Palisades


Yo nací en Pacific Palisades, en Los Ángeles, en 1922, el mismo año que el atleta ruso Boris Yoponiv batió el récord de los trescientos metros lisos, las acciones de hidrocarburos ascendieron dos enteros en una misma tarde, un orondo señor de Florida devoró cien pasteles de grosella en la feria de su distrito y las mujeres se desmayaban con "El Águila Negra", protagonizada por Rodolfo Valentino. Todos esos acontecimientos los conocí con el tiempo, claro. Mientras sucedían, yo sólo acababa de nacer.
El Palisades era un barrio distinto al que sería en cuestión de veinte años, cuando llegaron las estrellas de Hollywood y edificaron sus privadas mansiones para ponerlo de moda, mientras se abria el exclusivo Honorè, cena y baile para celebridades. 
Pero en 1922 ya corría el tranvía, mientras una brisa inconfundible llegaba cuando se ponia el sol. Desde la ventana y al lado de mi hermana mayor, aventuraba que ese airecillo llegaba de la montaña donde se grababan las letras de nuestros sueños. Sí, Hollywood.
Nuestro padre nos llevó al Teatro Chino Grauman en una ocasión, poco antes de separarse de nuestra madre y marcharse para siempre. 
Apenas conocí al hombre. Se fue cuando yo era demasiado pequeño para entender los motivos. Como todos los acontecimientos de mi nacimiento, conocí los motivos con el tiempo. Mi padre se enamoró de la dependienta de una agencia de viajes. Qué hacía mi padre, que nunca abandonó el país, en dicha agencia es el mayor misterio.
Yo aseguraba comprender a mi padre, porque mi madre era una persona hosca, esencialmente práctica, que nunca dedicó una palabra de cariño a nadie. Nos crió con palabras precisas, jamás con gestos que nos confiriesen importancia. 
Mi hermana mayor, en cambio, siempre esperó que nuestro padre volviera y, quizá como no lo hizo, decidió perseguir una carrera artística. Por entonces, Sigmund Freud era el último grito.
Apareció en una película de bajo presupuesto titulada "Behind Locked Doors", con el nombre artístico de Lucy Bremer. Se estrenó en pocos cines, pero conoció una inesperada relevancia en una ciudad de Illinois por la temática que abordaba.
En "Behind Locked Doors", un periodista se hacía pasar por paciente de un hospital mental bajo sospecha de corrupción. Mi hermana interpretaba a la doctora que ayudaba al héroe y, por supuesto, se enamoraba de él. 
En aquella ciudad de Illinois, los jerarcas de un psiquiátrico habían sido acusados de esconder a un poderoso mafioso entre sus puertas y "Behind Locked Doors" se estrenó en medio del escándalo. Hasta mi hermana recibió buenas críticas en los periódicos de la localidad.
La película rentabilizó costes de manera inesperada y la productora le firmó un contrato a mi hermana, que apareció en diez películas de serie B desde 1947 a 1952. Mi madre y yo las vimos todas, aunque nos costaba reconocer a esa Lucy Bremer de la pantalla en blanco y negro, con sus cejas perfiladas, sus ojos extraviados entre la luz del potente foco y una dicción extrañísima. Mi madre se reservó su opinión sobre la carrera artistica de mi hermana, desde la primera película hasta la última. Creo que estaba avergonzada.
Cuando se acabó el contrato con la productira, mi hermana se casó, tuvo tres hijos y abandonó Los Ángeles para establecerse en Florida, donde abrió una tienda de juguetes. 
En los años sesenta, los jóvenes cineastas de la Nouvelle Vague redescubrieron sus películas y encontraron un valor que, cuando se estrenaron, jamás nadie encontró. Mi hermana fue invitada a festivales y retrospectivas al otro lado del océano y sólo fue capaz de acudir a un evento. 
Viajó a París con sus dos hijos mayores, visitaron la Torre Eiffel y, por la noche, vieron "Behind Locked Doors" y "My Sister is a Detective", entre aplausos de intelectuales franceses.
En la conferencia posterior, le preguntaron cosas sobre los directores para los que había trabajado y el modo de producción barato y eficiente de esas películas. Ella siempre dijo que aquello era "basura que hice para pagar el alquiler y por mi maldita obsesión de ser famosa", pero, hosca, práctica y convertida en mi madre, se reservó su opinión y agradeció los aplausos. 
En una ocasión, unos turistas pasaron por mi gasolinera y preguntaron cómo llegar al barrio de Pacific Palisades, "donde nació Lucy Bremer". Pensé que era una broma, pero les indiqué el camino.

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