Galeón


Tenía diecisiete años y pensaba que era tarde. También creía que llegaría enseguida, como en una lógica cinematográfica: detrás de un instante, hay una persona y, con ella, se construye una historia relevante, a la fuerza. 
Confiaba que aquel caballero que me hablaba en el chat era el indicado. Le escribí:

- Estoy enamorado del amor.

Esa frase le gustó, despertó su atención. Las conexiones eran lentas, y así mi impaciencia.
Cuando nos vimos, me pregunto por qué creía que la gente se enamoraba. Pero yo estaba intimidado por el encuentro y más aún cuando él advirtió que mis diecisiete años se notaban, sobre todo, en la timidez. A lo del amor no supe contestar o dije algo estúpido.
Él era bailarín y tenía veintiocho años, así me lo dijo online, pero no era como yo lo imaginaba, sino bajito, con una sonrisa que un día fue guapa y ahora sólo lucía incongruente con el resto. Recuerdo y concluyo que estaba bastante hecho polvo para su edad, calvo y con cara de señorón. Tenía unos músculos enormes, pero amazacotados en su corta estatura.
Me llevó a El Galeón, un garito de ambiente gay revestido de cierta leyenda. Era el sitio al que tenía que ir, todos me decían, pero cuatro ruedas hacían falta para llegar. Mis amigos y sus heterosexuales vidas eludían el favor y mi adolescente bolsillo no permitía un taxi. Corría el rumor de que era un antro poco recomendable, oscuro y decididamente sexual. 
Traspasamos tres umbrales hasta entrar en la propia discoteca.
Había visto algún show de travestis antes, pero este no tenía freno, con la drag queen vestida de su abuela en pijama: rulos, gafas de culo de botella, el sostén enorme. Todos sus diálogos vivían para la obligada sexualidad de sus requiebros. Terminó el espectáculo tirándose una botella de cerveza por encima al grito del slogan: “Qué suerte vivir aquí”.
Cuando acabó, el escenario se llenó de la gente deseosa por bailar. Sonaban los pitos de entrada de la canción “Salomé”, de Chayanne, por entonces de moda. 
El caballero que me llevó me miraba de vez en cuando para ver si lo estaba pasando bien y mis huidizas expresiones eran inevitables. Me fastidiaba mi timidez, como si ésta se interpusiese en el camino de esos deseos terribles y superiores, que me sojuzgaban de lo alto. “Eres demasiado pequeño, demasiado débil, demasiado perezoso para cambiar. No eres para el amor ni para su sucedáneo”.
El Galeón era un antro y daba miedo, pero tenía una autenticidad que hoy es difícil encontrar en la vida nocturna. Su planta inferior, adonde me condujo el bailarín, era casi una gruta. Subidos dos escalones, había una sala con sillones, a oscuras, desde donde se veía una televisión que proyectaba una película porno. Muy didáctico, reí. 
Él aseguró que le gustaba mi pelo y yo le dije que si lo decía en serio. Me sobó la cabeza y esa fue la primera vez que alguien me tocaba con lascivia. Lo que sentí no me gustó y Freud diría que quizá no fue la primera vez que alguien me sobaba así. 
Él me dijo que yo era muy joven y luego me señaló la parte posterior de la salita. Una cortina daba entrada a un habitáculo misterioso. Con el tiempo y descifrando la conversación que entonces no entendí, él quería que entrásemos al cuarto oscuro, buena estrategia para librarme de la candidez que tanto le perturbaba.
Mi ingenuidad se impuso y proseguimos con una casta conversación. Fue interesante lo que me contó de él mismo; al menos, me lo pareció entonces. Supe algo de lo que era un hombre gay de veintiocho años. Solitario, pero con una vida llena de experiencias, ciudades y corazones que se rompen para recomponerse de manera milagrosa.

- Qué pena que no hayan puesto ninguna canción de Mónica Naranjo – dije, mientras la discoteca apaciguaba el volumen y anunciaba la hora de marcharse.

Lo volví a ver precisamente en un concierto de Mónica Naranjo. A lo lejos, ahí estaba, con una camisa de rejillas, disparatado, bailando “Sobreviviré”. Aparté la vista, con vergüenza ajena, como si yo nunca hubiese bailado como una loca esa canción.

Regresé a El Galeón en muchas ocasiones. Sólo ligué una ó dos veces y ninguna terminó en cama. Era apabullante el lugar. Pertenecía a la época en la que la homosexualidad empezaba a salir a flote en este país y todavía se respiraba un aroma a maldad. Decía una amiga que el sitio olía a sexo, pero era, más bien, tufo a corrupción. 
Recuerdo estar en uno de sus concurridos baños y ver el brazo de una mujer asomar por encima de la puerta del excusado, el envés de la mano tocando la pared. Curioseé un segundo y vi cómo se la estaban follando entre dos. 
Los porteros eran todos camellos y unos amigos me advirtieron: 

- Jamás te dirijas a ninguna de las marimachos del aparcamiento si no quieres un navajazo.

Yo era ingenuo e imprudente, decía ebrias cosas de las que me arrepentía y una vez, tan borracho, me caí escaleras abajo. La decepción de lo irrelevante, de no pertenecer allí y no querer hacerlo. 
Si me gastaba el dinero, me tocaba esperar el autobús, cosa dramática en pleno verano, con el calor a las siete de la mañana sobre mi cuerpo cargadísimo. Mi timidez había vencido, junto con mi sentimentalismo, y ahí estaba el fruto de la búsqueda. Esperar el autobús para volver a casa.
Me drogaba con frecuencia. Una noche en el baño, hacía el ritual para meterme otra raya, pero estaba bastante puesto y no atinaba bien. Al abrir la cartera, cayó una moneda de veinte duros al váter. La cisterna no funcionaba y el váter lucía un agua amarilla bien espesa, aunque me dejaba ver el paradero de mi moneda.
Durante mucho tiempo, me asaltó la imagen de lo que hice, para no tener que esperar el autobús, porque era un chico sin dinero, porque la cocaína era el amor, tan engañoso y vigorizante. 
Durante mucho tiempo, no entendí que meter la mano en la meada para recuperar mi moneda fue un buen símbolo de mi fútil, estúpida búsqueda, esa que nos lleva a comer mierda para alcanzar un oro inexistente.
El Galeón cerró al año siguiente y demolieron el local para construir un edificio de viviendas. A pesar de las drogas y las frustraciones, yo aprobé todas mis asignaturas y seguí con el corazón palpitante y bien ingenuo. 
No escarmienta el cabrón.

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