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miércoles, 14 de julio de 2021

El Trotalibrerías: El artista y el seguidor


En mi pila de libros pendientes, figuraba desde hace años Linterna mágica, la autobiografía de Ingmar Bergman, obra considerada indispensable para conocer al torturado genio, y allá que fui a conocerlo de la manera íntima y personal que prometen las memorias. En mi último trote hacia las librerías, Linterna mágica aparece en el recibo de compra y, cuando llegó la noche, ocupaba sitio en mi mesilla.
Lo lancé a un lado con fastidio tras leer unas cincuenta o sesenta páginas. ¿Es un mal libro? Ni por asomo. De hecho, mi sentido del deber, profundo, enquistado cual disciplina militar, me dice que lo retomaré más temprano que tarde. Pero es la pura esencia de la biografía lo que me propiciaba el fastidio. Lo mismo que dije a propósito de Tennessee Williams: yo buscaba a Dios, una clara imagen Suya, y me encontré a un hombre. 


Yo, que tiendo a imaginarme a los genios – y Bergman es uno de los más grandes del cine y uno de los cuatro o cinco verdaderos revolucionarios del séptimo arte – como seres clarividentes, me topo ahora con la verdad que se encuentran todos los seguidores cara a cara con los artistas. 
Me tropiezo con la evidencia de que Bergman no está por encima de sí mismo, ni del mundo que crea, ni sabe más de la vida que nadie, sino que tiene el talento y la audacia de contarse, desnudarse. Como en el caso de Williams, Bergman es uno de sus personajes, es todos sus personajes.  
Su biografía, como todas, es una mirada a las bambalinas, fantástica para el chisme, pero chafa el misterio. Fui a ver al Mago de Oz con toda la ilusión y me encontré con un hombrecillo detrás de la cortina, al manejo experto de luces y efectos.
De lo que hablo es lo que reside en la mitomanía y en la adoración exacerbada de aquello que amamos. De lo que hablo es de no creer en Dios, pero creer en todos los dioses. De lo que hablo es de nuestra sociedad, admirada de la excelencia artística, devota del cotilleo, periodística de pro. Nuestra visión de las películas o nuestra lectura de los libros está mediatizada hasta la máxima potencia y que yo lance Linterna mágica por los aires es un acto de desesperación para que nada me chafe Fresas salvajes o El séptimo sello, porque ya me lo chafan todo.
Pensaba que para conocer la vida de Bergman, está Fanny y Alexander – de hecho, muchos de los pasajes que cuenta de su infancia están trasladados tal cual a su última obra cinematográfica – y pensé en aquello que decía García Márquez en su propia autobiografía que termina en el momento en que publicó su primera novela: que lo demás lo cuente la obra.
Escribí a este respecto en otro post de La Radio Inmortal sobre mi interés por la vida privada de los escritores, y no sólo por ganas de chisme, sino por un proceso de comparación, también esencial en la mitomanía: ¿se parece la vida del genio a la mía? Y, si es así, ¿soy o podré ser un genio? (Dios me libre).


También escribí, a propósito de los atestados armarios de Hollywood, que ya no me interesa la vida privada de las estrellas, quizá por esa urgencia de que la bambalina no entorpezca lo que sucede en el escenario, de que vea la película y no llegue al pensamiento la impertinente verdad de que Errol Flynn estaba lejos de ser ese héroe. 
La paradoja es que si no se escribe sobre la vida privada de las estrellas, no se escribe sobre ellas, porque sus vidas privadas, como estrellas que son, no sólo forman parte del espectáculo, sino que, bien lo sabemos, suelen ser sus mejores películas. Valga el ejemplo de uno de los próximos posts que preparo para la sección Hollywood, Hollywood: podré decir muchas cosas del talento de Glenn Ford, pero algo tendré que decir sobre su matrimonio con Eleanor Powell y cómo acabó tras la astronómica cantidad de infidelidades de Glenn.
Si no lo cuento, será como no contar nada. Será como aburrir hasta las moscas.


Me hallo en una encrucijada. Endiosarlos es un error, porque no son dioses. Buscar sus pecadillos es tarea de vecinas ociosas y periodistas envidiosos. Apurar significados, establecer símbolos donde nos lo hay, proponer tesis máximas, todo ideal para aprobar un examen de Literatura o Historia del Arte.
Pero ignorar su biografía, olvidar la crítica, dejar el disfrute artístico en una simple contemplación, sin opiniones, sin necesidad de indagar en el detrás, es un ejercicio de depuración tan extremo que sería como una huelga de hambre. ¿Cómo ver Ciudadano Kane sin pensar en Orson Welles? ¿O cómo leer una novela de William Faulkner sin querer saber todo, todo, todo sobre él? Es inevitable enamorarse, fantasear, aunque lo que haya detrás de la cortina sea, a veces, espantoso o sencillamente decepcionante.
Cuentan que el mismo Orson Welles se negó a conocer en persona a Isak Dinesen por lo mucho que la admiraba; la idolatraba tanto que no quería esa decepción de la que hablo. 
Sería algo parecido a lo que me sucedió hace una semana, cuando el escritor de origen marroquí, Abdelá Taia, estuvo en Madrid firmando libros. Mi primer impulso fue acudir a que me rubricara una de sus tristísimas, hermosas novelas, pero dejé que sean éstas las que digan lo que tengan que decir de él. ¿Para qué acercarme más? ¿Para qué valen los autógrafos?


Es acaso una burbuja lo que pretendo. Es acaso otra forma de mitomanía, la más antigua. La que promovía Hollywood cuando sus estrellas eran intocables, inalcanzables, dioses de verdad, hasta que la prensa, imparable, y el público, decidido a desmontar un palacio de cristal en el que ya no creía, comenzaron a arrancar a jirones el vestido de la Cenicienta. 
A pesar de todo, el fenómeno fan no se detuvo, sino que se aceleró a la máxima potencia y pareciera que la curiosidad por la bambalina siempre haya vivido en esa veneración a los artistas. Lo amo, pero quiero saberlo todo, hasta lo necesario para destruirlo.
Debe ser mi necesidad de salir pitando de memorias y biografías un gesto de reacción ante una época que desvela monstruos detrás de obras maestras, que nos cuenta que hombres y mujeres que han creado cosas hermosas son también capaces de lo peor. Es un grado de confusión, es un maelstrom que me deja exhausto, desorientado. No entiendo, por ejemplo, a Mario Vargas Llosa, que se comporta como si fuese uno de los malvados de sus novelas. 
No entiendo el desfase entre genio y gilipollas, pero sólo un vistazo superficial al presente y pasado de artistas evidencia que es habitual.


Hay novelas que tratan de esa tensa relación entre el artista y su díscipulo; lo que éste descubre y padece cuando convive con su maestro. Puede descubrir que apoyó a los nazis, que maltrata a su mujer o que se bebe hasta el agua de los floreros, pero también algo tan esencial y escalofriante como una enorme inseguridad o el hecho de que el declarado genio se ha agotado, no da más de sí. Las obras maestras también pueden ser fruto de las circunstancias, más que de talentos ultrarresistentes.
Justo cuando lanzaba Linterna mágica por los aires, Javier Marías publicó un artículo en El País a propósito del furor actual por publicar las memorias, correspondencias y entrevistas de los escritores. Marías, fabulador ante todo, enemigo declarado de la autoficción y del yoísmo literario, dice también algo muy interesante: los escritores, de por sí, son unos grandes mentirosos y lo que digan o escriban en diarios o entrevistas puede distar muchísimo de esa verdad que busca nuestra cultura periodístico-chismosa. De hecho, es habitual encontrar contradicciones en las declaraciones públicas de los novelistas. Y cita, como ejemplo, a William Faulkner.


La casualidad sigue en el mismo aire al que yo lanzaba Linterna mágica, porque, además de lanzarlo para salvaguardar la imagen que tenía del prohombre Bergman, lo hacía para sustituirlo con velocidad por una novela de William Faulkner, el escritor al que me he atrevido por fin este año, y con el que desarrollo ahora mismo, toma ironía, dale paradoja, vuelta al calcetín, lo que he estado poniendo en solfa en este post. 
Es Dios, quiero ir a su encuentro, lo amo, sólo quiero leer sus novelas, sus cuentos, sus listas de la compra. Me parece hasta guapísimo con ese bigote – he pensado en traerlo a Maromialmente hablando; si ha estado Nikola Tesla, ¿por qué no el caballero sureño? - y hacia Youtube que me fui para buscar alguna entrevista. Y ahí estaba otra vez la verdad: Faulkner habla como un personaje suyo, era un personaje suyo, quizá. Pero algo de misterioso había en él, me digo para preservarlo. Ese misterio, que quizá no responda a ningún secreto, pero es el mismo que mantiene el hilo entre el artista y el seguidor, no tan fácil de romper, como no es fácil de romper cualquier obsesión.
Faulkner, quizá por pudor, tal vez por inteligencia, dice a su entrevistador antes de comenzar lo que diría cualquier hombrecillo detrás de la cortina: “no veo qué tiene que ver mi vida privada, mi casa, mi familia con mi escritura y con el Premio Nobel”. 


De manera evidente, siempre existe una relación directa entre vida y obra, del modo en que los escritores son sus personajes y ofrecen una visión personal del mundo; una relación directa que no siempre es agradable o responde a lo que esperamos de alguien que amamos.
Que sea importante o decisivo conocer esa bambalina para completar el disfrute artístico es una pregunta que, después de todo lo que he escrito, soy incapaz de contestar.

lunes, 4 de mayo de 2020

El Trotalibrerías: La vida privada de los escritores


Sentado en un bar gay, hará una década, contemplaba al muchacho de mis deseos, el mismo que no paraba de reírse y comportarse como un imbécil. Nos habíamos acostado varias veces, pero aquella noche bien sabía que no estaba tan interesado por mí como yo pretendía.
Él no era bueno ni considerado, mejor lo olvidaba. Ahí estaba yo, sentado, mirándolo. Mirando cómo él sabía que lo miraba. 
Revoloteaba el muchacho de maromo en maromo. A veces, se sentaba a mi lado y me decía que eran amigos, que no me preocupara, que volveríamos a mi casa juntos. 
Yo intentaba mirar hacia otro lugar, buscar a otro muchacho en aquella pecera llena de peces.
A mi lado, había un caballero de cincuenta y tantos, bebido de una noche y de muchas, de esa gente que parece llevar una borrachera eterna a cuestas. La barba descuidada, los ojos a vidrio rojo, la expresión torcida que otorgan la risa boba y la somnolencia. El muchacho de mis deseos me susurró: “Te interesa hablar con él. Es escritor.”
Me lo presentó. Su nombre no me sonaba de nada. Tenía un apellido rancio que indicaba que escribía cosas rancias con toda probabilidad. Su apellido parecía el de un guionista de películas históricas del franquismo o el de un sacerdote que redacta novelas moralistas por no dedicarse a la labranza. 
Supuse que el muchacho de mis deseos quería darse importancia con esas fecundas relaciones que procuraba.
El cincuentón le susurró algo al oído. El muchacho estalló en una carcajada. Falsa, como todo él. Estridente, como nunca. Debió pensar: “Tengo que reaccionar como si este viejo borracho me hubiese contado lo más gracioso del mundo”. 
El escritor le acompañaba en la risa con lo que había contado al muchacho de mis deseos, que,  obvio, también era muchacho de los suyos.
La carcajada llamó la atención y vergüenza ajena de todo el mundo. Uno dijo: “pero qué le pasa a la tonta esa”.
El escritor borrachuzo de apellido rancio no escribía en ese momento, pero empleó su talento para contar una historia que, por seguro, era muy graciosa. Es esa acaso la vida privada de los escritores, me pregunto. 


Él, como yo, miraba a ese muchacho con el mismo deseo de tenerlo en la cama y con el mismo desconsuelo de que no fuera tan bello por dentro como lo era por fuera. Ese escritor de apellido rancio quizá era conocido y respetado en algún círculo que se me escapa. Quizá no lo conozca nadie. Quizá no sea nunca nombrado. Quizá, como la mayoría de los artistas, su obra se descubra a su muerte. Y, con su obra, también su vida privada. Quizá se casó con ese muchacho; es decir, lo compró y comenzó el sufrimiento. Quizá ya no esté vivo. 
Quizá yo era el borracho, al muchacho de mis deseos lo cambié por otro y esta historia la soñé.
¿Qué escribir hoy sobre la vida privada de los escritores?  
“Toda escritura es una marranada. Las personas que salen de la nada intentando precisar cualquier cosa que pasa por su cabeza son unos cerdos. Todos los escritores son unos cerdos. Especialmente los de ahora.”, dijo el provocador Antonin Artaud, cita que abre Una novelita lumpen, de Roberto Bolaño. 
Bolaño será uno de los héroes de este artículo, precisamente, por su vida privada y por su opinión sobre sus compañeros de oficio que, adelantamos, no es muy distinta de la de Artaud.
La vida privada de los escritores es la vida pública de los libros. ¿Quién se esconde detrás de los textos? Es preciso saber si, quien escribe algo tan superior, es una persona superior, si sufrió para escribirlo o si fue desgraciado tras publicarlo.
¿Es este escritor que me habla mi amigo? Como sucede con las estrellas del cine o los astros de la música, saber que es una mala pieza induce a la misma fase de negación que se produce tras descubrir los inconfesables pecados de nuestros padres.
En el caso de los escritores, el malditismo y la oscuridad están asegurados. Borrachos tantísimos, sombríos y poco aseados los de más allá. Locos, todos los genios. Con ganas de sacar dinero, desde los más sinvergüenzas hasta los más esplendorosos.
Tan atractiva y tan remota, la persona detrás de los escritores interesa. Sus obras pueden ser peores, pensamos, pero siempre serán mejores que ellos mismos. O son sus novelas algo así como sus hijos, sus vástagos, esquejes arrancados del tallo, espejos, engendros. 
Si nos ponemos fríos, esas obras son sólo el trabajo de unas manos expertas, la suma de circunstancias, la desembocadura de un talento que se fraguó en horas y horas de pluma o máquina de escribir.


Concluía García Márquez sus memorias con el momento de la publicación de su primera novela y emplazaba a que su carrera hablase por el resto de su vida. Que lo que falte por contar lo cuenten mis libros. 
Así, podemos descifrar la vida privada de los escritores en sus escritos. Del profesor que se enamoró Charlotte Brontë, de las mil desgracias de Dostoievski, de la homosexualidad callada de tantos, del final feliz que nunca tuvo Jane Austen. 
Deberemos leer entre líneas, respirarlas. Hay quien lo hace y lo estudia. Comparar la autobiografía con la obra. Las similitudes son evidentes. Hasta el peor escritor se desnuda, de un modo u otro. 
Pero, ay, cosa fatal. Si son buenos, estaremos demasiado entretenidos en la historia. Si son estilosos, nos recrearemos con el lenguaje. Si nos conmovemos hasta la lágrima, incluiremos el libro en nuestra lista de favoritos. Si el escritor es un genio, diremos “qué genio”. El prólogo introductorio será olvidado.
La vida privada interesa al chisme. Cuando los escritores son entrevistados, se buscan rencillas, peleas, controversias como las que podría mantener cualquier famoso. 
Roberto Bolaño era el súmum de las cosas que se atribuyen a los novelistas. Enumeremos: era un escritor de aspecto desaliñado, su vida privada se ha revelado complicada, tuvo que trabajar en diferentes oficios para sobrevivir y murió sin las alabanzas que ahora recibe su obra, vendida y reeditada con salud en medio mundo.


Bolaño también era crítico y hasta cruel con sus compañeros de profesión, con la pistola siempre cargada apuntada a sus más exitosos compatriotas, como Isabel Allende o Antonio Skármeta. Dicen que, en sus seminarios, arremetía contra todo Cristo y, en general, detestaba a los escritores, no sabemos si por lucidez, envidia o afán de superioridad.
El escritor genial parece indisociable del insufrible, del pedante, del gilipollas, o al menos, es el que caza la televisión con mayor gusto. 
Norman Mailer, con una destilería entera de whisky encima, a la gresca con Gore Vidal y mencionando como si tal caso que había apuñalado a su mujer años atrás, es un clásico de Catodia. 
En España lo sabemos con aquellos airados Cela o Umbral, que querían hablar sólo de sus libros, emblemas de la casi desaparecida figura del señor don escritor de aspecto antiguo y opinión intransferible. 
Las polvaredas que levantan hombres como Javier Marías, Pérez-Reverte o Juan Manuel de Prada con sus tuits y artículos de opinión pueden indicarnos que el escritor todavía solivianta, arma escándalo e incluso lastima su propia reputación.
La imagen pública, comprometida por la verdadera personalidad de los escritores, podrá esconderse entre líneas, pero nunca bajo el foco de los medios de comunicación.


Como los grandes músicos, los escritores parecen abonados a un generoso grado de sufrimiento. De manera romántica, diremos que su desafío a Dios se paga caro. Sean desgracias sobrevenidas o frutos de sus neurosis, recorrer la autobiografía de tantos excelsos llama de nuevo al comentario chismoso: lo que fue y lo que tuvo que padecer.
La vida privada de los escritores interesa a la envidia. Fue exitoso, pero un cabrón. Se murió sin saber que haría ricos a sus herederos. La fama le sentó mal.  Era feo, desgraciado con las mujeres o tímido con los hombres. Desafortunado aquel que escribe y triunfa.
¿Quién escribe y triunfa? De los que triunfaron en su día, pocos se leen hoy. De los que triunfan hoy, ninguno se leerá mañana. 
Alexandre Dumas es una excepción entre una regla inmensa. Y, de manera trágica, tantos buenos y ni la posteridad les asegura un espacio en las librerías.
¿De qué viven los escritores? En un interesante ensayo de Daria Galatea, Trabajos forzados, se narran los oficios alternativos de los escritores. 
Los que desempeñaron antes de consagrarse, como los rudos, marineros y aventureros trabajos de Jack London. Los que desempeñaron después y resultaron más solventes económicamente, como Colette y su línea de productos de belleza. 
O los que volvieron a sentarse en sus oficinas, como Italo Calvino, espantados por el pavoroso compromiso que implica contarse y contarlo todo en una página en blanco. 


La escritura, nos dice la Historia, es un accidente, una excentricidad, un relámpago en una larga noche llena de otras preocupaciones.
La vida privada de los escritores interesa a los que escriben. Quiero ser como él, quiero saber cómo fue, piensa el alevín mientras rastrea en la biografía del adorado. ¿Escribió tarde o escribió pronto? ¿Dejó de escribir en algún momento? ¿Fue malo en lo suyo alguna vez? ¿Se parece mi vida privada a la vida privada de un escritor?
Y la gran pregunta: ¿Cómo fue capaz de vivir también?


La vida privada de los escritores interesa a la vida. Si el escritor sufre, está ocupado o enfermo, si su familia lo interrumpe, la vida no se escribe, el tiempo no se testimonia. 
El polvo cubre, no existe el eco, las obras universales no se redactan. Como nadie escribe, nadie leerá.
¿Acaso tuvo derecho alguna vez el escritor a una vida privada?

sábado, 7 de diciembre de 2019

El Trotalibrerías: Como una novela rusa


Esta historia empieza lejos de Rusia.
Yo, el Trotalibrerías, me encuentro en plena jungla de la isla de Borneo y estoy destinado a encontrarme con Darya Munro, una mujer, una rusa, un personaje.
Darya aparece en un relato corto del escritor británico Somerset Maugham, titulado Neil MacAdam; como todos los seres femeninos de Maugham, ella representa el peligro, la noticia ominosa, la muerte, pero también la sofocante ansia de libertad en un mundo regido por instituciones y maneras sociales.
Corriendo por la tórrida selva de Borneo, veo a Darya Munro. Yo, el Trotalibrerías, que he leído suficiente, sé que ese personaje, esa mujer, no saldrá viva.
Cuando nos cruzamos, Darya se detiene en seco y me dice:

- ¡Por fin! Te estaba buscando.

Me confunde con su marido, con su amante o con Alyosha, el más pequeño y bondadoso de Los hermanos Karamazov.

- ¿Has leído las novelas que te presté? - pregunta Darya.


Darya Munro es una rusa que piensa que la literatura de su país es la única del mundo y nombra a Ana Karenina, Padres e hijos y Los hermanos Karamazov como las mejores obras de la literatura universal.

- Sí - contesto a su pregunta  - Sólo me falta Ana Karenina. La leeré esta Navidad.

- Irónico - dice y hace un gesto de tristeza.
Está sudando, sin aliento. Ha corrido mucho por la selva, como si escapase de alguien, como si quisiera encontrarme a mí. Darya está a punto de llorar.

- Eres Alyosha - me dice.

Mi extrañeza no la perturba.

- Josito, ha muerto.

- ¿Quién?

- Tu amigo.

- ¿Qué amigo?

- Te lo dije - dice Darya - No sería una película de Hollywood. La vida, tu vida, es como una novela rusa.

Ella desaparece, pierdo el sentido. Ya no estoy en Borneo. Estoy leyendo. ¿Quién ha muerto? ¿Mi amigo? ¿Qué amigo?


Yo, el Trotalibrerías, despierto en un lugar diferente y me acuerdo de un pasaje de un libro que, por milagro de la literatura, me habló directamente. Ese milagro: el texto sin color cobra vida por su locuacidad y es como si nos mirara, nos hiciera una pregunta, nos pusiera en evidencia.
El escritor José Donoso, contado en la biografía de su hija, se dirigía a mí, con la ceja levantada e inquiría:

- ¿Acaso, caballero, no ha leído usted a Dostoievski?


Dostoievski, señor Donoso, era un nombre que me sonaba a tostón. A venerable tostón, eso sí.
Veía esos hermosos vólumenes de Alba Editorial de este y otros escritores de la vieja Rusia y me decía: "Algún día tendré el tiempo y los cojones para leerme algo así".
Algún día, algún día, nos pasamos la existencia aplazando. Algún día leeré Los demonios, algún día escribiré las palabras "Capítulo Primero", algún día le diré a él que vayamos al cine.
Pero, como no hay fuerza más poderosa para mí que sentirme desafiado por un viejo, las palabras de Donoso, como el fantasma del padre de Hamlet, surtieron su efecto y me dije: "Los dos cojones ya están aquí".


Leí Crimen y castigo y, no, aquello no era un tostón. Era algo que difícilmente puede dejar indiferente a cualquier persona con cerebro. Cerebral era, sí. Siempre en las sienes, violenta, febril y verdadera. Verdadera en un mundo de falsos.
Pronto descubrí que yo no era tanto Raskolnikov como el Príncipe Idiota.
¿Ha descubierto usted, querido lector, alguna experiencia parecida a alguien que se anticipe a lo que piensa? Que cuente lo que usted vive a diario, lo ni siquiera se ha atrevido a discurrir, menos a decir.
El Idiota es la historia de un hombre rodeado de necios que no paran de hablar y de increparse, que dicen una cosa para tapar lo que realmente piensan, que viven tan atrapados en la falsedad y la miseria moral que la bondad, la sensibilidad y la tolerancia son vistas como una idiotez.
Yo me vi como el Idiota, a doscientas páginas de volverme loco.


Mi obsesión por la literatura rusa tomó carta de naturaleza. No voy a hacer un análisis pormenorizado, porque no me considero un experto ni deseo aburrir a las moscas.
Pero allí llegaron Tolstoi, Gogol, Pushkin, Chejov, Turguenev, con sus historias de llorar y con las claves que necesitaba para aspirar a descifrar un país y una cultura.
Una vez escribí que no sabía nada de Rusia, como aquella pobre candidata a Miss España. Nadie sabe nada de Rusia, en realidad. Acostumbrados a esos gélidos villanos de las películas de James Bond, irrumpen los volcánicos héroes de su literatura decimonónica; su virulencia, su romanticismo, su pasión por la vida y su furia ante la tragedia comprometen esa visión de que Rusia es un país de fríos porque hace mucho frío.
Leer esas novelas, fotografías de una sociedad disfuncional y atrasada, es como ver pasar a alguien con una bandeja demasiado cargada, porque conocemos el final de esa Rusia; Dostoievski hasta lo predice a la perfección en Los demonios. Fuego, violencia, oportunismo, expolio y revolución.


Bandeja demasiado cargada es también la que vemos todos los días en esta sociedad. Quizá la novela rusa no sólo predice a su país, sino a todos los demás. Darya Munro, en la selva de Borneo, tenía la verdad. La literatura rusa es la mejor del mundo.
Es el vestido de mi madurez. Soy mayor para conformarme con el optimismo de las películas más doradas de Hollywood, pero no lo suficiente como para aceptar su contemporáneo neocinismo, ese vulgar pesimismo, que no conoce el color.
Las novelas rusas son realistas, acaban mal, pero sus personajes jamás renuncian a la belleza de sus sentimientos, a su corazón. Siempre lo llevan por delante y les acompaña en su tragedia. A Tarás Bulba y a sus hijos. A los amantes de Nido de nobles. A Eugenio Oneguin. O a Dubrovsky, el héroe enmascarado del relato inacabado de Pushkin.
"Piense alguna vez en Dubrovsky. Sepa que nació para otra vida, que su corazón supo amarla, que nunca..."


En la novela rusa, todo se pierde, porque ganar nunca estuvo en el juego. Pero el espíritu humano pervive, tan patético como glorioso.
La literatura rusa como recurrente, como un concepto en sí misma, aparece en el relato Neil MacAdam de Somerset Maugham, con el que da comienzo este post.
Darya Munro llama Alyosha al protagonista y le entrega tres novelones para que se los lea. Yo sentí como si Darya me los prestase a mí.
Ya había leído Los hermanos Karamazov, pero aún no Ana Karenina ni Padres e hijos.
A riesgo de ver la ceja levantada del fantasma de José Donoso, leí hace unos meses Padres e hijos. Qué hermosa historia, pensaba, mientras la leía. Un conflicto intergeneracional, una vuelta a casa, un amor en ciernes, ese dibujo perfecto de personajes, situaciones y ambientes; todos los ingredientes habituales de una buena rusada.


Y luego llegó el final. Ese final. Jamás he llorado tanto con una novela en la mano. El otro día me preguntaron por mi libro favorito y, sin pensar, dije Padres e hijos.
Me acordé de Darya Munro, corriendo a través de la selva de Samoa.

- La vida es como una novela rusa.

Quedan muchas novelas rusas por descubrir en mi librería. Y, cuando tenga los suficientes ahorros y un poco de tiempo, viajaré a Rusia. A San Petersburgo.

- ¿Qué sabes de Rusia?

- Nada, pero quiero saberlo todo.

- ¿Por qué?

- Porque él ha muerto.

- ¿Quién?

- Mi amigo.

Y Darya Munro vuelve a aparecer, exhausta, ante mis ojos, para darme la fatídica noticia.

- Tu amigo de Facebook. Te gustaba, tú le gustabas a él. No pienses lo contrario. Pero era incapaz de acercarse a ti. Era incapaz de acercarse a nadie. La enfermedad mental es una cosa terrible... Pero lo deseaba. Deseaba estar cerca de ti. Ser tu novio. Deseaba ser como tú. Tener tu sentido del humor, escribir de cine como lo haces tú.

- Le gustaban las mismas películas que a mí. Las mismas opiniones. Era tan raro encontrar a alguien así.

- Te tenía envidia, te tenía rabia. Pero te quería, te necesitaba. - dice Darya Munro, mientras comienza la lluvia en Borneo. 

- Algún día lo invitaré al cine, pensaba en ocasiones. Algún día, algún día.

Tomo a Darya suavemente del brazo y nos refugiamos en una cabaña. El aguacero inunda la selva.

- Tienes que leer Ana Karenina.

- Su última foto de Instagram es una estación de tren.

- Siempre dijo que lo haría.

- Lo echaré tanto de menos.

- No lo conocías. No es tu culpa. Le hacías reír. Vive con ese consuelo.

- Quiero a todo el mundo y deseo que viva eternamente, ese es mi problema, querida Darya.

- Tú eres Alyosha.


Miro a Darya Munro y entiendo que lo que contamos no es ficción. Ha sucedido de verdad. Un amigo mío se ha suicidado en Londres, en completa soledad. Su familia ha tardado tres semanas en descubrir lo que ha hecho, tal era su grado de aislamiento.
Mi vida es como una novela rusa. Soy un príncipe idiota, contemplando todos los días una administración ineficiente, llena de funcionarios chupatintas, damas insensibles, poderosos que se arrogan el privilegio del hostigamiento y demás cimientos para una violenta revolución que nos mandará a todos al carajo. Y, de repente, entra una historia de amor que nunca fue ni será. 
Algún día lo invitaré al cine, algún día, algún día. 
Vivo acostumbrado a tener el corazón roto, por eso me gustan tanto las novelas rusas. Estoy a doscientas páginas de volverme loco. 


Darya Munro está a punto de desaparecer de nuevo y me apresuro a darle un mensaje, porque sé a dónde se dirige.

- Si lo ves, dile que piense alguna vez en mí, que sepa que nació para otra vida, que mi corazón supo amarlo, que nunca...


Este post está dedicado a la memoria de Saúl. Siempre dijiste que lo harías, sí, pero te echaré tanto de menos...