte años. Y sería lejos de la Metro Goldwyn Mayer donde conseguiría el Oscar y una nueva veta que explotar: la de mujer volcánica, tempestuosa, noir, fatal, valerosa, romántica, pistola en mano. Desde Mildred Pierce a Vienna, la nueva y definitiva Joan Crawford, de gruesas cejas y mirada tensa, se erigiría como una actriz de ambición; esa profesional consumada que nombraba Bette Davis.
De ambición y, según algunos, de pretensión, que siempre la vieron como poco más que la starlet glamourosa, aquella flapper que hizo delirar de emoción a Scott Fitzgerald, ahora haciéndose pasar por una señorona que se creía poseedora de un talento que nunca tuvo. 
Para muchos críticos, Joan Crawford era un artefacto de los estudios, donde nació y de donde no podía salir. Los focos, los decorados; se decía que Joan Crawford no era nada sin una iluminación correcta.
Quizá todo fuese cierto, pero su estilo, tan controlado y, a la vez, tan intenso, resulta curiosamente vigente visto hoy, al menos en comparación con otros intérpretes más aclamados de entonces.
Joan sólo quería seguir en el cine y, en el camino, hasta se desquitó del futuro.


Yo descubrí a Joan Crawford en ¿Qué fue de Baby Jane? y aún considero que es una de sus mejores y más sorprendentes interpretaciones. Bette Davis arma el show, pero Joan es un contrapunto perfecto a la histrión y, como los grandes actores de la pantalla, su mirada lo es todo. 
Robert Aldrich ya la había dirigido magistralmente en otra película, menos conocida, más exquisita: Hojas de otoño.
Si se obvia ese maquillaje de mimo al que era demasiado adicta en los años cincuenta, se encuentra otra impecable muestra de lo buena y conmovedora que podía ser Joan Crawford.


A propósito del maquillaje de mimo y de la ridiculez inherente a toda diva, Joan Crawford no fue indemne a los arrebatos de divismo; diríase que los inventó ella.
En la retina reciente, gracias a Feud, ahí está su irrupción en los Oscar de 1962 recogiendo el premio de Anne Bancroft sólo para alimentar su enemistad con Bette y airear su rencor por no haber sido nominada aquel año.
Pero también se rastrea en sus más desafortunadas películas, como La canción de la antorcha, supuesto retorno por todo lo alto a la Metro Goldwyn Mayer, muestrario de lo absolutamente horrible que podía ser el cine de estudio cuando no tenía mayor guía que sus fórmulas.
El rídiculo Crawford también puede detectarse hasta en las fotos promocionales de la por otro lado maravillosa Johnny Guitar
Joan hacía lo imposible por seguir en la pantalla. Quizá era cierto que no podía vivir fuera de ella.
"Hay actores que hacen todo por salir en las películas. Joan Crawford hasta hubiese interpretado al mono", escribió Pauline Kael sobre Trog, película de terror donde la Crawford, como una improbable científica animal, desarrollaba instintos maternales hacia un simio. Fue su última aparición cinematográfica.
Sólo una vejez que no podía ocultar hizo que Joan Crawford abandonara la escena pública. 


Su vida privada, con romances inevitables con sus compañeros de escena, breves matrimonios y un largo período de soledad marcado por el alcoholismo, epidemia que azotó a todos los mejores de Tinseltown, vivió en las notas de prensa, nunca tomadas en serio por casi nadie. Las columnistas de entonces creaban y derribaban mitos, pero los periódicos volaban en el olvido y las estrellas seguían siendo estrellas. 
Tras la muerte de Joan Crawford, llegó la novedad. Quien podía derribar a un mito era su propia familia.
Queridísima mamá ha sido publicada por primera vez en España, y este trotalibrerías estuvo a punto de comprarla la semana pasada. Pero echándole un ojo a la biografía presunta de Joan según su hija Christina, no he intuido más que un libro sucio, sin ningún mérito artístico ni ulterior intención más que la venganza - probablemente merecida - y la destrucción calculada de una reputación. 


Para quien no conozca el contenido, Christina Crawford relata en ese libro su infancia, marcada por los malos tratos y la dura disciplina de su madre, retratada como un bicho devorador, egocéntrico y enfermo. 
Se publicó pocos años después de la muerte de Joan Crawford, armó un gran revuelo y fue pionero en la desmitificación de los actores y actrices del viejo Hollywood.
Después de la publicación de la novela y de su adaptación cinematográfica - una cosa loca, protagonizada por una memorable Faye Dunaway -, Joan Crawford conoció un nuevo grado de notoriedad, post-mortem y, esta vez, con fragua infamante: se convirtió en el sinónimo de una mala madre. 
Como esto sucedió en plena posmodernidad, tanto la biografía de Christina como dicho título de mala madre, se hicieron más chiste que otra cosa.


Las cosas negativas que pueden atribuirse a Crawford, la testarudez de sus últimos tiempos, su monstruosidad doméstica, sin duda alentada por esa droga terrible que es la fama, especialmente cuando se proporciona a quien nació y creció sin nada, quedan empequeñecidas por el brillo de sus logros. Joan Crawford todavía impresiona, aún captura la atención.
Y su exultante belleza, acariciada por esos ojos tiernos a un tiempo, virulentos al siguiente, expresivos siempre, no se marchita. Joan Crawford sigue enamorando, Joan Crawford continúa siendo el cine.  


Mi relación particular con ella ha conocido momentos de locura y veneración; aunque trato de contenerme con la mitomanía, relativizarla, sosegarla y apreciar las cosas en su justo punto, confieso que, de vez en cuando, me entra un escalofrío, un reconcome en todo mi cuerpo y espíritu, y me pregunto qué me pasa, qué siento, qué sufro. Y la respuesta es: "ay, Dios, estas ganas locas de ver una película de Joan Crawford, tan noir, tan romántica, tan pistola en mano". 
Como la radio, las estrellas nunca mueren, nos quedan sus películas, el verdadero regalo que sus privilegiadas luces dejaron atrás.

sábado, 2 de noviembre de 2019

El Trotalibrerías: El lector recobrado


Todos me preguntan: ¿por qué no escribes un libro? O, mejor, ¿cuándo lo vas a escribir? Una nueva seguidora y amiga me dijo hace una semana: 

- Creo que tienes un don. 

No es la primera. Mi padre me lo ha dicho siempre.
Lo he intentado, créeme. Quizá me faltó el ímpetu, la seguridad, la perseverancia para pasar de los dos primeros episodios, pero también necesitaba algo fundamental. Volver a ser lector, leer más. 
No podía seguir, porque me faltaba la carne necesaria que hace de un escribiente un novelista. Lo que escribía carecía de músculo, de vísceras, de columna vertebral. Una novela es un cuerpo humano y yo sólo tenía unos pobres litros de sangre. 
Necesitaba leer más. Descubrir a los grandes autores, estudiarlos y, por un proceso de imitación inconsciente, discurrir todas las palabras necesarias para hacer lo que estoy destinado. Es un pecado faltar a ese don que dicen que poseo. Y yo peco todos los días.
Siempre he leído. Aprendí muy rápido. En una foto de infancia, se me ve sentado en el regazo de mi padre, con los pañales puestos por única vestimenta, manejando el libro que él leía. 
Cualquier interés por la cultura que haya tenido en mi vida nació entre su biblioteca repleta, sus siestas con un libro abierto y sus domingos por la mañana con Mozart y Beethoven.
Aprendí a leer con cuatro años. Las primeras palabras que leí fueron “Transcurrieron cien años”. 
Era el cuento de La Bella Durmiente. No podía estar un minuto más sin leer. Amaba los libros, los cuentos. 
Desde niño, ya vivía la necesidad de evasión, la urgencia por otro mundo, más hermoso que este. Leía también a Alicia, a El Mago de Oz. 


“Mi nieto ya sabe leer”, decía mi abuela orgullosa a todos los dependientes de las tiendas en las que entrábamos de paseo. Yo leía todos los letreros. Jo-ye-ría, fe-rre-te-ría. Ella celebraba que alguien querido supiera leer, porque venía de una época donde la alfabetización era un milagro. Ella también leía, aunque susurrando las palabras, mojando el dedo para pasar la hoja y creyéndose todo lo que estaba escrito.
Supe pronto que el lector se distingue de los demás, porque la gente prefiere vivir la realidad a estar concentrado en la lectura. 
Es un hábito que cuesta adquirir, requiere interés, vive a millas de la inmediatez. No juzgo a quien me miraba como raro por preferir la lectura desde niño. Quizá me juzgo más a mí mismo por esconderme, por no mostrarme orgulloso de lo que hacía, por no saber afrontar la envidia. 
Pero era un niño entonces. Todavía no sé muy bien cómo hacer frente a la opinión ajena, sobre todo cuando no es solicitada.


A los trece años leí Cien años de soledad, pero a los catorce apenas leía. La adolescencia, ay, qué malvada. Échale la culpa a mi pereza, también. Un hábito que se pierde, tan difícil de recuperar. 
Y, sobre todo, el cine. Cuando me hice cinéfilo, se acabó. Ya lo leíste: una obsesión que arrolló con todo, lo bueno y lo malo. Las imágenes elocuentes acabaron con las palabras del papel. “Hace tiempo que no leo”, pensaba, iluminada mi cara por la acariciante pantalla.


En los años de mi vida adulta, intenté muchas veces recuperar el hábito de la lectura, aplazado frente a los apetitos culturales más instántaneos que propician las películas y las series de televisión. Cuando volvía la urgencia por escribir algo, aquello me salía un best-seller, lleno de clichés, de sentimentalismo esperado. Y yo quiero ser bueno en lo que escribo. Si no, no escribiré nada. 
Cada cierto tiempo, intentaba fijar una hora al día para leer, pero siempre fracasaba. Debía ser por la elección de las novelas. No se puede empezar por La Regenta, no. Hay años en que sólo leí dos o tres novelas, y mayor es el número de las que no podía terminar, incluso aunque me gustaran. 
En 2017 encontré la solución: para recuperar el hábito de la lectura, hay que estar todo el puto día leyendo. El libro va primero, luego lo demás. El libro en el transporte público, el libro en la cama, el libro en el váter, el libro cuando no sabes qué hacer, el libro siempre a la vista. Y, de manera más radical, el libro antes de la película y muchísimo antes de la serie de televisión. 


Empecé con libros de autores homosexuales y fue una buena idea, porque está bien que la copla suene al ritmo vital, te diga algo que pensabas que nadie compartía y ¡a seguir cantando!.
Mi amigo Pablo Aros también ha sido un buen flautista al marcar la melodía precisa. Por aquí, por aquí, me decía, y él, que no ha parado de leer nunca, siempre me lleva a un buen libro, a un buen autor. 
En una de las sendas que le seguí, me topé con José Donoso, el gran escritor chileno. 
Donoso, que era mucho de lamentarse, decía que nadie leería sus novelas en cuestión de una década; al menos en España, es lamentablemente cierto. Descatalogación casi total de uno de los nombres del llamado boom latinoamericano. 
Entre 2017 y 2018, leí cinco o seis novelas de Donoso; la mejor, sin duda, es El obsceno pájaro de la noche, una obra de arte fascinante, que, curiosamente, tiene puntos en contacto con la película de la que nació mi cinefilia; como en ¿Qué fue de Baby Jane?, la vejez femenina es la estrella.
Pero la novela de la que quiero hablar a colación del nacimiento del Trotalibrerías es otra y no está escrita por José Donoso, sino por su hija adoptiva, Pilar. 


Se llama Correr el tupido velo, desgarradora biografía de una figura literaria, de un padre escritor. El libro recibió el aplauso de la crítica, pero también propició tal estrés a la familia, que Pilar acabó suicidándose tiempo después la publicación, culminando la historia de los Donoso con la más trágica de las notas.
Entre el ajuste de cuentas a lo Crawford y la admiración, en el texto de Pilar Donoso, aparece el escritor en sus horribles complejos, su inadecuación física, su reprimida homosexualidad, atrapada en un matrimonio infeliz, y todas las vivencias y desventuras de una profesión que no conoce rumbo ni horario. Además de la sonoridad emocional de “Correr el tupido velo”, que termina con una frase que hace llorar al más recio, amé el libro por la descripción de la rutina del escritor, las transcripciones de sus diarios personales y de sus notas, donde se destapa cómo componía sus historias, a través de ideas deslavazadas. Algunas se enlazaban con otras y creaban novelas maravillosas, otras quedaban ahogadas en el tintero.


La obra también relata la faceta de Donoso como profesor de otros escritores, a los que recibía en su casa con afán didáctico e inevitable divismo. Objeto de mofa de Roberto Bolaño, que los llamaba "los donositos”, estos alevines acudían al calor del maestro, que, en plena lección, podía quedarse mirando a uno de ellos y decirle:

-  ¿Y usted? ¿Qué hace? ¿Qué escribe?

Pero también les preguntaba qué leían. Y ellos respondían que devoraban la novelística hispanoamericana reconocida, la que constituyó el boom de los sesenta, de la que ellos se sentían directos herederos.
Donoso se desesperaba ante esa respuesta y les hablaba de los grandes autores, que él leía en su adolescencia y releía ahora a la menor oportunidad.  ¿No conocían a Stendhal, a Dostoievski, a Tolstoi, a Proust, a Balzac? ¿Les resultaban remotos? ¿Pretenden ustedes ser escritores sin conocerlos?
En ese momento de la lectura, José Donoso pareció dirigirse a mí, como si yo estuviera en su casa, como si fuera uno de sus acólitos. Josito, otro donosito. 

- Y usted, caballero, ¿qué hace? ¿Qué lee?

Mi acomplejamiento cultural fue tal, que me sentí pequeñito, como Alicia tras morder el hongo equivocado. Sé tan poco, pensé, he perdido tanto el tiempo. Además de juzgarme con tal severidad, decidí pasar a la acción en lugar de quedarme en un rincón lamentando la suerte de mis decisiones pasadas.
Así, llené mi mesilla de grandes obras. Eugenie Grandet, Rojo y negro, Guerra y paz, Los miserables, Don Quijote. Y Crimen y castigo
Crimen y castigo siempre me dio apariencia de tostón venerable, para el que hacía falta un castillo apartado y ninguna distracción, pero bastó un episodio para dejarme con la boca abierta, sólo cinco días para terminarla y el futuro jurado para descubrir más libros del tormentoso, macabramente divertido Dostoievski. 


Crimen y castigo es una obra de la que se han dicho y se deben decir muchas cosas, pero, con mis ojos cinéfilos, la considero también el thriller esencial, el cine antes de que se inventara. 
Descubriendo libros como Los miserables o Guerra y paz, he detectado los cimientos de la espectacularidad y la emotividad de las películas; he visto que se cumple la máxima de Godard: el cine es un invento del siglo XX, pero absolutamente decimonónico.

- Y usted, caballero, ¿qué hace? ¿Qué lee?

Descubrí que las grandes obras no son algo exclusivo de los más atildados y grises intelectuales; son una herencia rica y asequible, al alcance de todos, diseñada para deleitar y hacer pensar, para cambiar el mundo, para hacernos más felices y más inquietos, si tal contradicción es posible. Supe por fin lo que sospechaba, eso que intuía cuando veía a mi padre leer tanto: que en la novela estaba, irónicamente, la verdad.
Así nació El Trotalibrerías. 


Ahora contemplo los escaparates de los librerías como si fueran suculentas pastelerías y los únicos y verdaderos esfuerzos que debo hacer por no gastarme todo mi dinero suceden dentro de ellas. Holly Golightly superaba las depresiones en Tiffany’s, yo culmino la semana de trabajo con la felicidad de visitar una librería y llevarme algún librito, que, total, tampoco cuesta tanto.
Ahora, tras mucha disciplina, he conseguido que la lectura sea un placer del que nunca esconderme, del que siempre enorgullecerme. Supero los ochenta libros leídos al año y no dejo de lamentarme por el tiempo perdido. Pero también soy justo conmigo mismo, confío en el tiempo recobrado y digo aquello de que nunca se sabe lo suficiente. Es el fundamento de la inquietud intelectual: sentirse chiquito como Alicia, pero mirar hacia arriba con la voluntad de crecer. 
Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Balzac. Y también Maupassant, Zola, Chéjov, Poe, Pushkin, Thackeray, Turguenev. Ay, Turguenev.
Y sí, me olvido de uno. Proust. Aún no he leído a Proust.

- Marcel Proust no es fácil, señor Donoso, no tengo tiempo. – digo, mientras lo veo con la ceja levantada, cual si yo fuera no más que un obsceno pájaro de la noche que lo estuviera molestando.

"Transcurrieron cien años", eran las primeras palabras que leí. Joyería, ferretería, alegría que el nieto ya sabe leer.
Y las que leí anoche fueron estas, también de un bello durmiente.  “Durante mucho tiempo, me acosté temprano…” 
Así empieza “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust. La lista que me encargó Donoso se completa. 


"En busca del tiempo perdido". Acaso la cultura, la que devoramos y la que creamos, no sea más que nuestro patético y hermoso esfuerzo por preservar la memoria, la nuestra y la del mundo sobre el que trotamos. 
Quizá leyendo, quizá creando, invocando los espíritus grabados en los adorados tótems, el tiempo perdido sea de verdad el tiempo recobrado.
Pero, ay, Donoso no está conforme. Porque la pregunta con la que empieza este escrito no ha sido contestada.


- ¿Y usted, caballero? ¿Qué hace? ¿QUÉ DEMONIOS ESCRIBE?

jueves, 31 de octubre de 2019

Maromialmente hablando: Franco Nero


En la secuencia clave de una de las películas que más amo en el mundo, un Franco Nero de veintiséis años, guapo hasta decir muerte, devuelve la vida a un caballero caído en justa. La película es, por supuesto, "Camelot" y el bello Nero interpretaba a Lancelot.
Esa emocionante escena de resurrección, a incluir en puesto preponderante en cualquier lista de emocionantes escenas de resurrección, hace llorar a la reina Ginebra, que, en ese instante, se enamora de Lancelot. Yo también me enamoré de él la primera vez que vi "Camelot".
Los ojos de Nero brillan en azul. Y lo que ocurría en pantalla, ocurría entre bambalinas. Ginebra estaba interpretada por Vanessa Redgrave, que también suspiraba por aquel italiano. Quiero un hijo tuyo, pensó la exquisita inglesa de aquel macho italiano. Y así fue.


¿Quién no se enamoraba de este hombre con todas las letras? Pues aparentemente el público norteamericano, no demasiado en 1967. La culpa no la tuvo el pobre Franco. Se dijo que no era muy fluido en inglés, aunque quizá las decepciones comerciales de "La Biblia", de John Huston, donde incorporó a Abel, y la citada "Camelot" fueron más decisivas en que Hollywood se le resistiera entonces.


Pero Franco Nero, un actor laborioso, tenaz, modesto, dígase sólido, no ha podido quejarse de trabajo. Su filmografía se compone de más de doscientas películas producidas en medio mundo. Macho de coproducciones, inevitable en miniseries, euroseñor de distintos géneros, Franco ha navegado desde el hipercalórico spaghetti western hasta la atildada reconstrucción  histórica.


Grita "vamos a matar, compañeros" o se viste con las más hilarantes túnicas, sin complejos, con convicción; Franco Nero es un actor de culto porque ha protagonizado muchas películas malas, porque ha interpretado a Jesucristo, a varios reyes, a Gianni Versace, a policías, a mafiosos, a Rodolfo Valentino.
Fassbinder, Buñuel, Chabrol, Tarantino. Franco Nero está en "Querelle" y en "Tristana". Fue una vez un Django seductor de necesidad, tumba a cuesta y saldos pendientes. 


El cinéfago Quentin lo recuperó décadas después y renombró su siguiente película con ese personaje; a Franco le dio un cameo como entrenador de mandingos en "Django Desencadenado".


A Franco Nero se le ve de villano en una entrega de "La jungla de cristal", aparece hasta en un episodio de "Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales" y échale un ojo al Imdb: no para, no parará.
Sigue guardando un atractivo incontestable, pero, ay, aquel Franco Nero joven, con ese vello en pecho, con bigote o sin bigote, coronado por una buena mata de pelo o unas entradas como pistas de aterrizaje.


Y esos ojos azules. Pero qué ojos, qué mirada. Es tan viril y, a la vez, tan calmado. No es el clásico chulo italiano, pero es tan sexy como el más guapo de sus compatriotas, Es humilde en su absoluta maromez, es un rotundo favorito. Será por la excitación de tenerlo en mis blogueras manos por fin, pero si tengo un tipo de hombre, ese es Franco Nero. 


Tantos Franco Neros imprescindibles.
El Franco Nero de "Yo la conocía bien", un pequeño papel donde interpretaba a uno de los machos que se encama con una dolcevitesca Stefania Sandrelli.
El Nero de "El día de la lechuza", con Claudia Cardinale. Franco es a los hombres lo que la Cardinale a las mujeres. Demasiado, demasiado.
El Nero de los delirantes westerns de Sergio Corbucci; bigotudo, divertido, irreverente, pura acción.
El Nero de "La virgen y el gitano", adaptación algo olvidada del libro de D. H. Lawrence, donde un especialmente hirsuto Franco nos obligaba a reimaginar nuestro desfloramiento ideal.


Y el Franco de Vanessa. Franco Nero, a pesar de que ha vivido mucho y a muchas, siempre vuelve a Vanessa. Se conocieron en "Camelot" y la pasión les dio un hijo. La relación terminaría, pero nunca dejaron de verse y de encontrarse. 
Franco fue el padrino de la boda de la hija mayor de Vanessa, Natasha Richardson, cuando se casó con Liam Neeson. Franco Nero también fue apoyo de la familia cuando Natasha murió trágicamente.


En 2006, decía que cuarenta años no es nada y se casó por fin con su amada Vanessa.
Verlos cantando "If I Ever Would Leave You" en ese musical esplendoroso que los unió es tradición anual de quien esto escribe, pero, como pareja senecta, son más entrañables aún que en "Camelot". Ella no teme parecer una vieja, mientras él, tan italiano, se tiñe y hace el debido esfuerzo por apurar la calva con los cuatro pelos que le quedan. 


Recuperar sus películas es clamar por la infravaloración, tanto en su ductilidad artística como en su avasallante belleza.
Sirva este escrito como homenaje debido. Guapo hasta decir muerte.