La Atlántida


La escalera era horrible. 
Conducia a la casa en el primer piso y, desde allí, seguía hasta la azotea. 
Su horror se descubría a medida que se ascendía hasta lo más alto, cuando se intuía que la barandilla disminuia su altura a cada paso. En el último escalón, desaparecía por completo. La pared, con una alargada ventana translúcida a un lado, y al otro, el vacío. Un placer agorafóbico.
Jamás he entendido cómo nadie se cayó por aquellos cinco metros y dio con su cabeza en el zagúan. No soy el único de mi familia que tiene pesadillas con esa escalera y ese último escalón en el aire.
"A veces sueño que me quedo alli, en el último escalón, sentada, quieta, sin poder moverme", he oído relatar.

El edificio se construyó en los años veinte y la fachada fue alabada como puro art-decó, pero las intenciones decorativas del interior pertenecian a esa mentalidad donde todo es antiguo, sin mayor clase que su tradición. Estas cortinas son dignas, estas mesillas, también. En ellas, los portarretratos de la familia. La fotografía más regia capturaba la atención. "A mi querida Maribel, de tu prima, Maria Montez".
Mi abuela Maribel y Maria se conocieron de niñas y nunca volvieron a verse. Se escribieron a lo largo de los años y esa fotografía, venida de la época esplendorosa de la Montez en el cine, se introdujo en alguna que otra carta, perdida entre las décadas, correspondencia cada vez más esporádica hasta desaparecer. Como saben, Maria murió ahogada en su propia bañera a los 39 años.
El portarretratos era digno, la foto satélite de las islas, también. Incongruente entre tanta instántanea de ser humano. De repente, geografía, localización, cultura.
Las islas en medio del océano. A un lado, la costa africana, remachada por la cordillera del Atlas. Al otro, el vacío.
Decían que en ese vacío estuvo la Atlántida, el continente que sufrió una enorme catástrofe y desapareció en cuestión de una noche. Es un mito griego y afirma los expertos que nunca existió, pero otros tantos, imbuidos de la idea romántica, buscaron la Atlántida.
La han situado en muchos lugares del planeta, con el deseo de bucear hasta los fondos marinos y encontrar las columnas mudas del desastre. 
Al oeste de las Canarias, donde no hay nada más que océano, por allí donde se fue Maria Montez para no volver, qué lugar para la Atlántida, hundida en el agua como la propia Maria. 
Qué casualidad que su última película norteamericana se llamase "La Atlántida" y fuera tal desastre que acabó con su carrera en Hollywood.

Cuando se deshacía el embrujo de mirar la foto de la Montez, de contemplar la aérea de las islas, en aquella casa digna de gente digna, la abuela tomaba el barreño lleno de ropa recién lavada y me decía que debía subir con ella, escalera arriba hasta la azotea. Hasta el último escalón, donde la barandilla se hundía y desaparecía, como la Atlántida, como Maria. 
Siempre llegábamos a salvo. Y la azotea vivía libre de la dignidad de la casa, de las estrechuras, del peligro de la escalera. 
Mi abuela agitaba ella sola aquellas pesadas sábanas y las colgaba con destreza, pinza aquí, pinza allá, mientras yo me armaba de un escobillón y corre que te corre, seguía la trayectoria de las palomas, que volaban en bandadas, de Este a Oeste, para después seguir en diagonal y trazar complicados . Yo pensaba que las dirigía con mi escobillón, como un director de orquesta, como el hombre sobre los animales, pero las palomas, esas comprobadas chifladas, seguían a su líder que, a su vez, hacía lo que quería. 
Esas palomas estaban locas, o quizá buscaban incansables su centro de gravedad, grabado en sus genes, perdido en una noche y hundido hacía mucho tiempo. 
Del tiempo en el que todos cayeron desde el último escalón y reinó el silencio entre los retratos rotos.

Recasteo


Anoche soñé contigo,
sí, eras tú y no Rodrigo.
Te vi mientras dormía
y te conté: "¡me robó la CIA!"
No es la primera vez
para mi cabeza del revés.
Pero anoche tu papel lo interpretaba otro,
tu cara era distinta, tu cuerpo, el de un potro
Ahí tu voz, ahí tu actitud
Toda esa maldita rectitud
Pero eras Ryan Rose, el actor porno
Bello como hecho en un torno.
Te supero con empeño, 
Hasta te recasteo en sueño.

Palisades


Yo nací en Pacific Palisades, en Los Ángeles, en 1922, el mismo año que el atleta ruso Boris Yoponiv batió el récord de los trescientos metros lisos, las acciones de hidrocarburos ascendieron dos enteros en una misma tarde, un orondo señor de Florida devoró cien pasteles de grosella en la feria de su distrito y las mujeres se desmayaban con "El Águila Negra", protagonizada por Rodolfo Valentino. Todos esos acontecimientos los conocí con el tiempo, claro. Mientras sucedían, yo sólo acababa de nacer.
El Palisades era un barrio distinto al que sería en cuestión de veinte años, cuando llegaron las estrellas de Hollywood y edificaron sus privadas mansiones para ponerlo de moda, mientras se abria el exclusivo Honorè, cena y baile para celebridades. 
Pero en 1922 ya corría el tranvía, mientras una brisa inconfundible llegaba cuando se ponia el sol. Desde la ventana y al lado de mi hermana mayor, aventuraba que ese airecillo llegaba de la montaña donde se grababan las letras de nuestros sueños. Sí, Hollywood.
Nuestro padre nos llevó al Teatro Chino Grauman en una ocasión, poco antes de separarse de nuestra madre y marcharse para siempre. 
Apenas conocí al hombre. Se fue cuando yo era demasiado pequeño para entender los motivos. Como todos los acontecimientos de mi nacimiento, conocí los motivos con el tiempo. Mi padre se enamoró de la dependienta de una agencia de viajes. Qué hacía mi padre, que nunca abandonó el país, en dicha agencia es el mayor misterio.
Yo aseguraba comprender a mi padre, porque mi madre era una persona hosca, esencialmente práctica, que nunca dedicó una palabra de cariño a nadie. Nos crió con palabras precisas, jamás con gestos que nos confiriesen importancia. 
Mi hermana mayor, en cambio, siempre esperó que nuestro padre volviera y, quizá como no lo hizo, decidió perseguir una carrera artística. Por entonces, Sigmund Freud era el último grito.
Apareció en una película de bajo presupuesto titulada "Behind Locked Doors", con el nombre artístico de Lucy Bremer. Se estrenó en pocos cines, pero conoció una inesperada relevancia en una ciudad de Illinois por la temática que abordaba.
En "Behind Locked Doors", un periodista se hacía pasar por paciente de un hospital mental bajo sospecha de corrupción. Mi hermana interpretaba a la doctora que ayudaba al héroe y, por supuesto, se enamoraba de él. 
En aquella ciudad de Illinois, los jerarcas de un psiquiátrico habían sido acusados de esconder a un poderoso mafioso entre sus puertas y "Behind Locked Doors" se estrenó en medio del escándalo. Hasta mi hermana recibió buenas críticas en los periódicos de la localidad.
La película rentabilizó costes de manera inesperada y la productora le firmó un contrato a mi hermana, que apareció en diez películas de serie B desde 1947 a 1952. Mi madre y yo las vimos todas, aunque nos costaba reconocer a esa Lucy Bremer de la pantalla en blanco y negro, con sus cejas perfiladas, sus ojos extraviados entre la luz del potente foco y una dicción extrañísima. Mi madre se reservó su opinión sobre la carrera artistica de mi hermana, desde la primera película hasta la última. Creo que estaba avergonzada.
Cuando se acabó el contrato con la productira, mi hermana se casó, tuvo tres hijos y abandonó Los Ángeles para establecerse en Florida, donde abrió una tienda de juguetes. 
En los años sesenta, los jóvenes cineastas de la Nouvelle Vague redescubrieron sus películas y encontraron un valor que, cuando se estrenaron, jamás nadie encontró. Mi hermana fue invitada a festivales y retrospectivas al otro lado del océano y sólo fue capaz de acudir a un evento. 
Viajó a París con sus dos hijos mayores, visitaron la Torre Eiffel y, por la noche, vieron "Behind Locked Doors" y "My Sister is a Detective", entre aplausos de intelectuales franceses.
En la conferencia posterior, le preguntaron cosas sobre los directores para los que había trabajado y el modo de producción barato y eficiente de esas películas. Ella siempre dijo que aquello era "basura que hice para pagar el alquiler y por mi maldita obsesión de ser famosa", pero, hosca, práctica y convertida en mi madre, se reservó su opinión y agradeció los aplausos. 
En una ocasión, unos turistas pasaron por mi gasolinera y preguntaron cómo llegar al barrio de Pacific Palisades, "donde nació Lucy Bremer". Pensé que era una broma, pero les indiqué el camino.